Me confiesa un buen amigo
que la vida sexual con su última pareja se ha complicado debido a las altas
expectativas estéticas que ella deposita en el acto. Unas exigencias que van
desde la depilación rigurosa y casi extrema de cierta parte íntima y, por
supuesto, de todo el vello corporal, la tonicidad de una anatomía (ya de por si
agradecida) que sublima en el gimnasio, el uso de cremas, lociones y perfumes
con los que su ella aromatiza las distintas zonas de su cuerpo, incluyendo el
pelo o esa línea de desfiladero que marca la separación entre las nalgas, hasta
un dress code altamente sensual que alterna ropa interior de seda, ligueros o
unos bodis de encaje cuya parte inferior abotonada mi amigo gusta de liberar
con los dientes. El tema es que tanta perfección ha convertido el acto sexual
en una prueba, desde luego efectista y vistosa pero, a sus ojos, no tan
placentera. El protagonista de lo que cuento, además, cogiéndose a la inercia
de ella, empezó a depilarse la espalda, siguió con el pecho, pasó a piernas y brazos
llegando incluso a las ingles. Además se mata a hacer abdominales y levanta
pesas, «porque a ella le gusto macizo y, si tengo más barriga de la cuenta, me
pasa la mano por la zona, sonríe, la pinza con los dedos y dice: “uy, uy, uy”»,
me cuenta. Al inicio la cosa le resultaba excitante, se sentía muy Beckham, en
plan ella muy chota y él muy mazas, haciéndolo frente al espejo con la piel
untada en aceite, un mechón de pelo cayendo por la frente y cara de salido.
Varios meses después se ha cansado. Se muere por irse a tomar hamburguesas y ver
una peli, por ver a su chica despeinada y en bragas, por pasar de hacerse la
cera, por el “tápame el culo que tengo frío”, dejar de meter la tripa y de
jadear como en las películas. Echa mucho de menos el sexo normal. Y el pelo.
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jueves, 25 de mayo de 2017
jueves, 1 de septiembre de 2016
UN HOYO EXÓTICO
Raquel siente que se le
detiene el pulso el día que, buscando algo de calderilla en el bolsillo del
carro de golf de su marido, da con un bote de lubricante sabor chocolate. Tras
sujetarlo con dedos temblorosos decide volver a guardarlo y cerrar la
cremallera con algo de aprensión. Su cabeza inicia una línea de razonamiento
lógico: se tira a otra-una mujer a la que le gustan los juguetitos y las
guarrerías-una traidora que además se lanza con el sexo anal-¿lo harán en el
mismo club de golf?- ¿será la mujer de un amigo?, ¿la hija universitaria de
algún conocido?. Entonces llega la pregunta fundamental, ¿se lo digo? Pese a
estar noqueada por el impacto decide esperar hasta comentarlo al día siguiente
con una de sus íntimas. Esta le escucha pensativa hasta que lanza una hipótesis
que abre en la mente de Raquel una línea inexplorada, ¿será con un tío? Tras el
impacto inicial la protagonista se sorprende a sí misma con una suerte de marea
tibia que invade su interior. La posibilidad de que el objeto de deseo de su
marido sea un hombre hace que su autoestima sume enteros con la certeza de que
ella sigue siendo el tope de gama de su género. En caso de ser un asunto gay
Raquel lo atribuiría a un episodio exótico de la madurez o bien a una
exploración interna de su esposo, de talante aventurero y curioso que, rozando
los cincuenta, se atrevería a experimentar con ese juego prohibido. «¿Y cuando
se lo vas a decir?», le lanza su amiga. «No sé si quiero», responde ella. Desde
ese momento escruta al padre de sus hijos con detalle en busca de cada atisbo
de pluma que pueda confirmar sus sospechas. Porque ella, competitiva y
estratega, prefiere pensar que su marido lo que desea es probar a introducir la
bola en otro tipo de hoyo más inaccesible. Una experiencia aislada que no
perturbe para nada su amor por un deporte que practica hace casi dos décadas.
sábado, 4 de junio de 2016
UN HOMBRE SOLO
Lo
veo sentado tomando un café en un local de los pocos que quedan con solera en
el centro. Tiene semblante serio, algo ojerizo, algunos kilos de menos, la
barba dejada crecer. Mira la taza como si fuera la primera vez que la ve, con
los dos brazos apoyados sobre la mesa: loza blanca, circunferencia marrón
humeante, cucharilla plateada y el azucarillo en sobre que lleva escrita alguna
reflexión de alguien ya muerto pero, seguro, más honrado que él. Se da la
casualidad de que hace solo dos días coincidí en un restaurante con un grupito
con el que, hace no tanto, el protagonista de esta escena compartía copiosas
cenas de autor, travesías en velero o comuniones de sus niños bilingües. Ahora
él, cuyo nombre llegó hasta las páginas de varios periódicos por apropiarse de
manera fraudulenta de un dinero que no es suyo, parece no ser bienvenido a ese
tipo de encuentros. Quizá el sobre del azúcar lleve escrito “A tus amigos los
conocerás en las adversidades”, o quizá ponga “Amigo del buen tiempo múdase con
el viento”. Tampoco va por el golf, casualmente aquellos con los que antes
jugaba ahora son más difíciles de ver o si se los cruza están más ocupados, más
estresados que nunca. Sus vecinos observan con mirada afilada los huecos que
han dejado en el garaje los coches deportivos que hasta hace nada conducía y,
aquellos que en su día le pidieron algún favor, ahora se vuelven escurridizos. La
esposa, que rara vez preguntaba cuando se trataba de hacer la maleta para volar
a alguna playa exótica o esos hijos, exigentes, que presumían de tablet, reloj
u ordenador con los amigos, ahora lo reciben en un silencio que al resto nos resultaría
acusador. El camarero, que paga una hipoteca y ha pedido un par de préstamos
para costear los implantes dentales que debe colocarse su mujer, le saca la
cuenta. El hombre más solo del mundo paga y se marcha.
miércoles, 27 de abril de 2016
DOMINACIÓN SILENCIOSA
Berta sale a la calle tras cenar en casa de
una amiga, para el primer taxi que pasa y se acomoda en el sillón trasero con
la intención de no abrir la boca en todo el trayecto. En el espacio se instala
la voz de una locutora de radio que habla de bondage o, lo que es lo mismo,
atar a tu pareja con el fin de dar y obtener placer. «Ser atado durante la
relación sexual es una manera de perder todo control. No se trata de que los
nudos sean sexys en sí mismos, sino que representan la dominación», reza la
locutora. Y pasa a hablar de lo físico, de cómo las cuerdas, dependiendo del
material, te pueden rozar en determinadas zonas erógenas redoblando el placer,
del pulso que se acelera, de cómo la mente prepara un coctel explosivo compuesto
por el miedo que supone ser sometido, más la confianza que se tiene en el que
ata. Luego se centra en el después, pues una vez que el atador te tiene a su merced,
¿qué pasa?. La mujer de voz sensual habla de azotes, de caricias, de miradas
interminables, de sexo a ratos lento a ratos brutal. Instruye sobre la palabra
de seguridad, ese término, más allá del “no”, pensado y consensuado para
detener el acto al momento. Bromea diciendo que ella escogería “Abracadabra” y
aporta la experiencia de una oyente que le pidió a su marido que la
inmovilizara con las piernas abiertas, la peinara, la untara de crema y luego
la fotografiara. Lo que ocurrió a continuación ya no dependió de ella, pues le susurró
que fuera él el que decidiera. Entonces detalla la postura ejecutada elevando
varios grados el ambiente hasta nivel febril. Berta observa la calle algo
contrariada por la intimidad creada entre ella y el conductor. Sus miradas se
cruzan un segundo en el retrovisor y ella se pregunta si ese momento,
compartido por imposición pasiva, no se trata en realidad de otra forma de
dominación.
lunes, 1 de febrero de 2016
PORNO CORRUPTO
Joaquín Fernández Díaz, ex
vicesecretario del PP de Asturias implicado en la Operación Pokémon, escribió
en su ordenador en el aparatado de anotaciones contables los concepto
“putiferios” y “putas y varios”. Por si las dudas. El implicado no se anduvo
con rodeos a la hora de clasificar esas partidas procedentes de unos fondos de
oscuro origen. El idilio turbulento que desde hace décadas mantienen algunos
políticos y empresarios con el mangoneo y que en estos días florece en nuestras
tierras ha sido aliñado, en ocasiones, con el picante ingrediente sexual en
forma de amante, meretriz o esposa despechada. El tema ha calado tan profundo
que si antes bomberos, policías o masajistas eran las profesiones favoritas por
la industria del porno a la hora de protagonizar escenas X, ahora lo que se
lleva es el tipo turbio, encorbatado y de dudoso pasado. “Allison Star y Candy
Alexa se lo montan con dos funcionarios corruptos” o “Político caliente
seduciendo a una votante” son algunos de los sugerentes títulos que ya circulan
por la red. El hallazgo me hace pensar que, si bien el policía con esposas y
porra representa autoridad, al bombero se le presupone como un hombre musculoso
y comprensivo, y al profesor se le adjudica ese punto didáctico y paciente que
a muchas señoras les resulta estimulante, ¿cuáles serían las cualidades
sensuales que se les atribuiría a aquellos mandatarios o empleados de la
administración imputados? Me imagino la secuencia. El individuo en cuestión
llega enfundado en un traje y porta un maletín. La dama le alaba el atuendo. Él
le habla de la comisión y a ella le sube la temperatura. Él se libera de la
ropa mientras confirma una adjudicación y ella le ofrece una mordida. Él le
dice “te vas a forrar”, ella le dice “dame más” y el contesta “por detrás” en
un final que roza el esperpento. Menos mal que se trata de ficción.
“V” DE VICIO
A Ana siempre le han llamado
la atención los hombres maduros. Llevada, quizá, por el instinto de sentirse
protegida, y atraída, tal vez, por la masculinidad pausada y plagada de matices
que poseen algunos varones a partir de cierta edad, para ella sus fantasías
románticas tenían el rostro y el porte de Jeremy Irons, John Malkovich o Al
Pacino. Ahora, de camino a los cincuenta, se sorprende no hace mucho observando
con detalle un anuncio en el que aparece Rafa Nadal en ropa interior. Lo que
llama su atención no es su portentoso torso ni los brazos esculpidos. Ni
siquiera la zona cero, el lugar que cubre estratégicamente la tela del slip y
que el tenista exhibe con mirada desafiante como si te apuntase con una
recortada. Aquello que centra el interés de Ana es el músculo que se encuentra
en la zona inferior del abdomen dándole forma de “v” y que se pierde bajo la
goma del calzoncillo. «Yo nunca he visto algo así al natural», comenta entre
amigas. Una del grupo cuenta que el nombre técnico es “abdominal oblicuo” y que
ella lo probó cuando hace años tuvo un lío con un chico asiduo al gimnasio, «se
trata de una zona delicatessen como el caviar, la trufa blanca o el buen
champagne. A la vista es como aerodinámico, al tacto es duro pero elástico, en
la práctica es…¿alguna tiene un coche diesel?, pues esto es como conducir un
deportivo de 500 caballos», puntualiza. Donde Ana antes veía un obrero, un
joven cachas o un deportista, ahora solo ve la sombra en la camiseta, el corte
del pantalón, una probabilidad, una línea recta susceptible de albergar ese
diamante de lo muscular, la piedra filosofal, esa “v” de volcánico, de vicio.
Le parece entender entonces la fijación del hombre con el culo y el escote y va
un paso más, «si ellos llevaran ese espacio de cintura a la vista no me
conformaría con mirar. Querría tocar», confiesa.
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