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jueves, 25 de mayo de 2017

EL SEXO INFORMAL



Me confiesa un buen amigo que la vida sexual con su última pareja se ha complicado debido a las altas expectativas estéticas que ella deposita en el acto. Unas exigencias que van desde la depilación rigurosa y casi extrema de cierta parte íntima y, por supuesto, de todo el vello corporal, la tonicidad de una anatomía (ya de por si agradecida) que sublima en el gimnasio, el uso de cremas, lociones y perfumes con los que su ella aromatiza las distintas zonas de su cuerpo, incluyendo el pelo o esa línea de desfiladero que marca la separación entre las nalgas, hasta un dress code altamente sensual que alterna ropa interior de seda, ligueros o unos bodis de encaje cuya parte inferior abotonada mi amigo gusta de liberar con los dientes. El tema es que tanta perfección ha convertido el acto sexual en una prueba, desde luego efectista y vistosa pero, a sus ojos, no tan placentera. El protagonista de lo que cuento, además, cogiéndose a la inercia de ella, empezó a depilarse la espalda, siguió con el pecho, pasó a piernas y brazos llegando incluso a las ingles. Además se mata a hacer abdominales y levanta pesas, «porque a ella le gusto macizo y, si tengo más barriga de la cuenta, me pasa la mano por la zona, sonríe, la pinza con los dedos y dice: “uy, uy, uy”», me cuenta. Al inicio la cosa le resultaba excitante, se sentía muy Beckham, en plan ella muy chota y él muy mazas, haciéndolo frente al espejo con la piel untada en aceite, un mechón de pelo cayendo por la frente y cara de salido. Varios meses después se ha cansado. Se muere por irse a tomar hamburguesas y ver una peli, por ver a su chica despeinada y en bragas, por pasar de hacerse la cera, por el “tápame el culo que tengo frío”, dejar de meter la tripa y de jadear como en las películas. Echa mucho de menos el sexo normal. Y el pelo.

jueves, 1 de septiembre de 2016

UN HOYO EXÓTICO




Raquel siente que se le detiene el pulso el día que, buscando algo de calderilla en el bolsillo del carro de golf de su marido, da con un bote de lubricante sabor chocolate. Tras sujetarlo con dedos temblorosos decide volver a guardarlo y cerrar la cremallera con algo de aprensión. Su cabeza inicia una línea de razonamiento lógico: se tira a otra-una mujer a la que le gustan los juguetitos y las guarrerías-una traidora que además se lanza con el sexo anal-¿lo harán en el mismo club de golf?- ¿será la mujer de un amigo?, ¿la hija universitaria de algún conocido?. Entonces llega la pregunta fundamental, ¿se lo digo? Pese a estar noqueada por el impacto decide esperar hasta comentarlo al día siguiente con una de sus íntimas. Esta le escucha pensativa hasta que lanza una hipótesis que abre en la mente de Raquel una línea inexplorada, ¿será con un tío? Tras el impacto inicial la protagonista se sorprende a sí misma con una suerte de marea tibia que invade su interior. La posibilidad de que el objeto de deseo de su marido sea un hombre hace que su autoestima sume enteros con la certeza de que ella sigue siendo el tope de gama de su género. En caso de ser un asunto gay Raquel lo atribuiría a un episodio exótico de la madurez o bien a una exploración interna de su esposo, de talante aventurero y curioso que, rozando los cincuenta, se atrevería a experimentar con ese juego prohibido. «¿Y cuando se lo vas a decir?», le lanza su amiga. «No sé si quiero», responde ella. Desde ese momento escruta al padre de sus hijos con detalle en busca de cada atisbo de pluma que pueda confirmar sus sospechas. Porque ella, competitiva y estratega, prefiere pensar que su marido lo que desea es probar a introducir la bola en otro tipo de hoyo más inaccesible. Una experiencia aislada que no perturbe para nada su amor por un deporte que practica hace casi dos décadas.

sábado, 4 de junio de 2016

UN HOMBRE SOLO



Lo veo sentado tomando un café en un local de los pocos que quedan con solera en el centro. Tiene semblante serio, algo ojerizo, algunos kilos de menos, la barba dejada crecer. Mira la taza como si fuera la primera vez que la ve, con los dos brazos apoyados sobre la mesa: loza blanca, circunferencia marrón humeante, cucharilla plateada y el azucarillo en sobre que lleva escrita alguna reflexión de alguien ya muerto pero, seguro, más honrado que él. Se da la casualidad de que hace solo dos días coincidí en un restaurante con un grupito con el que, hace no tanto, el protagonista de esta escena compartía copiosas cenas de autor, travesías en velero o comuniones de sus niños bilingües. Ahora él, cuyo nombre llegó hasta las páginas de varios periódicos por apropiarse de manera fraudulenta de un dinero que no es suyo, parece no ser bienvenido a ese tipo de encuentros. Quizá el sobre del azúcar lleve escrito “A tus amigos los conocerás en las adversidades”, o quizá ponga “Amigo del buen tiempo múdase con el viento”. Tampoco va por el golf, casualmente aquellos con los que antes jugaba ahora son más difíciles de ver o si se los cruza están más ocupados, más estresados que nunca. Sus vecinos observan con mirada afilada los huecos que han dejado en el garaje los coches deportivos que hasta hace nada conducía y, aquellos que en su día le pidieron algún favor, ahora se vuelven escurridizos. La esposa, que rara vez preguntaba cuando se trataba de hacer la maleta para volar a alguna playa exótica o esos hijos, exigentes, que presumían de tablet, reloj u ordenador con los amigos, ahora lo reciben en un silencio que al resto nos resultaría acusador. El camarero, que paga una hipoteca y ha pedido un par de préstamos para costear los implantes dentales que debe colocarse su mujer, le saca la cuenta. El hombre más solo del mundo paga y se marcha.



miércoles, 27 de abril de 2016

DOMINACIÓN SILENCIOSA



Berta sale a la calle tras cenar en casa de una amiga, para el primer taxi que pasa y se acomoda en el sillón trasero con la intención de no abrir la boca en todo el trayecto. En el espacio se instala la voz de una locutora de radio que habla de bondage o, lo que es lo mismo, atar a tu pareja con el fin de dar y obtener placer. «Ser atado durante la relación sexual es una manera de perder todo control. No se trata de que los nudos sean sexys en sí mismos, sino que representan la dominación», reza la locutora. Y pasa a hablar de lo físico, de cómo las cuerdas, dependiendo del material, te pueden rozar en determinadas zonas erógenas redoblando el placer, del pulso que se acelera, de cómo la mente prepara un coctel explosivo compuesto por el miedo que supone ser sometido, más la confianza que se tiene en el que ata. Luego se centra en el después, pues una vez que el atador te tiene a su merced, ¿qué pasa?. La mujer de voz sensual habla de azotes, de caricias, de miradas interminables, de sexo a ratos lento a ratos brutal. Instruye sobre la palabra de seguridad, ese término, más allá del “no”, pensado y consensuado para detener el acto al momento. Bromea diciendo que ella escogería “Abracadabra” y aporta la experiencia de una oyente que le pidió a su marido que la inmovilizara con las piernas abiertas, la peinara, la untara de crema y luego la fotografiara. Lo que ocurrió a continuación ya no dependió de ella, pues le susurró que fuera él el que decidiera. Entonces detalla la postura ejecutada elevando varios grados el ambiente hasta nivel febril. Berta observa la calle algo contrariada por la intimidad creada entre ella y el conductor. Sus miradas se cruzan un segundo en el retrovisor y ella se pregunta si ese momento, compartido por imposición pasiva, no se trata en realidad de otra forma de dominación.


lunes, 1 de febrero de 2016

PORNO CORRUPTO


Joaquín Fernández Díaz, ex vicesecretario del PP de Asturias implicado en la Operación Pokémon, escribió en su ordenador en el aparatado de anotaciones contables los concepto “putiferios” y “putas y varios”. Por si las dudas. El implicado no se anduvo con rodeos a la hora de clasificar esas partidas procedentes de unos fondos de oscuro origen. El idilio turbulento que desde hace décadas mantienen algunos políticos y empresarios con el mangoneo y que en estos días florece en nuestras tierras ha sido aliñado, en ocasiones, con el picante ingrediente sexual en forma de amante, meretriz o esposa despechada. El tema ha calado tan profundo que si antes bomberos, policías o masajistas eran las profesiones favoritas por la industria del porno a la hora de protagonizar escenas X, ahora lo que se lleva es el tipo turbio, encorbatado y de dudoso pasado. “Allison Star y Candy Alexa se lo montan con dos funcionarios corruptos” o “Político caliente seduciendo a una votante” son algunos de los sugerentes títulos que ya circulan por la red. El hallazgo me hace pensar que, si bien el policía con esposas y porra representa autoridad, al bombero se le presupone como un hombre musculoso y comprensivo, y al profesor se le adjudica ese punto didáctico y paciente que a muchas señoras les resulta estimulante, ¿cuáles serían las cualidades sensuales que se les atribuiría a aquellos mandatarios o empleados de la administración imputados? Me imagino la secuencia. El individuo en cuestión llega enfundado en un traje y porta un maletín. La dama le alaba el atuendo. Él le habla de la comisión y a ella le sube la temperatura. Él se libera de la ropa mientras confirma una adjudicación y ella le ofrece una mordida. Él le dice “te vas a forrar”, ella le dice “dame más” y el contesta “por detrás” en un final que roza el esperpento. Menos mal que se trata de ficción.   

“V” DE VICIO





A Ana siempre le han llamado la atención los hombres maduros. Llevada, quizá, por el instinto de sentirse protegida, y atraída, tal vez, por la masculinidad pausada y plagada de matices que poseen algunos varones a partir de cierta edad, para ella sus fantasías románticas tenían el rostro y el porte de Jeremy Irons, John Malkovich o Al Pacino. Ahora, de camino a los cincuenta, se sorprende no hace mucho observando con detalle un anuncio en el que aparece Rafa Nadal en ropa interior. Lo que llama su atención no es su portentoso torso ni los brazos esculpidos. Ni siquiera la zona cero, el lugar que cubre estratégicamente la tela del slip y que el tenista exhibe con mirada desafiante como si te apuntase con una recortada. Aquello que centra el interés de Ana es el músculo que se encuentra en la zona inferior del abdomen dándole forma de “v” y que se pierde bajo la goma del calzoncillo. «Yo nunca he visto algo así al natural», comenta entre amigas. Una del grupo cuenta que el nombre técnico es “abdominal oblicuo” y que ella lo probó cuando hace años tuvo un lío con un chico asiduo al gimnasio, «se trata de una zona delicatessen como el caviar, la trufa blanca o el buen champagne. A la vista es como aerodinámico, al tacto es duro pero elástico, en la práctica es…¿alguna tiene un coche diesel?, pues esto es como conducir un deportivo de 500 caballos», puntualiza. Donde Ana antes veía un obrero, un joven cachas o un deportista, ahora solo ve la sombra en la camiseta, el corte del pantalón, una probabilidad, una línea recta susceptible de albergar ese diamante de lo muscular, la piedra filosofal, esa “v” de volcánico, de vicio. Le parece entender entonces la fijación del hombre con el culo y el escote y va un paso más, «si ellos llevaran ese espacio de cintura a la vista no me conformaría con mirar. Querría tocar», confiesa.