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domingo, 8 de marzo de 2015

LOS “NO AMIGOS” DE FACEBOOK



No hace mucho mi sobrina de quince años protagoniza una escena que a mi parecer define la esencia de las nuevas relaciones. Mirando atenta la pantalla de su smartphone le dice a su progenitor levantando una ceja, «papá, ¿me has vuelto a pedir amistad en Facebook? si ya te rechacé una vez…». El padre la mira sin saber qué contestar, yo reprimo una sonrisa y pienso en que no es lo mismo la relación real que la que se establece en una red social. Recuerdo la teoría de un amigo sobre la pertinencia de mantener distancia virtual con aquellas tías que le interesan. Él cuenta que, tras un tiempo de observación, ha llegado a una conclusión: hay que separar lo que es la vida social de esa otra faceta más personal y en ocasiones poco legal. Es decir, que una buena manera de constatar si tu pareja está interesada en esa persona de su entorno que, por lo que sea te inquieta, sería comprobar si la tiene de amiga en su lista de contactos de Facebook. Si la respuesta es afirmativa todo apuntaría a una relación meramente cordial. Pero si entre ellos no existe relación en la citada red social uno se puede empezar a preocupar. «No lo acabo de entender», anuncia un tercero que está presente. «La gente por lo general tiene dos facetas, la vida personal y la profesional, ambas visibles, relativamente compatibles y que se suelen mezclar en el mundo virtual. Hay personas que tienen una tercera parcela prohibida que reúne compañías cuestionables, algún vicio y todo lo que tiene que ver con la vertiente sexual prohibida. Esta es la parte que se mantiene aparte en lugares como Facebook. En resumen, existe toda una red de alcantarillado donde se mueven aquellos que se portan regular», sentencia. Veo entonces lo que ocurre en las redes como una puesta en escena y a esa zona oculta como una versión más obscena, privada e inapropiada de la vida.

jueves, 19 de septiembre de 2013

INSOMNIO



Dos Coca Colas, un té, una larga siesta y un comprimido multivitamínico a media tarde me llevan el pasado jueves a las dos de la madrugada a encontrarme completamente desvelada. Con la casa en silencio, el sonido cansino del ventilador y el rumor de fondo de unos vecinos que toman una copa en la terraza, mi organismo se resiste a descansar y tras más de una hora con la mirada fija en el techo de la habitación, decido levantarme y hacer algo de provecho. Enciendo el ordenador con la esperanza de ser absorbida por esa inspiración nocturna que ataca a genios e iluminados a deshora pero abro el Facebook y me quedo atrapada con las fotos de una conocida que se encuentra con amigas en Formentera, la isla que ha conseguido sacar de su grupito el lado más choni y hortera. Descubro que son varios los que han colgado fotos en la orilla del mar, tomando un mojito en un chiringuito o contemplando una puesta de sol, acompañadas de un breve encabezado: “summer time”. Pienso que así, los conceptos globales que no significan nada concreto y que además van en inglés, me parecen el colmo de la estupidez. Cojo un crocanti del congelador y pongo la televisión donde una chica se va quitando la ropa subida en una moto de carreras con un río y una estampa campestre de fondo. No sin dificultad se libera de un short de cuero, del tanga y del sujetador quedando sentada a horcajadas sobre el sillín de piel a pelo. En otro canal una señora rubia con pinta de aburrida lee el tarot en directo y responde a las preguntas de un señor que le pregunta acerca de un antiguo amor. En el canal de tele-tienda muestran con detalle casi científico las propiedades y composición de unas fundas con masaje para los asientos del coche. Decido apagar la tele y vuelvo al silencio de la noche. A través de la ventana observo la superficie lisa de la solitaria piscina y como el haz de la luna que parece llena se proyecta en ella. Los de la cena siguen de copas y mantienen en ese momento una extraña conversación de la que me llegan frases sueltas. “Todos mis amigos son guapos, o por lo menos tienen algo bello” –dice uno de ellos. “Te entiendo, a mi cada vez me cuesta más convivir con la fealdad” –añade otra. “Uno no es bisexual por probar solo una vez” –escucho al poco rato decir. “Yo estoy convencida de que hay una tía en mi gimnasio, la mujer de un diseñador que se acaba de separar, que se lo monta con otra en el vestuario” –dice otra más. A continuación dice nombre y apellido de la interesada y el resto le preguntan por los detalles de esa información inesperada. Vagando de nuevo en Internet descubro con estupor la noticia de que el soldado Mannig, tras ser condenado a 35 años de prisión por traición, confiesa que la naturaleza se ha colado con su sexo y que en lo más profundo de su ser, desea ser mujer y que le llamen Chelsea. Su elección, aunque insólita, me resulta valiente e intento imaginar todos sus años de instrucción y vida militar tratando de ocultar su verdadera condición, fantaseando con ropa interior femenina o calzando tacones de manera clandestina. Me imagino un escuadrón formado por la stripper de la moto, la señora del tarot, las chonis de vacaciones, la chica recién separada y el soldado con el sexo equivocado y reflexiono sobre la condición humana y cómo afecta el medio a las personas, sobre cómo deberíamos ser, qué deberíamos decir, callar y pensar en cada momento para alcanzar la tan ansiada felicidad. Quizás todos llevemos a una Chelsea en nuestro interior, una fuerza brutal pero aletargada que estimulada por la presión provocada por alguna situación determinada, salga a la luz mostrando una faceta reveladora y  total de nuestra personalidad. El sueño me acabó doblegando en el sofá donde fui abordada por una pesadilla donde me veía metida para siempre en la cuenta equivocada de Facebook, escribiendo frases en tono vital a diestro y siniestro y enviándome mensajes sin fin con personas a las que prácticamente no conocía pero con las que mantenía un perfil afín. 

domingo, 12 de mayo de 2013

TABARRA GASTRONÓMICA





Hace un par de semanas es escogido El Celler de Can Roca como mejor restaurante del mundo por delante del Noma, Mugaritz o Arzak. Esa misma noche cenando con amigos de tapitas en Císcar se nos ocurre llamar, en plan gracia, para ver si podemos reservar. Busco el número en Internet, marco y el teléfono empieza a sonar: “Si te dan mesa nos vamos los seis, a pelo, el día que sea”, “Pilla lo que haya, aunque sea en Navidad”, “Di que somos periodistas, a ver si nos ponen en alguna lista” –van soltando sin parar. En la línea salta un contestador: “Heu trucat al Celler de Can Roca, espere un moment si us plau” –dicta una voz masculina. A continuación comienza a sonar el “Para Elisa” de Beethoven en un bucle infinito que decido cortar al cabo de tres minutos. “Nada, me han colgado” –miento para que no se pongan pesados. Y pienso en mis adentros: “la leyenda ha comenzado”. Porque a partir de ese momento aquellos que les guste un poco el mundo de la cocina quedarán divididos para siempre en dos bandos: “los que han ido al Celler y los que no”. Recuerdo con horror las tediosas conversaciones sobre el Bulli que en numerosas ocasiones he tenido que soportar: las fresas a la parrilla, las galletas de alga, el yogur de ostras, el humo de sardina, los detalles del restaurante, las mesas, el salón, las fotos junto a la entrada y lo mejor, la minuta enmarcada. Ahora con el Facebook la cosa se pone peor, pues algunos amantes de lo gastronómico llenan su perfil con las fotos, plato a plato, de la pitanza en el restaurante de moda acompañadas con alguna adivinanza: “¿Quién va a comerse este ravioli de piña y camarones?” –escriben bajo la imagen. “Pues seguro que tú, pesado de los cojones” – le deberían contestar. Pero nadie lo hace, pues hace tiempo que en las redes sociales nos hemos acostumbrado a aguantar. En el otro extremo está la exaltación del autenticismo que algunos llegan a elevar al estatus de misticismo. “Conozco un bar por Ruzafa en el que el tío ni te sirve la mesa, eres tú el que te tienes que levantar” – me dicen. Un día me llevan y al entrar me doy de cara con un garito feo y descuidado donde el propietario, sin moverse de la barra, va llamando a voz en grito a los clientes que acuden obedientes para coger el pedido y el vino, que les pone en una extraña jarra. “¿A qué es una pasada?” –me pregunta un conocido. “Este tipo lo que tiene es mucha jeta. O es un vago o está ahorrando en personal” –le digo. Me acuerdo de otro que había en la zona del Cabanyal donde el trato era tan de andar por casa que al acabar la velada te daba la sensación de que te tenías que quedar para fregar. Y otro más de la playa donde el propietario cocinaba descalzo y te servía un tomate buenísimo pero sin lavar. “Os vais a cagar” –recuerdo que anunciaba un amigo. “Además de verdad” –pensaba yo segura de que esa falta de higiene iba a repercutir de manera directa en nuestro equilibrio estomacal. Pero el núcleo más duro está formado sin duda por aquellos y aquellas que han descubierto recientemente el mercado, normalmente el Central, y se lanzan los sábados a una visita pseudogastronómica-fashion-cultural con una cesta de mimbre, los ojos muy abiertos y gesto experto para hacerse con un botín delicatessen compuesto por erizos, algas, queso, jamón, verdura y pescado para comer crudo. El resto de la semana serán sus compañeros de trabajo los que tengan que sufrir la tortura de escuchar sus peripecias de puesto en puesto, sus paradas preferidas y la lista detallada de sus compras. Admito desde aquí que me encanta el vino, la cocina, salir de restaurantes y que con la práctica he conseguido elaborar algunas recetas sencillas con las que de vez en cuando me luzco. Lo que no puedo es con determinadas pasiones que con el tiempo terminan convertidas en obsesiones y que a algunos les lleva a dar la lata o les impide disfrutar de algo tan exquisito como un huevo, chorizo y unas simples patatas. En estos casos, y como suelo aconsejar, en el punto medio está la virtud entre lo cutre, sablazo y el dar el coñazo.

domingo, 23 de septiembre de 2012

DOMINGOS DE FOTO Y FACEBOOK



El domingo pasado me encuentro tirada en el sofá con el ordenador sobre las piernas husmeando en el Facebook a las nueve de la mañana. En la tele, “¡Dora, Dora, Dora la exploradora…!”, entretiene a mis dos hijos mientras yo me intento despertar. Gracias a las fotos que veo en la pantalla me doy cuenta que la noche anterior, hace tan solo un par de horas, muchos y muchas se fueron de fiesta loca hasta las tantas, y ahí, en el muro de esa inmensa red social, resumen sus andanzas sin pudor: “Pati, Lore y Vero en la fiesta de la fashion week”, “Party sorpresa en casa de Jose”, “Cena japo con las compis del trabajo”. Todo acompañado de numerosas instantáneas que ilustran esos momentos fugaces y los hacen parecer más relevantes, divertidos y emocionantes de lo que son en realidad. Aunque lo sé y soy consciente de que esa exhibición personal no tiene ningún sentido, me hace sentir fatal. “Mi fin de semana es demasiado normal” –me digo. Paseo por el río, aperitivo en alguna terraza de Antiguo Reino o la Alameda, comida con la familia, parque con los niños y alguna cena con amigos.
Esa misma tarde visito a otra madre en su casa en la Gran Vía que me invita para que jueguen los críos. Allí coincido con una vecina de ella, su cuñada y una prima. Las cinco nos enzarzamos en animada conversación y yo saco el tema con el fin de contrastar mi opinión. “¿No os parece que la gente hace menos de lo que dice y se aburre más de lo que parece?” –les pregunto. Y les cuento lo de las fotos del Facebook, donde unos y otras cenan, beben, bailan, cantan o se van de excursión, con la misma sonrisa extraña que parece querer decir: haga lo que haga me divierto que te cagas. Entonces la prima suelta: “todo eso es un bulo, yo por norma general me lo paso como el culo”. A lo que añade la cuñada: “yo los domingos siempre pringo, mi marido, con la excusa de que entre semana tiene mucho follón, no se mueve del sillón”. Mi amiga culmina las declaraciones: “Pues a mi me da vergüenza reconocerlo, pero desde que tuve a mis hijos, odio las vacaciones”. Me digo entonces que la realidad es evidente. Si no te puedes pegar ni una siesta, ¿qué te depara en un día de fiesta?. La clave, me imagino, es buscarse un plan en familia. “Para mi es un coñazo” –anuncia le vecina. “Curso de cocina con niños, teatro de marionetas, visita al Botánico, al Oceanográfico, al Bioparc, cuenta cuentos, teatro infantil, excursión en cabañas, el trenecito del río, curso de galletas, taller de Navidad, granja escuela, música para pequeños, princesa por un día…. y yo esperando, mirando, aguantando, sonriendo, soportando a un payaso idiota que quiere que le sujete una bota o a una monitora pesada y sin consideración, que quiere fomentar la participación. ¿No he pagado yo para que entretengas un rato a los niños? ¡Pues haz tu puto trabajo y deja a los padres en paz!” –concluye. El resto asentimos solidarias pues todo ese esfuerzo no sale, por regla general, en la fotos de ninguna red social. Allí solo encuentras fiestas en áticos, paellas con amigos en Pinedo, gente haciendo kayak o animadas inauguraciones. Por no hablar de los “estados”, una suerte de declaraciones con las que el interesado pretende transmitir sus emociones: “es difícil olvidar, pero más difícil es conseguir no pensar”, “los amigos son esos que están ahí en tu caída”, “sonríe cada mañana en el coche y verás una estrella salir por la noche”. Pensamientos profundos de tinte filosófico que pretenden captar la esencia de la sabiduría humana, por lo menos un par de veces por semana.
A todos esos, a los que con o sin hijos, quieren que creamos que cada tarde, noche o festivo se lo pasan como enanos, a todos los que dan lecciones positivas con absurdas frases vomitivas, a aquellos que intentan mostrar una realidad ideal en un frío portal digital, les animo a hacérselo mirar y quizás plantearse una pregunta antes de colgar lo que les pase por la cabeza: ¿de verdad aporto algo a la humanidad publicando esta obviedad? En caso negativo siempre se puede consolar con el pretexto del mal colectivo: seguro que no es la primera vez que alguien comparte semejante gilipollez.












domingo, 13 de mayo de 2012

MI VIDA SIN iPHONE



Llevo dos meses y veinte días sin iPhone. El pasado sábado veinticinco de febrero, tras una noche de cena, copas y concierto en una pequeña sala de la calle Polo y Peyrolón, lo dejé olvidado sobre el asiento trasero de un taxi que vi alejarse por el paseo de la Alameda. Pasé el resto de la velada hablando con la compañía de transporte: “¿Sabe el número de licencia del coche?”, “¿Recuerda la matrícula?”, “¿Algún dato sobre el conductor, como nombre, aspecto físico?” –me repetían en cada caso. “No tomo notas cuando voy de copas” –respondía cabreada. Luego llegó el turno de la operadora telefónica. “¿Quiere que bloquee las llamadas?” –“Sí”. “¿Quiere que bloquee el terminal?” –“Sí”.
Entonces tuve una idea que planteé a mi solícita interlocutora: “¿No podría ordenar explosionar el aparato en manos de quien lo tenga en este momento y hacer que se desintegre?”. “Lo siento, no disponemos de ese servicio” –me respondió sin inmutarse. Así, a las siete de la mañana y con una dolorosa sensación de pérdida, me dormía sin poner el despertador, sin echar el último vistazo al Facebook, sin noticias del WhatsApp, sin contacto con el mundo exterior.
Sólo unas horas después me despierto y, de manera mecánica, alargo la mano hasta la mesilla de noche para comprobar que, en efecto, el teléfono ya no está allí. “Nadie me puede localizar, yo no puedo llamar a nadie”, repite mi cerebro como un mantra. Salgo a la calle rumbo a una tienda de la compañía situada en Ruzafa. Por el camino, me siento furtiva, desconectada y, por primera vez desde la noche anterior, tengo un sentimiento positivo: percibo mi ser como parte de la ciudad de una manera física y primaria. Cruzando el puente del Reino observo las copas de los árboles, frondosas, brillantes, y la luz, pura y macerada, de los primeros rayos matutinos. Inspiro, siento como el aire penetra en mis pulmones y me conecto a la energía de la urbe. “Así era la vida antes de la invasión celular”, pienso. Entonces me pregunto si no estaré empezando a alucinar fruto de la resaca.
En la tienda me recibe una señorita que habla de manera mecánica en términos crípticos. Tengo la sensación de estar dentro de un videojuego: portabilidad, duplicado, fidelización, permanencia, programa de puntos, descargas, app, sim, sms, mms, pin, puk… “¿No puede darme ahora otro iPhone?” –le corto. Entonces, por primera vez en la hora que llevo allí, se ríe, solo un segundo, y me da cita para dos semanas después con un agente. “¿De la CIA?” –bromeo. Y ahora, ya sin reírse, me entrega una tarjeta virgen, posa su mirada en el siguiente cliente y le recibe en su idioma élfico.
En un cajón de casa, alguien de la familia ha encontrado un antiguo modelo, de marca desconocida, en el que meto la nueva tarjeta. “Trilirín”, el aparato se conecta y abre ante mí el vacío absoluto. Ni un solo contacto, ni fotos, ni mensajes. Nada. Me anoto los teléfonos de los más allegados, elijo la foto de un pollo como fondo de pantalla y hago un par de llamadas a amigos para comentar la pérdida.
A partir de ese momento, cada día tengo que explicar, por lo menos una vez, que ya no tengo mi antiguo teléfono. La nueva adquisición causa la misma expectación que si sacara un revólver: “¿Qué es eso? ¿Qué marca es? ¿Dónde está el iPhone?...” Y tras casi diez semanas “limpia”, saco algunas conclusiones:
Aunque echo de menos la cámara integrada, la grabadora, el gps, el Twitter, el Skipe, el conversor y los cientos de aplicaciones que hacen de la vida algo más completo y entretenido, valoro haber recuperado la independencia mental, los paseos a la antigua, las películas sin cortes, la lectura en las esperas, la plena conversación, el sentirme anclada a la realidad de una manera más física y menos tecnológica, menos inmediata, menos certera, pero también menos superflua y más humana.
Depender del aparato te alinea, te aliena y crea un espejismo de lo colectivo reduciéndote a la individualidad del dispositivo. Recuperar lo directo, el piel con piel, el lenguaje eterno, convierte en postmoderno y dota de intención al antiguo modelo de  comunicación. ¡Arriba la desconexión!