Leo que los más jóvenes están
mucho menos interesados en el sexo de lo que lo estábamos nosotros y todas las
generaciones anteriores. También me entero de que la tendencia va a hacia el
mundo virtual, los encuentros a distancia, el tema más mental. Me viene a la
cabeza la imagen de una pareja que vi el otro día dándose el lote en la Gran
Vía mientras yo esperaba en un semáforo. Él sujetaba la cabeza de ella entra
las manos y recorría su cuello con besos ligeros. Ella entonces lo miró y
atrapó su labio inferior con los dientes, él sonrió y ambos se fundieron en un
rotundo morreo, sus piernas se cruzaron haciendo que los cuerpos pegados se
ladearan originando un sutil juego de pies, una tenue danza improvisada, un ejercicio
de equilibrio que los mantuvo ajenos al mundo por el espacio de esos instantes.
Continuo mi camino y me cruzo con varios grupitos de adolescentes que salen del
colegio hasta arriba de ortodoncias, de mochilas cargadas, de melenas
enredadas, de monopatines, de brillo de labios, de brotes de acné, de
calcetines por la rodilla, de siluetas alargadas, descompensadas, un coro de
voces roncas y aflautas y risas exageradas que se forman y aprenden idiomas,
preparándose para un futuro profesional incierto. Me entran ganas de decirles
que pasen un poco del móvil, que no se sientan mal por lo que otros cuelgan en
Instagram, porque es casi todo mentira, que escriban una carta a mano por lo
menos una vez, o una nota, que envíen una postal, que aprendan a valorar una
buena conversación, que el olor y la textura de la piel son infinitamente mejor
que la pantalla del ordenador, que es mejor decir “te quiero” que enviar un
emoticono con los ojos de corazón, que compartir es mucho más que publicar
contenido en tu muro y que la prueba de que estás enamorado no es una carpeta
de mensajes guardados ni una palabra en tu estado, sino el pulso acelerado.
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lunes, 1 de junio de 2015
lunes, 9 de septiembre de 2013
DESAHOGO EN LA CIUDAD
Bea y Juanjo se han visto
este año en la obligación de pasar el mes de agosto en Serra. Alojados en el
chalet de los padres de él, comparten techo con los abuelos, dos hermanas de su
marido con sus parejas y numerosos críos. El resultado es que, y debido a la
forzosa distribución del espacio, deben de dormir en la habitación con sus dos
hijos. Una tarde tienen que ir a Valencia a recoger unas cosas de casa. Al
entrar, y pese al calor sofocante, Juanjo mira a Bea pasar por delante, con el
rostro sudado y aspecto congestionado, y se lanza sobre ella como un jabato
empotrándola contra la pared tras más de diez días de obligada sequía en el
chalet. Pese a que su relación no atraviesa el mejor momento, ella lo recibe
entregada y una hora y varios embistes después, vuelve a la urbanización
relajada. A los pocos días Bea anuncia que tiene que volver a la ciudad para
hacer unos recados y Juanjo, que capta de inmediato la señal, decide
acompañarla para vivir en la casa otra sesión de sexo bestial. Desde ese
momento, y casi a diario, la pareja alega cualquier excusa para ausentarse un
par de horas de las vacaciones y lanzarse a esas sesiones que han abierto una
puerta inusual en su vida matrimonial. El resto del tiempo mantienen las distancias
de manera inconsciente sumergidos en el clima de cotidianeidad. Un día, a la
hora de comer, Bea se lleva una sorpresa cuando, recién llegada de su revolcón
clandestino, escucha de manera accidental una conversación entre la madre y la
cuñada en la cocina. “¿Juanjo y Bea donde están? – pregunta la suegra. “Pues
dale que te pego en Valencia” –contesta la cuñada con normalidad. Ella se
detiene en silencio y vuelve a la piscina donde percibe entonces la mirada de
sus dos cuñados cargada de deseo reprimido y admiración y da por hecho, con
cierta satisfacción, que toda la familia comparte la información.
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