Conozco ya varios casos de
amigos fascinados con el capítulo dos de la primera temporada de la serie True
Detective. Concretamente con el que creo que es el minuto diez. Les cuento la
escena. El policía interpretado por Woody Harrelson llega agotado y con ganas
de cariño a casa de su amante, una joven atractiva protagonizada por Alexandra
Daddario. Ella va vestida con un pantalón suelto (sin bragas) y una blusa en
tono crudo de manga corta (sin sujetador), cuyos botones parecen contener la
misma presión que la presa del Embalse de la Serena en Badajoz. Él le entrega
unas esposas a modo de presente erótico y abre una botella de vino, ella se
inclina sobre la mesa para servirlo y él le baja con las dos manos parte del
pantalón dejando ver el inicio de un señor culo. Ella se gira, simula una
detención y le obliga a sentarse en el sofá, se coloca encima a horcajadas y esposa
sus muñecas a una estantería dejándolo inmovilizado de brazos. Con tono
seductor le pregunta si quiere que le lea sus derechos, él asiente tontorrón y
llega el momento en el que todos los hombres presentes, sin excepción, ponen
más atención a la pantalla que si se tratase del minuto decisivo de la final
del Mundial. Alexandra coge la camisa y la desliza de manera suave en sentido
ascendente dejando a la vista su espalda y vientre y, a continuación, dos
pechos enormes, bien formados, que parecen emerger de otro planeta copando el televisor.
En ese momento ellos, los miles de fans rendidos a esa anatomía prodigiosa, se
entregan hipnotizados a esos senos rubenianos, con un “madre mía”, un “son
perfectos” o un “no se puede estar tan buena”. A veces rebobinan o detienen la
secuencia en medio de la acción, dejando congelada la imagen de esas tetas
escultóricas e imaginando que son ellos los protagonistas de esa detención.
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jueves, 10 de diciembre de 2015
viernes, 14 de noviembre de 2014
ENAMORADO DE UN CULO
Estoy de cena con madres del
cole en el restaurante de un amigo. Las conversaciones, como siempre que se
junta un grupito de mujeres, saltan de tema en tema, se mezclan, se superponen,
se marean, aumentan de volumen, se paralizan por una sonora carcajada y vuelven
a enredarse de nuevo. La cosa es que, a raíz de la reciente separación de una
de ellas sale a colación, como no, el tema del amor. La dama soltera se siente
atraída por un hombre más joven que ella, de cuestionable nivel cultural, que
trabaja de manera irregular como masajista. «Me pierden su sonrisa y sus manos,
ya sé que no somos compatibles, pero cuando lo tengo delante se me va la
cabeza», confiesa. Mi amigo, que en ese momento saca los cafés, se lanza a
compartir su experiencia. «Uno se puede quedar colgado de una voz o de unas
tetas. Yo en la universidad me enamoré de un culo. Cada mañana lo veía pasar
camuflado debajo de un vaquero. Aún así percibía su tersura, la curvatura, el
‘toc toc’ que parecía perturbarlo a cada paso para luego volver en décimas de
segundo a su estado natural. Al final lo conocí, lo tuve entre mis manos, lo
admiré de noche, a la luz del día, a la hora de comer, con el reflejo tenue del
atardecer. A veces, caprichoso, le colocaba una flor, o lo utilizaba para
apoyar un libro y leer sobre él. Le compré aceites, cremas y todo un arsenal de
ropa interior, recé por él, le hice cientos de fotografías, incluso le compuse
una canción», relata. «¿Y qué pasó», me atrevo a preguntar. «Que un buen día se
acabó, desacuerdos con su dueña», recuerda con nostalgia. A mi me viene a la
cabeza la propietaria del trasero y como habrá evolucionado su relación con él,
si se llevarán bien, si habrá conocido a otro hombre que se haya prendado de
sus nalgas, y si la historia que nos ha contado es producto del fetichismo o
guarda, como sospecho, grandes dosis de realismo.
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