Los que afirman que el amor
verdadero es la fuerza total que mueve el mundo y que impulsa las etapas más
intensas de las relaciones, es que todavía no se han cruzado con una ex
cabreada. Victoria Álvarez, ex pareja de Jordi Pujol Ferrusola, es la prueba
viviente del despecho. Tras cuatro años de relación la dama no solo ha sido
determinante a la hora de destapar aspectos clave relacionados con las oscuras
finanzas del clan catalán, sino que se ha despachado a gusto en distintos
medios asegurando que no se trata de resentimiento, que no es una fresca ni una
fulana y los ha tachado de mafia. Siguiendo su estela llega María José
Bargalló, amante en su día del “president”, chivando a las autoridades
pertinentes información denominada sensible, ayudando a tirar de la manta sobre
el tema de las cuentas en paraísos fiscales y echando luz en otra serie de
asuntos de esos que huelen. La jugada maestra, el estoque final, viene de la
mano de Valérie Trierweiler,
corneada y despreciada por el señor Hollande, que ha visto airear sus miserias
en las memorias tituladas “Gracias por este momento”, un relato rabioso escrito
desde un rincón solitario de textura áspera, al igual que la piel ya ajada de
la periodista, y del tamaño moral de una pastilla de Prozac. En el caso de la mujer
engañada y abandonada la venganza no solo se sirve fría, sino también digerida,
premeditada y elaborada. Y yo me pregunto, ¿qué estarían tramando hace un par
de semanas en una cafetería del centro la ex mujer de un conocido señor de bien
y la reciente ex amante? A veces solo hace falta un poco de tiempo y un cambio
de perspectiva para que el que en su día se convirtió en motivo de disputa se
transforme en enemigo común. Adaptación para el caso del refrán de las barbas:
“cuando a dos de tus ex veas confraternizar… pon en orden tus cuentas y empieza
a temblar”.
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viernes, 24 de octubre de 2014
domingo, 15 de junio de 2014
LÁGRIMAS CALIENTES
Lo que le ocurre a Marisa es
un tema a estudiar. Tras varios años de casada un día descubre una faceta de la
vida íntima de su marido que le pilla completamente desprevenida. Hacía tiempo
que lidiaban con la enfermedad de un familiar. Una noche se encuentran en el
salón hablando del tema y ella, sobrepasada, se pone a llorar. Él entonces la
observa con atención, se sienta junto a ella, le retira el pelo de la cara,
arrastra con el dedo una lágrima que atraviesa su mejilla, le coge de la
barbilla y la besa con profusión. Tras bajar la mano hasta el escote se
enzarzan en una sesión de intenso sexo conyugal que culminan sobre el suelo.
Para ella no es digno de atención hasta que unas semanas después, tras discutir
con una amiga, le narra a su esposo lo ocurrido y se deja llevar por el llanto.
Él cierra la puerta de la habitación, se sienta de rodillas ante ella y le
dedica una mirada de admiración para, a continuación, desabrocharle con calma
la camisa, liberarla del pantalón y tomarla sobre la cama, en un momento lleno
de erotismo y pasión. Es así como mi amiga descubre que hay un punto en el
subconsciente de su pareja que hace que se ponga muy caliente cuando ella
expresa su tristeza. Desde ese momento, y tratando de no pasarse de teatral, lo
agasaja de vez en cuando con alguna escena dramática que tiene lugar tras
relatarle un problema, que algunas veces se ha tenido que inventar, a lo que el
marido siempre responde hecho un animal. Ella ha pensado que quizás tenga que
ver con el gusto de él por las novelas y series de corte medieval, cuando el
caballero valiente debe de salvar a la dama asustada y a la vez ardiente que lo
recibe entregada, consciente de que además de salvada va a sentirse colmada. En
todo caso ha decidido no preguntar, pues está convencida de que una de las
claves del deseo sexual es el componente visual. Y ahí sobran las palabras.
lunes, 9 de junio de 2014
LAS BRAGAS AL BOLSILLO
Ambos sexos por igual, cuando
estamos en pareja y en función del contexto, tenemos tendencia a acotar para
dejar claro al resto hasta donde se puede llegar. A esto se le llama “marcar el
terreno” y su aplicación concreta a la vida real recoge el clásico beso superficial
cuando la pareja de uno llega o se va, la palmada en el trasero de él a ella en
plan casual o el apretón de muslo furtivo de ella a él cuando alrededor el
ambiente es festivo, el sentarse en las rodillas del varón en el momento en el
que se detecta la presencia de otra dama pendón, abrazar por detrás y mordisquear
el cuello de la esposa cuando esta se contonea por la pista de baile con mirada
peligrosa, y una larga lista de movimientos, que proceden del inconsciente, y
que tienen su réplica en el mundo animal, de manera que para todos es algo
habitual. Hace poco una bella mujer comparte conmigo su pequeña estrategia de
placaje destinada a recordarle a su marido, cuando está distraído, que es ella
la que tiene el poder. «No hay nada tan efectivo como quitarte las bragas con
disimulo y metérselas en su bolsillo. Mejor si llevas falda y os encontráis en
plena cena o estáis bailando», me cuenta. Con ese sencillo gesto la interesada
no sólo consigue captar la atención de su pareja, sino que a la vez que lo
“marca” con la prenda íntima, instala en su pensamiento la imagen de esa zona
privada de su cuerpo liberada de la ropa interior, tentadoramente accesible.
«Antes de salir pulverizo las bragas con mi perfume, Trésor de Lancôme, y así
si las toca, cada vez que se acerca la mano a la boca, se multiplica el
efecto», explica. En mi opinión esta técnica posee el componente provocativo y algo
de sofisticación, al aunar en la mente el concepto de promesa, el de
imaginación y hasta un punto de advertencia. Pues, ¿podrá el marido actuar con
coherencia sabiendo lo que le ocurre a su esposa debajo del vestido?
jueves, 19 de septiembre de 2013
GANAS DE MÁS
A Bea no el gusta conducir
por carretera. Pese a que utiliza el coche en la ciudad con normalidad, de un
tiempo a esta parte el tema de la velocidad le produce inseguridad. Tras pasar
las vacaciones en la costa de Alicante, donde un amigo llevó su coche a la ida,
al llegar el final de mes se presenta el momento de volver y le plantea a su
marido el problema. “No quiero conducir de vuelta, vamos todos en el tuyo y ya recogeremos
el mío” –le cuenta. “De ninguna manera, no seas limitada. Además no creo que
haya suficiente espacio, iré yo con los niños, tú ve despacio” –contesta él. Llegado
el día Bea se agarra al volante y toma la carretera tratando de mantener el
control, respirando hondo, con el aire acondicionado a tope y la música de
fondo. Al rato empieza a acusar cierta tensión y para en un área de servicio.
Allí toma un café cuando ve entrar por la puerta a un antiguo compañero de
trabajo y a un amigo. Tras los saludos pertinentes Bea les informa de su
situación y Andrés, al que acaba de conocer, se ofrece a conducir por ella con
amabilidad, pues también se dirige a la ciudad. Ya en el asiento del copiloto
ella observa a su salvador y cae en la cuenta de que le resulta atento, varonil
y atractivo. Al cambiar de marcha Andrés topa un par de veces con la rodilla de
Bea, que ve en el gesto algo más. Esa intimidad inesperada y el hecho sentirse
liberada de la conducción, le provocan una repentina excitación, por lo que
coge una mano de él y se introduce un dedo en la boca que succiona con fruición.
El resto del trayecto lo hacen en silencio y ella, que siempre ha sido fiel, le
graba su teléfono en el móvil y antes de llegar le escribe un WhatsApp: “me quedo
con ganas de más”, una acción que produce en ella una pequeña revolución y le
hace ver, por primera vez, las ventajas de su limitación en la conducción.
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