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viernes, 24 de octubre de 2014

EX–PIACIÓN



Los que afirman que el amor verdadero es la fuerza total que mueve el mundo y que impulsa las etapas más intensas de las relaciones, es que todavía no se han cruzado con una ex cabreada. Victoria Álvarez, ex pareja de Jordi Pujol Ferrusola, es la prueba viviente del despecho. Tras cuatro años de relación la dama no solo ha sido determinante a la hora de destapar aspectos clave relacionados con las oscuras finanzas del clan catalán, sino que se ha despachado a gusto en distintos medios asegurando que no se trata de resentimiento, que no es una fresca ni una fulana y los ha tachado de mafia. Siguiendo su estela llega María José Bargalló, amante en su día del “president”, chivando a las autoridades pertinentes información denominada sensible, ayudando a tirar de la manta sobre el tema de las cuentas en paraísos fiscales y echando luz en otra serie de asuntos de esos que huelen. La jugada maestra, el estoque final, viene de la mano de Valérie Trierweiler, corneada y despreciada por el señor Hollande, que ha visto airear sus miserias en las memorias tituladas “Gracias por este momento”, un relato rabioso escrito desde un rincón solitario de textura áspera, al igual que la piel ya ajada de la periodista, y del tamaño moral de una pastilla de Prozac. En el caso de la mujer engañada y abandonada la venganza no solo se sirve fría, sino también digerida, premeditada y elaborada. Y yo me pregunto, ¿qué estarían tramando hace un par de semanas en una cafetería del centro la ex mujer de un conocido señor de bien y la reciente ex amante? A veces solo hace falta un poco de tiempo y un cambio de perspectiva para que el que en su día se convirtió en motivo de disputa se transforme en enemigo común. Adaptación para el caso del refrán de las barbas: “cuando a dos de tus ex veas confraternizar… pon en orden tus cuentas y empieza a temblar”.

domingo, 15 de junio de 2014

LÁGRIMAS CALIENTES





Lo que le ocurre a Marisa es un tema a estudiar. Tras varios años de casada un día descubre una faceta de la vida íntima de su marido que le pilla completamente desprevenida. Hacía tiempo que lidiaban con la enfermedad de un familiar. Una noche se encuentran en el salón hablando del tema y ella, sobrepasada, se pone a llorar. Él entonces la observa con atención, se sienta junto a ella, le retira el pelo de la cara, arrastra con el dedo una lágrima que atraviesa su mejilla, le coge de la barbilla y la besa con profusión. Tras bajar la mano hasta el escote se enzarzan en una sesión de intenso sexo conyugal que culminan sobre el suelo. Para ella no es digno de atención hasta que unas semanas después, tras discutir con una amiga, le narra a su esposo lo ocurrido y se deja llevar por el llanto. Él cierra la puerta de la habitación, se sienta de rodillas ante ella y le dedica una mirada de admiración para, a continuación, desabrocharle con calma la camisa, liberarla del pantalón y tomarla sobre la cama, en un momento lleno de erotismo y pasión. Es así como mi amiga descubre que hay un punto en el subconsciente de su pareja que hace que se ponga muy caliente cuando ella expresa su tristeza. Desde ese momento, y tratando de no pasarse de teatral, lo agasaja de vez en cuando con alguna escena dramática que tiene lugar tras relatarle un problema, que algunas veces se ha tenido que inventar, a lo que el marido siempre responde hecho un animal. Ella ha pensado que quizás tenga que ver con el gusto de él por las novelas y series de corte medieval, cuando el caballero valiente debe de salvar a la dama asustada y a la vez ardiente que lo recibe entregada, consciente de que además de salvada va a sentirse colmada. En todo caso ha decidido no preguntar, pues está convencida de que una de las claves del deseo sexual es el componente visual. Y ahí sobran las palabras.

lunes, 9 de junio de 2014

LAS BRAGAS AL BOLSILLO


                                      


Ambos sexos por igual, cuando estamos en pareja y en función del contexto, tenemos tendencia a acotar para dejar claro al resto hasta donde se puede llegar. A esto se le llama “marcar el terreno” y su aplicación concreta a la vida real recoge el clásico beso superficial cuando la pareja de uno llega o se va, la palmada en el trasero de él a ella en plan casual o el apretón de muslo furtivo de ella a él cuando alrededor el ambiente es festivo, el sentarse en las rodillas del varón en el momento en el que se detecta la presencia de otra dama pendón, abrazar por detrás y mordisquear el cuello de la esposa cuando esta se contonea por la pista de baile con mirada peligrosa, y una larga lista de movimientos, que proceden del inconsciente, y que tienen su réplica en el mundo animal, de manera que para todos es algo habitual. Hace poco una bella mujer comparte conmigo su pequeña estrategia de placaje destinada a recordarle a su marido, cuando está distraído, que es ella la que tiene el poder. «No hay nada tan efectivo como quitarte las bragas con disimulo y metérselas en su bolsillo. Mejor si llevas falda y os encontráis en plena cena o estáis bailando», me cuenta. Con ese sencillo gesto la interesada no sólo consigue captar la atención de su pareja, sino que a la vez que lo “marca” con la prenda íntima, instala en su pensamiento la imagen de esa zona privada de su cuerpo liberada de la ropa interior, tentadoramente accesible. «Antes de salir pulverizo las bragas con mi perfume, Trésor de Lancôme, y así si las toca, cada vez que se acerca la mano a la boca, se multiplica el efecto», explica. En mi opinión esta técnica posee el componente provocativo y algo de sofisticación, al aunar en la mente el concepto de promesa, el de imaginación y hasta un punto de advertencia. Pues, ¿podrá el marido actuar con coherencia sabiendo lo que le ocurre a su esposa debajo del vestido?

jueves, 19 de septiembre de 2013

GANAS DE MÁS



A Bea no el gusta conducir por carretera. Pese a que utiliza el coche en la ciudad con normalidad, de un tiempo a esta parte el tema de la velocidad le produce inseguridad. Tras pasar las vacaciones en la costa de Alicante, donde un amigo llevó su coche a la ida, al llegar el final de mes se presenta el momento de volver y le plantea a su marido el problema. “No quiero conducir de vuelta, vamos todos en el tuyo y ya recogeremos el mío” –le cuenta. “De ninguna manera, no seas limitada. Además no creo que haya suficiente espacio, iré yo con los niños, tú ve despacio” –contesta él. Llegado el día Bea se agarra al volante y toma la carretera tratando de mantener el control, respirando hondo, con el aire acondicionado a tope y la música de fondo. Al rato empieza a acusar cierta tensión y para en un área de servicio. Allí toma un café cuando ve entrar por la puerta a un antiguo compañero de trabajo y a un amigo. Tras los saludos pertinentes Bea les informa de su situación y Andrés, al que acaba de conocer, se ofrece a conducir por ella con amabilidad, pues también se dirige a la ciudad. Ya en el asiento del copiloto ella observa a su salvador y cae en la cuenta de que le resulta atento, varonil y atractivo. Al cambiar de marcha Andrés topa un par de veces con la rodilla de Bea, que ve en el gesto algo más. Esa intimidad inesperada y el hecho sentirse liberada de la conducción, le provocan una repentina excitación, por lo que coge una mano de él y se introduce un dedo en la boca que succiona con fruición. El resto del trayecto lo hacen en silencio y ella, que siempre ha sido fiel, le graba su teléfono en el móvil y antes de llegar le escribe un WhatsApp: “me quedo con ganas de más”, una acción que produce en ella una pequeña revolución y le hace ver, por primera vez, las ventajas de su limitación en la conducción.