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jueves, 10 de diciembre de 2015

DETENCIÓN EN CALIENTE




Conozco ya varios casos de amigos fascinados con el capítulo dos de la primera temporada de la serie True Detective. Concretamente con el que creo que es el minuto diez. Les cuento la escena. El policía interpretado por Woody Harrelson llega agotado y con ganas de cariño a casa de su amante, una joven atractiva protagonizada por Alexandra Daddario. Ella va vestida con un pantalón suelto (sin bragas) y una blusa en tono crudo de manga corta (sin sujetador), cuyos botones parecen contener la misma presión que la presa del Embalse de la Serena en Badajoz. Él le entrega unas esposas a modo de presente erótico y abre una botella de vino, ella se inclina sobre la mesa para servirlo y él le baja con las dos manos parte del pantalón dejando ver el inicio de un señor culo. Ella se gira, simula una detención y le obliga a sentarse en el sofá, se coloca encima a horcajadas y esposa sus muñecas a una estantería dejándolo inmovilizado de brazos. Con tono seductor le pregunta si quiere que le lea sus derechos, él asiente tontorrón y llega el momento en el que todos los hombres presentes, sin excepción, ponen más atención a la pantalla que si se tratase del minuto decisivo de la final del Mundial. Alexandra coge la camisa y la desliza de manera suave en sentido ascendente dejando a la vista su espalda y vientre y, a continuación, dos pechos enormes, bien formados, que parecen emerger de otro planeta copando el televisor. En ese momento ellos, los miles de fans rendidos a esa anatomía prodigiosa, se entregan hipnotizados a esos senos rubenianos, con un “madre mía”, un “son perfectos” o un “no se puede estar tan buena”. A veces rebobinan o detienen la secuencia en medio de la acción, dejando congelada la imagen de esas tetas escultóricas e imaginando que son ellos los protagonistas de esa detención.

lunes, 1 de junio de 2015

EL HIJO O LAS TETAS




Sandra es soltera, tiene treinta y largos y se ha labrado una sólida carrera profesional. Tras pagar la reforma de su piso aún le queda un pellizquito ahorrado que le hace plantearse un dilema: inseminarse o ponerse tetas, una decisión que lleva tiempo barruntando. «El pecho artificial como alegoría de la concepción artificial. La mujer autosuficiente rompiendo los esquemas de familia pero necesitada a la vez de los dos emblemas de la sexualidad más primaria. Poético y a la vez frívolo y real», expone a sus amigas. Una, madre de dos niños, tiene clara su postura, «sin duda voto por embarazo, el clímax de la feminidad tiene que ver con la maternidad. A fin de cuentas los pechos no son sino un medio útil cuyo fin es amamantar, pagando la inseminación estás cumpliendo un doble objetivo. Cuando tengas a tu bebé en brazos no te importará si tus tetas están abajo», defiende. Otra del grupo basa su alegato en la practicidad, «yo invertiría en el escote pues puede actuar como cebo y traerte gratis al inseminador, y quien sabe si incluso hasta un poco de amor. Además está demostrado que una mejora en el físico aumenta la autoestima, y vas a tener que renovar toda tu ropa interior, ¿se te ocurre algo mejor?», expone con matiz cómico. La tercera se muestra más equilibrada, «el orden en este caso es fundamental. Después de dos embarazos te diré que esos nueves meses de gestación más el post parto provocan en el pecho verdaderos estragos. Además para ser madre hay un plazo. Yo voto por el hijo, ya habrá tiempo para tetas», opina. La interesada, que ha escuchado sin hablar, afirma, «pienso que el hecho de poner al mismo nivel descendencia y delantera ya es de por si esclarecedor. Además aún creo en el flechazo, la boda y las perdices, solo que la princesa de mi cuento tiene claro que en el mundo en el que vive es más fácil si estás buena», sentencia. 

viernes, 31 de octubre de 2014

EL PODER DE LOS PECHOTES




Yo ya soy fan del pequeño Nicolás. El jovencito de mirada vivaracha y cara de empollón cuya detención ha rivalizado en nivel de atención mediática con la avalancha de casos de corrupción, tiene a medio país pendiente de sus andanzas. Poco a poco se van desvelando detalles de su corta pero intensa existencia a cada cual más sorprendente: el chalet del Viso, los escoltas, su estatus de espía, la labor de intermediación entre las altas esferas, las supuestas llamada al Rey…Luego están esas fotos con políticos, banqueros y empresarios varios, una cúpula de poder de la que, ahora que ha sido desenmascarado, parece cachondearse posando con ese gesto de “me estoy quedando contigo”. Pero Nicolás no está solo. La pieza más fascinante del caso es su íntima y musa Isabel Mateos, alias “La Pechotes”. De esta joven de belleza espectacular se sabe que lleva un tiempo trabajando como relaciones públicas en locales pijos de la capital, que estudia periodismo y, a tenor de sus fotos de Instagram, que disfruta de una animada vida social. Y poco más. El brillante Nicolás lo clavó con el apodo que le puso a su amiga, pues lo primero que llama la atención en la mayoría de instantáneas son esos pechos hipnóticos, proporcionados, bien puestos, que ella se encarga de destacar con escotes pronunciados y sostenes con relleno. El poder de esos atributos es tal que parece haber neutralizado la atención que se ha generado a su alrededor, sirviéndole de protección frente al resto. En su mirada azul parece leerse un “a partir de estas tetas no”, y aquellos que se aproximan al tema se sienten turbados por esas cúpulas, que convierten a la interesada en una especie de Afrodita poseedora de un poder desconocido. Me imagino que ella ya lo sabrá pero, al margen de que acabe la carrera, estoy segura de que esos dos pechos la van a llevar hasta donde ella quiera.

jueves, 1 de marzo de 2012

Columna publicada en en periódico Las Provincias en enero del 2011


Las perlas del sur

Con el paso de los años he podido observar como todo hombre poblador de nuestro planeta de cualquier edad, condición, raza o nacionalidad, no puede controlar su mirada ante la presencia de un escote femenino. Se trata de una mirada rápida, casi imperceptible, una bajada de ojos que apenas dura unas décimas de segundo pero que el varón, en muchos casos apurado, se ve incapaz de dominar. No deja de sorprenderme esa creatividad masculina para referirse a los pechos que pasa por términos como peras, bolas, bufas, trancas, melones, domingas, mamellas y alguna que otra perla, cuando a la hora de la verdad, se sienten tan intimidados ante la presencia de un par de ellas en un contexto cotidiano, que no son capaces de controlarse. Todavía recuerdo una reunión de trabajo a la que acudimos una compañera muy dotada y yo durante la cual, el pobre interlocutor, luchó de manera titánica contra su díscola mirada que insistía una y otra vez en posarse en su delantera. Tan apurado le vi que, en un descuido del mirón, le pasé un foulard a mi amiga para ocultar sus atributos. Aún así, era tarde, pues el pobre hombre, ya por deformación, siguió mirando compulsivamente hacia los vibrantes bultos ahora cubiertos de tela floreada. Al terminar la reunión se despidió de nosotras casi sin mirarnos y se marchó cargando con el peso de esas tetas perturbadoras. Desde ese día no he podido dejar de sentir compasión por ese extraño mal que afecta a los varones y hace que me pregunte: ¿qué pasaría si a nosotras nos ocurriera lo mismo con su entrepierna? Prefiero no pensarlo, la respuesta se me torna dura.