La primera vez que Pedro vio
a la esposa de su jefe le pareció una mujer atractiva, discreta y agradable, más
joven de lo que esperaba. Fue una mañana de invierno, ella vestía un abrigo y al
verla marchar se fijó en sus piernas definidas que se perdían en unos tobillos delgados.
La segunda ocasión es primavera y coinciden en una cena en la que ella luce un
vestido ligero que deja al descubierto un cuello estilizado. La melena, suelta,
cae brillante sobre su espalda bronceada y él pasa la noche muy atento a su
sonrisa. Llega el verano y el jefe invita a Pedro a comer en su chalet. Tras el
aperitivo la mujer de su superior les propone un baño en la piscina. En
silencio se desviste. Pedro descubre un vientre firme, cintura estrecha, culo
duro, largos muslos. Sus ojos se topan entonces con un pecho generoso que brota
del bikini con firmeza. Por su cabeza pasa la imagen de su jefe, su pelo ralo,
su barriga prominente y esa forma de hablar, ese acento final que impregna
hasta las frases en teoría normales de una atroz superioridad. «Él se la tira y
tú no», le dice su conciencia realista. Mientras la observa nadar fantasea con
que la tiene entre sus brazos. La imagina sin ropa, la piel dorada, mojada, la
mirada entornada. «¿Será el poder, estará enamorada?», reflexiona cuando ella
sale del agua y se tumba en una hamaca. Pedro, acalorado, se queda en bañador y
deja al descubierto su trabajada anatomía. La esposa levanta la mirada y se la
clava. «Igual prefiere un torso duro a un cuerpo maduro», se dice él apretando
abdominales. El dueño de la casa se acerca por detrás y le sirve vino, «bebe,
es un reserva especial de Borgoña, ¿sabes que es lo mejor de este vino?», le
pregunta moviendo la copa. Pedro aguarda la respuesta con gesto diligente.
«Poderlo pagar», concluye el jefe mirando a su mujer mientras se pone la ropa.
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lunes, 1 de junio de 2015
viernes, 11 de mayo de 2012
LA TENTACIÓN VIVE AL LADO
Ya lo había advertido. “Mis nuevos vecinos están todo el día
dale que te pego” –nos informó María hará cosa de un mes. “A mediodía no
perdonan, y a veces repiten por la noche. Deben de llevar poco tiempo porque ya
me contarás” –explicaba mi amiga, de baja tras su reciente maternidad. Así que
no hace mucho quedamos a comer en su casa para ver al bebé. Tras la ensalada y
la pasta, seguimos la sobremesa con vino y chocolate. De repente María apaga el
televisor y nos manda callar con un índice mientras con el otro señala la
pared. Un ruido sordo y constante parece llegar desde la vivienda contigua.
“Ahí están, son ellos” –anuncia.
Poco a poco el sonido va subiendo de intensidad. Nosotras
permanecemos quietas, mirándonos unas a otras con los ojos como platos. De vez
en cuando podemos descifrar alguna frase, un “¡Oh-Dios-mí-o!”, un “da-me-más”,
en un largo crescendo sin medida. El
ritmo se acelera y llega un fin de fiesta intenso, ruidoso, épico. Se hace el
silencio. Soltamos el aire y nos reímos tapándonos la boca. Entonces habla
María: “¡A la entrada!... en unos minutos se va a trabajar”. Saltamos del sofá
y nos plantamos delante de la puerta dándonos codazos por controlar la mirilla.
Justo cuando lo escuchamos salir abrimos la puerta con naturalidad y nos
despedimos de nuestras amiga.
El vecino es un vikingo esbelto y gallardo que espera en el
rellano mientras nosotras miramos de refilón. Cuando llega el ascensor, abre la
puerta para dejarnos pasar. Ya dentro, nos observa descarado, con mirada de “en
mi casa a estas horas se reparte el pan”. Cortadas, hacemos el resto del
trayecto mirándonos los pies y lo vemos salir del portal con culo prieto y
caminar torero. Más tarde, nuestra amiga nos confiesa un sueño recurrente, en
el que plancha, esbelta, cuando de repente suena el timbre y aparece el vecino:
se ha equivocado de puerta.
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