Una amiga ha dado con una
nueva aplicación de servicio de coches con conductor, algo tipo taxi pero con
automóviles de marca en tono oscuro, el interior inmaculado, perfumado, música
ambiente, aire acondicionado y un señor al volante bien plantado y uniformado
que se baja para abrirte la puerta, te llama de usted por tu nombre y solo
interrumpe su silencio para preguntarte con una sonrisa si es adecuada la
temperatura. El tema es que mi amiga, casada, madre de dos hijos, alta, rubia y
esbelta, gusta ahora de llegar a sus citas en ese transporte de lunas tintadas,
esperar a que le abran la puerta y apearse tomándose su tiempo, primero posando
la delgada patita que culmina en un zapato de tacón, como si la calzada fuera
de terciopelo, y luego la otra, impulsándose grácil, haciendo un leve gesto de
cabeza al conductor y caminando hacia la entrada del local con un paso tan
pausado que parece que sujete un huevo entre las nalgas. Las que esperamos la
miramos. El resto de transeúntes, testigos de la escena, murmullan dando por
hecho que se trata de algún personaje relevante o la esposa de algún
constructor o un potentado. Ella continua su desfile supuestamente ajena a
aquel breve revuelo que provoca en los otros la sospecha de lo caro y
exclusivo. No hace mucho, sentadas ya a la mesa, comentamos entre risas el tema
de sus aires de grandeza y ella, sincera, lanza un mensaje que al resto nos
pilla por sorpresa, «lo que más me gusta de contratar el servicio de coches es
que me siento muy puta», confiesa. Explica entonces como realiza los trayectos
sentada erguida en el sillón, sacando un espejito y retocándose el labial,
magnánima, como la fiera que transportan enjaulada cuyo futuro incierto es ser
venerada y a su vez sometida. «Me da igual el destino, yo disfruto del trayecto
con los muslos apretados y la mirada, perdida, posada en el camino».
Mostrando entradas con la etiqueta coche. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta coche. Mostrar todas las entradas
martes, 15 de noviembre de 2016
lunes, 1 de junio de 2015
HERENCIA MASCULINA
Me deja pensando la
conversación que escucho el otro día durante una comida. El interlocutor es un
hombre apuesto de casi cincuenta que habla con afecto de la estrecha relación
que mantiene con su sobrino, que acaba de cumplir los veinte. «Cuando salgo de
viaje le dejo las llaves de mi piso y el coche. Por lo visto tiene bastante
éxito con las chicas y, si me pongo en su lugar, a su edad yo hubiera pagado
por tener un lugar donde poder llevar a mis amigas y retozar», cuenta. La cosa
se pone en modo mesiánico cuando, el varón en cuestión, casado hace no mucho
con una dama atractiva bastante más joven que él, comparte con el resto el
consejo fundamental que le dio a su sobrino el día que cumplió la mayoría de
edad. «Le hice una única advertencia: tienes prohibido casarte antes de los
treinta y cinco. De hecho me dan miedo aquellos que contraen matrimonio pronto,
pues la secuencia es la siguiente. Te comprometes con tu novia que conociste a
los veintidós, a los veintiocho pasáis por el altar y el primer hijo llega a
los treinta por presiones familiares. Para cuando tenéis treinta y tres la que
es tu mujer ya ha tenido dos hijos y está criando y tú tienes una secretaria de
veinticuatro, con el culo duro como esta mesa y el bulto de las tetas marcado
en la chaqueta. Si hasta el momento no has tenido sexo suficiente, y te aseguro
que nunca se tiene, se te va la olla y desciendes a los infiernos para arañarle
a la vida esas horas no legales de placer que de repente te parecen
fundamentales. Entonces llega el lío y el clásico periplo de la bragueta hacia
la madurez, que en el caso de los tíos se da ya cumplidos los cuarenta»,
sentencia. Yo dudo entre si rebatir o aplaudir cuando él añade una excepción,
«todo esto queda anulado si de verdad sientes que estás enamorado», concluye
distraído con la mirada puesta en el escote de una joven camarera que anda
cerca.
lunes, 1 de septiembre de 2014
VIRIL CONDUCTOR
Conozco a varias mujeres que la
imagen de un hombre conduciendo no solo les parece potente y masculina, sino
tremendamente excitante. Una de ellas tiene una teoría acerca de la forma en la
que uno agarra el volante y ve el paralelismo claro entre habilidad y
virilidad. Se lamenta además de la hegemonía del coche automático y agradece
cuando el conductor posee un coche de cambio manual y la agasaja con los
marciales movimientos de brazo, coordinados, que además, y conforme aumenta la
velocidad, acercan la mano a su muslo, en la zona que confluye en la rodilla,
con un roce que parece imperceptible pero que en el fondo representa un gesto
radical de intimidad. Otra de sus posturas favoritas es cuando el varón tiene
que realizar la marcha atrás y, en lugar de guiarse por el espejo retrovisor,
ejecuta una torsión completa de cintura, apoyando el codo en la parte superior
del asiento, tensando abdominales y abriendo el pecho, como un cincelado
lanzador de disco, controlando la operación con la mirada rasgada sobre el
hombro, resuelto y preciso. Además se fija en otros detalles como coger el
ticket de la autopista y meterlo en la ranura del pequeño parasol del techo,
tocar al claxon con estilo sacando la cabeza por la ventanilla y gesticulando
con la mano, en plan italiano, o parar a repostar y sujetar el surtidor con las
piernas algo abiertas, la cintura relajada y el brazo apoyado en la parte
superior, como si esa manguera fuera una extensión con la que eliminar residuos
de su propio cuerpo. A esta dama de talante sensible todavía se le encoge el
corazón cuando escucha el eslogan de la famosa campaña que sacó hace ya años
una firma de automóviles. En sus oídos el potente “¿te gusta conducir?” suena
casi como una promesa, una invitación que trae a su mente, traviesa, la imagen
de un viril conductor dominando ese vehículo de motor, tan caliente como ella.
jueves, 19 de septiembre de 2013
GANAS DE MÁS
A Bea no el gusta conducir
por carretera. Pese a que utiliza el coche en la ciudad con normalidad, de un
tiempo a esta parte el tema de la velocidad le produce inseguridad. Tras pasar
las vacaciones en la costa de Alicante, donde un amigo llevó su coche a la ida,
al llegar el final de mes se presenta el momento de volver y le plantea a su
marido el problema. “No quiero conducir de vuelta, vamos todos en el tuyo y ya recogeremos
el mío” –le cuenta. “De ninguna manera, no seas limitada. Además no creo que
haya suficiente espacio, iré yo con los niños, tú ve despacio” –contesta él. Llegado
el día Bea se agarra al volante y toma la carretera tratando de mantener el
control, respirando hondo, con el aire acondicionado a tope y la música de
fondo. Al rato empieza a acusar cierta tensión y para en un área de servicio.
Allí toma un café cuando ve entrar por la puerta a un antiguo compañero de
trabajo y a un amigo. Tras los saludos pertinentes Bea les informa de su
situación y Andrés, al que acaba de conocer, se ofrece a conducir por ella con
amabilidad, pues también se dirige a la ciudad. Ya en el asiento del copiloto
ella observa a su salvador y cae en la cuenta de que le resulta atento, varonil
y atractivo. Al cambiar de marcha Andrés topa un par de veces con la rodilla de
Bea, que ve en el gesto algo más. Esa intimidad inesperada y el hecho sentirse
liberada de la conducción, le provocan una repentina excitación, por lo que
coge una mano de él y se introduce un dedo en la boca que succiona con fruición.
El resto del trayecto lo hacen en silencio y ella, que siempre ha sido fiel, le
graba su teléfono en el móvil y antes de llegar le escribe un WhatsApp: “me quedo
con ganas de más”, una acción que produce en ella una pequeña revolución y le
hace ver, por primera vez, las ventajas de su limitación en la conducción.
lunes, 8 de julio de 2013
UN MAGREO MUY SINCERO
“Yo ya no estoy interesado en
el sexo” –le suelta el otro día un tal Javi a una amiga en un pub. “Prefiero la
bici, la montaña, bañarme en la playa con mis hijos, cocinar, comprar en el
mercado, ir al cine” –le expone tras acabarse de conocer un viernes noche cuando
añade, lanzado: “creo que el sexo en sí está sobrevalorado”. Patricia, que así
se llama, escucha motivada y algo chispada mientras ese ligue casto le narra
algunos detalles de su divorcio civilizado, la clase de padre entregado que es,
la buena relación con su ex, lo centrado que está en su empleo o la decoración
de su piso de soltero. Ella atiende y muestra interés por el relato y conforme
pasa el rato se pide dos copas más y un chupito y se distrae un momento mirando
a una pareja bailar, muy pegada, un tema veraniego de Christina Aguilera mientras
mueve la cabeza al compás. Javi le cuenta entonces que busca una chica sensible
y cariñosa, alguien amante del compromiso con quien probar una relación. Ella
asiente mientras le mira la boca de labios carnosos y dientes blancos y el
torso marcado. Piensa en lo que le gusta
el verano y se imagina a ese adonis hablador encima de ella mordiéndole el
cuello y ondulando la cadera. Observa a su grupito de amigas en la pista que no
paran de marear. “¿Cuando me vas a besar?” –le suelta ella a bocajarro.
“¿Disculpa?” –pregunta él descolocado. “Que si vamos… ya sabes, a meter” –lanza
ella. Javi la mira serio. “Lo tendríamos que ver” –contesta parado. “Quiero que
sea esta noche” –exige ella. Javi entonces la coge en volandas y la lleva hasta
su coche donde lo hacen sin parar. Patricia luego reconoció que no está
interesada en paseos, recetas ni conversaciones y él, en un arranque de
sinceridad, le confesó que en el fondo, desde que la vio entrar por la puerta,
se la quería beneficiar. Y así los dos pudieron respirar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






