«Mi marido se ha cambiado
otra vez la clave de acceso del teléfono», es la frase que lanza una amiga despertando
todas las alarmas. Esas cuatro cifras, que en origen representaban un código de
seguridad muy útil en caso de pérdida o robo, se han convertido en los férreos
guardianes de lo que hemos bautizado como “intimidad digital”. Hace poco fui
testigo de una escena. Un matrimonio toma algo en una mesa cercana. Él consulta
la pantalla de su smartphone y lo deja sobre la mesa. Entonces se acerca el
hijo que tendrá unos siete, coge el dispositivo para entretenerse con un juego
y le pregunta a su progenitor, “¿cuál es tu clave?”. La pregunta flota en el
aire y el mundo se detiene. La madre gira la cabeza a cámara lenta, el aleteo
de una mosca mueve una brizna de aire, el padre eleva unos milímetros la ceja,
el corazón de los dos bombea, el cielo se oscurece, un trueno irrumpe a lo
lejos, se escucha el derrape de un coche, el camarero traga saliva con los ojos
inyectados y el resto disimulamos con la mirada perdida. «Dos, dos, uno, dos»,
anuncia el padre arrastrando las palabras con un tono apenas audible. «¡DOS…DOS…UNO…DOS!!»,
clama el chaval mientras pulsa uno a uno los números. Me imagino al padre haciendo
inventario mental del contenido prohibido: fotos de chicas en bolas, entradas
varias a páginas porno, intercambio de whatsapps “difíciles de explicar” con
esa compañera de oficina, visitas a la página de Linkedlin de su ex y un video
de universitarios americanos en plena orgía. Puedo sentir su deseo: que se
acabe la batería. Observo entonces a la madre que sonríe estática mientras da
golpecitos en la mesa con los dedos al ritmo de 2,2,1,2. Yo lanzo una pregunta:
¿se considera deslealtad los tejemanejes que tienen lugar en el entorno de lo
digital?. Hasta que demos con la respuesta definitiva les propongo una
solución: mejoren su contraseña.
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miércoles, 20 de abril de 2016
lunes, 1 de junio de 2015
TESTIGO DE UN BESO
Leo que los más jóvenes están
mucho menos interesados en el sexo de lo que lo estábamos nosotros y todas las
generaciones anteriores. También me entero de que la tendencia va a hacia el
mundo virtual, los encuentros a distancia, el tema más mental. Me viene a la
cabeza la imagen de una pareja que vi el otro día dándose el lote en la Gran
Vía mientras yo esperaba en un semáforo. Él sujetaba la cabeza de ella entra
las manos y recorría su cuello con besos ligeros. Ella entonces lo miró y
atrapó su labio inferior con los dientes, él sonrió y ambos se fundieron en un
rotundo morreo, sus piernas se cruzaron haciendo que los cuerpos pegados se
ladearan originando un sutil juego de pies, una tenue danza improvisada, un ejercicio
de equilibrio que los mantuvo ajenos al mundo por el espacio de esos instantes.
Continuo mi camino y me cruzo con varios grupitos de adolescentes que salen del
colegio hasta arriba de ortodoncias, de mochilas cargadas, de melenas
enredadas, de monopatines, de brillo de labios, de brotes de acné, de
calcetines por la rodilla, de siluetas alargadas, descompensadas, un coro de
voces roncas y aflautas y risas exageradas que se forman y aprenden idiomas,
preparándose para un futuro profesional incierto. Me entran ganas de decirles
que pasen un poco del móvil, que no se sientan mal por lo que otros cuelgan en
Instagram, porque es casi todo mentira, que escriban una carta a mano por lo
menos una vez, o una nota, que envíen una postal, que aprendan a valorar una
buena conversación, que el olor y la textura de la piel son infinitamente mejor
que la pantalla del ordenador, que es mejor decir “te quiero” que enviar un
emoticono con los ojos de corazón, que compartir es mucho más que publicar
contenido en tu muro y que la prueba de que estás enamorado no es una carpeta
de mensajes guardados ni una palabra en tu estado, sino el pulso acelerado.
viernes, 3 de enero de 2014
LA LLAMADA DESEADA
Pese a la hegemonía del Smartphone
y la tiranía que el WhatsApp ejerce en nuestras vidas, todavía queda un reducto
para el suspense, una parcela de tradicionalidad que nos transporta al pasado:
esperar una llamada de alguien que te gusta, de ese trabajo al que te has
presentado o del amante que parece distanciado. Ese momento, que se puede extender
desde un minuto, hasta una tarde o varios días, genera en el interesado
expectación y desarrolla su imaginación hacia varias posibilidades que oscilan
entre el pesimismo, el optimismo o el puro realismo. Recuerdo que una amiga,
tras esperar como una posesa que el macizo que le pidió el número en una fiesta
muy divertida diera señales de vida, me invita a su casa a cenar. «Hoy es
jueves, me va a llamar. Querrá quedar mañana y ha esperado hasta el último
momento para aparentar normalidad» –afirma. Yo la escucho admirada por su
seguridad. Ella prepara caipiroskas en la mesa del salón poniendo toda su
atención. «¿Hace cuantos días lo conociste?» –pregunto. «Casi diez. Me tiene
totalmente absorbida, creo que va a ser el polvo de mi vida» –sentencia.
Entonces, y como una señal del destino, su teléfono empieza a sonar. Yo salto
del sofá y miro pantalla: «¡Es Adrián!» –le grito. Ella termina de servir el
vodka sin levantar la mirada, deja la botella y le pone el tapón. Se seca las
manos con un trapo de algodón. Abre un armario del que saca dos posavasos de
cristal. «¡Joder, que va a colgar!» –le insisto. Con paso de gacela se acerca y
me entrega una copa. Con la otra se acerca su cóctel a la boca y bebe
tranquila. Entonces gira su cabeza, alarga el brazo y coge el teléfono que de
tanto sonar parece que ha empezado a bramar.
«¿Qué tal?» –contesta con una sonrisa. Semanas después, y a tenor del
placentero resultado, puedo decir que la intención debe de ser inversamente
proporcional a la esperanza que tengamos en lo anhelado.
domingo, 13 de mayo de 2012
MI VIDA SIN iPHONE
Llevo dos meses y veinte días sin
iPhone. El pasado sábado veinticinco
de febrero, tras una noche de cena, copas y concierto en una pequeña sala de la
calle Polo y Peyrolón, lo dejé olvidado sobre el asiento trasero de un taxi que
vi alejarse por el paseo de la Alameda. Pasé el resto de la velada hablando con
la compañía de transporte: “¿Sabe el número de licencia del coche?”, “¿Recuerda
la matrícula?”, “¿Algún dato sobre el conductor, como nombre, aspecto físico?”
–me repetían en cada caso. “No tomo notas cuando voy de copas” –respondía
cabreada. Luego llegó el turno de la operadora telefónica. “¿Quiere que bloquee
las llamadas?” –“Sí”. “¿Quiere que bloquee el terminal?” –“Sí”.
Entonces tuve una idea que
planteé a mi solícita interlocutora: “¿No podría ordenar explosionar el aparato
en manos de quien lo tenga en este momento y hacer que se desintegre?”. “Lo
siento, no disponemos de ese servicio” –me respondió sin inmutarse. Así, a las
siete de la mañana y con una dolorosa sensación de pérdida, me dormía sin poner
el despertador, sin echar el último vistazo al Facebook, sin noticias del WhatsApp,
sin contacto con el mundo exterior.
Sólo unas horas después me
despierto y, de manera mecánica, alargo la mano hasta la mesilla de noche para
comprobar que, en efecto, el teléfono ya no está allí. “Nadie me puede
localizar, yo no puedo llamar a nadie”, repite mi cerebro como un mantra. Salgo
a la calle rumbo a una tienda de la compañía situada en Ruzafa. Por el camino,
me siento furtiva, desconectada y, por primera vez desde la noche anterior,
tengo un sentimiento positivo: percibo mi ser como parte de la ciudad de una
manera física y primaria. Cruzando el puente del Reino observo las copas de los
árboles, frondosas, brillantes, y la luz, pura y macerada, de los primeros
rayos matutinos. Inspiro, siento como el aire penetra en mis pulmones y me
conecto a la energía de la urbe. “Así era la vida antes de la invasión
celular”, pienso. Entonces me pregunto si no estaré empezando a alucinar fruto
de la resaca.
En la tienda me recibe una
señorita que habla de manera mecánica en términos crípticos. Tengo la sensación
de estar dentro de un videojuego: portabilidad, duplicado, fidelización,
permanencia, programa de puntos, descargas, app, sim, sms, mms, pin, puk… “¿No
puede darme ahora otro iPhone?” –le
corto. Entonces, por primera vez en la hora que llevo allí, se ríe, solo un
segundo, y me da cita para dos semanas después con un agente. “¿De la CIA?”
–bromeo. Y ahora, ya sin reírse, me entrega una tarjeta virgen, posa su mirada
en el siguiente cliente y le recibe en su idioma élfico.
En un cajón de casa, alguien de
la familia ha encontrado un antiguo modelo, de marca desconocida, en el que
meto la nueva tarjeta. “Trilirín”, el aparato se conecta y abre ante mí el
vacío absoluto. Ni un solo contacto, ni fotos, ni mensajes. Nada. Me anoto los
teléfonos de los más allegados, elijo la foto de un pollo como fondo de
pantalla y hago un par de llamadas a amigos para comentar la pérdida.
A partir de ese momento, cada día
tengo que explicar, por lo menos una vez, que ya no tengo mi antiguo teléfono.
La nueva adquisición causa la misma expectación que si sacara un revólver:
“¿Qué es eso? ¿Qué marca es? ¿Dónde está el iPhone?...”
Y tras casi diez semanas “limpia”, saco algunas conclusiones:
Aunque echo de menos la cámara
integrada, la grabadora, el gps, el Twitter,
el Skipe, el conversor y los cientos
de aplicaciones que hacen de la vida algo más completo y entretenido, valoro
haber recuperado la independencia mental, los paseos a la antigua, las
películas sin cortes, la lectura en las esperas, la plena conversación, el
sentirme anclada a la realidad de una manera más física y menos tecnológica,
menos inmediata, menos certera, pero también menos superflua y más humana.
Depender del aparato te alinea,
te aliena y crea un espejismo de lo colectivo reduciéndote a la individualidad
del dispositivo. Recuperar lo directo, el piel con piel, el lenguaje eterno,
convierte en postmoderno y dota de intención al antiguo modelo de comunicación. ¡Arriba la desconexión!
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