Berta sale a la calle tras cenar en casa de
una amiga, para el primer taxi que pasa y se acomoda en el sillón trasero con
la intención de no abrir la boca en todo el trayecto. En el espacio se instala
la voz de una locutora de radio que habla de bondage o, lo que es lo mismo,
atar a tu pareja con el fin de dar y obtener placer. «Ser atado durante la
relación sexual es una manera de perder todo control. No se trata de que los
nudos sean sexys en sí mismos, sino que representan la dominación», reza la
locutora. Y pasa a hablar de lo físico, de cómo las cuerdas, dependiendo del
material, te pueden rozar en determinadas zonas erógenas redoblando el placer,
del pulso que se acelera, de cómo la mente prepara un coctel explosivo compuesto
por el miedo que supone ser sometido, más la confianza que se tiene en el que
ata. Luego se centra en el después, pues una vez que el atador te tiene a su merced,
¿qué pasa?. La mujer de voz sensual habla de azotes, de caricias, de miradas
interminables, de sexo a ratos lento a ratos brutal. Instruye sobre la palabra
de seguridad, ese término, más allá del “no”, pensado y consensuado para
detener el acto al momento. Bromea diciendo que ella escogería “Abracadabra” y
aporta la experiencia de una oyente que le pidió a su marido que la
inmovilizara con las piernas abiertas, la peinara, la untara de crema y luego
la fotografiara. Lo que ocurrió a continuación ya no dependió de ella, pues le susurró
que fuera él el que decidiera. Entonces detalla la postura ejecutada elevando
varios grados el ambiente hasta nivel febril. Berta observa la calle algo
contrariada por la intimidad creada entre ella y el conductor. Sus miradas se
cruzan un segundo en el retrovisor y ella se pregunta si ese momento,
compartido por imposición pasiva, no se trata en realidad de otra forma de
dominación.
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miércoles, 27 de abril de 2016
viernes, 10 de mayo de 2013
DOMINADA A PLACER
“Lo quiero para ya”. Esas cuatro palabras bastaron para que
Carla se estremeciera de placer. Llevaba seis meses trabajando desde casa para
una empresa de Madrid elaborando contenidos web. Diego, su jefe, al que nunca
había visto, era la persona con la que trataba habitualmente vía chat o
telefónica, el que había conseguido que se quedara absolutamente colgada de su figura
autoritaria y misteriosa que le escribía cosas como: “Sé más rápida, tienes que
concentrarte” o “Voy a conseguir domarte”. Carla se fue enganchando al trato
espartano aplicado por ese desconocido que le dictaba, mandaba y adoctrinaba
con palabras concretas y firmes. Cada mañana se sentaba frente al ordenador
esperando la primera orden, impaciente, nerviosa, como cuando iba a un examen
al colegio y sabía que podía ocurrir cualquier cosa. A veces intentaba ir más
allá y le escribía a su jefe con la excusa de cualquier pretexto. “No tengo
tiempo para esto” –le cortaba él avivando su deseo. Carla llegó incluso a
equivocarse de manera deliberada, a cometer algún error absurdo esperando la
reprimenda que él seguro le tenía preparada. Más tarde empezó a fantasear con
que le citaba para una reunión presencial y debía desplazarse hasta la capital.
Allí se encontraban en el hall de un hotel y tras soltarle un escueto “te estás
portando fatal”, subían a una habitación. Él le ordenaba quitarse la ropa
despacio y acercarse en silencio hasta la cama donde le ataba la muñeca a la
mesa y le decía entre susurros que fuese muy traviesa. Un día, y tras mucho
indagar en la red, Carla encontró con horror lo que hacía tiempo buscaba: la
foto de su superior, un regordete de treinta y pocos con poco pelo y cara de
empollón. Consternada, decidió olvidar el hallazgo y continuar con esa
ensoñación que la convertía, sin duda, en una persona mucho más productiva.
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