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miércoles, 27 de abril de 2016

DOMINACIÓN SILENCIOSA



Berta sale a la calle tras cenar en casa de una amiga, para el primer taxi que pasa y se acomoda en el sillón trasero con la intención de no abrir la boca en todo el trayecto. En el espacio se instala la voz de una locutora de radio que habla de bondage o, lo que es lo mismo, atar a tu pareja con el fin de dar y obtener placer. «Ser atado durante la relación sexual es una manera de perder todo control. No se trata de que los nudos sean sexys en sí mismos, sino que representan la dominación», reza la locutora. Y pasa a hablar de lo físico, de cómo las cuerdas, dependiendo del material, te pueden rozar en determinadas zonas erógenas redoblando el placer, del pulso que se acelera, de cómo la mente prepara un coctel explosivo compuesto por el miedo que supone ser sometido, más la confianza que se tiene en el que ata. Luego se centra en el después, pues una vez que el atador te tiene a su merced, ¿qué pasa?. La mujer de voz sensual habla de azotes, de caricias, de miradas interminables, de sexo a ratos lento a ratos brutal. Instruye sobre la palabra de seguridad, ese término, más allá del “no”, pensado y consensuado para detener el acto al momento. Bromea diciendo que ella escogería “Abracadabra” y aporta la experiencia de una oyente que le pidió a su marido que la inmovilizara con las piernas abiertas, la peinara, la untara de crema y luego la fotografiara. Lo que ocurrió a continuación ya no dependió de ella, pues le susurró que fuera él el que decidiera. Entonces detalla la postura ejecutada elevando varios grados el ambiente hasta nivel febril. Berta observa la calle algo contrariada por la intimidad creada entre ella y el conductor. Sus miradas se cruzan un segundo en el retrovisor y ella se pregunta si ese momento, compartido por imposición pasiva, no se trata en realidad de otra forma de dominación.


viernes, 10 de mayo de 2013

DOMINADA A PLACER



“Lo quiero para ya”. Esas cuatro palabras bastaron para que Carla se estremeciera de placer. Llevaba seis meses trabajando desde casa para una empresa de Madrid elaborando contenidos web. Diego, su jefe, al que nunca había visto, era la persona con la que trataba habitualmente vía chat o telefónica, el que había conseguido que se quedara absolutamente colgada de su figura autoritaria y misteriosa que le escribía cosas como: “Sé más rápida, tienes que concentrarte” o “Voy a conseguir domarte”. Carla se fue enganchando al trato espartano aplicado por ese desconocido que le dictaba, mandaba y adoctrinaba con palabras concretas y firmes. Cada mañana se sentaba frente al ordenador esperando la primera orden, impaciente, nerviosa, como cuando iba a un examen al colegio y sabía que podía ocurrir cualquier cosa. A veces intentaba ir más allá y le escribía a su jefe con la excusa de cualquier pretexto. “No tengo tiempo para esto” –le cortaba él avivando su deseo. Carla llegó incluso a equivocarse de manera deliberada, a cometer algún error absurdo esperando la reprimenda que él seguro le tenía preparada. Más tarde empezó a fantasear con que le citaba para una reunión presencial y debía desplazarse hasta la capital. Allí se encontraban en el hall de un hotel y tras soltarle un escueto “te estás portando fatal”, subían a una habitación. Él le ordenaba quitarse la ropa despacio y acercarse en silencio hasta la cama donde le ataba la muñeca a la mesa y le decía entre susurros que fuese muy traviesa. Un día, y tras mucho indagar en la red, Carla encontró con horror lo que hacía tiempo buscaba: la foto de su superior, un regordete de treinta y pocos con poco pelo y cara de empollón. Consternada, decidió olvidar el hallazgo y continuar con esa ensoñación que la convertía, sin duda, en una persona mucho más productiva.