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miércoles, 21 de mayo de 2014

LIGAR SEGURO




El modelo de ligoteo tradicional se tambalea. Descubro, a través de un estudio reciente, que una pareja que se conoce y se gusta pasa una media de 42 meses antes de lanzarse al matrimonio con un gasto aproximado en citas y escapadas de 17.000 euros. En cambio, si esa misma pareja se conociera a través de Internet, el tiempo estimado de noviazgo sería de 18 meses y el gasto de 9.000 euros. A raíz de estos datos saco varias conclusiones. 1. Las webs de contactos realizan una criba fundamental que nos puede ahorrar más de un disgusto. Si uno lee “gótico, amante de las aves, bisexual”, ya sabe a que atenerse si decide ir más allá. 2. Las personas sacan lo mejor de sí al principio, lo que puede hacer que uno se enamore del doctor Jekyll y acabe casándose con Mister Hyde. Conozco más de un caso y créanme, es un papelón. 3. Los noviazgos son caros. Un amigo me ha confesado que entre cenas, copas y cines, el polvo le sale de media a 250 euros. Un dispendio para el que tiene que invertir, así que a veces decide repetir solo para que le resulte rentable. 4. El estudio no da datos sobre qué es lo que ocurre tras la boda. Pero, y echando mano de la proporción, si la duración media de los matrimonios en España es de diez años, los que intiman de modo tradicional se pueden encontrar recién casados y ya desgastados 5. Certidumbre sexual. Una de las características de los amantes digitales es que suelen ir al grano. Lo que se traduce en que en la primera cita se dan unos besos, en la segunda se meten mano y en la siguiente llevan a cabo todas esas cositas que se les pasa por la mente. Esto evita frustraciones y ahorra a los sujetos el trago previo al acto donde solo hay un resultado posible: o das la tallas o fallas. Así, y en detrimento del romanticismo, considero que Internet es como un enorme condón sentimental que, y algunos casos, ayuda a ligar más seguro.

jueves, 25 de julio de 2013

YO NO LIGO JAMÁS



Las cálidas noches de verano son el momento ideal para los reencuentros. Con el pretexto de ponernos al día antes de las vacaciones nos juntamos para comer en la playa tres ex compañeras de trabajo, todas con un pasado en el sector del audiovisual. “Chicas, estoy que me salgo. El balance de esta semana es la prueba: siete contactos más en el Facebook, una invitación al Badoo, un par de mails amorosos, nueve mensajes de texto indecorosos y decenas de WhatsApp. Parece increíble pero el tema de la fidelidad empieza a ser misión imposible” –nos cuenta entre risas Teresa, casada y madre al igual que la otra amiga que nos acompaña. Igual que yo. “A mi no deja de escribirme un tipo del trabajo. Le he dicho varias veces que no, pero el pobre no para de insistir, dice que le pone que le haga sufrir” –cuenta Susana, la otra. Yo escucho sin hablar pues lo cierto es que no tengo nada que aportar. Desde hace unos cuantos años vivo un placentero matrimonio fruto del cual han nacido mis dos hijos a los que cuido con dedicación y que me sitúa directamente fuera del campo de acción de lo masculino. Así, centrada en mi labor de madre-esposa veo el tema del ligoteo como un episodio lejano de mi vida, un pasado remoto e incierto para el que estoy desentrenada o como me diría una noche un conocido, oxidada. “Yo no ligo nunca, jamás” –les digo. “No me lo creo. No estás mal, y además con el tema de las columnitas eróticas te tienes que hinchar” –dice Teresa. “Pues el caso es que no” –afirmo. Esa negativa se instala en el aire a mi alrededor y no puedo evitar evocar la odisea de San Juan de la Cruz, el cual fue capaz de crear “Cántico Espiritual” encerrado en un calabozo, privado del contacto exterior y en condiciones precarias. Pienso entonces en mi, impulsada a elaborar piezas cargadas de sensualidad cuando mi día a día se ubica entre cursos de natación, jornadas en el río, visitas a la feria, parques, cumpleaños y toda suerte de actividades que suelen estar dirigidas a menores de cinco años. Entiendo así que el material de las columnas emerge de la escucha y una estricta observación que me convierten en testigo de una realidad erótica, errática y realista de la que pocas veces soy protagonista. Mis compañeras de mesa no han dejado de narrar sus desventuras y las de otras chicas y señoras conocidas que mensajito arriba, coqueteo abajo, nunca abandonaron el mercado. Pese a que no tengo un mayor interés, no puedo evitar preguntarme cual será la razón por la que me encuentro tan fuera de circulación. Las miro con atención y enseguida me doy cuenta de que se trata de un tema de predisposición. Al levantarse para ir al baño, hablar con los camareros o simplemente recogerse el pelo, me parece detectar en ellas algo más, una bruma sutil e imperceptible capaz de transmitirle a los tíos que todo es posible. Algo parecido a esos silbatos de ultrasonidos indetectables para humanos pero infalibles con los perros que, independientemente de su elección, se encuentran en su campo de acción. Tras la paella y al volver a la arena me siento cada vez más pequeña al verlas tumbadas en la toalla en topless hablando con naturalidad con unos italianos que les han consultado sobre qué visitar en la ciudad. “A mi me encanta el Carmen, la Catedral, tenéis que visitar el Mercado Central, en Colón está la zona de tiendas y en el río la Ciudad de las Artes y las Ciencias” –le explican señalando en el plano con la mano mientras el guapo italiano les sonríe encantado. Yo, que siempre en las cenas suelto ocurrencias y burradas pareciendo muy lanzada, me veo ahora desenfocada, desbancada por mi propia realidad formal de tinte conservador y abrumada por ese candor, ese halo seductor que envuelve a mis compañeras. De vuelta a casa, al pasar por delante de una terraza a rebosar y, sintiendo que cometo una traición a mi condición, ralentizo el paso y saco pecho en un intento de reivindicar mi derecho a flirtear mientras en mi cabeza se repite sin cesar: “porque yo lo valgo”, el mantra intelectual de L’Oreal, sin obtener, una vez más, el resultado esperado. Como me soltó Susana, lo más probable es que esté falta de actitud y de ganas.






lunes, 6 de mayo de 2013

EL HOMBRE PERFECTO




Me encuentro de copas a una compañera de universidad que se divorció hace algún tiempo. La veo quizás un poco más rellena pero divertida, lanzada y guapa. Me cuenta que va de culo con el cuidado de sus dos niñas, su trabajo en la administración, la casa, el colegio, las extraescolares, el pago de la contribución. “¿Y de novios como andas?” –le pregunto a bocajarro. Ella entorna la mirada y me contesta sonriendo: “he encontrado al hombre perfecto”. Yo en seguida me intereso. “¿En serio? Me alegro, me lo tienes que contar, mis amigas solteras dicen que el panorama en la ciudad está tan mal que les desespera” –le digo. Entonces se explica. “Bueno, en realidad no es uno, son tres. Un compañero del trabajo bastante más mayor también divorciado que al igual que yo, no tiene ganas de grandes pasiones. Con él tengo citas, intensas conversaciones y un sexo agradable y pausado. El segundo es un chico de la asesoría, tiene  mi edad, está casado y bastante desencantado. Con él vivo la fantasía del romance y un sexo furtivo, clandestino y no exento de culpabilidad. El tercero es un profesor de la escuela de fotografía bastante más joven que yo. Juntos compartimos el entusiasmo y el impulso de la creatividad. No se si será por un tema de edad, pero en la cama se porta como un verdadero salvaje, es capaz de hacerme vibrar”. Yo la miro sorprendida por el alcance de su sinceridad y me pregunto de donde sacará el tiempo y la energía para tanta actividad. “¿Y no te planteas comprometerte?” –me intereso. “¿Estás de coña? Yo ya he estado casada y te puedo asegurar que no me interesa para nada” –contesta tajante. Así me despido sin poderme quitar de la cabeza su idilio colectivo y pensando que igual es cierto eso de que en la variedad está el gusto y quizás, como en este caso, la clave de la felicidad.

jueves, 1 de marzo de 2012

Columna de Las Provincias sobre la realidad de las mujeres de 40.


MUJERES DE CUARENTA

Los cuarenta es una edad en la mujer por la que siento verdadera fascinación. Mientras las de treinta hacemos equilibrios abrumadas por toda suerte de novedades trascendentales como son la maternidad, el matrimonio, la independencia o la proyección laboral, ellas miran el mundo desde el púlpito elevado de la seguridad y la experiencia. La mujer a esta edad sabe lo que quiere, lo que necesita y lo que le gusta. Normalmente ha encontrado su peinado, domina los tacones y no se la juega con estilismos imposibles, pues el pasado le ha demostrado que arriesgarse con la moda se paga caro. La mayoría se cuida, va al gimnasio y luce un cuerpo tonificado que sabe donde lucir. Pues si la década anterior, embarazos, crianzas y relaciones, nos suelen tener alejadas del circuito de fiestas y festejos, pasados esos años de retiro, la hembra vuelve a la carga poderosa, valiente, jugando sus cartas con arte y blindada a toda suerte de ataques exteriores. Además, su relación con respecto al hombre cambia de manera radical. Al fin deja de idolatrarlo y necesitarlo para hablar de él con una mezcla de indiferencia, condescendencia y cierta sorna. Si años atrás ella anhelaba la llegada de un príncipe azul que la conquistara por siempre, ahora lo ve como un mequetrefe, un ser débil, inconsecuente y programado para el romance, la conquista y la fantasía barata.

Pero si hay algo seguro, es que en esa etapa la dama deja atrás prejuicios, perezas y rarezas para encontrarse a sí misma en la cama y empezar a disfrutar como amante. Así, rotunda y contundente, se muestra en plenitud, sin tapujos, para dar rienda suelta a su placer, entregada a esa cuarentena lujuriosa, sin importarle mucho el quién, y si el cómo y el cuando. Porque, y como una atractiva y madura conocida me confesó no hace mucho “Si voy a hacer yo todo el trabajo, no me importa lo que tenga abajo.”