viernes, 25 de enero de 2013

CUANDO ÉL NO QUIERE



Me entero por varios casos de que el viejo tópico femenino de “cariño hoy no puedo que me duele la cabeza”, de siempre asociado a la estrechura o la pereza, ha saltado de género para invadir el terreno masculino, siendo ahora ellos los que esquivan a su pareja con excusas como “voy hasta arriba de trabajo” o el socorrido “hay partido del Valencia”, llevando al límite la paciencia de sus señoras que reciben la negativa como una inclemencia. “No te lo vas a creer, pero en mi casa no hay manera de meter” –me anunciaba el otro día Silvia, una vecina y amiga. “Llevamos casi un mes sin hacerlo y parece que Pablo vive en la ignorancia, no le da ninguna importancia. Cada día es algo distinto, se puede pasar dos horas buscando un bañador, o un cargador, o poniendo en orden el congelador. El otro día le dije unas cuantas verdades, le planteé mis necesidades. Me miró como distraído y me dijo que le ayudara a encontrar unas llaves que había perdido” –confiesa. Yo le aconsejé lo clásico, una cena con velas, algo de ropa interior, tomar la iniciativa. “No puedo mostrar más motivación, una noche me tiré encima y casi cometo una violación. Me planteé buscar fuera de casa pero nada, se nota a la legua que estoy desesperada” –continua. Quizás se trata de una especie de epidemia, pues Silvia, mujerona atractiva y potente, se suma a la lista de damas que conozco que se suele quedar con las ganas. Puede ser que el mito del macho con apetito de haya agotado y que los pocos sementales que quedan se conviertan en ejemplares para admirar en los museos. Los pobres chicos de las generaciones que llegan viven acobardados ante los deseos exacerbados de la nueva mujer emancipada y sexualmente liberada, hasta el punto de que es ella la que decide cuando, donde y con quién. Desde aquí animo a los varones a volver a lucir los galones de esa antigua virilidad, aunque solo sea para ser tratados con piedad por aquellas señoras que, independientemente de su edad, buscan sexo de calidad. 

lunes, 21 de enero de 2013

INSTINTO ANIMAL



Los parques públicos son como el patio de la cárcel, tienen unas reglas sagradas no escritas pero consensuadas que para poder sobrevivir tienes que conocer, asumir y acatar. Mi experiencia de más de tres años como madre me ha llevado a explorar el terreno y poder definir una serie de pautas que a muchos les pueden interesar. Lo primero que hay que saber es que no todos los parques son iguales, es decir, no es lo mismo pasar la tarde en uno de General Urrutia que en el del centro de la Glorieta. En los parque pijos tienes que ir arreglada y vestir a tus hijos con bombachos, capota y abrigo. Allí las madres hablan sentadas sujetando sus bolsos de marca mientras las chicas de servicio esperan con el pan debajo del tobogán a pequeños que se llaman Álvaro, Claudia o Beltrán. En los otros que yo suelo frecuentar por la zona de Manuel Candela la cosa está más mezclada y madres en vaqueros charlan sentadas aquí y allá, con un ojo puesto en la conversación y el otro en sus pequeños que juegan dentro de su campo de visión. Obviando las distancias provocadas por la variable social y la ubicación, todos los parques tienen en común el modo de funcionamiento, un código silencioso que se cumple en pos de la estabilidad. Una de las primeras reglas sería la de la equidad en el nivel de los juguetes a llevar. Llegar con un cochecito o una muñeca está bien, pero ir con la moto a baterías, los patines o la consola, no mola. Provoca fricciones, discusiones y el niño portador del juguete mejor, quedará inevitablemente aislado después de protagonizar numerosas peleas con otros que terminarán llorando y suplicando a su madre con desespero que les compre el objeto de deseo. La segunda regla tendría que ver el uso equilibrado del columpio. Lo pactado, lo educado, es hacer que los pequeños se vayan turnando por orden de llegada mientras van jugando. Una madre voluntaria, normalmente muy pesada, ejercerá de encargada y distribuirá los tiempos a disfrutar y los periodos a descansar. Aquellos que lleguen y se apoderen del balancín saltándose al resto, están dando por supuesto que pasan de cortesías generándose automáticamente numerosas antipatías. La tercera regla fundamental trata de la parte más irracional: los conflictos directos entre los niños. Aquí es donde las mujeres perdemos la cabeza pues nunca vamos a entender, por mucho que el otro tenga razón, que a nuestro ángel de cuatro años otro desalmado de la misma edad lo humille o le haga daño. Yo he presenciado verdaderas batallas campales, señoras fuera de sus cabales por una tontería, algo que empezó como una nadería. Una de ellas ocurrió el año pasado en abril. Estaba yo sentada en un banco del Gulliver mientras mi hijo jugaba con piedras cuando de repente escucho un grito. Al levantar la vista veo a un niño de unos cinco años llorando en el suelo al final de un tobogán. “¡Me ha tirado!” –le escucho repetir entre sollozos mientras señala con el dedo a otro que lo mira cabreado. De la nada emerge una chica como una exhalación, coge al que se supone herido y con un grito aguerrido le increpa al otro sacando pecho: “¡¡Has visto lo que has hecho!!”. En cuestión de segundos hace su aparición otra madre que abraza al presunto autor y le contesta con una mirada que arde: “¡A Nacho tú no le gritas!”. La otra sujeta a su pequeño que no deja de llorar: “¡Tu hijo es un demente, una especie de delincuente, lo ha empujado, lo podía haber matado!”. Entonces la segunda da dos pasos y se pone frente a su enemiga ofendida: “¡Te estás pasando, solo estaban jugando!”. Ante mi asombro la otra deja al niño al lado y la empuja en el hombro: “¡Lo tengo fichado, tu hijo es un maleducado!”. Tras otro empujón, varios gritos y lo que me pareció un tirón de pelo, entre unos y otras las consiguieron calmar y yo casi me muero de miedo. Desde ese día tengo muy claro que en cuestiones infantiles y cuando hay conflicto por medio, buscar el entendimiento es el único remedio. Tengan cuidado en los parques, esos espacios de entrada inofensivos que esconden la esencia del ser femenino primario y brutal. Y en caso necesario, no estaría de más entrenarse en un buen gancho de derechas por si el asunto se pone serio. Apego maternal e instinto animal se unen entonces en mezcla explosiva. Sea un poco irreflexiva.

viernes, 18 de enero de 2013

VENTAJAS E INCONVENIENTES




Me cito la pasada semana con unas antiguas compañeras de trabajo a las que llevaba tiempo sin ver. Nada más sentarme a la mesa me doy cuenta de que una de ellas, la que vivía en pareja, exhibe una sonrisa reveladora que ponen de manifiesto algo que parece obvio y que ella pasa a confirmar: “tengo un nuevo novio”. “¡Cuenta!” –le pedimos. “¿De donde lo has sacado? ¿Está bueno? ¿No será casado?” –le acribillamos a preguntas. Resulta que se trata de un chico guapo de treinta y tantos que conoció corriendo en el río. “Es profesor y toca la batería, está soltero, es hetero, no arrastra pretendientes. Pero bueno, tiene sus ventajas e inconvenientes” –relata. “Viéndote esa piel tan luminosa ya me imagino por donde va la cosa” –añado. “Tiene una manos enormes, con dedos largos y fuertes, y en la zona de la palma le han salido una especie de durezas provocadas por el roce al tocar con las baquetas. La primera cita me metió tanta caña que cuando llegó la mañana, la cama se había movido tres metros y el cabezal estaba casi en la ventana. Otra noche me levantó del suelo con una mano y me arrancó la ropa con la boca, de hecho ya no compro lencería, no sé si es normal pero la destroza como si fuera un animal. Si os enseño los muslos y el culo, tengo sus huellas marcadas, como moradas. También lo hicimos en el ascensor, pulsó el stop, me dio la vuelta y me apretó contra el espejo mirándome a los ojos, sin dejar que moviera un sólo músculo en ese espacio minúsculo. Y me ha iniciado en otras artes, he descubierto otras partes, no os podéis imaginar hasta donde se puede llegar con un buen aceite de cocina, él pasa de la vaselina” –termina. El resto la miramos sin pestañear. “¿Cual sería el inconveniente?” –le pregunto por preguntar. “Creo que estaría mejor sin hablar, nunca dice nada interesante” –contesta. Nosotras nos quedamos en silencio hasta que una le dice al fin: “¿Y qué marca de aceite has dicho que utilizáis como lubricante?”.

domingo, 13 de enero de 2013

MUJER HABILIDOSA – MUJER ODIOSA



La cosa empezó de la siguiente manera. Una mañana la máquina de Nespresso dejó de funcionar, al meter la cápsula y apretar el botón en vez de café salía un líquido acuoso de sabor espantoso. Sólo dos días después la plancha se suma al carro soltando agua sobre la ropa. Yo, con poca capacidad de reacción ante este tipo de situación, me limito a mirar los aparatos incapaz de tomar una decisión.
En la calle le comento el asunto a Amparo, una vecina dispuesta que parece tener para todo una respuesta. “No te preocupes, esta tarde me paso y les echo un vistazo” –se aventura. Así que unas horas después aparece por la puerta con un pequeño maletín. Ante mis ojos veo como saca la plancha, dice algo de un bombín, me pide agua, trapos, un vaso, y en cuestión de unos minutos me comunica: “Arreglado, era sencillo, tenía el conducto obstruido”. Entonces coge la cafetera: “esto te lo arreglan en el taller de la calle Císcar” –y sale con la bolsa a cuestas. Esa misma semana me devuelve la máquina en perfecta condiciones y yo le dedico todo tipo de atenciones. “Qué eficiente, yo para todo esto soy la más incompetente” –le confieso. Lo celebramos con una copa de vino.
No pasan más de dos semanas cuando nuestro coche se queda sin batería. Nos disponemos a avisar al seguro cuando aparece Amparo en la esquina: “No llames, tengo las pinzas aquí” –nos anuncia.  En un periquete abre el capó, conecta unos cables y enciende el motor para poner nuestro coche en funcionamiento. Me percato de la mirada de mi marido y me doy cuenta de que le ha puesto más caliente esa exhibición que si la hubiera encontrado desnuda en su habitación. Me entero por otras de que además desatascó un lavabo, purgó un calentador, ayudó a cambiar una rueda. Pronto se corre la voz y empiezan los reproches en casa: “es tu coche, llévalo a la revisión”, “se habrá enganchado el cajón, mira a ver si es la guía”, “habrá que ponerle aceite, cómpralo en la droguería” –nos exigen los maridos. Nosotras odiamos a Amparo por poner en evidencia nuestra falta de eficiencia pero ella continua con esas demostraciones poniendo en peligro nuestra tranquila existencia. Una tarde coincidimos en un cumpleaños del río y al sacar ella el tema hablando de un quita grasas otra de las invitadas le ataja: “¿Tú de qué coño vas?”. Amparo la mira con curiosidad. “¿A qué te refieres?” –le dice tranquila. “Lo sabes perfectamente, ¿no te has dado cuenta de que las chicas no tocamos la caja de herramientas?” –le reta. Poco a poco la rodeamos frotándonos las manos. “Con un poco de interés todas podemos” –contesta Amparo amable. “El problema es que no queremos. Con todo ese rollo de la conciliación, llevar la relación, los niños, el  colegio, las reuniones, la oficina, la cocina, intentar hacer deporte, mantener una vida social y comportarnos en la cama como una diosa sexual, ¿de verdad crees que encima nos vamos a comer los marrones de las reparaciones?” ­– le suelta. Amparo da un paso atrás. “Es un pacto silencioso, mi marido no prepara ni un biberón, y yo no le cambio las pilas ni al mando de la televisión” –dice una. “Yo me levanto cuando los niños se despiertan por la noche y él pasa las revisiones del coche” –añade otra. “Él se encarga de llamar al electricista y yo acompaño a su madre al dentista” –cuenta otra más. “¿Y si un día no tenéis un hombre al lado?” –pregunta sorprendida. “Mira, yo al mío la tengo muy pillado, pero si me separo, saldrá un amigo o un vecino que me quite las piedras del camino” –aclara la primera amenazante.
Amparo no ha vuelto a dar muestras en público de su destreza manual pues si quiere ser admitida, debe renunciar de manera drástica a cualquier tipo de exhibición doméstica. En tiempos de plena igualdad, donde muchas mujeres sacrifican lo profesional en virtud de lo maternal, en el momento en el que emerge el macho sensible, ese que ve factible depilarse las piernas y llorar en el cine pero que dice “no sé” cuando le pides que cambie a un bebé, sería una mezquindad robarle a los machos lo que les queda de masculinidad relevándolos de sus tareas. Amparos del mundo, ¡no tenemos nada más que demostrar!. Por el bien de la raza femenina desde aquí os pido ese poco de machismo, un pequeño revanchismo a cambio de nuestras renuncias.