viernes, 14 de diciembre de 2012

DAMAS SEXOMENTALES



De siempre se ha asociado la mente del hombre a lo venial, lo “sucio”, la perversión que suele demostrar su mayor predisposición para el asunto. Las damas en cambio parecemos más cabales, más empáticas y sensibles, incapaces de disociar lo sentimental de lo estrictamente carnal. Por ello no puedo ocultar mi sorpresa, cuando una vieja amistad a la que me encuentro en un evento, me hace la siguiente pregunta: “¿Te ponen los hombres castrados?”. La miro sin reaccionar. “¿Me estás hablando de ópera, te refieres a algún tenor?” –intento aclarar. “Tras tres niños y  varios años de DIU y pastillas, hace un par de meses le planteé a mi marido una alternativa: si quieres volver a hacerlo te harás la vasectomía”  –me cuenta en voz baja. “Al principio se negó pero en vista de mi insistencia y apurado por mi repentina inapetencia, decidió visitar a un doctor” –prosigue. Yo, cautivada, me anticipo al inminente final. “¿Sintió dolor?, ¿Le han dejado cicatriz? –me intereso. “Fue una sencilla intervención, igual que la recuperación. Ahora el problema soy yo” –aclara. “¿No estarás embarazada?” –pregunto asustada. “Claro que no, es algo mental. Aunque todo funciona igual, para mi ya no es lo mismo. Antes bromeábamos con su miembro, le llamábamos escopeta, pistola, cañón. Ahora tengo la sensación de que le han cambiado la munición y solo lanza fogueo.” –confiesa. Me imagino a su pobre marido consternado, como un soldado desarmado con ganas de disparar. “¿Y por qué, y ahora que llegan las fiestas, no lo imaginas como un selecto champagne, una botella espumosa que en el momento de descorchar derrama su  embriagador contenido a la máxima presión?” ­­–le digo intentando ayudar.
Días después la encuentro en una cena y le pregunto por el tema. “Tenías razón, ahora algunas noches tomamos Moët, otras Dom Pérignon o bien un simple cava” –me responde brindando con complicidad. Porque, y como varias copas más tarde me aclararía ella: la clave está en el tamaño y la consistencia de la botella. 

viernes, 7 de diciembre de 2012

PODERÍO MEDITERRÁNEO



No hace mucho tengo una reflexión sobre la esencia de la naturalidad y la fuerza de lo genuino. La cosa me viene a la cabeza en el vestuario del gimnasio vistiéndome tras la ducha. A mi lado un par de chicas se cambian a lo suyo cuando de repente, poso la vista en el espejo y me encuentro con la desnudez rotunda de una de ellas muy morena. Toda mi atención se fija en una parte concreta de su anatomía inusualmente poblada.  No soy la única asombrada, en su paseo hasta la ducha logra captar las miradas de cuantas tiene a su alrededor pero ella, lejos de ocultarse o sentir intimidada, se muestra sin reparos en un derroche de poderío mediterráneo, casi altanero, que a mi me resulta de inmediato desconcertante y hace que me pregunte: ¿Será normal que nos sorprenda la opción de prescindir de depilación?. Pues lo que empezó primero como algo restringido a actrices, modelos y mujeres avezadas, ha terminado extendiéndose al total femenino con propuestas tan sugerentes como el modelo brasileño, el red carpet, la copa de Martini, el rubí o el estilo Hollywood, la opción integral y por tanto más radical.
La imagen de esta señora invoca en mi mente el espíritu primitivo de esas hembras indomables, libres y poderosas, que blandían su feminidad en aras de una sexualidad quizás más inconsciente, pero sin duda más profunda, racial y bella. Recreé a una Eva, a una amazona orgullosa y valiente inundada por un torrente de fecundidad, pletórica, meteórica, bestial.
La apuesta de esta dama es sin duda un signo de audacia, un alegato al erotismo hueco que nos mide a todos por igual. Quizás dentro de unos años las modas cambien de nuevo y lo que hoy es rareza se convierta en habitual, pasando del minimalismo hacia cierta sofisticación, pues en temas de depilación, al igual que en decoración, no siempre menos es más. Alguna entonces se arrepienta de lo que hizo y en un futuro le toque echar mano de un postizo, lo que sería rizar el rizo.

viernes, 30 de noviembre de 2012

DE LO ERÓTICO Y LO PATÉTICO





Pasado el alboroto causado por Christian Grey, cuando ya todo el mundo ha leído las novelas y algunas, las más fans, se encuentran a la espera de que escojan al protagonista para la versión cinematográfica de esta historia pornográfica, la relación entre el guapo y sexy millonario y la inocente estudiante ha dejado una impronta en muchas de las lectoras que, picadas por la curiosidad y conscientes de que su visión de la sexualidad no pasaba del encuentro semanal en la postura habitual, han decidido dar el paso y acercarse al sadomaso adquiriendo un antifaz, unas botas con espuelas o una fusta. En la caja del producto o en las fotos de Internet, la cosa la pintan fácil. Una tía con tipazo y la boca pintada en rojo luce corsé de cuero y gorra de policía mientras sujeta un látigo con maestría. Pero la realidad en estos casos no conoce de piedad. En un encuentro reciente con un grupito de amigas, después de la cena y las copas, la anfitriona nos anuncia su intención de mostrarnos su última adquisición. Minutos después aparece con un par de botas por la rodilla y un vestido en vinilo del que cuelgan un par de esposas. La tela brillante se arruga por la parte de delante alrededor del michelín, las botas se le clavan al gemelo poniendo de relieve la mala calidad del cuero, las esposas no dan el pego y pese a que la amiga no está nada mal, lejos de parecer una dama dominante a mi me recuerda a una especie de elefante. “¿Qué tal?” –pregunta expectante. Como no quiero herir sus emociones contesto con una frase que tiene varias interpretaciones: “Lo vas a dejar de piedra”. Ella, orgullosa de su osadía, toma la respuesta como una picardía y continua la exhibición. Yo pienso en la delgada línea que separa lo erótico de la patético en el terreno de lo amateur y maldigo a ese fabricante, ese asesino del sex appeal que a costa del Grey-calentón, va a llevarse por delante más de una relación. Espero que las damas entren cuanto antes en razón.

lunes, 26 de noviembre de 2012

DOS CLASES DE BANCOS



Martes por la tarde en el club, cursillo infantil de tenis . Junto a las pistas hay dos bancos para que los acompañantes se sienten a esperar. Uno de ellos está más próximo a la valla, y en él se suelen poner las madres, jóvenes, guapas y pijas, para charlar de sus cosas. El otro, situado en el otro extremo, es el que las chicas de servicio han escogido como suyo y que toman cada tarde en comandita. Así que un par de días a la semana, esos dos bancos separados en la distancia espacial y vital, acogen a ese grupo de mujeres para las que el destino ha marcado caminos tan diferentes.
Una tarde, y debido a una inoportuna reparación en el suelo, los operarios deben de mover los asientos, de manera que cuando llega la hora de la clase, las acompañantes que van llegando se encuentran con los dos bancos pegados, en uno de los laterales. Aún así las mujeres, leales a su condición, se acomodan con la acostumbrada distribución quedando así la situación: madres a la izquierda, internas y niñeras a la derecha. Yo, que llego algo tarde, me tengo que conformar con una silla solitaria que encuentro unos metros más atrás y decido aprovechar para relajarme leyendo un rato. Hasta mis oídos llegan varios temas de conversación que en principio, no merecen mi atención. Mientras las mamis se decantan por la fashion night out de la próxima semana, un profesor de manualidades con dudosos modales, los descuentos especiales en un par de tiendas de moda, una crema con glicólico, recetas de Thermomix, una niña que se hace pis, el frío, las revistas y un bautizo. Las chicas por su parte hablan de bonos de autobús, tintes para el pelo, la marca del móvil, los precios de su operador, la ropa interior, un programa de televisión y los planes de fin de semana. Yo intento concentrarme en la lectura intentando abstraerme del cacareo cuando de repente una de las madres, una flaquita castaña vestida con suéter de lana, pitillos vaqueros y botas de montar, anuncia a sus compañeras: “El marido de mi hermana le engaña”. Tras un breve silencio las chicas lo intentan asimilar y se lanzan a preguntar: “¿Con quién?”, “¿Desde cuando?”, “¿Estás segura?”, “¿No será una confusión?”, “¿Los ha pillado en acción?”, “¿Será que a él le puede el vicio?”. Entonces ella, consciente de la expectación, decide soltar la bomba: “Cree que está liado con la chica de servicio”. El grupo no puede reprimir un gritito de terror mientras en el banco contiguo, el de las chicas con malla y coleta, se dan codazos y miran hacia la pista intentando disimular. Pero las madres no se percatan, pues su nivel de conmoción las hace concentrarse únicamente en la historia que su amiga les narra a continuación. “Cuando se fue su tata de siempre mi hermana buscó en una agencia y le mandaron a Jenny. Yo le dije que la veía muy joven y además era un cañón, pero ella acababa de parir y no sabía discernir. Jenny se reveló como una interna eficiente y cariñosa que además, cocinaba de maravilla y transmitía a los niños su alegría” – relata. El grupito de amigas la sigue con atención. Las niñeras por su parte, atrapadas por la historia, se han ido desplazando y escuchan sin perderse ni un dato del escabroso relato.
“Una día llegó a casa antes de lo previsto y los encontró sentados en el sofá, no estaban haciendo nada pero le pareció advertir algún tipo de complicidad. Hizo como si no lo hubiera visto pero empezó a investigar y una tarde, buscando en el cuarto de ella, descubrió con estupor que le había cogido un sujetador” –se detiene, una de las niñeras de tanto estirar el cuello casi se cae del banco, las otras la mandan callar. Las madres van a estallar. “¿Y qué más?” –preguntan en una voz. “Entonces una tarde, aprovechando que Jenny no la veía, le cogió el teléfono móvil y descubrió que guardaba una foto de él, un primer plano en el que sonreía” – continua. Justo en ese momento termina la clase y los niños aparecen en manada. Se ha hecho tarde y aunque la cosa está que arde, el momento pasa y todas vuelven a su casa. La clase siguiente, con el suelo ya reparado, cada banco ha vuelto a su lado. Las madres se sientan en su extremo, correctas y sonrientes, con el mismo talante de siempre. Las chicas de servicio, aún con la antena puesta, intuyen que se acabó la fiesta. Y aunque ya nunca más se vuelvan a mezclar, unos bancos y el azar, las unió por una tarde en el miedo común al engaño, al desengaño y a que un tío les haga daño.