viernes, 11 de enero de 2013

PREOCUPADA POR SU PEQUEÑA





La historia que hoy les cuento aconteció hace un par de semanas el día que una amiga intentó estrechar lazos con su hija adolescente. Llevaba un tiempo Carmen, mi amiga, alarmada por su hija Paula, una jovencita de dieciocho años alta, mona y reservada. “Ya no me cuenta nada, siempre está callada, empiezo a estar preocupada” –me confesaba hace poco. “Déjala, será la edad” –le decía yo para calmarla. Pero Carmen le insistía y cada vez que veía la oportunidad, se dedicaba a indagar en los silencios de la joven que solía contestar con un “estoy pensando en mis cosas”. Un buen día, y provechando un viaje del marido, Carmen invita a cenar a su hija con la esperanza de que en ese clima de intimidad, ella se suelte y le cuente. Ya a los postres y habiéndole dejado beber una copa de vino, decide animarla a hablar. “Paula, ¿como te va? Nunca hablamos” – le dice. Paula pone los ojos en blanco “No te tienes que preocupar” –responde. “No me creo que no tengas nada que contar – insiste Carmen contrariada. “Todo va bien” – contesta la joven. “Mientes” –le dice la madre apretando los dientes. Paula suspira. “Mira, ya que tienes tanto interés te diré que Pedro, el tío al que me tiro, la tiene súper pequeña. No solo eso, sino que ayer por la mañana estuvimos en su casa y no duró más de un minuto. Además insiste en el sexo oral, cuando a mi lo que de verdad me gusta es el juego anal. Para colmo llevo casi tres meses sin tener un orgasmo, el otro día se lo dije y casi le da un pasmo, le echó la culpa a mi consolador, dice que de tanto montármelo sola luego él no me mola. Te juro que estoy a punto de darle la patada, además, no estoy enamorada”.
Carmen se quedó sujetando su copa mientras su hija apuraba un brownie con chocolate y vainilla. Volvieron a casa sin hablar. Ya en la cama, se arrepintió de preguntar y pasó la noche sin dormir, intentado asumir el tema sin dejar de imaginar a su pequeña en su vertiente más obscena, pasándose la virtud por el forro de su incipiente juventud.

lunes, 7 de enero de 2013

NOCHE DE FIN DE AÑO



Cuando uno llega a cierta edad es complicado decidir el plan de Nochevieja. No es mi caso, pues ya a la tierna edad de quince años me resistía a las cenas en grupo y prefería disfrutar la noche disfrazada en casa de una íntima bailando hasta altas horas temas de Bon Jovi o de Madonna. Años más tarde pasaba de las fiestas en la Hípica o en el Ateneo para meterme en el chalet de algún conocido y vivirla en plan guateque, con baile en el salón y bebida de garrafón. Ya de adulta llegaron las veladas en el pub de un amigo, las cenas en Sierra Nevada y alguna otra en la que, movida por un espíritu rebelde, no hice absolutamente nada. Ahora, casada y con hijos, la historia cambia por completo abriéndose ante mi todo un panorama de propuestas para las que he tenido que crear nuevas respuestas: “¿Os apetece una fiesta en familia en la que cenamos pizza y Champín?” –me propone una amiga amable. “No, gracias, si a estos dos les cambio el horario me enfrento a una noche sin fin” – alego usando a los niños. “¿Qué tal una casa rural y una excursión matinal?” – ofrece una madre del cole. “Te lo agradezco pero es imposible, el campo me da una alergia terrible” – me excuso. “¿Os apuntáis a una cena de gala en el Mercado Colón?” – nos dice un amigo. “Seguro que no está mal, pero nos habíamos imaginado algo más informal, me da un poco de pereza” –rehúso con delicadeza. Así que al final dejamos a los niños con mi solidaria suegra e improvisamos una juerga en casa de un vecino con solo unos días de antelación. En una reunión previa muy entretenida discutimos el tema de la comida. “¿La encargamos?” –pregunta una. “Ni de coña, que al final somos tres los que pagamos” –contesta otro lanzado que tiene fama de puño cerrado. “¿Cocinamos?” – suelta otra. “Mucho peor, acabaremos gastándonos más y luego tendremos que pasar la fiesta en una casa que apesta” –responde otro más. Entonces se le ocurre a un amigo la solución brillante, aquella más natural teniendo en cuenta que la media de edad del grupo supera con creces los cuarenta: “Que nos lo hagan las madres, les compramos el material y seguro que les parece genial”. Así, de manera forzosa, tomamos la decisión vergonzosa de pedirle la cena a mamá. Pasamos a hablar del alcohol. “Cada uno traerá una botella, whisky, vodka y ginebra” –dice uno. “¿Qué pasa con los que somos de ron? – protesta otra. “Pues traed también ron. Y ojo con las marcas, no hace falta Dom Pérignon pero que sea algo equilibrado, no traigáis la marca blanca del supermercado” –indica el anfitrión. “Yo me encargaré de la mezcla” –añade el dueño de la casa. “A ver que pasa, la última fiesta en vez de latas compraste el refresco por litros y la cosa quedó muy cutre” –replica otro más. “Pues lo hacemos en tu piso y nos haces un guiso en tu cocina de un metro cuadrado” ­– contesta el primero cabreado. “¡Ya basta!” ­–les digo dándole un pellizco a mi amigo. Tras dejar claro el tema del hielo, las uvas y el cotillón, hablamos de los invitados. “Si cada vez que Sara sale y se emborracha se lo dice al primero que pasa, nos va a petar la casa” ­– suelta Olga, una del grupo. “Te recuerdo que el sábado invitaste a un venezolano de quince años con el que te estabas metiendo mano” –le responde Sara ofendida. “Tenía veinte y me lo hizo pasar de maravilla, te jode porque llevas casi un año de sequía” –se defiende Olga. “Prefiero no pagar por hacerlo”  –contraataca Sara. “Chicas, como siga la cosa así traemos una pequeña piscina y montamos una pelea en el barro” –corta otro. “Ya te gustaría pedazo de guarro, igual es más divertido pillar una porno, sueltas la mano y te vemos en tu entorno” –contesta Olga. “Mejor ponte aquí debajo y me ahorras el trabajo” – le dice el bromista en tono realista.
De forma milagrosa, conseguimos arreglar la cosa y nos juntamos la noche en cuestión. Tras una cena animada, las uvas de turno y las copas de rigor, vimos un poco la tele, cantamos Raphael y Camilo Sesto, nos reímos un rato y a eso de las cuatro de la mañana, cada uno se fue a su cama. Al despedirnos hablamos de organizar una gran fiesta el próximo año vestidos de etiqueta con catering incluido y todo servido, o irnos a Baqueira para llegar a la madrugada con la piel tostada. Ya les digo yo que no.



viernes, 4 de enero de 2013

LA HISTORIA SE REPITE



Ya conozco varios casos. Hombres de cuarenta y tantos que tras vivir el matrimonio con su novia de la juventud, se separan después de varios años de convivencia y algunos hijos al sentir que se les escapa la vida, que solo disponen de unos últimos cartuchos para quemar antes de la gran debacle. Ya libres, se hacen con un deportivo, una cazadora de cuero en negro y se dejan el pelo más largo y la barba desaliñada para ligar con chicas de veinte, cuando al final y ya en el ruedo se enganchan con una de treinta, más lanzada, dispuesta y con muchas ganas de pillar. Entonces comienza la tournée con escapadas de fin de semana, bailes en la discoteca, veraneos en Ibiza, sexo apasionado y la vuelta a algún deporte arriesgado que el interesado tuvo que abandonar por estar muy ocupado en su época de crianza. El tipo entonces se siente el rey de la selva y a fuerza de comidas, salidas y una rutilante vida loca, termina pasando de todo y se pone como una foca. En ese momento y por el miedo a volver a la soltería habiendo engordado con tanta alegría, se amarra a su pareja y comete la gran cagada, la idea del demonio: se lanza con el segundo matrimonio, en este caso por lo civil y con una madrina al borde de lo senil. La nueva mujer, con el instinto maternal a un nivel bestial, se queda embarazada de un hermano para los hijos mayores del marido, que reciben la noticia con un enorme alarido. Al poco llega el bebé, las noches sin dormir, los malos rollos, la sequía sexual, los planes infantiles y el león valiente, ahora gordo y pringado, se ve abocado a ese duro peregrinaje cuando su ex, liberada y con los niños mayores, de repente reviscola, se pone cañón y se vuelve hasta un poco pendón.
Aviso a  todos aquellos a los que el cuerpo les pida un cambio, ¡cuidado!, pues la historia se acaba repitiendo y hay que echarle muchos huevos para decidir empezar de nuevo. Por no hablar de que a cierta edad, el reencuentro con la carne magra suele requerir la ayuda de la Viagra…

miércoles, 2 de enero de 2013

CUENTO DE NAVIDAD



No me disgusta la Navidad, lo confieso. Debo de ser de las pocas personas adultas que goza con esta festividad que año tras año nos recuerda a los que ya no están y nos devuelve a la infancia, aunque solo sea el momento de partir el turrón, comer las uvas o ver las luces de la Plaza del Ayuntamiento. Al tener niños además la cosa se amplifica y pasas a meterte de lleno en la celebración, que ahora cobra una nueva dimensión gracias a la puesta en escena que debes de interpretar para transmitir esa tradición cargada de emociones a las nuevas generaciones. Así que este año, el primero en el que mis hijos disponen de consciencia plena para disfrutar del tema, asumo el modo “familia on” y me dejo asesorar por esas otras madres que controlan el asunto. La primera tarde toca superhéroes en el Mercado de Colón. Llegamos tarde y allí cientos de padres rodean un pequeño escenario al que es imposible acceder. “¿Le deja pasar para que pueda ver?” –le digo a una señora que coge a mi hijo de la mano y lo apretuja junto a un grupito. Allí el Zorro bailotea moviendo la capa cubierto con un antifaz junto a Spiderman, Thor, El Capitán Trueno o Superman, en un concierto escenificado a lo Village People que en mi opinión cuestiona la masculinidad de estos elegidos para velar por la humanidad. ¿De verdad podemos confiar nuestra vida a unos sujetos en mallas y camiseta ceñida? La tarde siguiente toca feria, que este año está en el puerto. Allí nos plantamos a media tarde con otros tres amiguitos para adentrarnos en ese enorme recinto donde nuestros hijos se lanzan a una espiral de desenfreno de la noria a los coches de choque, de las cadenas al dragón y a la barca, que sumado a los globos, el algodón y las palomitas, da como resultado el desembolso de cuarenta euros por barba en solo una jornada, lo que me parece un pastón. Otro día acudimos a una fundación en Colón donde imparten un taller de manualidades que además de lúdico y entretenido ¡¡es gratuito!!. “¿Puedo dejarlos todo el día?” –pregunta una madre. “Son dos horas” –le informan en la entrada. “Déjeme un teléfono por si se quieren marchar” –añade la encargada. “¿Estás de broma? Me voy a hacer la pedicura, si se cansan los atas, o les pones una mordaza” –contesta la madre que se marcha sin pestañear. La chica me mira. “Viene todos los días y me deja a esos tres” –me indica señalando a unos rubitos diabólicos que lanzan bolas por la ventana. Yo le devuelvo una sonrisa solidaria y la compadezco. “Me sabe mal, si hoy tienes muchos volvemos en otro momento” –le digo. “Es todos los días igual, ayer arrancaron el papel de la pared, uno me lanzó la papilla, otro se bebió el agua de la escobilla” –me cuenta. Al final mi hijo se queda y lo recojo una hora después, donde la chica de antes me recibe con el pelo alborotado y el suéter al revés. “¿Cómo ha ido?” –pregunto. “Fenomenal” ­–me dice a punto de echarse a llorar. Nosotros nos alejamos y la veo a través del cristal intentando poner orden junto a otra compañera que pelea con unos cuantos tumbados sobre una mesa.
Un par de días más tarde nos invitan al circo, lo que me da mucha ilusión, pues no voy desde pequeña. Al entrar bajo la carpa me invade cierta emoción y me dispongo a disfrutar de la función en compañía de mis hijos. Se apagan las luces, comenzamos a aplaudir y salen dos payasos que empiezan a contar chistes que nos hacen reír. Cuando pasa uno de ellos por mi lado me llama la atención el disfraz desgastado, la peluca trasquilada, la cara de pintura borrosa, sudorosa. Sale una equilibrista que se cuelga audaz de una liana. Al ponerse del revés se le levanta el vestido y le veo la celulitis repartida por el culo. Lo mismo me pasa con el domador, que me parece forzado, sobreactuado, o un joven malabarista, que lanza antorchas con gran habilidad cuando solo me puedo fijar en que marca paquete una barbaridad. Al terminar la sesión y ver las caras de los niños me doy cuenta de que lo que ha cambiado es mi visión, quizás embrutecida por los años. Me comprometo los días que quedan a intentar recuperar la magia y estarme muy cerca de los niños, a ver si alguno me contagia. ¡Por un nuevo año cargado de ilusiones y pasiones!. Disfrute de las celebraciones.