“Me voy a operar las tetas”
–me comunica el otro día una amiga que acaba de protagonizar una sonada
separación. “¿En serio? ¿En tu situación no te perece muy obvio? Yo creo que el
golpe más bajo se lo darías buscándote un novio” –le aconsejo. “Te equivocas.
Está más que demostrado que para los hombres la piedra filosofal es el pecho. A
mi me encantaba el mío pero con el tiempo se me ha estropeado, así que ahora lo
quiero operado” –sentencia ella. Con esta rotunda declaración me deja muy
claras sus intenciones y me despido deseándole suerte. Solo unas semanas
después nos encontramos de nuevo en una inauguración y la veo estupenda a lo
lejos, luciendo una camisa entallada muy escotada y dejando muy claro que
efectivamente, ha ejecutado lo dicho. “¿Pero este tipo de escotes vuelven a
estar de moda?” – le pregunto cuando se acerca sorprendida por su estilismo.
“Es para que se joda, ojala me lo encuentre, me han dicho que está pasando por
un mal momento, quiero que vea que estoy de muerte” –me contesta apretando los
enormes bultos que luchan por vencer a la tela. “Mira, toca, están súper duras,
es una locura”– me anima cogiéndome una mano y posándola sobre la superficie
rocosa. “Me han sentado fenomenal, si llego a saber todo esto hace tiempo que
me las hubiera puesto. Además puedo ir sin sujetador, ¿a cuantas mujeres de mi
edad has visto desafiando la ley de la gravedad?” –pregunta triunfal. Su ex pareja no apareció y, según me han
contado, ha conocido a una masajista con hijos de la que se ha enamorado. Mi
amiga está feliz con la alegría que supone en su existencia ese oportuno
retoque por obra y gracia de la ciencia. Como le aconsejó a otra del grupo que
está aguardando la resolución de su reciente separación: “mientras esperas,
ponte unas peras”.
viernes, 8 de febrero de 2013
domingo, 3 de febrero de 2013
EL MACHO GORILA
Cuando los hijos ya no son
exactamente bebés pero todavía no tienen el criterio suficiente para escoger
sus propios amigos, los padres iniciamos una nueva etapa en la que nos lanzamos
a hacer planes junto a otras parejas con las que, independientemente del grado
de relación, por un tema de la edad de los niños nos une la misma situación. Así
el pasado domingo decidimos visitar el Bioparc con un grupo formado por tres
matrimonios y siete niños, todos ellos menores de cinco años. A las doce nos
damos cita en la entrada y después de los saludos cordiales y tras bajar a un
niño de una farola, conseguir que se pongan a la cola y aguanten la espera y
luchar para que no se vayan directos a la carretera, yo ya empiezo a arrepentirme de haber ido, pues intuyo que el
día se presenta de lo más entretenido. Cuando por fin accedemos una amable
chica nos insiste y nos hacemos una foto grupal junto a un gorila de hierro con
el que los niños no dejan de hacer el gamberro. “Por favor no le deis patadas”
–oigo decir. “Que nadie se vuelva a colgar, lo vais a destrozar” – advierte
alguien más. Les reñimos intentando poner orden y surcamos el aire sobre el
Parque de Cabecera caminando por un gran puente en el que nuestras fieras no
paran de empujar a la gente. Al final giramos a la derecha y nos adentramos en
Madagascar, una cuidada zona debidamente acotada con el fin de que los lémures
acampen en libertad y donde los niños que hay presentes se mueven a discreción
siguiendo de cerca sus pasos. De repente, un momento de tensión. Uno de los
animalitos se planta subido en un poste del camino. A su alrededor se agolpan
una decena de críos que lo miran con impaciencia a menos de un metro de
distancia. “Está prohibido tocar” –anuncia una vigilante que aguarda con
precaución. Ellos empiezan a empujarse apretando sus manitas tratando de
controlarse. Uno de los nuestros, como no, estira el brazo y da un par de pasos
con la clara intención de darle un abrazo. La chica le da un nuevo toque de atención:
“Ya os he dicho que no os podéis acercar”. El animal se impulsa y pega un
brinco perdiéndose entre las ramas y el resto de niños le increpa al traidor,
que se ha saltado las reglas provocando la huida. “Estás tonto” – le dicen
algunos. El acusado y dos más de la pandilla que se suman a la rencilla, se
encaran al resto y considerando, me imagino, que no tienen nada que añadir, se
ponen a repartir. Los mayores arreglamos la trifulca que se salda con algunos lloros
y continuamos el recorrido. Poco a poco empiezo a detectar desazón entre las
parejas, que hartos de los gritos, las quejas, y más de uno afectado por la
resaca de la noche anterior, se dejan llevar por una espiral de reproches y
contestaciones poniendo a prueba la salud de las relaciones. “Me encuentro
fatal, dile a tu hijo que deje de portarse mal” –dice uno. “Tan hijo mío es
como tuyo, y no estarías tan mal si ayer te hubieras quedado en casa en vez de
hacer el capullo” – contesta la mujer. “Te toca a ti darle de comer” –le dice
otra al marido. “Que te lo has creído, te he dicho que no quería venir, eres tú
la que me has traído” –replica retador. “Tienes que ir al coche, me he dejado
en el maletero los baberos” –anuncia una amiga a su esposo. “Pus no le pongas
nada, ¿cómo puedes ser tan pesada?” –replica cortante. Los niños van por
delante con su cantinela del horror: “tengo frío”, “tengo calor”, “me hago
pipi”, “me quiero sentar”, “no me lo quiere dar”, “me ha pegado”, “él ha
empezado”, “quiero una Fanta”. Llegamos a los gorilas, veo a una hembra con su
cría colgando y al que se supone que es su pareja a unos metros, rascándose el culo y holgazaneando junto a
otra gorila. Nos imagino a nosotras sin ropa, rodeadas de nuestros pequeños que
disfrutan de un plácido sueño mientras los hombres, los maridos, lucen pilila y
se desperezan delante de otras. Caigo en la cuenta entonces de que todos los
seres vivos somos muy parecidos, y si bien esos monos no se desplazan en coches
ni se lanzan reproches, me imagino que tendrán sus historias. El resto del día
intento conciliar inspirada por la ley animal y pienso en la naturaleza sabia,
que dispuso a la hembra con solidez y entereza y al macho, tocado por la pereza
para los temas de hogar, lo hizo presto para la caza.
sábado, 2 de febrero de 2013
UN CONDÓN EN EL CAJÓN
Estaba el otro día está mi
amiga Nuria poniendo orden a la casa cuando en un cajón de su marido descubre
algo que en principio le había pasado inadvertido: un preservativo. Ella mira
la funda y siente una congoja profunda pues después de tener dos hijos, hace
años que como medida preventiva toma la píldora anticonceptiva. En un principio
no sabe que hacer, teme la verdad y las consecuencias, y se crea una película
en torno a la existencia de ese condón que en solo unos minutos ha conseguido
captar toda su atención. Imagina a su esposo en una comida con su secretaria y
la posterior ejecución, a los postres, del acto sexual de manera bestial en el
coche o en un motel. Sospecha entonces de una íntima amiga con la que él se ha
estado viendo por un tema de trabajo, los imagina una encima y el otro abajo, abocados
a una pasión alocada sin pensar en nada. Le viene a la cabeza de repente la
imagen de la profesora de yoga, una morenita delgada de estilo oriental que a
ella le cae fatal y que siempre parece fumada, la imagina entregada, agachada
ante su marido que se muestra completamente ido. Con gran desesperanza se deja
llevar por un ataque de desconfianza y le llama hecha una loca a la oficina. Él
alucina y le dice que no tiene nada que ver, que no se lo puede creer y, lejos
de mostrarse arrepentido, se siente gravemente ofendido. Nuria cuelga y espera
totalmente desbocada a la vuelta del infiel. Le viene entonces una imagen
lejana a la cabeza, un día los dos en la farmacia, en el mostrador una caja de
promoción con muestras donde puedes coger un condón. Ella, en plan gracia, le
entrega uno a su marido, que le sonríe y lo mete en el bolsillo distraído.
Recuerda haberlo encontrado al poner a lavar al pantalón y haberlo metido
suelto en un cajón. Consciente de la cagada se siente avergonzada y prepara una
buena disculpa, un mea culpa, aunque en el fondo reconoce que le resultaba
mucho más entretenido su versión de lo ocurrido con ese pobre preservativo.
lunes, 28 de enero de 2013
TRABAJAR EN CASA
Tras mi periplo vital
personal que hoy no voy a relatar, decido después del verano empezar a trabajar
en casa. Así me reafirmo en mi vocación de columnista –periodista-redactora y
paso a instalarme en mi buhardilla, que además es mi habitación, en una mesa de
madera recia con la espartana compañía de un flexo y mi ordenador. Al principio
me marco un horario, de nueve a dos, con una pausa para comer y otra vez hasta
las cinco, cuando recojo a mi hijo en un colegio del ensanche. Un par de días
voy a inglés a la Escuela Oficial de Idiomas y otros dos intento nadar. La
cosa, como verán, parece sencilla, lo que hace años yo había imaginado, una
existencia bohemia alrededor de la escritura, marcarme los tiempos, organizar
mi actividad, gozar de la libertad que se supone que te procura la creatividad.
Pero no. La realidad es bien distinta. Pasadas las primeras jornadas plagadas
de novedad en las que una se levanta puntual, se pega una ducha y se sienta
frente al ordenador entregada a ese cometido inspirador, llega un día en el que
te cuesta un poco más salir de la cama y te pones a escribir en pijama. “Solo
es hoy” –te dices. Pero semanas después has asumido la condición de trabajar en
bata y camisón y te parece la única opción. Como es imposible mantener largo
tiempo la concentración y además no tienes a nadie que te de conversación,
inicias un acoso implacable a la nevera. Al principio lo quieres hacer
agradable, buscas algo saludable, pero poco a poco te liberas y llega un
momento en el que te cagas en todo y te lanzas al pan con chorizo y las papas
con aceitunas, costumbre que pronto se traduce en la báscula y el aspecto
físico general, más salvaje y dejado. “Yo no te noto que has engordado” –te
dicen los otros. Y bien pensado es normal que el aumento de peso pase
desapercibido, porque sabes que últimamente el pantalón ancho y el suéter de lana
se han convertido en tu atuendo preferido. A veces te invade una modorra
monumental y tu cabeza, consciente de la pereza, se inventa falsas
obligaciones, extrañas distracciones que tú crees fundamentales como limpiar el
teclado del portátil, buscar el título de la facultad o poner en orden los
libros con ansiedad. Otro día te ves atrapada por las redes sociales y te pasas
la mañana enfrascada mirando las fotos de la boda de la amiga de la hermana de
la prima de una ex compañera de trabajo, que hace siglos que no ves y que ahora
te parecen increíbles, fascinantes, imprescindibles. De repente se te ocurre
que tienes las puntas del pelo fatal, entonces corres al baño, buscas la
mascarilla y te la aplicas con fruición cuando te fijas en que tus cejas están
pendientes de una depilación. Coges las pinzas y tratas de darles forma
mientras caes en que hace meses que no sometes tu rostro a una exfoliación y te
pones a frotar tu cara con una crema de cristales de corindón.
Un día llaman a la puerta sin
avisar y tú, que llevas un buen rato sin hablar, la abres y te encuentras con
la empleada del gas a la que le cuentas alguna intimidad y la invitas a un
café. Ella acepta cortada y media hora después intenta escabullirse como puede
pese a que tú no dejas de insistirle en que se quede. Al despertarte una mañana
tienes una revelación y decides empezar el día con energía, te calzas la malla
y las zapatillas y sales a la calle con la sana intención de andar. Ya en el
río empiezas a pasar frío y te encuentras fuera de lugar entre esos corredores
y ciclistas que se ejercitan con brío. De camino a casa y como te sientes fatal,
te pegas un desayuno monumental que te crea culpabilidad. Entonces vuelves a la
realidad y caes en que aún no has pegado ni golpe y te pones a trabajar sin
parar intentando adelantar lo que queda acumulado. Así, te das cuenta de que
esa actividad es el estado ideal productivo, la actitud que tiene sentido y no
puedes entender como llevas tantos días posponiendo las tareas que tenías que
hacer. A partir de ese momento decides ducharte a primera hora y entregarte con
motivación pese a que sabes que en
cuestión de una semana volverá la bata, el pijama, las papas, el chorizo, las
redes sociales, la culpabilidad, las sesiones de belleza y la pereza… lo que acabas
asumiendo como gajes de tu oficio.
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