lunes, 9 de junio de 2014

LAS BRAGAS AL BOLSILLO


                                      


Ambos sexos por igual, cuando estamos en pareja y en función del contexto, tenemos tendencia a acotar para dejar claro al resto hasta donde se puede llegar. A esto se le llama “marcar el terreno” y su aplicación concreta a la vida real recoge el clásico beso superficial cuando la pareja de uno llega o se va, la palmada en el trasero de él a ella en plan casual o el apretón de muslo furtivo de ella a él cuando alrededor el ambiente es festivo, el sentarse en las rodillas del varón en el momento en el que se detecta la presencia de otra dama pendón, abrazar por detrás y mordisquear el cuello de la esposa cuando esta se contonea por la pista de baile con mirada peligrosa, y una larga lista de movimientos, que proceden del inconsciente, y que tienen su réplica en el mundo animal, de manera que para todos es algo habitual. Hace poco una bella mujer comparte conmigo su pequeña estrategia de placaje destinada a recordarle a su marido, cuando está distraído, que es ella la que tiene el poder. «No hay nada tan efectivo como quitarte las bragas con disimulo y metérselas en su bolsillo. Mejor si llevas falda y os encontráis en plena cena o estáis bailando», me cuenta. Con ese sencillo gesto la interesada no sólo consigue captar la atención de su pareja, sino que a la vez que lo “marca” con la prenda íntima, instala en su pensamiento la imagen de esa zona privada de su cuerpo liberada de la ropa interior, tentadoramente accesible. «Antes de salir pulverizo las bragas con mi perfume, Trésor de Lancôme, y así si las toca, cada vez que se acerca la mano a la boca, se multiplica el efecto», explica. En mi opinión esta técnica posee el componente provocativo y algo de sofisticación, al aunar en la mente el concepto de promesa, el de imaginación y hasta un punto de advertencia. Pues, ¿podrá el marido actuar con coherencia sabiendo lo que le ocurre a su esposa debajo del vestido?

EL FÚTBOL Y LA CONDICIÓN




Yo no soy futbolera. Aún así desde hace unos meses me llega como de lejos el ronroneo persistente sobre la quiebra económica del Valencia, la deuda inmensa, los grupos millonarios que pujan por el equipo, la crispación de la afición, el consejo, la fumata blanca, la victoria de Peter Lim, el futuro del Mestalla, y así una lista  interminable de datos que me llegan en forma de noticia televisiva, titular deportivo o comentario casual procedente de mi entorno masculino. Todo este goteo de información contribuye a alimentar el caldo de cultivo de la circunstancia que voy a relatar a continuación. Hace ya tiempo un grupo de madres del colegio me expone la situación: en la clase de mi hijo de cinco años aquel que todavía no se ha interesado por el futbol corre el peligro de quedar apartado. «Pasa sobretodo en los colegios concertados, los que no juegan son los raros», me explican. Yo no le doy más importancia y dejo pasar el tiempo hasta que, unos meses después, esperando en la clase de natación, es la madre de un niño más mayor la que sale con el mismo tema, reconvertido problema. «Mi hijo siempre ha pasado del balón. Hace un par de años me pidió que le apuntara a baile pero su padre se negó. Tanto insistió que el curso pasado lo consiguió y ahora va a clase de  funky. Él solo junto a doce compañeras. En reyes me pidió calentadores y unas mallas. Está encantado, pero mi marido vive amargado», me cuenta. A partir de ese momento empiezo a fijarme que en el río la mayoría de críos lucen botas de fútbol en colores llamativos y corren organizados alrededor de una pelota. Yo miro a mis hijos subidos a un árbol, luchando con una rama que hace las veces de espada. Me pregunto por qué ninguno de los habrá manifestado su ilusión por el balón y si ese desinterés es algo que tiene que ver con el grado de madurez, o bien si se trata de la señal temprana de que están destinados a otro tipo de actividades menos aceptadas como la esgrima o la danza. Pongo mi atención en algunos padres que bajan los fines de semana e instruyen a sus hijos en las estrategias futboleras pasándose el balón, jugando al delantero y al portero y diciendo a cada rato con los brazos en alto: ¡goool!. A mediados de mayo surge el monotema de las actividades de verano y, si bien yo tenia pensado el clásico cursillo de actividades al aire libre y piscina, muchas de las madres comentan que ya han confirmado la inscripción de sus niños en el campus de fútbol de este o de aquel famoso jugador. Me llega además la circular del colegio para el curso siguiente donde los puedes preapuntar a las extraescolares y leo en letras mayúsculas en un apartado destacado: FUTBOL, INICIACIÓN. Más abajo el resto de actividades y al final del todo la opción de “Coro”, donde desde hace dos años yo llevo a mi hijo. Siento vértigo y me imagino a un grupo de jóvenes vigorosos y dotados regateando y tirando con fuerza a gol, y en un aparte a siete u ocho chicos flacuchos entonando una canción tipo folk, al ritmo de guitarra y pandereta, con camisa de flores y el pelo recogido en una coleta. En la tele veo que David Villa ha fichado por un equipo de Nueva York y me viene a la cabeza David Beckham y su periplo por Los Ángeles. Reflexiono sobre los jugadores estrella que se retiran a esas grandes ciudades y llevan vidas de actores. Pienso en si sus padres les inculcaron el futbol desde la tierna infancia condicionando así su devenir natural, si fueron unos escogidos o si ellos mismos nacieron con la llama interior que le lleva a uno a consagrar su vida a algo hasta que consigue ser el mejor. Justo cuando llego a la conclusión de que van a ser mis hijos los que tomen las decisiones acerca de sus aficiones, llega el mayor y me dice que la semana siguiente quiere llevar a clase un balón y que se pide para su cumpleaños unas botas con tacos. En un primer momento lamento que quizás ese cambio le aleje de una vida de perfecto intelectual, pero luego me viene a la cabeza el festival de Eurovisión y Conchita, con el vestido ajustado, su barba recortada y los zapatos de tacón, y me cuestiono si el gusto o no por el fútbol tuvo algo que ver con su condición.






lunes, 26 de mayo de 2014

EL LOBBY FEMENINO




“Todo se trata de sexo, excepto el sexo. El sexo se trata de poder”, aseveró Oscar Wilde. La cita, que a uno le da que pensar, me sirve para crear el ambiente propicio de cara a la curiosa circunstancia que voy a relatar. Iré al grano. Entiéndase por lobby el grupo de personas organizado, de manera premeditada o espontánea, para interferir en favor de determinados intereses. De entrada lo primero que se imagina uno es el clásico grupo de empresarios reunidos en una cena o una fiesta conversando en un aparte, intercambiando informaciones y confidencias de carácter privado que puedan revestir, en algunos casos, importancia capital que los presentes tengan la oportunidad de utilizar. Nada más alejado del caso particular que me llama la atención y que hoy les voy a relatar. De un tiempo a esta parte he sido testigo del nacimiento de un grupito de damas, de edades más o menos equilibradas, cuyo punto en común es que casi en su totalidad comparten sus vidas con varones influyentes, pongamos que del campo de lo empresarial, el sector legal, los estamentos políticos, el área sanitaria, el mundo del diseño y la docencia. A raíz de un par de fiestas, una comida y otras tantas cenas las esposas, atraídas por el buen rollo generado, decidieron empezar a quedar a solas, prescindiendo de la compañía de sus maridos. Así comencé a encontrarlas compartiendo copas en torno a la misma mesa, acudiendo a presentaciones, inauguraciones e incluso, y esto fue antes de Semana Santa, organizando una escapadita de fin de semana, en plan “vamos de compras, charlamos hasta las tantas y hacemos durante dos días lo que nos da la gana”. Lo jugoso del asunto comenzó cuando, y generado por el influjo de la confianza, las camaradas comenzaron a compartir detalles privados de su vida íntima. Poco a poco se fue desvelando que si al marido de una le pone el juego de dominación, hasta el punto de haber llevado al hogar, tras un viaje a Berlín, un juego de esposas, cuero y grilletes, al otro le pierde que le llamen por un apodo concreto que va más allá de lo divertido, para adentrarse en el terreno de lo pervertido. Hay además alguno al que no le basta con las posturas habituales y lleva tiempo insistiendo a su esposa que sea… la palabra no sería flexible, mejor podríamos utilizar reversible. Me entero también de que uno de ellos da rienda suelta a sus habilidades verbales en forma de circunloquios, de tinte pornográfico,  que regala a su señora cuando se encuentran en pleno acto, y de una de las parejas que, y a modo de experiencia ocasional, decidieron celebrar su aniversario haciendo partícipe a otra dama que les acompañó por una noche en su alcoba. Mientras tanto los maridos, algunos de los cuales están metidos en varios proyectos comunes, concretan reuniones en las que debaten y analizan diferentes propuestas, tratando de mostrar la mejor parte de su faceta profesional, apostando por proyectos de envergadura, jugando sus cartas, barajando opciones y aprovechando al máximo cada una de las ocasiones. Entre ellas, me imagino, habrán acordado sin decirlo el clásico pacto de silencio mediante el cual lo que se dice en el entorno de lo femenino, queda restringido al sector masculino, de manera que toda la retahíla de informaciones escabrosas quedaría en manos de ellas en exclusiva, creando una enorme bola de incorrección invisible que les llevaría, en plena cena de parejas, a susurrarse una a otra al oído frases como “¿qué es lo que te ha preparado esta noche tu marido?” o “luego me repites esa guarrada que te dijo, me tiene fascinada”. Gracias a este ejemplo constato que, pese a que en determinadas esferas, y a nivel profesional, el dominio de los machos es todavía el que impera, son las señoras las que tienen el poder en su boca, y me refiero al  aparato bucal como órgano generador de la palabra y no como orificio, connotación mental habitual que le asignan los varones cuando, más allá de los negocios o las relaciones, dejan volar su mente, tan proclive a eso que algunos llaman vicio.

ALEGATO PRO CELIBATO



Un grupo de 26 mujeres ha escrito una carta colectiva al Papa Francisco con la intención de que revise el celibato. Esta señoras, y como detallan en la misiva, “mantiene, ha mantenido o querría mantener una relación sentimental con un sacerdote”. A sus argumentos añaden otro de peso: “El servicio a Jesús y a la comunidad sería desempeñado con mayor fuerza por un sacerdote que conjuga su sacerdocio con la vida conyugal”. Mantengamos la calma. Les pido a estas damas que se pongan en situación y se imaginen que desde el Vaticano levantan el veto y dan vía libre a su amor. Tras los dos primeros años de relación, donde efectivamente el sacerdote en cuestión, y habiendo dado rienda suelta a su contenida pasión, se tomaría su cometido con mayor gallardía y energía sabiéndose amado y esperado en su hogar, irremediablemente llegaría la implacable realidad en forma de hastío, conflictos y celos. El tema del confesionario plantearía para muchas un escollo, ¿o acaso sería de su agrado ver a su amado escuchando susurros, muchas veces escabrosos, de boca de otra mujer con esa intimidad que da la proximidad? ¿Y qué ocurriría con los WhatsApp? ¿Cómo fiarse de un marido que no conecta el dispositivo con la excusa de atender a los feligreses? En caso de conflicto conyugal también habría problemas, ¿sería oportuno acercarse al altar tras una pelea con el típico “tenemos que hablar”? Y pensando en la sexualidad, si en el momento del clímax uno de los dos se lanzara con el clásico “oh Dios mío”, ¿se interpretaría como plegaria habitual o, dado el contexto, podría elevarse a la categoría de pecado mortal? Quizás el hecho de no haber podido ir más allá en su relación prohibida les ha hecho perder la perspectiva en torno al asunto. Por ello animo a estas mujeres a plantearse su postura romántica frente a la espiritualidad desde una perspectiva de practicidad doméstica.


miércoles, 21 de mayo de 2014

LIGAR SEGURO




El modelo de ligoteo tradicional se tambalea. Descubro, a través de un estudio reciente, que una pareja que se conoce y se gusta pasa una media de 42 meses antes de lanzarse al matrimonio con un gasto aproximado en citas y escapadas de 17.000 euros. En cambio, si esa misma pareja se conociera a través de Internet, el tiempo estimado de noviazgo sería de 18 meses y el gasto de 9.000 euros. A raíz de estos datos saco varias conclusiones. 1. Las webs de contactos realizan una criba fundamental que nos puede ahorrar más de un disgusto. Si uno lee “gótico, amante de las aves, bisexual”, ya sabe a que atenerse si decide ir más allá. 2. Las personas sacan lo mejor de sí al principio, lo que puede hacer que uno se enamore del doctor Jekyll y acabe casándose con Mister Hyde. Conozco más de un caso y créanme, es un papelón. 3. Los noviazgos son caros. Un amigo me ha confesado que entre cenas, copas y cines, el polvo le sale de media a 250 euros. Un dispendio para el que tiene que invertir, así que a veces decide repetir solo para que le resulte rentable. 4. El estudio no da datos sobre qué es lo que ocurre tras la boda. Pero, y echando mano de la proporción, si la duración media de los matrimonios en España es de diez años, los que intiman de modo tradicional se pueden encontrar recién casados y ya desgastados 5. Certidumbre sexual. Una de las características de los amantes digitales es que suelen ir al grano. Lo que se traduce en que en la primera cita se dan unos besos, en la segunda se meten mano y en la siguiente llevan a cabo todas esas cositas que se les pasa por la mente. Esto evita frustraciones y ahorra a los sujetos el trago previo al acto donde solo hay un resultado posible: o das la tallas o fallas. Así, y en detrimento del romanticismo, considero que Internet es como un enorme condón sentimental que, y algunos casos, ayuda a ligar más seguro.