sábado, 8 de junio de 2013

REFLEJO DE SEXO AMATEUR



Lorena ha empezado a salir con un chico que le gusta bastante. Tras fracasar en su última relación conoció a Pedro en clase de cocina y, lo que empezó con un par de citas, ha acabado convertido en un tórrido lío. Después de vivir varias noches de pasión en el apartamento de ella del centro, él la invita un viernes noche a su casa ubicada en Campolivar. Tras degustar comida, vino y postres se ponen en acción y entre besos y arrumacos llegan como pueden hasta la habitación. Pese a estar metida en faena Lorena no puede evitar flipar con un gran espejo que ocupa una pared de arriba a abajo cubriendo todo un lateral. Ella, sin parar de besar, observa con disimulo como él la va liberando de la ropa y no deja de pensar en la celulitis de su culo que a través del espejo parece de repente agrandado, afeado. Pedro entonces se quita la camisa y deja al descubierto una espalda inusualmente granuda y unos hombros peludos. Lorena sentada se mira asustada los pliegues de la barriga y decide cerrar los ojos para intentar excitarse. Cuando parece que ha conseguido centrarse y empieza a disfrutar instintivamente vuelve a mirar y descubre la cara de él, congestionada, y sus nalgas que se mueven como un flan en el vaivén de las embestidas. De repente se siente como si fueran los protagonistas de un video porno amateur llamado “maduro abogado monta a profesora de su agrado”. Al final consigue culminar mirando hacia otro lado y se jura a si misma no volverlo a intentar en aquel probador del amor.
Ya en su casa decidió que prefería a Pedro en penumbra, con su voz rasgada y su sonrisa velada. El sexo así a pelo no tiene nada de estético y reflejado e iluminado de tal manera resulta hasta un punto patético. Cierto velo resulta favorecedor y estimula la fantasía de los amantes, antes, durante y después el acto en cuestión. 

miércoles, 5 de junio de 2013

DEPREDADORES DE TEMPORADA



“Me han dicho que hay una plaga de ratas gigantes en el barrio” –me comenta una vecina. “Son largas, como pardas, tienen dientes afilados. Cuentan además que el otro día una de ellas se comió un bebé de gato” –asegura. “Joder, que asco” ­–le digo. “Yo creo que salen de allí” –señala apuntando a una zona donde se agolpan los contenedores. “También me han contado que hay alguien que anda envenenado  a los gatos. En las últimas semanas han aparecido varios muertos” –susurra. Aterrada, me imagino atacados por una peste demoledora, en una estampa fatal, terminal. Luego me viene a la mente la imagen de un asesino brutal, un gaticida empeñado en terminar con la fauna de la zona. Sólo dos días después llaman a mi puerta y al abrir me encuentro delante de una chica muy amable pero con un punto inquietante. Mientras se presenta estira un brazo y me entrega un folleto en el que pone escrito en mayúsculas: desinsecte su hogar. “¿Tienen cucarachas?” –me pregunta. “Alguna, lo normal” –respondo desconcertada. “La ciudad está infectada” –afirma. Y me habla de otra plaga, esta vez protagonizada por una nueva especie de cucaracha llamada Supella a la que le gustan los ambientes secos y sacia su apetito comiendo la cola de encuadernar los libros. “Una amenaza más para la crisis editorial creciente” –digo riendo de mi ocurrencia. A la chica no debo parecerle nada elocuente y me mira sin pestañear. “Me tengo que marchar. Le aconsejo que no tarde mucho en llamar, cuando llegue el calor va a ser mucho peor” –concluye. Cierro la puerta y me dirijo a la estantería con cierta aprensión para comprobar si ese insecto recién llegado se ha instalado en mi biblioteca. Parece que no, no obstante retiro a Paul Auster y a Nabokov a un lugar más seguro no sea que esos bichos destructores compartan conmigo el gusto por los mismos autores. Impactada por la muerte de los felinos, las cucarachas y la invasión de los roedores, me encamino a una droguería por la zona de Algirós con la intención de hacerme con trampas, insecticida y algún veneno mortal. Hablando con el dependiente me pregunta en qué calle vivo. Se lo digo. “Ahí tienen mucha palmera” –afirma. “Si, ahora están preciosas” –le digo. “Creo que este año no han fumigado y hay bastante picudo” –me cuenta. “¿Picudo? ¿Está seguro?” –me intereso. “Ese escarabajo es terrible, hace años que está arrasando con las palmeras de la ciudad. Una vez que las invade es irreversible” –sentencia. De vuelta a casa me paro un segundo a examinar las palmeras en busca de indicios del bicho y me propongo llamar al ayuntamiento con el objetivo de que les apliquen algún tipo de tratamiento. Paso por casa de un vecino a comentar el asunto y me cuenta algo más: “He visto tres veces a una pareja haciendo fotos de los gatos en plena calle. Primero pensé que eran amantes de los animales, pero al observarlos esta mañana me he dado cuenta de que son los asesinos, de que los matan con saña” –me cuenta mientras observa medio oculto en la cortina por la ventana. “¿Están ahora?” –le pregunto con curiosidad. “Que va, miro a la vecina, estoy totalmente entregado. Además, no lo podría decir con seguridad pero creo que se ha separado, hace como un mes que a él no lo veo” ­–afirma. Miro donde él y veo a una chica guapa y morena tendiendo la ropa con un ligero vestido estival y su larga melena perfilando su rostro. Los ojos del vecino la siguen con detalle y yo pienso que en el barrio además de ratas, cucarachas, picudos y gatos muertos, tenemos este buitre depredador en espera de una crisis conyugal decidido a clavar sus garras en alguna dama despechada.
El resto de la semana dedico algo de tiempo a colocar algunas trampas por la casa temiendo, cautelosa, encontrarme con alguna de esas ratas espantosas. En tiempos turbulentos aumentan los recelos entre especies y se instala una suerte de libertinaje motivada, en este caso, por el calor que en estas fechas se instala en la ciudad. La llegada del verano trastoca nuestras pulsiones y nos puede inducir a tener extrañas reacciones. En casos de pasión o muerte, una vez más se impondrá la ley del más fuerte.

viernes, 31 de mayo de 2013

EX PAREJA TIENE SEXO EN UN HOTEL



Me cuentan hace poco una historia que por algún motivo me conmueve. Acude una pareja al juzgado a firmar la sentencia de divorcio. Él diremos que es empresario, de casi cincuenta, con una cuenta corriente en su día boyante y poseedor de cierto atractivo. Ella rondará los cuarenta y hace un tiempo que dejó aparcada su carrera profesional para centrarse en lo doméstico, el gimnasio y una vida relajada. Tras una relación de casi quince años y varios hijos en común, deciden separarse el pasado verano y solo unos meses después, la ven a ella paseando con otro hombre de la mano. No hace mucho es él, el marido, el que viaja a Baqueira acompañado por otra chica más joven que lo mira con ojos de enamorada, quedando así la cosa, de entrada, equilibrada.  El tema es que el día de la firma, cuando se vuelven a encontrar en los juzgados acompañados por sus respectivos abogados, una fuente cercana me cuenta que ninguno parece contento y me ilustran un suceso revelador. Tras el papeleo salen a la calle y pasean hasta el hall de un bonito hotel con la intención de tomar un café. De repente motivados, me imagino, por su nueva condición de solteros, van hasta la recepción, piden las llaves de una habitación y permanecen una hora con los móviles apagados para bajar más tarde, ya por separado, con el pelo despeinado y cierta expresión de culpa.
Pese a que cada uno ha tomado su camino y siguen con sus vidas en compañía de sus nuevas parejas, me cuentan que de manera puntual, y siempre haciéndolo coincidir con alguna ocasión especial, como los días de sus cumpleaños o la fecha de su aniversario, se vuelven a ver, sólo por una hora, en la habitación de algún hotel movidos, quizás, por un amor no terminado que no supieron mantener y que por algún guiño del destino, han acabado manteniendo de modo clandestino.

martes, 28 de mayo de 2013

HISTORIAS DE AMOR CARNAL



El otro día entro a una agradable librería de la Gran Vía buscando algo para mi hijo, un tratado en plan didáctico de animales con vistosas fotografías que tiene que llevar a clase. Mientras espero para pagar uno de los expositores llama de manera poderosa mi atención. Colocados, uno junto a otro, aguardan tres hileras de libros cuyos títulos no tienen desperdicio: “La Sumisa”, “Bésame y vente conmigo”, “Pídeme lo que quieras”, “París, luna roja”, “Si fueras mío”, “El chico malo”, “Treinta noches con Olivia” o “No te escondo nada”. Junto a mi un par de mujeres sostienen algunos de ellos consultando la contraportada fascinadas, al parecer, por el argumento. Yo las imito, cojo un par y leo para mi algunas frases sueltas: “Un joven se ve obligado a vender su cuerpo a cambio de dinero. Una muchacha discreta y recatada es testigo del lujurioso acto. Siete años más tarde, estas almas atormentadas se encuentran para calmar una atracción irresistible…” o “Judith sucumbe a la atracción que su jefe ejerce sobre ella y acepta formar parte de sus juegos sexuales repletos de fantasías y erotismo,  junto a él aprenderá que todos llevamos dentro un voyeur y que las personas se dividen en sumisas y dominantes…”. Levanto los ojos y en lo alto del estante reposa la trilogía de Grey, con sus 50 sombras y las otras dos entregas, oscuras y liberadas, y pienso que algo está pasando en el entramado literario/femenino/social, una tendencia tan silenciosa que ni las propias editoriales son capaces de discernir de qué va la cosa. Me viene a la mente un recuerdo potente de un mes de agosto en Gandía. Yo tendría trece años y acababa de descubrir en una vieja estantería las historias de Corín Tellado y de Carlos de Santander. Pudorosa, forraba las portadas con periódico o papel de envolver para poder leer en la playa esas tramas pasionales en las que una joven de boca pulposa perdía sus huesos por un tipo moreno y repeinado de voz angulosa. Aquello no solo me fascinó en aquel momento sino que abrió ante mi todo un mundo de posibilidades sentimentales. Ahora, veinte años después, las mujeres se pasean por parques y cafés mostrando sin problemas estas novelas en su versión mucho más obscena en las que los protagonistas tienen sexo salvaje, viven historias de dominación y se entregan a prácticas exóticas en plan animal llevados por una motivación estrictamente carnal. “Esto es otro de tipo liberación” –pienso. Pues la mujer ha pasado de vivir silenciosas fantasías en soledad a encontrar un refugio de lo sensual en las letras más calientes de manera pública y nada púdica. En un artículo reciente me entero de que la industria, presa de cierta locura, se ha puesto ha reeditar ciertos clásicos de esta literatura como “Emmanuelle”, de Sylvia Cristel, en el que una bella, joven y osada recién casada viaja a Bangkok para reunirse con un marido infiel, que la anima a adentrarse en los placeres de la carne más prohibidos protagonizando algunas escenas eróticamente memorables. Un homenaje a las bajas pulsiones hoy quizás desfasado ante nuevos y complejos argumentos que incluyen esposas, castigos, chaperos, mansiones lujosas, viudas lujuriosas, jovencitas ambiciosas, mensajes de móvil y sexo por ordenador. Yo, que me debato hace meses con el dilema de afrontar un proyecto literario más extenso, debo plantearme si seguir con la estela del momento o apostar por lo contrario y enfrascarme en una historia de carácter más conservador donde los protagonistas den rienda suelta a una historia de amor casta y virginal dejando lo sexual en un plano secundario. Esta misma semana leo un artículo sobre las nuevas tendencias de cama en el que varios periodistas confirman que la práctica que ahora triunfa entre parejas es el sexo blando o carezza, una versión light del asunto basada en besos, caricias y susurros de lo más decente en un retroceso a las prácticas adolescentes. Sea como sea me quedo con la idea de a que las damas les va la marcha y pierden la compostura cuando se trata de escoger material de lectura. Ahora solo me queda centrarme y conseguir canalizar mi creatividad hacia esa historia de argumento incierto a la que bien podría llamar “encaprichada con su criada” o “maduro disipado busca estar enamorado”.