A eso de las seis de la tarde
me encuentro un día de esta semana en la playa de la Malvarrosa con una amiga y
los niños cuando llegan dos quads de la policía. Un chico les explica que mar
adentro, encallada en la arena, se encuentra una jaula de pesca, con grandes
salientes en forma de pincho. Unos minutos más tarde hacen su aparición tres
bomberos vestidos con un modelo playero que consiste en polo gris, bermudas y
calzado deportivo armado. Eficientes, acotan el terreno, se hacen cargo de la
situación y dos de ellos se liberan de la parte de arriba para adentrarse
decididos en el agua. Un revuelo creciente comienza a expandirse por las
hembras presentes que no tiene relación con el suceso. “Menudo animal”, “flipa
con las abdominales”, “¿y el culo?”, “pensaba que era un machete, pero es el
paquete” –escucho de varias que se agolpan en la orilla expectantes. En el agua
los dos héroes atléticos dan con el objeto peligroso y, pertrechados con gafas
de bucear, se mueven con intensidad, marcando cada músculo de sus brazos y
espaldas que brillan mojadas bajo la luz dorada de esa hora. De vez en cuando
salen para informar de la situación provocando en las testigos entregadas
nuevos comentarios de admiración. Algunos niños, que se han acercado al agua
para curiosear, son alertados por los policías, pues sus madres hacen fotos
distraídas. En una de esas salidas uno de ellos alto, guapo y robusto, luce un
rascón sangrante en una pierna y las señoras lo reciben como si fuera un torero.
Ellos, acostumbrados a apagar fuegos, intentan hacer su trabajo mientras
algunas fans comentan en voz baja que se podrían haber quitado la parte de
abajo. Al final colocan una boya de aviso y se marchan a por más material, provocando
cierta decepción, y confirmando que el instinto grupal saca de las damas su
versión más bestial.
viernes, 13 de septiembre de 2013
miércoles, 11 de septiembre de 2013
ELOGIO DE LA FALSEDAD
Tomando el sol en una cala de
Jávea donde se encuentra un conocido bar, rodeada de críos, matrimonios jóvenes
recién estrenados en la paternidad, jovencitas delgadas con gafas de sol de
colores y larga melena y señoras con solera cubiertas con caftanes, alpargatas
y gorros de paja, un pequeño acontecimiento parece perturbar la equilibrada
armonía de ese día. Una mujer joven de poco más de treinta con destacado
atractivo mezclado con una impronta vulgar, emerge de las aguas en topless,
algo ya de entrada insólito para la hora y el lugar. Agachada, apoyándose con
las manos como si fuera Jane, la novia de Tarzán, sale de entre las rocas con
la piel mojada regalando una perspectiva brutal de su anatomía que presenta dos
enormes tetas de pezón marcado, con el contorno redondeado y cierta caída
vacuna. Los dos aparatos acaparan de manera total la atención del personal al
igual que un eclipse diurno. Tras la explosiva salida la hembra, ajena por
completo a la importancia de su presencia, se tumba en una hamaca boca arriba
dejando al sol las cumbres rosadas del K2 y el Everest. El resto de personas de
la playa parece orbitar entonces alrededor de esos senos brillantes cuando
atino a escuchar varios comentarios del tipo “que barbaridad”, “algunas no
tienen vergüenza”, “está bien buena” o “por fin por aquí algo que vale la
pena”, hasta que una de las opiniones, que además es repetida, llama mi
atención. “Te aseguro que son de pega” –le dice una señora a su marido que mira
de reojo con cara de pervertido. Me pregunto entonces si esa apreciación, cuya
veracidad yo me cuestiono, aplaca en cierta manera su ansiedad, si se trata de
una reacción provocada por la comparación, por lo diferente de su situación o si
es un mecanismo que utiliza su mente al intuir que su marido se ha puesto
caliente. Por su parte la chica cañón disfruta pillando bronceado con los ojos
cerrados junto a su novio musculoso que a ratos la mira, a ratos le aprieta el
muslo cariñoso. Yo me remonto a hace dos meses cuando el dentista me informa de
que me tiene que colocar una funda en la muela. Tras anestesiarme inicia al
proceso de limar la pieza original, rebajar la encía y dejar todo preparado
para la colocación de esa muela nueva y perfecta, pero falsa a la vez, que al
colocarme no puedo evitar sentir postiza. El primer y segundo días evito comer
por ese lado teniendo plena consciencia de su presencia. Me entretengo en
tocarla con la punta de la lengua repasando sus contornos, algo molesta,
incapaz de ignorarla, de aceptarla. Unas dos semanas después la olvido
asumiéndola completamente integrada en mi boca. Solo una mínima variación con
mi tono de esmalte original la desenmascararía hoy, lo que hace que me cuestione
la capacidad de asimilación de lo no verdadero en nuestro contexto vital. La
mente humana, dotada para la practicidad, es capaz de normalizar la falsedad,
integrar la novedad, asimilar lo ajeno y extraño con sorprendente facilidad
hasta el punto de olvidar el verdadero origen y precio de nuestro estado
actual. Así unos pechos, una melena, unos labios engrosados e incluso un ligue
pagado o un status obtenido tras superar un pasado complicado, pueden terminar
interiorizados de manera tal que a uno se le haga imposible recordar el origen
de aquello que hoy nos completa. La escenita playera se me presenta como una
revisión de “Fake”, con la diosa tetuda en el papel del extravagante
prestidigitador interpretado por Orson Welles, y los atónitos niños del film
sustituidos por el grupo de varones de todas las edades entregados a esa
ilusión sin tratar de descifrar el truco ni de preguntarse si será verdad. La
realidad subjetiva, en mi caso, es siempre aquella que me resulta más
satisfactoria o más divertida. Y a todos aquellos defensores de la verdad
absoluta, de la certeza total, les animo a hacer una reflexión profunda de su
bagaje vital.
lunes, 9 de septiembre de 2013
DESAHOGO EN LA CIUDAD
Bea y Juanjo se han visto
este año en la obligación de pasar el mes de agosto en Serra. Alojados en el
chalet de los padres de él, comparten techo con los abuelos, dos hermanas de su
marido con sus parejas y numerosos críos. El resultado es que, y debido a la
forzosa distribución del espacio, deben de dormir en la habitación con sus dos
hijos. Una tarde tienen que ir a Valencia a recoger unas cosas de casa. Al
entrar, y pese al calor sofocante, Juanjo mira a Bea pasar por delante, con el
rostro sudado y aspecto congestionado, y se lanza sobre ella como un jabato
empotrándola contra la pared tras más de diez días de obligada sequía en el
chalet. Pese a que su relación no atraviesa el mejor momento, ella lo recibe
entregada y una hora y varios embistes después, vuelve a la urbanización
relajada. A los pocos días Bea anuncia que tiene que volver a la ciudad para
hacer unos recados y Juanjo, que capta de inmediato la señal, decide
acompañarla para vivir en la casa otra sesión de sexo bestial. Desde ese
momento, y casi a diario, la pareja alega cualquier excusa para ausentarse un
par de horas de las vacaciones y lanzarse a esas sesiones que han abierto una
puerta inusual en su vida matrimonial. El resto del tiempo mantienen las distancias
de manera inconsciente sumergidos en el clima de cotidianeidad. Un día, a la
hora de comer, Bea se lleva una sorpresa cuando, recién llegada de su revolcón
clandestino, escucha de manera accidental una conversación entre la madre y la
cuñada en la cocina. “¿Juanjo y Bea donde están? – pregunta la suegra. “Pues
dale que te pego en Valencia” –contesta la cuñada con normalidad. Ella se
detiene en silencio y vuelve a la piscina donde percibe entonces la mirada de
sus dos cuñados cargada de deseo reprimido y admiración y da por hecho, con
cierta satisfacción, que toda la familia comparte la información.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
ADOLESCENTES EFERVESCENTES
Los adolescentes son seres
encantadores a la vez que hedonistas, egocéntricos y extraños que en verano,
además, potenciados por elementos tales como el tiempo libre o la urbanización,
pasan a protagonizar las peores pesadillas de algunos padres que tienen que
presenciar como sus tiernos hijos o sus adorables hijas, dominan el tiempo
libre de sus vacaciones convirtiendo esos días de descanso y ocio en una
sucesión de incómodas preocupaciones. “¿Qué pasa? Te he enviado un whatss” –le
dice sin mirar al pasar la hija de quince años de una amiga a las tres de la
mañana. La madre, que lleva más de una hora esperando en el portal, respira
hondo y se intenta controlar delante de las otras de la pandilla que se marchan
a sus casas sin saludar. Yo la observo con curiosidad e intento descifrar como
puede mostrarse tan civilizada ante esa cría de bofetada cuyas dos frases de
culto son “no me ralles” o “estás fatal”. Me viene a la cabeza entonces el
tráfico de madres y padres subidos en sus coches en plena noche para
transportar a sus niños que andan de fiesta en las zonas de moda. Sé de algunos
que se hacen cubatas en plan botellón
para hacer más leve la guardia o de más de una aprovecha la espera para dedicar
un rato a la lectura o incluso retocarse con la lima la manicura. Conozco algún
padre que, harto de pasar las horas desvelado en el sofá, prefiere integrarse
en la pandilla como uno más y acompañar a los hijos en condición de observador
neutral, o a una madre que en su excesiva preocupación, ha decidido que es ella
misma la que debe de comprarle a su hijo los preservativos. “Así por lo menos
estoy segura de que va protegido” –explica convencida. Coincido a veces con
otra madre muy perfecta a que le encanta poner la mano en el fuego por su
niñita, una morenita muy desarrollada que según ella es muy formal, a la cual
yo suelo ver en la Gran Vía en plan deslenguada con la falda del uniforme
arremanga más allá de lo admisible, acompañada por chicos con los que, y según
me han informado, ya morrea. Si miro atrás y pienso en mi adolescencia me doy
cuenta de la diferencia fundamental: se les da una importancia total. A su
corta edad los tratamos como adultos, con un exceso de libertad que en lugar de
ser positiva, en muchos casos está mal entendida. Acostumbrados a imponerse y a
mandar, los planes se organizan en torno a sus apetencias dominando a su antojo
la vida familiar. Enganchados a una intensa vida social virtual por obra y
gracia de un smartphone por el que sienten una devoción parecida al sentimiento
piadoso de la religión, gestionan su existencia y sus conflictos vitales a
través de los textos y las imágenes que comparten en las redes sociales. Ansiosos
por disfrutar de ese verano salvaje y loco que nos venden los anuncios de
cerveza, se mueven entre la pereza propia de su edad y el impulso desbordado
por las cenas, las verbenas, el alcohol y las largas jornadas al sol. Los
padres mientras intentan descifrar el lenguaje extraterrestre de esos cuerpos
hormonados a veces cabreados, a veces sonrientes y tantas veces ausentes. Así,
cuando veo a ciertas madres practicando atletismo a primera hora con efusión,
jugando a pádel o caminando por el río hasta la extenuación, entiendo ese acto
como un sacrificio, una expiación, y me da la sensación que deben de acompañar
el momento con algún tipo de plegaria u oración: “Te pido, allá donde estés, que
me ayudes a dar un salto atrás o una voltereta al después. Si llenaste mi
infancia de paciencia y me has dotado de templanza para enfrentarme a la
madurez y más tarde a la vejez, dame ahora alguna clase de poder, algo muy
potente para poder hacer frente a esta jodida fase adolescente” –me parece
escucharlas repetir. Yo ahora no puedo evitar reír al verlas sufrir y pensar
que antes de darme cuenta serán mis dos hijos, ahora bebés, los que me harán
esperar, pelear y salir en plena noche a su búsqueda para aplacar mi ansiedad
subida en el coche.
lunes, 2 de septiembre de 2013
CUBIERTA DE LÁTEX
En una de mis últimas cenas
femeninas y tras varias rondas de limoncello, llegamos al típico nivel de
conversación, modo confraternización, donde las damas, a modo de escapismo,
compartimos algunas pinceladas de la vida sexual en plan “a Eduardo le gusta en
la siesta”, “yo he superado mi sequía” o “Nacho quiere ahora que lo hagamos a
plena luz del día”. El resto comentamos cada nueva aportación hablando de la
propia experiencia, alabando o criticando lo expuesto. Entonces Rosa, de manera
inesperada, consigue dejar al grupo con la boca abierta. “A mi Pepe me pide que
cuando voy a hacerle una…ya sabéis, me ponga el gorro de natación” –afirma
pudorosa. Se impone un silencio denso y ella, sintiéndose el centro de atención
a su pesar, decide proseguir con la explicación. “Resulta que le molestan los
pelos. Aunque me haga moño o coleta siempre queda alguno suelto. Él tiene la
piel muy sensible, llegó un momento en que le hacía tantas cosquillas que era
imposible” –añade. En mi mente se aparece Rosa sin ropa vestida solamente con
el gorro de látex, como si fuera la punta de un enorme condón. Miro su rostro
agradable y su cabeza redonda y la veo como una cerilla gigante, un
espermatozoide andante. Customizada de nadadora caliente se entrega a esa
performance deportiva que a las demás nos resulta de repente tan divertida.
Creo que, en este terreno, es
lo más extraño que he oído y no puedo evitar preguntarle si esa práctica no
consigue incomodarle. “La verdad es que le he cogido el gusto, me imagino que
estamos en la estación espacial internacional y que soy una astronauta a la que
se le ha encomendado una misión especial” –nos cuenta. En ese momento confirmo
que los caminos de la pasión se presentan inescrutables y son capaces de hacer
posible cualquier situación.
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