Me encuentro la otra tarde de
compras en el centro peleando por meterme unos vaqueros ajustados de la talla
38, “inténtalo que ceden, si no puedes te los llevas y tumbada en la cama,
metes la barriga y estiras fuerte de la cintura para arriba” – me aconseja una
dependienta de uñas largas, pestañas rizadas y cuerpo de anguila. Cuando estoy
a punto de desfallecer me llega del probador contiguo una conversación entre
dos chicas. “Estos leggings me hacen chochi pilochi” –suelta una para
referirse, me imagino, a la terrorífica estampa visual que ofrecen determinados
pantalones de algodón o lycra en su encuentro con la entrepierna. “El top negro
chafa el canalillo y me tira las tetas a los lados, parecen dos lenguados”
–dice la otra. “Ese pantalón lo petas, además te hace muslamen y culo carpeta”
– agrega la primera. Extasiada me entrego a esa floreciente exhibición
lingüística cuya pertinencia y originalidad sorprendería a más de un miembro de
la RAE. Una de ellas descorre la cortina del diminuto cubículo y sale enfundada
en un vestido rojo con el que luce una silueta complicada. “Soy un puto tubo de
medidas 90-90-90. Se me marca tanto el hilo del tanga que estoy asfixiada, me
siento como una sobrasada” –enuncia cabreada. La amiga aparece junto a ella en
short de cuero. “Tengo rodilla hamburguesa y pantobillo. ¿Y estos brazos? A Hannibal
Lecter le iban a encantar. Si un día desaparezco es que un asesino en serie me
está haciendo pedazos” –advierte levantando una ceja. La dependienta dobla prendas
y masca chicle sin mirarlas acostumbrada, me imagino, a ese slang femenino que
a veces utilizamos entre nosotras, buscando complicidad. Yo pienso que si fuera
un hombre me echaría a temblar, pues ¿qué será capaz de decir de él una hembra que
hace autocrítica de manera tan abierta, incisiva y cruel?
viernes, 18 de octubre de 2013
lunes, 14 de octubre de 2013
CAÑAS, BARRO Y PAELLA
El pasado miércoles, para
celebrar la festividad del 9 d’octubre, y por aquello de inculcar a nuestra
prole algo de valencianía, decidimos organizar un paseo en barca por la
Albufera con comida a bordo incluida. A eso de la una tomamos la carretera
arbolada de El Saler y como cada vez que la recorro, como si fuera la primera
vez, me digo que es preciosa, una maravilla, que me la juego con los Hamptons
de Nueva York o las playas de Punta del Este en Uruguay. El Palmar, que a esa hora
se encuentra de bote en bote, ofrece una estampa muy visual, con zonas de mesas
acodadas junto al canal repletas de familias y parejas dando cuenta del
aperitivo. Nuestro grupo compuesto por nueve adultos y once niños toca tierra y
el barquero, un chico educado y bien plantado, nos mira acercarnos de lejos
observando impactado el pequeño batallón infantil cuya edad media no supera los
cinco. “Agua”, “barco”, “pájaro”, “pez”…van diciendo los pequeños navegantes
conforme se aproximan a la espectacular barca que aguarda amarrada en el canal,
con una gran mesa central cubierta por un mantel y cuidada vajilla. “Plato”,
vaso”, “plato”, “pan”…comienzan a soltar, como autómatas, al ver la barca
decorada a la que se intentan lanzar como si fueran pequeños animales. “Quizás
quieran ver primero los arrozales” –sugiere el chico con sutilidad, pues aún
falta una pareja por llegar. Tras inspeccionar el terreno con los críos y
hacerlos correr llega el momento de partir que además coincide con la hora de
comer. Nos acomodamos en las bancadas, los hombres en un extremo y las mujeres
mezcladas con los niños que aguardan excitados en otro, comiendo papas y
aceitunas, como en un avispero. Antes de arrancar el motor el joven capitán nos
informa de que está prohibido ponerse de pie y sacar los brazos, con una especial
atención a los pequeños a los que advierte que “un golpe con otra barca podría
cortaros los dedos”. Al instante los niños se incorporan y estiran sus manitas
buscando el agua, las cuerdas y otras barcas con las que chocar, “córtame un
dedo mamá” – dice uno de ellos a su madre mirándola con curiosidad. Finalmente
los logramos controlar y nos alejamos de la orilla arropados por el suave ruido
del motor. El cielo nublado ofrece una imagen crepuscular, con los colores saturados
y la presencia de esa naturaleza bestial abriéndose paso ante nosotros. De
repente, y ante el entusiasmo de los jóvenes exploradores, nos sentimos como
los primeros colonizadores. Unos patos nadadores de cabeza verde y pecho
castaño fluyen por la superficie hasta una zona de brotes que picotean con
movimientos de repetición. Un vencejo surca el cielo a unos metros de nuestra
embarcación y los niños siguen su trayectoria cuando dos golondrinas se cruzan
en su camino. Poco a poco nos acercamos a una zona de marjal donde detiene el
motor y destapa la paella que reposa junto a él cubierta con papel. El resto
aplaudimos y servimos el arroz con pollo, conejo, garrafón y caracoles. Unos
rayos de sol contenidos enmarcan el momento que de repente siento vital,
carnal, con botellas de vino corriendo de mano en mano, las tortas de pisto, la
ensalada, las risas desenfadadas, el bullicio de los niños que ahora juegan
bajo la mesa. “Hay que venir más, esto es un lujo, un privilegio” –escucho
decir. Me acuerdo de “Cañas y Barro” y la pasión clandestina de Neleta y Tonet con
una Victoria Vera desbordada, despiadada y abocada a una relación condenada por
el destino. Otra sex simbol de la época, Victoria Abril, se puso en la piel de
Roseta en “La Barraca” despertando, al igual que la primera, la libido brutal
de un chicote de esta zona fructífera en paisaje, fauna y cosecha. Las nubes se
oscurecen y emprendemos la vuelta en silencio, comiendo frutas de Sant Dionís y
tomando sorbos de mistela, hipnotizados por la belleza del lugar y paralizados
por el peso de la barriga sobre la vejiga y la necesidad apremiante de ir al
cuarto de baño cuanto antes.
viernes, 11 de octubre de 2013
TETAS Y METRALLETAS
El pleno del miércoles del
Congreso fue interrumpido de manera abrupta por la presencia de tres mujeres,
tres activistas pertrechadas cada una con un par de artefactos de entrada
inofensivos pero en el fondo explosivos: dos tetas firmes, lozanas y turgentes.
Los medios nacionales se hicieron eco de inmediato del suceso utilizando, en
algunos casos, términos como “pechos al descubierto” o “amazonas en topless” y
dotando a la noticia de un carácter irremediablemente erotizador. Los hombres
presentes apartaron instintivamente la vista ante la iniciativa feminista y los
miembros de seguridad trataron el desalojo con la mayor sensibilidad,
intentando por todos los medios no tocar por accidente una de esas tetas-protesta.
El objetivo final de estas acciones es, en palabras de las fundadoras de Femen,
provocar erecciones utilizando la fuerza de sus armas y atractivo. Yo el método
no acabo de verlo efectivo, deberían probar con algo más pausado, quizás unos
vídeos con material más cuidado, o una coreografía más elaborada, con cuero,
esposas y grilletes, así, además de que igual algún despistado les colocaría en
la cintura algún billete agradecido por la distracción, facilitarían el trabajo
en su detención. No me imagino a los miembros de la asociación de padres
separados o a los colectivos de desempleados enseñando la pilila a discreción,
“no tenemos tetas, tenemos metralletas”, podría ser su lema. El impulso inicial
de estas damas, llevado al paroxismo, fomenta el sexismo y convierte en
caricatura determinados asuntos por los que miles de mujeres llevan décadas de
lucha y cuyo camino, me imagino, nunca ha sido el de plantarse ante los tíos y
ponérsela dura. Animo a estas señoras a buscar nuevas formas de protesta en las
que, a ser posible, puedan llevar la ropa puesta.
lunes, 7 de octubre de 2013
PLACERES DEL ALMA
Me encuentro en una
celebración de cumpleaños en una casa señorial del centro cuando tras la cena, la
tarta y en plenas copas, en uno de los sofás surge un tema de conversación que
de inmediato consigue acaparar la atención de los invitados. “El otro día, en
una comida post verano que ofreció una conocida señora para reunir a unas
cuantas amigas, una de las asistentes sorprendió a las presentes presumiendo de
su bala” –cuentan entre risitas. “¿La bala?” –pregunto. La que habla hace una
pequeña disertación sobre el producto. “Se trata de un discreto vibrador de
acero, frío, efectivo y con un diseño armonioso y preciso. Viene con una funda
rígida como la de las gafas de sol. De uno de los extremos pende una especie de
pulserita para colgarlo de la muñeca y evitar que salga disparado cuando el
placer se ha consumado. Yo lo llevo siempre en el bolso, me hace sentir
traviesa y depende del sitio y del día, me proporciono alguna alegría” –cuenta.
Un murmullo colectivo recorre la sala y por los detalles que se ofrecen tengo
la sensación de que yo, la que escribe las columnitas picantes, la narradora de
lo innombrable, parezco la única presente que no guarda un juguetito prohibido
en el cajón. Sin apartar la oreja de esa reveladora exposición me llegan desde
el otro extremo retazos de algo que parece una discusión entre un abogado, que
opina que el nuevo rumbo que la Iglesia ha tomado no puede ser más acertado,
con un Papa aperturista y una política más cercana y hasta cierto punto mundana
y otro, un diseñador que piensa que el creciente apoyo populista acerca la
figura del sumo pontífice al status de símbolo o artista pero lo alejan de la
realidad intrínseca de la fe cristiana. “Esos que ahora lo veneran, los que
muestran su apoyo en las redes sociales, son aquellos atraídos por los efectos
especiales. La creencia debe ser un acto de fe, no un medio o una protesta”
–afirma.
¿Cómo puede ser que
misticismo y onanismo compartan el mismo momento y el mismo espacio? –me
pregunto. A mi izquierda siguen con la bala y su proceso de fabricación. “Es
tan bonita que la puedes colocar en cualquier punto de tu casa, a modo de
decoración. Tiene también un pequeño pedestal que podría hacerla pasar por el
envase de un cosmético o una estilográfica” –asegura la propietaria. Me imagino
entonces la cara de la interesada si su frivolidad se hiciera realidad y se
viera en la situación de encontrarse a su suegra o a una visita de compromiso
con el juguetito en la mano en el lujoso salón de su piso. Uno de los invitados
se ha dejado llevar y duerme plácidamente en el sillón, ladeado, sujetando un
almohadón entre las manos. Otra, que parece haber bebido más de la cuenta,
observa la ciudad con la frente apoyada en un cristal y nos anuncia que se
avecina una tormenta. Me vienen a la cabeza los preceptos de la escuela
Epicureísta y su defensa del placer del alma, más duradero y poderoso que el
físico, capaz incluso de calmar dolores y curar enfermedades. Pienso si quizás
las dos conversaciones están en realidad relacionadas y el gozo de esa señora
caprichosa sea equiparable a la reacción piadosa del señor diseñador, crítico
con la apertura y partidario de la mano dura. Finalmente la dama mete la mano
en el bolso y, pese a los gestos disuasorios del marido, saca el dispositivo y
lo muestra orgullosa a la platea. Superada la primera impresión, miramos la
bala plateada con cierta aprensión. ¿Lo habrá usado hoy? ¿Estará bien lavada?,
me parece que se plantea el resto. Por inercia observo a los varones sentados
en el lado opuesto que hace un momento disertaban sobre las cualidades eruditas
de Benedicto y su papel de teórico de lo bíblico. Uno de ellos, el que ha
estado defendiendo durante casi una hora su teoría conservadora, mira fijamente
el complemento sexual sobre el que se refleja la luz brillante y acaricia su
barbilla con gesto reflexivo. “Me imagino que habrá una talla mayor, me temo
que las pasiones, en estos casos, mucho tienen que ver con las dimensiones”
–sentencia en tono experto. Y así la conversación, la estancia y por ende la
velada, quedó como por arte de magia equilibrada.
LAS BRAGAS DE KATE MOSS
Gracias a la revelación de
una conocida que ha estado en la Milán Fashion Week me entero de que Kate Moss,
la mítica top, l’enfant terrible de la moda reconvertida en empresaria,
diseñadora y musa, apareció en una de las fiestas rodeada por una corte de
admiradores y enfundada en un vestido ajustadísimo bajo el cual se marcaba una
mundana braga. “Era de grandes dimensiones y parecía de algodón. El vestido,
que por cierto era fantástico, quedaba como cortado en dos partes a causa de
esa prenda del pasado” –me cuenta. De inmediato me pregunto si será algo
meditado y deliberado en plan reacción a lo teóricamente estipulado o si se
trata de algo casual, un gesto accidental que revela su tendencia a lo
improvisado. Repasando algunas de las últimas apariciones estelares de bellas
celebridades como Rihanna, Jennifer López o Beyoncé, llego a la conclusión de
que la braga tipo faja no solo recoge y estiliza sino que está de moda. Las
firmas de lencería llevan un par de temporadas sacando al mercado distintas
variaciones de esta tendencia que las mujeres han recuperado con alegría pero
que a los hombres les sienta igual que una ducha fría. Ese pedazo de tela
elástica, grande y de color carne ayuda a la dama a domar su tendencia
curvilínea y lucir sexy enfundada en un vestido a costa de minar la libido de
los tíos. Ellos, independientemente de su nivel y situación, se siguen
decantando por el tanga y la minibraga, ajenos al chonismo y evidenciando que
en su mente, cuando hablamos de ropa interior, menos es más y mejor. Así la
bella e inquietante Kate abandera, sin pretenderlo, una arriesgada cruzada a
favor de la braga que nosotras, el resto de las mortales, deberíamos de
agradecer. Aunque solo fuera porque nos ahorra ese momento tan desagradable en
el que debes de sacarte con disimulo, en plena calle, el hilito del tanga metido
en el culo.
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