domingo, 19 de mayo de 2013

ATRAPADA EN LA COCINA



Recibo una llamada de mi hermana. Me pide que le preste mi cocina unas horas, con un par de amigas, porque les van a hacer una demostración culinaria y su horno está estropeado. “Sin problemas” –le digo. “Yo estaré en casa pero no os podré acompañar porque tengo que trabajar” –explico. Y así sin más llega el día acordado. Llaman al timbre, les abro la puerta y pasa ella junto a otras dos, una de las cuales sujeta una bolsa voluminosa. “Mira, nos va a enseñar la Thermomix” –apunta mi hermana. Veo como en un segundo coloca el aparato en la bancada mientras mi subconsciente barrunta una mezcla de ideas prejuiciosas que sonarían así como: “no me interesa nada- reunión femenina en la cocina - cuando te pones a coleccionar recetas es que ya se te han caído las tetas”. Les ofrezco un café y me marcho a trabajar con mi ordenador. No pasa más de media hora cuando escucho algunas risas y algo de alboroto. Picada por la curiosidad y animada por esa ociosidad que me tira de la silla, me acerco de nuevo. “¿Cómo va, necesitáis alguna cosa” –pregunto. “Nada, gracias, toma, prueba esta limonada” –me entregan. Bebo el líquido refrescante mientras contemplo el festín que se extiende sobre la mesa y parece no tener fin. “Paté de aceitunas, pan de pueblo, vichysoisse, pollo en pepitoria y mousse de fresas” –me informan del menú. Yo alucino y observo la máquina preguntándome como un sólo electrodoméstico puede elaborar tantos platos. La vendedora parece leerme la mente. “Deja que te cuente…” –inicia, y en un par de minutos me ilustra sobre el funcionamiento y las ventajas del prodigioso instrumento. Me marcho de nuevo a trabajar. En cuanto vuelvo a sentarme me doy cuenta con inquietud de que ha conseguido interesarme. Intento concentrarme pero al poco tiempo empiezo a notar como mis sentidos son exaltados por el olor a pan recién hecho y a salsa del pollo, una mezcla de laurel, cebolla, jerez. Con el cerebro colapsado caigo en la cuenta de que no he almorzado y me acerco de nuevo al grupo, como un perro de presa. Unto un poco del paté en un delicioso y humeante pedazo de pan y paso las siguientes dos horas junto a ellas, atrapada por completo en ese cónclave femenino. Facilona como soy, y llevada por el momento, no quiero reprimirme, o más bien no puedo. “Me la quedo” –digo intentando calcular cuantos artículos voy a tener que elaborar para pagar el juguetito. Tras un breve aplauso de mi hermana y las compañeras, que desde hace un rato me miran sorprendidas por mi repentino arrebato, quedo para confirmar la entrega.
Dos días después y con la nueva adquisición en mi poder, me entrego a la lectura del libro de recetas, página por página, imaginando que voy a recibir invitados a los que agasajaré con exquisiteces todas y cada una de las veces. Por la tarde me voy al supermercado dispuesta para comprar los ingredientes para la cena que constará de sopa de cebolla, merluza a la gallega y sorbete,  platos que ejecuto con llamativa precisión. Al día siguiente, envalentonada, me lanzo con una crema pastelera de prueba y en la comida elijo espinacas con bechamel, caldereta de marisco y mousse. En mi cocina se empiezan a acumular botes de especies y condimentos que para mi suponen una novedad: ñoras, nuez moscada, hinojo, salvia, comino, pebrella o estragón. Me voy a la calle Matías Perelló y me compro una manga pastelera, pinceles para untar, moldes, bolsas para hornear, papel vegetal y un bonito delantal. Descuidando otras obligaciones, me levanto por las mañanas con la ilusión de cocinar mientras pienso en cómo he podido permanecer tanto tiempo ajena a esta nueva afición. Por la noche casi me pongo a llorar de la emoción cuando saco una masa para pizza en el punto justo de cocción y afirmo que nunca más voy a visitar un restaurante. El fin de semana compruebo en la báscula que he engordado dos kilos y repaso los mensajes de algunos amigos que me piden que ya no les hable del tema. Así que cojo el capítulo de “cocina al vapor” y prometo abordar mi nuevo hobby más despacio, aunque sólo sea para poder volver a escribir y conservar mi trabajo.

viernes, 17 de mayo de 2013

CHIQUI CHIQUI TODO LO QUE PUEDAS




En una fiesta de cumpleaños reciente donde coincido con amigas de amigas, una de ellas alta, guapetona y morena, nos relata una anécdota que me resulta muy divertida. Gema, que así se llama, está casada, tiene dos niñas y un trabajo fuera de casa en el que emplea muchas horas. El poco tiempo libre que le queda lo pasa dedicada a sus hijas, ayudándolas con los deberes, acompañándolas a las extraescolares y organizando la casa. El tema es que hace cosa de un mes su marido le sorprende con una escapada de fin de semana a Roma, en un bonito hotel, para disfrutar a solas de unas mini vacaciones alejados por un par de días de las obligaciones. El viernes noche Gema llama a su madre, que se ha quedado con las niñas, para decirle que ya han llegado y preguntar como va la cosa. Tras informarle de que todo está bien, su madre hace una pausa y le dicta a su hija un consejo con voz queda: “cariño, chiqui chiqui todo lo que puedas”. Gema se queda sorprendida ante las palabras de su progenitora y responde de manera mecánica: “¿qué dices mamá?”. Con tono firme se lo aclara: “Que te dejes de piedras y museos y le saques partido a la habitación. Ponte un camisón de esos que te compras y disfruta con tu marido. Yo ahora me arrepiento de todo el tiempo que he perdido”. Gema se despide sin poder quitarse de la cabeza esas palabras reveladoras que cobran en ella una nueva dimensión y de repente, le hacen sentirse en la obligación, por mandato materno, de dar rienda suelta a una pasión desenfrenada. El domingo en el aeropuerto ella y su marido compran algunas postales del Coliseo, la Fontana y el Vaticano, lugares y monumentos que nunca llegaron a ver. Durante el vuelo de vuelta Gema pensó largo rato en su madre mientras intentaba encontrar, dolorida y agradecida, la posición adecuada en la que poderse sentar.  

domingo, 12 de mayo de 2013

TABARRA GASTRONÓMICA





Hace un par de semanas es escogido El Celler de Can Roca como mejor restaurante del mundo por delante del Noma, Mugaritz o Arzak. Esa misma noche cenando con amigos de tapitas en Císcar se nos ocurre llamar, en plan gracia, para ver si podemos reservar. Busco el número en Internet, marco y el teléfono empieza a sonar: “Si te dan mesa nos vamos los seis, a pelo, el día que sea”, “Pilla lo que haya, aunque sea en Navidad”, “Di que somos periodistas, a ver si nos ponen en alguna lista” –van soltando sin parar. En la línea salta un contestador: “Heu trucat al Celler de Can Roca, espere un moment si us plau” –dicta una voz masculina. A continuación comienza a sonar el “Para Elisa” de Beethoven en un bucle infinito que decido cortar al cabo de tres minutos. “Nada, me han colgado” –miento para que no se pongan pesados. Y pienso en mis adentros: “la leyenda ha comenzado”. Porque a partir de ese momento aquellos que les guste un poco el mundo de la cocina quedarán divididos para siempre en dos bandos: “los que han ido al Celler y los que no”. Recuerdo con horror las tediosas conversaciones sobre el Bulli que en numerosas ocasiones he tenido que soportar: las fresas a la parrilla, las galletas de alga, el yogur de ostras, el humo de sardina, los detalles del restaurante, las mesas, el salón, las fotos junto a la entrada y lo mejor, la minuta enmarcada. Ahora con el Facebook la cosa se pone peor, pues algunos amantes de lo gastronómico llenan su perfil con las fotos, plato a plato, de la pitanza en el restaurante de moda acompañadas con alguna adivinanza: “¿Quién va a comerse este ravioli de piña y camarones?” –escriben bajo la imagen. “Pues seguro que tú, pesado de los cojones” – le deberían contestar. Pero nadie lo hace, pues hace tiempo que en las redes sociales nos hemos acostumbrado a aguantar. En el otro extremo está la exaltación del autenticismo que algunos llegan a elevar al estatus de misticismo. “Conozco un bar por Ruzafa en el que el tío ni te sirve la mesa, eres tú el que te tienes que levantar” – me dicen. Un día me llevan y al entrar me doy de cara con un garito feo y descuidado donde el propietario, sin moverse de la barra, va llamando a voz en grito a los clientes que acuden obedientes para coger el pedido y el vino, que les pone en una extraña jarra. “¿A qué es una pasada?” –me pregunta un conocido. “Este tipo lo que tiene es mucha jeta. O es un vago o está ahorrando en personal” –le digo. Me acuerdo de otro que había en la zona del Cabanyal donde el trato era tan de andar por casa que al acabar la velada te daba la sensación de que te tenías que quedar para fregar. Y otro más de la playa donde el propietario cocinaba descalzo y te servía un tomate buenísimo pero sin lavar. “Os vais a cagar” –recuerdo que anunciaba un amigo. “Además de verdad” –pensaba yo segura de que esa falta de higiene iba a repercutir de manera directa en nuestro equilibrio estomacal. Pero el núcleo más duro está formado sin duda por aquellos y aquellas que han descubierto recientemente el mercado, normalmente el Central, y se lanzan los sábados a una visita pseudogastronómica-fashion-cultural con una cesta de mimbre, los ojos muy abiertos y gesto experto para hacerse con un botín delicatessen compuesto por erizos, algas, queso, jamón, verdura y pescado para comer crudo. El resto de la semana serán sus compañeros de trabajo los que tengan que sufrir la tortura de escuchar sus peripecias de puesto en puesto, sus paradas preferidas y la lista detallada de sus compras. Admito desde aquí que me encanta el vino, la cocina, salir de restaurantes y que con la práctica he conseguido elaborar algunas recetas sencillas con las que de vez en cuando me luzco. Lo que no puedo es con determinadas pasiones que con el tiempo terminan convertidas en obsesiones y que a algunos les lleva a dar la lata o les impide disfrutar de algo tan exquisito como un huevo, chorizo y unas simples patatas. En estos casos, y como suelo aconsejar, en el punto medio está la virtud entre lo cutre, sablazo y el dar el coñazo.

HOMBRES QUE MIRAN A HOMBRES





Esta semana las mujeres del país tenemos algo que celebrar. Real Madrid y Barça han sido eliminados de la Champions League lo que, y dejando a un lado el tema deportivo, se traduce en muchos casos en volver a la normalidad. Las casadas o emparejadas si su maromo es futbolero sabrán bien a lo que me refiero. Si deciden verlo en casa, a última hora siempre se apuntan un par de amigos. “Tú ni te preocupes, nos apañamos con cualquier cosa, saca sólo unas latas” –te advierte. “Lo que se traduce en tortilla de patatas, embutido, aceitunas, papas, chorizo y una tensión constante que percibes cada vez que pasas por delante y los observas entregados al partido. Luego, tras las dos horas de griterío lo dejan todo perdido y el salón con el aroma penetrante e inconfundible a grupo de tíos. Si lo ven en casa de otro te salen con el encarguito. “¿Me harás un bocadillo bueno? O si quieres unas anchoas o empanada” –te pide. “Pero si cuando vienen aquí ninguno trae nada” ­–le contestas. “Venga, no seas recelosa, todas prepara alguna cosa” – justifica. Entonces se marchan a casa de alguno de los solteros con los presentes envueltos en papel de plata. “Mirad a ver, creo que me han puesto canelones” –dice uno. “Yo traigo ensalada de pollo” –dice otro más. Y así lo van soltando en una mesa de centro de la que irán picando en plan animal, sin servilletas ni cubiertos, porque todos y cada uno de sus sentidos estarán puestos en el partido. Este año, y estoy segura que la programación la hace un tío, nosotras hemos sufrido cada uno de los encuentros de la Champions, la Europa league, la copa del Rey, la liga, las previas, los resúmenes, las ruedas de prensa, las mesas deportivas, las lesiones, las declaraciones, las especulaciones.
Recuerdo una noche hace unos meses en la que me cito en un bar de Antiguo Reino con antiguas compañeras del trabajo. Sentadas junto a una mesa tomamos unas tapas y bebemos vino mientras los hombres de alrededor miran el televisor que emite el Barça - Valencia. Una de mis compañeras, una rubia alta, delgada y con potente delantera, nos narra sus peripecias sexuales con un padre separado con el que se ha liado y que parece estar muy bien dotado. Gesticulando nos indica el tamaño de su miembro y nos cuenta con detalle los pormenores de ciertas posturas y de otras prácticas un tanto erráticas que ambos practican en la intimidad. Pese a que habla en un tono bastante audible y la escena es digna de mención, los cincuenta machos de nuestro alrededor solo tienen ojos para los futbolistas de corto que corren en la pantalla. Yo me digo a mi misma que algo falla, algún dato que las damas aún no hemos advertido y que se sale de lo estrictamente deportivo. Me viene a la cabeza la estatuaria griega de Praxíteles donde la exaltación de lo corpóreo traspasa las barreras de lo carnal y el hombre, que admira al hombre, se deja llevar por el impulso natural del culto a lo bello y equilibrado. El futbol entonces se presenta como una danza tribal donde no hace falta ser alto, ni musculado, ni especialmente dotado para ser aceptado. Por ello el varón, tendente a lo pragmático, se siente atraído por este ritual democrático donde ver reflejada su delicada virilidad. Pienso en otra teoría de cariz mucho más sexual, donde la acción del gol está asociada mentalmente con la anhelada penetración. El partido quedaría así como un símil idealista de la conquista.
No puedo imaginar cual sería el equivalente en la mujer, pero presiento que no existe hasta el momento un entretenimiento capaz de atrapar la atención femenina de manera tan total y visceral. Aun así no cantemos victoria, pues con la temporada estival comienza la Fórmula 1 y el motociclismo, con lo que las mañanas de los fines de semana seguro que más de uno se escaquea con la excusa de “quiero ver la carrera”.  La asociación histórica hombre-deporte ha derivado en la versión  mundana de hombre-sillón-televisión, que por inercia tiene su acción en la habitación, instaurando la desgana en la cama donde seguro que a más de una le gustaría ser ganada por goleada.

viernes, 10 de mayo de 2013

DOMINADA A PLACER



“Lo quiero para ya”. Esas cuatro palabras bastaron para que Carla se estremeciera de placer. Llevaba seis meses trabajando desde casa para una empresa de Madrid elaborando contenidos web. Diego, su jefe, al que nunca había visto, era la persona con la que trataba habitualmente vía chat o telefónica, el que había conseguido que se quedara absolutamente colgada de su figura autoritaria y misteriosa que le escribía cosas como: “Sé más rápida, tienes que concentrarte” o “Voy a conseguir domarte”. Carla se fue enganchando al trato espartano aplicado por ese desconocido que le dictaba, mandaba y adoctrinaba con palabras concretas y firmes. Cada mañana se sentaba frente al ordenador esperando la primera orden, impaciente, nerviosa, como cuando iba a un examen al colegio y sabía que podía ocurrir cualquier cosa. A veces intentaba ir más allá y le escribía a su jefe con la excusa de cualquier pretexto. “No tengo tiempo para esto” –le cortaba él avivando su deseo. Carla llegó incluso a equivocarse de manera deliberada, a cometer algún error absurdo esperando la reprimenda que él seguro le tenía preparada. Más tarde empezó a fantasear con que le citaba para una reunión presencial y debía desplazarse hasta la capital. Allí se encontraban en el hall de un hotel y tras soltarle un escueto “te estás portando fatal”, subían a una habitación. Él le ordenaba quitarse la ropa despacio y acercarse en silencio hasta la cama donde le ataba la muñeca a la mesa y le decía entre susurros que fuese muy traviesa. Un día, y tras mucho indagar en la red, Carla encontró con horror lo que hacía tiempo buscaba: la foto de su superior, un regordete de treinta y pocos con poco pelo y cara de empollón. Consternada, decidió olvidar el hallazgo y continuar con esa ensoñación que la convertía, sin duda, en una persona mucho más productiva.