Gracias a la revelación de
una conocida que ha estado en la Milán Fashion Week me entero de que Kate Moss,
la mítica top, l’enfant terrible de la moda reconvertida en empresaria,
diseñadora y musa, apareció en una de las fiestas rodeada por una corte de
admiradores y enfundada en un vestido ajustadísimo bajo el cual se marcaba una
mundana braga. “Era de grandes dimensiones y parecía de algodón. El vestido,
que por cierto era fantástico, quedaba como cortado en dos partes a causa de
esa prenda del pasado” –me cuenta. De inmediato me pregunto si será algo
meditado y deliberado en plan reacción a lo teóricamente estipulado o si se
trata de algo casual, un gesto accidental que revela su tendencia a lo
improvisado. Repasando algunas de las últimas apariciones estelares de bellas
celebridades como Rihanna, Jennifer López o Beyoncé, llego a la conclusión de
que la braga tipo faja no solo recoge y estiliza sino que está de moda. Las
firmas de lencería llevan un par de temporadas sacando al mercado distintas
variaciones de esta tendencia que las mujeres han recuperado con alegría pero
que a los hombres les sienta igual que una ducha fría. Ese pedazo de tela
elástica, grande y de color carne ayuda a la dama a domar su tendencia
curvilínea y lucir sexy enfundada en un vestido a costa de minar la libido de
los tíos. Ellos, independientemente de su nivel y situación, se siguen
decantando por el tanga y la minibraga, ajenos al chonismo y evidenciando que
en su mente, cuando hablamos de ropa interior, menos es más y mejor. Así la
bella e inquietante Kate abandera, sin pretenderlo, una arriesgada cruzada a
favor de la braga que nosotras, el resto de las mortales, deberíamos de
agradecer. Aunque solo fuera porque nos ahorra ese momento tan desagradable en
el que debes de sacarte con disimulo, en plena calle, el hilito del tanga metido
en el culo.
lunes, 7 de octubre de 2013
viernes, 27 de septiembre de 2013
BEBER A MORRO
Una chica que conozco me
confesó el otro día que según ella, una de las cosas más sexys para los hombres
es ver a una mujer bebiendo directamente de la botella. “Te pides un botellín
de cerveza, te lo acercas a la boca y rodeas el cristal con los labios echando
para atrás la cabeza” –me explica. Yo la miro sin saber qué decir ante lo que
me parece una simpleza y sonrío. Días después me encuentro de aperitivo cuando una
de la mesa se pide un quinto que agarra por la base con la mano enroscada y se
lo amorra sedienta. Influenciada quizás por la teoría de mi amiga, no puedo
evitar fijarme en su rostro entregado con los ojos cerrados, sus pómulos
tensados y el cuello inmaculado despejado y traspasado al tragar el frío
brebaje. La posición además no deja de resultarme algo altanera, con las
piernas relajadas y abiertas que le dan cierta apostura barriobajera. Ella
comprime contra el vidrio los labios que se humedecen y al terminar repasa sus
comisuras con la lengua y atrapa con los dientes el labio inferior para
atenuar, me imagino, el efecto del frío. Confirmo entonces que beber de esa
manera no se trata solo de un gesto puntual, sino que puede interpretarse como
la señal de una actitud vital que denota confianza, distensión y apertura. Por
la noche son esas damas las que beben en la barra, enfundadas en unos vaqueros
y luciendo la melena con un punto despeinada, riendo a carcajadas y proponiendo
chupitos y más rondas. Sospecho que al final de la historia, una lectura
psicológica resolvería el asunto con el tema del simbolismo masculino y la
entrega buco-manual, reduciendo la relación botella-mujer a la falocracia establecida.
En ese caso, y aunque el quinto está de moda, hay otros tamaños como el tercio,
el medio o la litrona que saciarían de manera más eficiente la sed de las
damas, especialmente cuando las temperaturas son calientes.
lunes, 23 de septiembre de 2013
VIAJAR CON AMIGOS
La amistad no conoce prueba
mayor que la de ser sometida a un viaje. Los avatares del trayecto, la
convivencia y la resolución de conflictos inesperados, pueden dar al traste con
nuestra paciencia y mostrarnos la cara B de los compañeros que se presentan
ante nuestros ojos de manera real y rotunda. “Después de tantos días de
apreturas, ahora que se acerca la vuelta descubro esta mañana que empiezo a ir
suelta” –informa al resto Alicia, una rubia simpaticona que se encuentra pasando
unos días con amigos en Ibiza. Los otros dan cuenta de su desayuno sin mirar
intentando ignorar el parte escatológico al que cada mañana los somete. “Lo mío
con el wáter está fuera de toda lógica. Si no es blanda es dura, deberían de
crear una ciencia que controle la consistencia” –añade ilustrando a los demás
con sus patrones fecales. Lo que me cuentan unos conocidos a su vuelta de un
crucero por Grecia al que han ido junto a otra pareja es aún peor pues la
esposa, tras la cena y con unas copas de más, se dedicaba a comentar las
peripecias sexuales de la noche anterior. “Ayer mi tigre se salió” –soltó en
una de las veladas para referirse al marido. “Estuvimos más de tres horas,
probamos alguna posturita nueva, estaba tan excitado que casi se confunde de
lado” –afirmó guiñando un ojo y pegándose una palmada en el trasero. Los otros,
testigos de la situación junto con el camarero, pasaron los días de travesía
cortados ante el torrente de sinceridad.
En otros casos es el tema de
la compra grupal el que trae los problemas. Cereales integrales, bebidas de
soja, condones o bandas para depilar se convierten en objetos de disputa al no
reunir el visto bueno colectivo. Entonces los “a mi no me gusta” o “yo no lo
voy a usar” salen a relucir iniciando una guerra de entrada banal pero cuyo
final suele resultar fatal. Lo mismo que el “fondo común”, de entrada tan
civilizado, práctico y equilibrado, puede fulminar la armonía general con solo
una salida o un aperitivo que sea disfrutado y pagado sin ser acordado entre el
resto. Las vacaciones con amigos sirven además para descubrir facetas ocultas
de la personalidad de alguno que, alejado de las presiones del trabajo y con
horas de ocio por delante, se presenta como un auténtico maniaco de la
organización. “He pensado, si os parece a todos bien, que podríamos pactar los
turnos de cocina y limpieza por parejas. A las nueve, antes de bajar a la
playa, tocarían baños, terraza y salón. A las diez se haría la comida y así a
las once sería la salida para poder volver a la piscina a las dos y estar en la
mesa a las tres” –informó Javier en el coche provocando cuchicheos y codazos
entre el grupito de padres del cole que se escapaba unos días de excursión. Ya
en el apartamento confirmó su condición de psicópata. “En la nevera he colgado
un pequeño horario para hacer más fácil el momento de las duchas dejando un tope
de veinte minutos por mañana y persona, ¿qué os parece?”–explicó a los demás
que permanecieron en silencio intentando descifrar si lo que decía era verdad
hasta que vieron por escrito el papelito.
La pesadilla de una amiga se
centró en las tetas de la hermana de su vecina, la cual que sumó a una escapada
improvisada. Desde primera hora del día la chica, que rondaba los cuarenta, se
dedicó a pasear desnuda de cintura para arriba, no sólo en la playa, sino en la
casa, desde al desayuno hasta la cena, viendo la televisión o estando en la
terraza de conversación. Aunque el viaje era de chicas, a mi amiga no le
pareció normal la presencia de esos senos a todas horas y en una de las
comidas, cuando un poco de tomate le salpicó en un pezón, no pudo reprimirse y
le dio su opinión. “Ya que no has traído sujetador por favor, tapate las tetas
con la servilleta” –le dijo con diplomacia. Por ello es importante valorar
hasta que punto creemos conocer a los amigos y conocidos antes de lanzarnos a compartir
unos días en su compañía. Y si no, recuerden este dicho: “lo que la amistad ha
unido se lo puede cargar de la noche a la mañana una escapadita de fin de
semana”.
viernes, 20 de septiembre de 2013
PRECISIÓN SEXUAL
Descubro no hace mucho que al
hablar de infidelidad para algunos, el tema del qué y el cómo es fundamental a la hora de valorar
los daños, es decir, que un morreo sería menos que un magreo pero más que una
caricia. La revelación llega de boca de Cristina, la hermana de una vecina con
la que a principios de semana coincido tomando un café. La dama, atractiva,
vive emparejada con un chico que trabaja de comercial y del que dice estar
enamorada. El tema es que hace cosa de un mes, tras una salidita, y
aprovechando un viaje de su chico, termina en casa del amigo de un amigo que se
ofrece a darle un masaje. Tras ponerse cómoda y liberarse de algo de ropa se
funden en un tórrido beso, durante el cual él inspecciona sus pechos y ella
desliza su mano por su vientre en sentido descendente. Ya en la habitación
siguen con ese abrazo sensual que consuman con una sesión recíproca de sexo
oral. “Al no haber penetración yo no lo considero infidelidad” –suelta Cristina
con seguridad mientras su hermana asiente comprensiva. “¿Estáis de coña? –pregunto
sorprendida. “Es verdad. Ya me ocurrió algo parecido en una ocasión. Él me
preguntó ¿os habéis acostado? Yo lo negué, pues no hubo consumación”
–sentencia. Alucinada miro a estas hermanas que valoran la práctica sexual no
como un encuentro carnal, sino como un estudio forense con fases acotadas que,
pese a revestir la misma indecencia, restan de importancia al considerarlas una
práctica menor. La equivalencia quedaría
resumida en unos cuantos eufemismos como “tomar una copa” en vez de besarse en
la boca, “es como si fuera mi hermano”, en vez de “me ha metido mano” o “vimos
una peli en el sillón”, en lugar de “le hice una felación”. Por ello, si alguno
se siente engañado o alguna cornuda, aconsejo ser preciso y literal para
eliminar cualquier atisbo de duda.
jueves, 19 de septiembre de 2013
INSOMNIO
Dos Coca Colas, un té, una
larga siesta y un comprimido multivitamínico a media tarde me llevan el pasado
jueves a las dos de la madrugada a encontrarme completamente desvelada. Con la
casa en silencio, el sonido cansino del ventilador y el rumor de fondo de unos
vecinos que toman una copa en la terraza, mi organismo se resiste a descansar y
tras más de una hora con la mirada fija en el techo de la habitación, decido
levantarme y hacer algo de provecho. Enciendo el ordenador con la esperanza de
ser absorbida por esa inspiración nocturna que ataca a genios e iluminados a
deshora pero abro el Facebook y me quedo atrapada con las fotos de una conocida
que se encuentra con amigas en Formentera, la isla que ha conseguido sacar de
su grupito el lado más choni y hortera. Descubro que son varios los que han
colgado fotos en la orilla del mar, tomando un mojito en un chiringuito o
contemplando una puesta de sol, acompañadas de un breve encabezado: “summer
time”. Pienso que así, los conceptos globales que no significan nada concreto y
que además van en inglés, me parecen el colmo de la estupidez. Cojo un crocanti
del congelador y pongo la televisión donde una chica se va quitando la ropa
subida en una moto de carreras con un río y una estampa campestre de fondo. No
sin dificultad se libera de un short de cuero, del tanga y del sujetador
quedando sentada a horcajadas sobre el sillín de piel a pelo. En otro canal una
señora rubia con pinta de aburrida lee el tarot en directo y responde a las
preguntas de un señor que le pregunta acerca de un antiguo amor. En el canal de
tele-tienda muestran con detalle casi científico las propiedades y composición
de unas fundas con masaje para los asientos del coche. Decido apagar la tele y
vuelvo al silencio de la noche. A través de la ventana observo la superficie
lisa de la solitaria piscina y como el haz de la luna que parece llena se
proyecta en ella. Los de la cena siguen de copas y mantienen en ese momento una
extraña conversación de la que me llegan frases sueltas. “Todos mis amigos son
guapos, o por lo menos tienen algo bello” –dice uno de ellos. “Te entiendo, a
mi cada vez me cuesta más convivir con la fealdad” –añade otra. “Uno no es
bisexual por probar solo una vez” –escucho al poco rato decir. “Yo estoy
convencida de que hay una tía en mi gimnasio, la mujer de un diseñador que se
acaba de separar, que se lo monta con otra en el vestuario” –dice otra más. A
continuación dice nombre y apellido de la interesada y el resto le preguntan
por los detalles de esa información inesperada. Vagando de nuevo en Internet
descubro con estupor la noticia de que el soldado Mannig, tras ser condenado a
35 años de prisión por traición, confiesa que la naturaleza se ha colado con su
sexo y que en lo más profundo de su ser, desea ser mujer y que le llamen Chelsea.
Su elección, aunque insólita, me resulta valiente e intento imaginar todos sus
años de instrucción y vida militar tratando de ocultar su verdadera condición,
fantaseando con ropa interior femenina o calzando tacones de manera clandestina.
Me imagino un escuadrón formado por la stripper de la moto, la señora del
tarot, las chonis de vacaciones, la chica recién separada y el soldado con el
sexo equivocado y reflexiono sobre la condición humana y cómo afecta el medio a
las personas, sobre cómo deberíamos ser, qué deberíamos decir, callar y pensar
en cada momento para alcanzar la tan ansiada felicidad. Quizás todos llevemos a
una Chelsea en nuestro interior, una fuerza brutal pero aletargada que
estimulada por la presión provocada por alguna situación determinada, salga a
la luz mostrando una faceta reveladora y
total de nuestra personalidad. El sueño me acabó doblegando en el sofá donde
fui abordada por una pesadilla donde me veía metida para siempre en la cuenta equivocada
de Facebook, escribiendo frases en tono vital a diestro y siniestro y enviándome
mensajes sin fin con personas a las que prácticamente no conocía pero con las
que mantenía un perfil afín.
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