lunes, 4 de noviembre de 2013

BUSCANDO AL DIRECTOR



Hace unas tres semanas me llega una invitación personalizada que me cita para el miércoles 30 de octubre a la XIII edición de la gala de premios de este insigne diario que, un año más, premia a destacados valencianos en una velada especial que en cada ocasión reúne a la flor y nata de esta ciudad. ¿Qué me pongo?, es la primera idea que me pasa por la cabeza. Enseguida decido que quiero proyectar la imagen de una mujer segura y decidida pero a la vez grácil y femenina, profesional, avispada, apasionada, cerebral a la par que emocional, con esa luz y empatía que adquieres con el instinto maternal, divertida y elocuente sin dejar de ser comedida. En resumen, una chica natural. Después de mucho elucubrar me decanto por un vestido corto y negro que customizo con cinturón y una chaqueta de terciopelo del mismo color. A la llegada al Palau de les Arts, que esa noche brilla imponente, observo los distintos grupos de señores y señoras elegantes y tomo el camino enmoquetado con determinación confirmando la sospecha que abrigaba de que yo, columnista consumada, narradora de lo vital, de lo venial, lo prohibido, no solo no soy conocida sino que paso completamente desapercibida. Al llegar a la zona de acceso entrego mi invitación a la azafata y le informo discreta de la situación. “Soy Elena, la de Juego de Damas y los domingos, salgo con foto” –le explico. Ella sonríe adiestrada y me señala la zona de ascensores donde me elevo hasta el auditorio. Allí entregan los premios en una ceremonia emocionante y medida tras la cual tiene lugar una divertida actuación que da paso al tradicional y extenso cóctel-cena regado con cerveza, vinos y cava. Desde el inicio, tras hacerme con un platito  de jamón y un vaso de tinto, charlar con unos amigos y saludar a algunos conocidos, en mi mente solo tengo un objetivo: saludar al director. Con esa misión hago la primera tourné casual en plan “hola, ¿qué tal?” donde me encuentro a más conocidos y a una amiga, ya chispada, que se acerca a mi oído. “¿Te has puesto peras?” – se interesa sincera. “No” –le digo. “Te veo un montón” –insiste observando mi escote. “Es el cinturón, aquí aprieta y aguanta, aquí levanta. ¿has visto al director?” –le digo sin mirar. “Si, ha estado un rato por aquí, se acaba de marchar” –me informa. Me despido y sigo mi camino. Junto al baño veo a un redactor que conozco, me acerco y tras preguntarle cómo le va le hago la preguntita con disimulo intentando que no piense que voy perdiendo el culo. “¿Y el director no está?” –le digo. “Claro, lo acabo de ver, he estado un ratito charlando con él” –responde. La media hora siguiente me dedico a buscar, como un ratón detrás del gato huido, en un proceso invertido. Me siento como Sísifo subiendo la montaña cargada con la piedra, me imagino en la cima, agotada y sedienta y visualizo esa caída inminente por la otra pendiente, una y otra vez. Me pongo en la piel del vagabundo Vladimir que espera con fe ciega a Godot que nunca llega. La gran sala atestada me recuerda de repente a un laberinto, ¿seré como el Minotauro, una extraña bestia atrapada durante años en este lugar, temida por esos otros que un día me sacrificarán?. La velada avanza y me doy cuenta de que no solo no he visto al director, sino tampoco al jefe de cultura ni al de opinión. El vino ha calmado mis ánimos cuando soy consciente de que desde que he llegado, y con todas mis idas y venidas, no me han hecho ni una sola fotografía. Aterrada por la falta de constancia de mi estancia me vienen a la cabeza las chicas Femen y su reciente intervención. Valoro la opción de salir en cueros de la fiesta, no en plan reivindicación, sino para atestiguar mi presencia con contundencia. “Periodismo al desnudo” – imagino el titular. Mi espíritu conservador y mi idea de lo feminista se hacen fuertes dentro de mi ofreciendo resistencia y, al igual que Ulises emprendo la vuelta a casa tras un largo periplo, exhausta y con toda la ropa puesta. Justo al salir escucho que alguien me llama y me giro con la seguridad de que al final ha llegado mi oportunidad. “No puede salir con la copa” –me informa un chico uniformado al que le pregunto encendiéndome un pitillo: “¿Es que no sabes quién soy?”.

EL LADO ANIMAL



Debo de ser de las pocas personas a las que correr en la cinta le hace sentir  gilipollas. Ese viaje a ninguna parte, esa carrera imaginaria, forzada, se sitúa en el lado opuesto de lo que en la Antigua Grecia fue propuesto por los sabios del momento, la exaltación de lo físico, la extensión del cuerpo como una proyección de nuestro yo energético y vital. En mi caso además se da el temor infantil e irracional a ser engullida por esa base transportadora que convierte en castigo el ejercicio. La palabra gimnasio, que deriva del término griego “gymnos”, vendría a significar ni más ni menos que el lugar donde ir desnudo, de ahí que en origen el deporte se practicara sin ropa, dejando a la vista del resto los atributos que no se presentaban como reclamo, sino como señal y reflejo de su ser sagrado. El gimnasio con los años desvió su destino original para convertirse en un lugar de encuentro social donde hombres y mujeres acudían con el fin de ejercitarse y de mostrarse, por ello ha estado durante mucho tiempo situado en la lista caliente de puntos para el ligoteo al mismo nivel que el pub o el puesto de trabajo. Los gimnasios de moda, aquellos con las instalaciones más cuidadas y por cuyos vestuarios desfilan nombres relevantes de la ciudad, marcan la diferencia con cuotas que van desde los 60 euros de algunos del centro a los 150 de los más exclusivos. Ahora, la crisis ha llevado el low cost hasta el mundo del deporte de interior, y un par de establecimientos que forman parte de dos cadenas, uno situado en Manuel Candela y otro en Cardenal Benlloch, han declarado la guerra con precios que bajan de los 20 euros mensuales por ser socio de estos lugares limpios y espaciosos, ambiente mezclado y algunos de los aparatos más punteros del mercado. “Las clases son virtuales”, “no hay taquilla en propiedad”, “pagas por la ducha”, “en la sala prácticamente no hay monitores” –dijeron sus detractores tras la apertura. Ahora, unos meses después la cosa se ha puesto más dura y son esos mismos los que allí levantan pesas, trabajan en la elíptica o reciben clases de un profesor que les habla desde un televisor. Mi curiosidad se despierta y al pasar por delante de uno de ellos abro la puerta con la intención de inspeccionar el terreno. Una monitora de aspecto eficiente me recibe con una sonrisa y me acompaña en un breve recorrido, sin pausa pero sin prisa, por ese lugar ordenado y ambientado con fotos de chicos y chicas que parecen modelos en plena acción. Por el camino me encuentro con un par de conocidos que en ambos casos acompañan el saludo con una breve justificación. “Me pilla al lado de casa” –me dice una, “desde el trabajo llego andando, solo vengo de vez en cuando” –aclara el otro. Yo asiento mostrando normalidad y me aguanto las ganas de decirles que no se preocupen, que estamos todos igual, que si a la mayoría nos ha dado por correr en el río no es sólo porque es sencillo y sano, sino por un tema de bolsillo. La gran parte de modelitos que veo a mi alrededor son de Decathlon o la clásica malla con camiseta que me recuerda de inmediato a mi adolescencia, cuando el deporte se hacía con el pelo para atrás y coleta y la cara sudada. Por contraste me viene a la cabeza mi antiguo gimnasio donde las damas se maqueaban en plan cañón y salían a la sala con brillo en los labios, el pelo cardado y el IPod amarrado a la cintura, en una estampa de locura que en más de una ocasión me imaginé completada con tacones, cubatas y bola de discoteca. En nuestra realidad embrutecida y precaria en valores como el optimismo y el romanticismo, cuando las relaciones personales, especialmente las de hombre y mujer, se han degradado en muchos casos hasta el “yo Tarzán” y “tú Jane”, puede ser que estemos asistiendo a una vuelta a lo primitivo que ejerza de catalizador, liberando así a lo deportivo de lo accesorio y lo postizo y devolviéndole su valor original, que no es otro que el de canalizar la energía vital y por ende la sexual. El mensaje es claro: conecte con su lado animal.




martes, 22 de octubre de 2013

SEXO, DROGAS Y ROCK & ROLL



Me entero, a través de una buena amiga que se dedica a la organización de eventos, que unos chavalines pijos, hijos de tal y cual, celebraron recientemente un cumpleaños, una jarana monumental con casi cien invitados en un garito del centro con catering, barra libre y dj que duró hasta altas horas. El resultado final, con la intervención de algunos padres incluida, fue de ligeras melopeas, varias quejas por ruido, una pelea y numerosos escarceos en el baño en plan aquí te pillo aquí te mato rollo perro, que dejaron constancia de que la tónica de la noche era el guarreo. Si partimos de que el “sexo, drogas y rock & roll”, el eterno mantra de la juventud alocada que llamaba al desenfreno, se ha convertido en cliché gracias a las montañas de información y los talleres de prevención sobre drogas que, por fortuna, han conseguido estigmatizar el vicio hasta el punto de que para la mayoría de adolescentes fumarse un pitillo no solo es nocivo sino que te hace parecer un pardillo. Entendiendo que el rock & roll como tal ha muerto reconvertido en música de culto destinada a una minoría y desbancado por un pop edulcorado y abanderado por Rihanna o One Direction, la realidad es que a los adolescentes de hoy en día, educados por padres estresados y permisivos, entre modernos dispositivos y sistemas operativos, el único reducto que les queda de transgresión y libertad es el sexo. Las cuatro letras mágicas de las que nadie parece querer hablar pero que todo el mundo desea practicar cuyas bases la mayoría de los no iniciados aprenden en Internet. La red infinita ofrece toneladas de material low cost donde una actriz recauchutada y depilada mira al techo con ojos de muñeca mientras rebota inerte sobre un tío musculoso que la anima con un mecánico “vamos nena”. El resultado no se ha hecho esperar y si bien hace un par de años una joven italiana fue noticia al celebrar su 18 cumpleaños realizando felaciones a 18 amigos que acudieron a la fiesta a expresarle sus felicitaciones, otra de las prácticas de moda es la fiesta del semáforo, a la que los asistentes acuden con una pulsera roja en caso de tener pareja, amarilla, en caso de estar abierto a algunas posibilidades o verde, que indicaría al resto estar dispuesto a tener sexo sin tener que intimar ni utilizar un pretexto. Recientemente una joven polaca de 21 años, Ania Lisewska, anunciaba sincera en su cuenta de Facebook haber iniciado un viaje por todo el mundo decidida a acostarse con 100.000 hombres, una labor hercúlea y difícil de cumplir pese a los 280 maromos que declara haberse ventilado a su paso por Varsovia. El mundo editorial se suma al movimiento con la aparición de Alara Branwen y Christie Sims, dos veinteañeras texanas que están arrasando con historias de sexo bestial entre jóvenes delicadas y dinosaurios. Con títulos como “Trabajándose a un dragón” o “Cogida por el T-Rex”, estas dos creadoras rompedoras, que escriben bajo pseudónimo, han encontrado un nicho en el errático mercado de lo erótico.
Es por ello que nos debemos de plantear si hay alguna cosa que estemos haciendo mal. Mientras el mundo de lo sexual sigue siendo un tabú abordado en contados casos por profesionales como Elena Ochoa o Lorena Berdún, si el modelo de relación pasa por el porno cutre y forzado que se puede encontrar colgado donde es imposible detectar un mínimo de sentimiento, desde el momento en que para muchos adolescentes lo que mola es empezar yendo al grano saltándose los besos en los labios y el cogerse de la mano, el público adulto aplaude ficciones con sexo explícito y violencia extrema como si no existiera ningún problema. Por ello cuando alguna madre me cuenta escandalizada que en el colegio de su hija dos niñas de quince años han sido amonestadas por enviar WhatsApps con fotos de sus pechos desnudos, o que en el hijo de una vecina se lo ha montado en el portal con una chica de su clase que parecía muy formal, yo me digo: con el terreno que hemos sembrado, la falta de información y el material que se ofrece al respecto en la red y en televisión, ¿cómo coño es posible que nos sorprenda la situación?. 

viernes, 18 de octubre de 2013

SLANG FEMENINO



Me encuentro la otra tarde de compras en el centro peleando por meterme unos vaqueros ajustados de la talla 38, “inténtalo que ceden, si no puedes te los llevas y tumbada en la cama, metes la barriga y estiras fuerte de la cintura para arriba” – me aconseja una dependienta de uñas largas, pestañas rizadas y cuerpo de anguila. Cuando estoy a punto de desfallecer me llega del probador contiguo una conversación entre dos chicas. “Estos leggings me hacen chochi pilochi” –suelta una para referirse, me imagino, a la terrorífica estampa visual que ofrecen determinados pantalones de algodón o lycra en su encuentro con la entrepierna. “El top negro chafa el canalillo y me tira las tetas a los lados, parecen dos lenguados” –dice la otra. “Ese pantalón lo petas, además te hace muslamen y culo carpeta” – agrega la primera. Extasiada me entrego a esa floreciente exhibición lingüística cuya pertinencia y originalidad sorprendería a más de un miembro de la RAE. Una de ellas descorre la cortina del diminuto cubículo y sale enfundada en un vestido rojo con el que luce una silueta complicada. “Soy un puto tubo de medidas 90-90-90. Se me marca tanto el hilo del tanga que estoy asfixiada, me siento como una sobrasada” –enuncia cabreada. La amiga aparece junto a ella en short de cuero. “Tengo rodilla hamburguesa y pantobillo. ¿Y estos brazos? A Hannibal Lecter le iban a encantar. Si un día desaparezco es que un asesino en serie me está haciendo pedazos” –advierte levantando una ceja. La dependienta dobla prendas y masca chicle sin mirarlas acostumbrada, me imagino, a ese slang femenino que a veces utilizamos entre nosotras, buscando complicidad. Yo pienso que si fuera un hombre me echaría a temblar, pues ¿qué será capaz de decir de él una hembra que hace autocrítica de manera tan abierta, incisiva y cruel?



lunes, 14 de octubre de 2013

CAÑAS, BARRO Y PAELLA



El pasado miércoles, para celebrar la festividad del 9 d’octubre, y por aquello de inculcar a nuestra prole algo de valencianía, decidimos organizar un paseo en barca por la Albufera con comida a bordo incluida. A eso de la una tomamos la carretera arbolada de El Saler y como cada vez que la recorro, como si fuera la primera vez, me digo que es preciosa, una maravilla, que me la juego con los Hamptons de Nueva York o las playas de Punta del Este en Uruguay. El Palmar, que a esa hora se encuentra de bote en bote, ofrece una estampa muy visual, con zonas de mesas acodadas junto al canal repletas de familias y parejas dando cuenta del aperitivo. Nuestro grupo compuesto por nueve adultos y once niños toca tierra y el barquero, un chico educado y bien plantado, nos mira acercarnos de lejos observando impactado el pequeño batallón infantil cuya edad media no supera los cinco. “Agua”, “barco”, “pájaro”, “pez”…van diciendo los pequeños navegantes conforme se aproximan a la espectacular barca que aguarda amarrada en el canal, con una gran mesa central cubierta por un mantel y cuidada vajilla. “Plato”, vaso”, “plato”, “pan”…comienzan a soltar, como autómatas, al ver la barca decorada a la que se intentan lanzar como si fueran pequeños animales. “Quizás quieran ver primero los arrozales” –sugiere el chico con sutilidad, pues aún falta una pareja por llegar. Tras inspeccionar el terreno con los críos y hacerlos correr llega el momento de partir que además coincide con la hora de comer. Nos acomodamos en las bancadas, los hombres en un extremo y las mujeres mezcladas con los niños que aguardan excitados en otro, comiendo papas y aceitunas, como en un avispero. Antes de arrancar el motor el joven capitán nos informa de que está prohibido ponerse de pie y sacar los brazos, con una especial atención a los pequeños a los que advierte que “un golpe con otra barca podría cortaros los dedos”. Al instante los niños se incorporan y estiran sus manitas buscando el agua, las cuerdas y otras barcas con las que chocar, “córtame un dedo mamá” – dice uno de ellos a su madre mirándola con curiosidad. Finalmente los logramos controlar y nos alejamos de la orilla arropados por el suave ruido del motor. El cielo nublado ofrece una imagen crepuscular, con los colores saturados y la presencia de esa naturaleza bestial abriéndose paso ante nosotros. De repente, y ante el entusiasmo de los jóvenes exploradores, nos sentimos como los primeros colonizadores. Unos patos nadadores de cabeza verde y pecho castaño fluyen por la superficie hasta una zona de brotes que picotean con movimientos de repetición. Un vencejo surca el cielo a unos metros de nuestra embarcación y los niños siguen su trayectoria cuando dos golondrinas se cruzan en su camino. Poco a poco nos acercamos a una zona de marjal donde detiene el motor y destapa la paella que reposa junto a él cubierta con papel. El resto aplaudimos y servimos el arroz con pollo, conejo, garrafón y caracoles. Unos rayos de sol contenidos enmarcan el momento que de repente siento vital, carnal, con botellas de vino corriendo de mano en mano, las tortas de pisto, la ensalada, las risas desenfadadas, el bullicio de los niños que ahora juegan bajo la mesa. “Hay que venir más, esto es un lujo, un privilegio” –escucho decir. Me acuerdo de “Cañas y Barro” y la pasión clandestina de Neleta y Tonet con una Victoria Vera desbordada, despiadada y abocada a una relación condenada por el destino. Otra sex simbol de la época, Victoria Abril, se puso en la piel de Roseta en “La Barraca” despertando, al igual que la primera, la libido brutal de un chicote de esta zona fructífera en paisaje, fauna y cosecha. Las nubes se oscurecen y emprendemos la vuelta en silencio, comiendo frutas de Sant Dionís y tomando sorbos de mistela, hipnotizados por la belleza del lugar y paralizados por el peso de la barriga sobre la vejiga y la necesidad apremiante de ir al cuarto de baño cuanto antes.