En una cena reciente con un grupito de madres sale un
tema candente a colación. “Mi madre dice que hay que ser algo sumisa para que
funcione una relación” –dice una en plena charla sobre tíos. “¿Estás de coña?
Ceder terreno no puede traer nada bueno” – contesta otra. “Los hombres son como
son, algo hay que aguantar si no te quieres divorciar” –replica una tercera.
“Pues yo no le paso ni una. Ese rollo entregado de la vieja escuela conmigo no
cuela” –añade otra más. La primera nos cuenta entonces que ella siempre intenta
conciliar, que le gusta cocinar, encargarse de los críos, que su marido en
general se hace el desentendido pero que es algo que ella tiene asumido. Otra
en cambio afirma que tiene las tareas repartidas, convenidas, en un “tú a tú”
diario, un proyecto igualitario. Entonces llega la revelación de una que
todavía no había dado su opinión: “A mí me compensa tenerlo contento, me gusta
ese punto de estar receptiva, dispuesta, yo hasta lo espero desnuda cuando se
va de fiesta”. En la mesa se propaga el alboroto. “No te creo, cuando sale yo
siempre me mosqueo”, “me daría pereza, además, me parece una bajeza”,
“¿aguantar hasta su vuelta y complacerlo cuando ha estado de copas mirando a
otras?” –bombardea el resto sorprendidas por lo expuesto. Ella sonríe y habla:
“es mi fantasía, me imagino aguardando a un marinero tras semanas de travesía
que irrumpe como un león a mi habitación y se lanza voraz sobre mí, que me he
untado la piel con cremas, delicada, lanzada. Él entonces me posee y yo me
excito pensando en mi esencia femenina, como una concubina”- concluye. El resto
la miramos en silencio con curiosidad, pensando si lo que dice será verdad.
Ella se mira las uñas perfectamente pintadas mientras emite su conclusión:
“llega un momento en toda relación en el que ser un poco putilla es la mejor
opción”.
viernes, 19 de abril de 2013
domingo, 14 de abril de 2013
TRES COLAS EN UN DÍA
Hacer cola es algo que uno
aprende desde pequeño. Ya en la guardería te enseñan a esperar para ir al baño,
beber agua o recibir comida. Es algo pactado, consensuado, una de las señales
claras del progreso de la civilización. Incluso cuando estás de copas y sientes
tanta necesidad de ir al retrete que empiezas a sudar frío, tienes que aguantar
que las tres tías que tienes delante entren en plan comandita sin parar de reír
y tarden más de veinte minutos en salir. “Putas” –piensas que les vas a decir.
Pero te aguantas la violencia interior con eso que se llama paciencia adquirida
porque no te queda otra. Me dirijo la semana pasada a unas oficinas de la
administración para tratar un tema de autónomos, una historia de una
subvención. Al llegar allí me encuentro con un marcador electrónico con una
complicada numeración y en una esquina, una chica sentada frente a una mesa
vacía que hace las veces de mostrador. “Perdona, ¿para consultar un tema de una
subvención?” –digo amable. “Ve a la máquina y aprieta el número que pone
información, esto es la recepción” – me contesta mascando chicle. Obediente, me
dirijo a una pantalla de ordenador y pulso un botón rojo que pone
“información”. Inmediatamente escupe un papelito con un número que, en base a los
dígitos luminosos del marcador de la pared que va avanzando, me tiene más de
media hora esperando. Cuando por fin me toca me siento en una silla y un chico
de aspecto amable me dedica una mirada afable. “Hola, venía para informarme
sobre una subvención” –le expongo con efusividad intuyendo cierta amabilidad.
“Tienes que ir a la máquina y entre todas las opciones apretar el botón “ayudas
y subvenciones” – le escucho decir. “¿Disculpa? He esperado casi una hora para
el turno de información” –respondo ya cabreada. “Lo siento pero no puedo hacer
nada” – y vuelve la vista a una larga lista que tiene sobre la mesa. Al límite
del control me acerco de nuevo a la máquina y pulso el botón, que antes no
había visto y que me da el papelito para la cola de subvención. Cuarenta
minutos más tarde el marcador anuncia mi turno y de nuevo, y para mi sorpresa,
me veo en la misma mesa. Yo miro al chico con ira y el me mira con la misma
expresión amable y afable que ahora me parece detestable. “¿Esto hace un rato
no era información?” –le digo en tono taimado. “Una compañera se ha ausentado,
estoy haciendo la sustitución” –responde. “¿Me informas ahora de la
subvención?” – le suelto arañando mi carpeta.
Pero tras una breve conversación descubro que hay algo que no sabía y en
un “más difícil todavía” me envían de nuevo a la máquina para apretar otro botón.
Yo salgo disparada por la puerta sin haber conseguido nada después de todo ese
rato cuando empiezo a sentir las ganas de cometer un asesinato. Ese día aún
protagonizo dos colas más. Una en el supermercado, con el carro completamente
cargado y un señor delante de mi pidiendo el fiambre cortado y preparado por
separado. “El jamón york en cuatro paquetes de tres lonchas, la sobrasada en
tres paquetitos de unos cincuenta gramos, un cuarto de catalana preparada en
cinco sobres distintos, diez taquitos de ese queso que parece el tronchón” –
pide sosegado alargando todo lo posible su turno mientras el resto lo miramos
con gesto taciturno. La otra cola me la como en una tienda de ropa de una
importante cadena cuando a la hora de pagar, una chica que quiere hacer unos
cambios lía a la cajera, que parece que no entera, y nos tiene a otras seis más
con la ropa esperando. Pienso que me debería de ir pero después de todo lo que
me ha costado probarme y decidir, elijo resignarme. Camino de casa por la calle
Colón hago un ejercicio de visualización en el que se me plantea la existencia
como una larga espera, una especie de cola vital infinita que fomenta nuestras
emociones antes de las situaciones y, una vez se producen, nos conduce de
manera implacable y por reacción, a una nueva situación de espera. Por ello en
algunas cadenas y en parte de oficinas de la administración, parecen haber dado
con la solución definitiva que todo lo abrevia: la cita previa, el remedio
increíble que no puedo imaginarme aplicado a la hora de comprar jamón o de
pagar un pantalón. Aunque todo es posible.
GATOS CALIENTES, RATAS ARDIENTES
Sale
a la luz esta semana una exclusiva sobre Sylvie Van der Vaart, la bella modelo holandesa esposa del futbolista que, tras una
breve ruptura con su pareja y la posterior reconciliación, se entera de que su
marido y su mejor amiga, esa que la estuvo consolando, se la están pegando. Lo
que hace que me acuerde de una historia parecida, cuando hace meses el marido
de una conocida, talentoso arquitecto, enlazó varios viajes de trabajo y yo la
descubrí a ella, en un par de ocasiones, con un íntimo amigo de él, una vez en
el cine y otra de copas, compartiendo conversación, miradas y risas, algo que
bien podría achacarse a una buena amistad, pero que, y según me han contado fuentes
de las que me fío, terminó en lío. Rememoro entonces los encuentros de esa
pareja furtiva y lo que entonces me pareció correcto e inocente, escondía en
realidad la mácula imborrable de lo prohibido, lo indecente. Me imagino al
pobre marido tiempo después, compartiendo de nuevo cenas y encuentros con su
querida esposa y su amigo, totalmente ajeno a esa verdad vergonzosa. Siento
pena por él hasta que me encuentro una noche en un pub a los tres bebiendo en
la barra. Ella habla con el otro, el amigo, que no le quita los ojos de encima.
Para mi sorpresa el marido afrentado, el que ha sido objeto de la traición,
parece no darse cuenta de la situación ni en el momento en que los ve bailar,
muy pegados, como en la famosa canción. Entonces se gira, cambia de expresión a
modo zorro, y le observo mientras habla con la guapa camarera, la cual le
dedica una sonrisa que revela que entre ellos existe algún tipo de relación. En
ese momento doy con la resolución: el infiel sólo piensa en él, y no hay mejor
tapadera para un engaño, que el hecho de que el otro tenga su propia
distracción. O sea, que el gato pasa del ratón cuando aparece otra gata y le
entra el calentón.
domingo, 7 de abril de 2013
DESNUDO PROFANO
Hace un par de meses me incluyen en una línea de Whatsapp de
madres del cole. Allí intercambiamos mensajes tipo “mañana han de llevar
cartulinas” o “el jueves es el último día para entregar la autorización de la
excursión”. De vez en cuando alguien comparte el nombre del restaurante o la
dirección de algún lugar interesante. Una noche, estando de cena, una amiga me
envía una fotografía de temática algo obscena, donde aparece Andrés Velencoso
de frente y sin ropa , dejando en primer plano, casi al alcance de la mano, sus
destacados atributos. Llevada por el cachondeo reenvío el material a otras más
y casi sin pensar, movida por la espontaneidad, lo remito a las del chat del
colegio en plan gracia. Un par de horas después, compruebo con sorpresa que
ninguna ha contestado, que entre las más de veinte mujeres que formamos el
grupo, nadie ha dado señales de vida. Al día siguiente el chat continua
desierto y yo empiezo a arrepentirme de haberla enviado. ¿les habrá molestado?,
me pregunto. Otro día, después de la salida, veo a un grupito tomando algo en una
terraza de la calle Burriana y las saludo con cierta efusividad, buscando
complicidad. Me parece percibir entonces algo distante, ¿me harán el vacío de
ahora en adelante?, elucubro con pesar.
Un par de semanas más tarde escucho un aviso del teléfono y en la pantalla
compruebo que una de las madres, al fin, se dirige al resto con el siguiente
mensaje de texto: “¡fumata blanca chicas! Habemus papam”. Yo me quedo
paralizada, pues si los últimos días sospechaba que el envío de la foto no era
muy apropiado, ahora me doy cuenta de que la he cagado. Sólo unos minutos
después continua la cadena: “me encanta el Papa Francisco, es Jesuita,
argentino y bastante progresista” –cita una. “Me parece una buena elección,
dicen que se preocupa mucho por los temas sociales, que ha visitado numerosos
barrios marginales” –comenta otra. “El primer Papa americano, al contrario que
Benedicto, parece bastante cercano” – comparte otra más. Sobre esas líneas de
mensaje continua a la vista la foto del guapo modelo en pelotas, imposible de borrar, más
llamativa ahora si cabe por el contraste ejercido por esos pensamientos
compartidos. Para intentar atemperar el desastre decido enviar una nota en tono
de disculpa, me planteo incluso en buscar la redención alegando una
equivocación. Hago varios intentos pero dado el contexto de la nueva
conversación de carácter tan mariano, cualquier nueva aportación al respecto parece
marcada por el tinte de lo profano. Yo me torturo mirando la foto una y otra
vez, que ahora, días después, me parece más brutal, con la zona del sexo como
agrandada, trucada, llamativamente velluda. Me viene a la mente la figura de
María Magdalena, pecadora, salvada de ser lapidada pero marcada por la vergüenza,
señalada, juzgada. Comentando el asunto con otra amiga más terrenal me hace ver
que mi acción, quizás fue irreflexiva, disonante, pero para nada avergonzante.
Pienso entonces que la imagen de un desnudo masculino en plenitud nunca puede
ofender y menos en este caso, donde el
caballero en cuestión goza de un físico privilegiado cuyas proporciones, en alguna zona concreta, rozan
las tres dimensiones. Caigo en la cuenta de que quizás la instantánea nunca se
envío por algún problema de conexión o en el momento de la recepción. Rememoro
esos días de tensión, de sufrimiento, por un suceso que solo tuvo lugar en mi
imaginación. De repente me encuentro en comunión con mi ser y me siento en la
obligación de enviarles la fotografía, dejando de lado el tema de lo indecente
y con la intención de ser coherente con mi proceder. Así que cojo el teléfono,
selecciono del documento y lo envío otra vez consciente, ahora si, del momento.
Minutos después alguien contesta: “¿otra ve el mismo tío en bolas?”. Otra le replica:
“es Velencoso, ya lo vi la otra vez, todo un virtuoso”. Llega el tercer
mensaje: “¿Velencoso? Ni le había visto la cara, menuda animalada”. Yo voy leyendo
fascinada esa conversación que, gracias a la repetición, se ha producido por
reacción. Respiré tranquila, sintiéndome aceptada de nuevo y con la sana
sensación que en nuestro chat, reina al fin la pluralidad.
viernes, 5 de abril de 2013
EN LAS GARRAS DEL AMOR
Durante mis años de
universidad compaginé los estudios con el trabajo de azafata o camarera con la
intención de sacarme unas perras. En compañía de un par de amigas las noches de
los viernes me ponía detrás de la barra para servir cubatas y aguantar a
algunos de los habituales que nos daban un rato la lata. Recuerdo a uno en
particular, un varón que entonces rondaría los treinta y largos, apuesto,
ligón, entretenido, perspicaz , lanzado y siempre bien acompañado. Años después
me lo seguía encontrando de vez en cuando alguna noche de farra o con alguna
jovencita en el coche, igual de
bandarra, en la máxima representación del macho hetero soltero. Pero el otro
día me llevo una sorpresa cuando mientras espero en la consulta del pediatra,
hace su aparición el crapulón, aquel soltero enfermizo, ahora reconvertido en
padre primerizo. Acompañado de su mujer, una dama de unos cuarenta rubia, estilosa
y con un punto sosa, mueve el carro donde reposa el bebé que ahora llora, con
mirada vidriosa y el rostro pálido y contraído, la clara señal de no haber
dormido. Ella no deja de hablar de una comida familiar y luego pasa al tema de
la habitación del pequeño, en cuya decoración parece estar poniendo todo su
empeño. Él asiente de manera mecánica y traga saliva mientras ejecuta lo que su
esposa le acaba de ordenar, que es entregarle al niño y buscar en la bolsa un mullido
cojín para amamantar. Yo lo miro y pienso “han tardado, pero al final te han
cazado”. Imagino que hace siglos que no verá a su antigua pandilla, ni bailará
hasta las tantas con una chica guapa que le muerda la boca, ni se beberá una
copa. Me produce una satisfacción inexplicable ver atrapados a esos maduros
locos por las garras del amor. No quisiera ser impertinente, pero: ¿cuál de
todos será el siguiente?
lunes, 1 de abril de 2013
EL ARTISTA QUE LLEVAS DENTRO
El pasado fin de semana unos
amigos nos invitan a su falla del centro. Allí me encuentro a conocidos y
algunos otros que me suenan de cara, un “quién es quién” de gente bien reunidos
bajo una carpa donde disfrutamos de una agradable cena tras la cual, yo me
imagino que dará paso la tradicional verbena. Pero no. El destino tiene
reservado para mi esa noche un plan mucho más brutal, una combinación letal que
consta de disfraces y playbacks. Así
que sólo una hora después, cubata en mano, observo a los falleros retirar mesas
y acomodar el espacio para lo que viene a continuación. Un joven presentador da
paso al espectáculo y ante mi veo desfilar a lo más granado de nuestra ciudad
que, vestidos con originales disfraces, interpretan temas musicales en grupo.
Sin poder apartar los ojos de un conocido doctor que se mueve en mallas vestido
de piña, o de los guapos hijos de un constructor, dos universitarios talentosos
formados en el extranjero, que bailan con un hula hoop mientras sus compañeras hacen piruetas sobre el suelo, me
doy cuenta de que a los allí presentes lo que está ocurriendo les produce una
gracia de locura, que les van la emociones fuertes, la droga dura. Luego,
preguntando, me entero de que el espectáculo lleva meses de ensayos y
preparación, así que llego a la conclusión, y dada la calidad de la actuación, de
que la cosa les sirve de excusa para quedar una vez a la semana y hacer lo que
les de gana. Lo que hace que recuerde algo ocurrido el año anterior, cuando se
puso de moda entre la juventud acomodada una curiosa propuesta: terminar cantando
las noches de fiesta. Así, a las cuatro de la mañana de los jueves y viernes,
unos y otras se daban cita en un karaoke cercano a la Gran Vía y allí, entre
frases como “tía, canto fatal” o “estás tonto, lo haces fenomenal”, entonaban sobre
el escenario temas conocidos a voz en grito, borrachos como una cuba, animados
por el “¡que suba! ¡que suba!” de la platea. Yo misma me sorprendí una noche
interpretando a altas horas una versión penosa del “Bailar Pegados” junto a una
amiga ante la mirada de colgados,
habituales y de otros como nosotras, desarraigados puntuales. Los días
siguientes lo pasé fatal ante el temor de que alguien nos hubiera sacado una
foto y la pudiera colgar en alguna red social.
Tampoco puedo olvidar cuando
hace un par de meses me proponen un plan alternativo, una velada con picada,
copa y baile incluido. “Va a estar súper divertido, viene un profesor, tras la
cena suben la música, él baila y nosotras le seguimos” –me explica una conocida.
Yo, que desde cría siento debilidad por las coreografías, me apunto por
curiosidad. El día acordado nos damos cita en un pub latino por la zona de
Aragón. Allí, tras un breve picoteo y unos vinos, Adán, que así se llama el
profesor mulato, se coloca en primera fila y a ritmo de bachata, cumbia y
merengue, empieza a bailar, con los
brazos en alto, exagerando los pasos y marcando el ritmo con chasquidos de
boca. El resto nos vamos cogiendo, hipnotizadas, moviendo la cadera y ondulando
los hombros a golpe de melena. Aunque la mayoría no hemos sido dotadas con el
sentido del ritmo, le ponemos intención. Entonces siento una especie de
redención, al verme así, unida al compás del grupo. De repente, sin saber muy
bien porqué, me acuerdo de Beyoncé, de Madonna, de Michel Jackson, los
visualizo poderosos, como irreales, en cualquiera de sus videos musicales. Creo
entender por qué parece estar en boga esta moda de actuar, cantar o bailar ante
otros, esta experiencia interpretativa amateur en la que la mayoría nos lucimos
con lo peor que sabemos hacer. Por ello ya no me extraño cuando alguien me
invita a cenar a su casa y a los postres aparece con el “SingStar”, un
videojuego de karaoke casero que en los últimos tiempos se ha convertido en la
estrella improvisada de muchas veladas. Aconsejo a aquellos que quieran brillar
en sociedad, ampliar sus círculos amistosos, que no sean sosos y se dejan
llevar. Cultive el artista que lleva en su interior, pero siempre que le sea
posible evite que le graben o le hagan fotos si no quiere vivir un drama
posterior.
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