viernes, 19 de abril de 2013

SUMISA LUJURIOSA




En una cena reciente con un grupito de madres sale un tema candente a colación. “Mi madre dice que hay que ser algo sumisa para que funcione una relación” –dice una en plena charla sobre tíos. “¿Estás de coña? Ceder terreno no puede traer nada bueno” – contesta otra. “Los hombres son como son, algo hay que aguantar si no te quieres divorciar” –replica una tercera. “Pues yo no le paso ni una. Ese rollo entregado de la vieja escuela conmigo no cuela” –añade otra más. La primera nos cuenta entonces que ella siempre intenta conciliar, que le gusta cocinar, encargarse de los críos, que su marido en general se hace el desentendido pero que es algo que ella tiene asumido. Otra en cambio afirma que tiene las tareas repartidas, convenidas, en un “tú a tú” diario, un proyecto igualitario. Entonces llega la revelación de una que todavía no había dado su opinión: “A mí me compensa tenerlo contento, me gusta ese punto de estar receptiva, dispuesta, yo hasta lo espero desnuda cuando se va de fiesta”. En la mesa se propaga el alboroto. “No te creo, cuando sale yo siempre me mosqueo”, “me daría pereza, además, me parece una bajeza”, “¿aguantar hasta su vuelta y complacerlo cuando ha estado de copas mirando a otras?” –bombardea el resto sorprendidas por lo expuesto. Ella sonríe y habla: “es mi fantasía, me imagino aguardando a un marinero tras semanas de travesía que irrumpe como un león a mi habitación y se lanza voraz sobre mí, que me he untado la piel con cremas, delicada, lanzada. Él entonces me posee y yo me excito pensando en mi esencia femenina, como una concubina”- concluye. El resto la miramos en silencio con curiosidad, pensando si lo que dice será verdad. Ella se mira las uñas perfectamente pintadas mientras emite su conclusión: “llega un momento en toda relación en el que ser un poco putilla es la mejor opción”.

domingo, 14 de abril de 2013

TRES COLAS EN UN DÍA



Hacer cola es algo que uno aprende desde pequeño. Ya en la guardería te enseñan a esperar para ir al baño, beber agua o recibir comida. Es algo pactado, consensuado, una de las señales claras del progreso de la civilización. Incluso cuando estás de copas y sientes tanta necesidad de ir al retrete que empiezas a sudar frío, tienes que aguantar que las tres tías que tienes delante entren en plan comandita sin parar de reír y tarden más de veinte minutos en salir. “Putas” –piensas que les vas a decir. Pero te aguantas la violencia interior con eso que se llama paciencia adquirida porque no te queda otra. Me dirijo la semana pasada a unas oficinas de la administración para tratar un tema de autónomos, una historia de una subvención. Al llegar allí me encuentro con un marcador electrónico con una complicada numeración y en una esquina, una chica sentada frente a una mesa vacía que hace las veces de mostrador. “Perdona, ¿para consultar un tema de una subvención?” –digo amable. “Ve a la máquina y aprieta el número que pone información, esto es la recepción” – me contesta mascando chicle. Obediente, me dirijo a una pantalla de ordenador y pulso un botón rojo que pone “información”. Inmediatamente escupe un papelito con un número que, en base a los dígitos luminosos del marcador de la pared que va avanzando, me tiene más de media hora esperando. Cuando por fin me toca me siento en una silla y un chico de aspecto amable me dedica una mirada afable. “Hola, venía para informarme sobre una subvención” –le expongo con efusividad intuyendo cierta amabilidad. “Tienes que ir a la máquina y entre todas las opciones apretar el botón “ayudas y subvenciones” – le escucho decir. “¿Disculpa? He esperado casi una hora para el turno de información” –respondo ya cabreada. “Lo siento pero no puedo hacer nada” – y vuelve la vista a una larga lista que tiene sobre la mesa. Al límite del control me acerco de nuevo a la máquina y pulso el botón, que antes no había visto y que me da el papelito para la cola de subvención. Cuarenta minutos más tarde el marcador anuncia mi turno y de nuevo, y para mi sorpresa, me veo en la misma mesa. Yo miro al chico con ira y el me mira con la misma expresión amable y afable que ahora me parece detestable. “¿Esto hace un rato no era información?” –le digo en tono taimado. “Una compañera se ha ausentado, estoy haciendo la sustitución” –responde. “¿Me informas ahora de la subvención?” – le suelto arañando mi carpeta.  Pero tras una breve conversación descubro que hay algo que no sabía y en un “más difícil todavía” me envían de nuevo a la máquina para apretar otro botón. Yo salgo disparada por la puerta sin haber conseguido nada después de todo ese rato cuando empiezo a sentir las ganas de cometer un asesinato. Ese día aún protagonizo dos colas más. Una en el supermercado, con el carro completamente cargado y un señor delante de mi pidiendo el fiambre cortado y preparado por separado. “El jamón york en cuatro paquetes de tres lonchas, la sobrasada en tres paquetitos de unos cincuenta gramos, un cuarto de catalana preparada en cinco sobres distintos, diez taquitos de ese queso que parece el tronchón” – pide sosegado alargando todo lo posible su turno mientras el resto lo miramos con gesto taciturno. La otra cola me la como en una tienda de ropa de una importante cadena cuando a la hora de pagar, una chica que quiere hacer unos cambios lía a la cajera, que parece que no entera, y nos tiene a otras seis más con la ropa esperando. Pienso que me debería de ir pero después de todo lo que me ha costado probarme y decidir, elijo resignarme. Camino de casa por la calle Colón hago un ejercicio de visualización en el que se me plantea la existencia como una larga espera, una especie de cola vital infinita que fomenta nuestras emociones antes de las situaciones y, una vez se producen, nos conduce de manera implacable y por reacción, a una nueva situación de espera. Por ello en algunas cadenas y en parte de oficinas de la administración, parecen haber dado con la solución definitiva que todo lo abrevia: la cita previa, el remedio increíble que no puedo imaginarme aplicado a la hora de comprar jamón o de pagar un pantalón. Aunque todo es posible.

GATOS CALIENTES, RATAS ARDIENTES



Sale a la luz esta semana una exclusiva sobre Sylvie Van der Vaart, la bella modelo holandesa esposa del futbolista que, tras una breve ruptura con su pareja y la posterior reconciliación, se entera de que su marido y su mejor amiga, esa que la estuvo consolando, se la están pegando. Lo que hace que me acuerde de una historia parecida, cuando hace meses el marido de una conocida, talentoso arquitecto, enlazó varios viajes de trabajo y yo la descubrí a ella, en un par de ocasiones, con un íntimo amigo de él, una vez en el cine y otra de copas, compartiendo conversación, miradas y risas, algo que bien podría achacarse a una buena amistad, pero que, y según me han contado fuentes de las que me fío, terminó en lío. Rememoro entonces los encuentros de esa pareja furtiva y lo que entonces me pareció correcto e inocente, escondía en realidad la mácula imborrable de lo prohibido, lo indecente. Me imagino al pobre marido tiempo después, compartiendo de nuevo cenas y encuentros con su querida esposa y su amigo, totalmente ajeno a esa verdad vergonzosa. Siento pena por él hasta que me encuentro una noche en un pub a los tres bebiendo en la barra. Ella habla con el otro, el amigo, que no le quita los ojos de encima. Para mi sorpresa el marido afrentado, el que ha sido objeto de la traición, parece no darse cuenta de la situación ni en el momento en que los ve bailar, muy pegados, como en la famosa canción. Entonces se gira, cambia de expresión a modo zorro, y le observo mientras habla con la guapa camarera, la cual le dedica una sonrisa que revela que entre ellos existe algún tipo de relación. En ese momento doy con la resolución: el infiel sólo piensa en él, y no hay mejor tapadera para un engaño, que el hecho de que el otro tenga su propia distracción. O sea, que el gato pasa del ratón cuando aparece otra gata y le entra el calentón. 

domingo, 7 de abril de 2013

DESNUDO PROFANO





Hace un par de meses me incluyen en una línea de Whatsapp de madres del cole. Allí intercambiamos mensajes tipo “mañana han de llevar cartulinas” o “el jueves es el último día para entregar la autorización de la excursión”. De vez en cuando alguien comparte el nombre del restaurante o la dirección de algún lugar interesante. Una noche, estando de cena, una amiga me envía una fotografía de temática algo obscena, donde aparece Andrés Velencoso de frente y sin ropa , dejando en primer plano, casi al alcance de la mano, sus destacados atributos. Llevada por el cachondeo reenvío el material a otras más y casi sin pensar, movida por la espontaneidad, lo remito a las del chat del colegio en plan gracia. Un par de horas después, compruebo con sorpresa que ninguna ha contestado, que entre las más de veinte mujeres que formamos el grupo, nadie ha dado señales de vida. Al día siguiente el chat continua desierto y yo empiezo a arrepentirme de haberla enviado. ¿les habrá molestado?, me pregunto. Otro día, después de la salida, veo a un grupito tomando algo en una terraza de la calle Burriana y las saludo con cierta efusividad, buscando complicidad. Me parece percibir entonces algo distante, ¿me harán el vacío de ahora en adelante?,  elucubro con pesar. Un par de semanas más tarde escucho un aviso del teléfono y en la pantalla compruebo que una de las madres, al fin, se dirige al resto con el siguiente mensaje de texto: “¡fumata blanca chicas! Habemus papam”. Yo me quedo paralizada, pues si los últimos días sospechaba que el envío de la foto no era muy apropiado, ahora me doy cuenta de que la he cagado. Sólo unos minutos después continua la cadena: “me encanta el Papa Francisco, es Jesuita, argentino y bastante progresista” –cita una. “Me parece una buena elección, dicen que se preocupa mucho por los temas sociales, que ha visitado numerosos barrios marginales” –comenta otra. “El primer Papa americano, al contrario que Benedicto, parece bastante cercano” – comparte otra más. Sobre esas líneas de mensaje continua a la vista la foto del  guapo modelo en pelotas, imposible de borrar, más llamativa ahora si cabe por el contraste ejercido por esos pensamientos compartidos. Para intentar atemperar el desastre decido enviar una nota en tono de disculpa, me planteo incluso en buscar la redención alegando una equivocación. Hago varios intentos pero dado el contexto de la nueva conversación de carácter tan mariano, cualquier nueva aportación al respecto parece marcada por el tinte de lo profano. Yo me torturo mirando la foto una y otra vez, que ahora, días después, me parece más brutal, con la zona del sexo como agrandada, trucada, llamativamente velluda. Me viene a la mente la figura de María Magdalena, pecadora, salvada de ser lapidada pero marcada por la vergüenza, señalada, juzgada. Comentando el asunto con otra amiga más terrenal me hace ver que mi acción, quizás fue irreflexiva, disonante, pero para nada avergonzante. Pienso entonces que la imagen de un desnudo masculino en plenitud nunca puede ofender y menos en este caso,  donde el caballero en cuestión goza de un físico privilegiado cuyas  proporciones, en alguna zona concreta, rozan las tres dimensiones. Caigo en la cuenta de que quizás la instantánea nunca se envío por algún problema de conexión o en el momento de la recepción. Rememoro esos días de tensión, de sufrimiento, por un suceso que solo tuvo lugar en mi imaginación. De repente me encuentro en comunión con mi ser y me siento en la obligación de enviarles la fotografía, dejando de lado el tema de lo indecente y con la intención de ser coherente con mi proceder. Así que cojo el teléfono, selecciono del documento y lo envío otra vez consciente, ahora si, del momento. Minutos después alguien contesta: “¿otra ve el mismo tío en bolas?”. Otra le replica: “es Velencoso, ya lo vi la otra vez, todo un virtuoso”. Llega el tercer mensaje: “¿Velencoso? Ni le había visto la cara, menuda animalada”. Yo voy leyendo fascinada esa conversación que, gracias a la repetición, se ha producido por reacción. Respiré tranquila, sintiéndome aceptada de nuevo y con la sana sensación que en nuestro chat, reina al fin la pluralidad. 

viernes, 5 de abril de 2013

EN LAS GARRAS DEL AMOR





Durante mis años de universidad compaginé los estudios con el trabajo de azafata o camarera con la intención de sacarme unas perras. En compañía de un par de amigas las noches de los viernes me ponía detrás de la barra para servir cubatas y aguantar a algunos de los habituales que nos daban un rato la lata. Recuerdo a uno en particular, un varón que entonces rondaría los treinta y largos, apuesto, ligón, entretenido, perspicaz , lanzado y siempre bien acompañado. Años después me lo seguía encontrando de vez en cuando alguna noche de farra o con alguna jovencita en el coche,  igual de bandarra, en la máxima representación del macho hetero soltero. Pero el otro día me llevo una sorpresa cuando mientras espero en la consulta del pediatra, hace su aparición el crapulón, aquel soltero enfermizo, ahora reconvertido en padre primerizo. Acompañado de su mujer, una dama de unos cuarenta rubia, estilosa y con un punto sosa, mueve el carro donde reposa el bebé que ahora llora, con mirada vidriosa y el rostro pálido y contraído, la clara señal de no haber dormido. Ella no deja de hablar de una comida familiar y luego pasa al tema de la habitación del pequeño, en cuya decoración parece estar poniendo todo su empeño. Él asiente de manera mecánica y traga saliva mientras ejecuta lo que su esposa le acaba de ordenar, que es entregarle al niño y buscar en la bolsa un mullido cojín para amamantar. Yo lo miro y pienso “han tardado, pero al final te han cazado”. Imagino que hace siglos que no verá a su antigua pandilla, ni bailará hasta las tantas con una chica guapa que le muerda la boca, ni se beberá una copa. Me produce una satisfacción inexplicable ver atrapados a esos maduros locos por las garras del amor. No quisiera ser impertinente, pero: ¿cuál de todos será el siguiente?

lunes, 1 de abril de 2013

EL ARTISTA QUE LLEVAS DENTRO



El pasado fin de semana unos amigos nos invitan a su falla del centro. Allí me encuentro a conocidos y algunos otros que me suenan de cara, un “quién es quién” de gente bien reunidos bajo una carpa donde disfrutamos de una agradable cena tras la cual, yo me imagino que dará paso la tradicional verbena. Pero no. El destino tiene reservado para mi esa noche un plan mucho más brutal, una combinación letal que consta de disfraces y playbacks. Así que sólo una hora después, cubata en mano, observo a los falleros retirar mesas y acomodar el espacio para lo que viene a continuación. Un joven presentador da paso al espectáculo y ante mi veo desfilar a lo más granado de nuestra ciudad que, vestidos con originales disfraces, interpretan temas musicales en grupo. Sin poder apartar los ojos de un conocido doctor que se mueve en mallas vestido de piña, o de los guapos hijos de un constructor, dos universitarios talentosos formados en el extranjero, que bailan con un hula hoop mientras sus compañeras hacen piruetas sobre el suelo, me doy cuenta de que a los allí presentes lo que está ocurriendo les produce una gracia de locura, que les van la emociones fuertes, la droga dura. Luego, preguntando, me entero de que el espectáculo lleva meses de ensayos y preparación, así que llego a la conclusión, y dada la calidad de la actuación, de que la cosa les sirve de excusa para quedar una vez a la semana y hacer lo que les de gana. Lo que hace que recuerde algo ocurrido el año anterior, cuando se puso de moda entre la juventud acomodada una curiosa propuesta: terminar cantando las noches de fiesta. Así, a las cuatro de la mañana de los jueves y viernes, unos y otras se daban cita en un karaoke cercano a la Gran Vía y allí, entre frases como “tía, canto fatal” o “estás tonto, lo haces fenomenal”, entonaban sobre el escenario temas conocidos a voz en grito, borrachos como una cuba, animados por el “¡que suba! ¡que suba!” de la platea. Yo misma me sorprendí una noche interpretando a altas horas una versión penosa del “Bailar Pegados” junto a una amiga ante la mirada de colgados,  habituales y de otros como nosotras, desarraigados puntuales. Los días siguientes lo pasé fatal ante el temor de que alguien nos hubiera sacado una foto y la pudiera colgar en alguna red social.
Tampoco puedo olvidar cuando hace un par de meses me proponen un plan alternativo, una velada con picada, copa y baile incluido. “Va a estar súper divertido, viene un profesor, tras la cena suben la música, él baila y nosotras le seguimos” –me explica una conocida. Yo, que desde cría siento debilidad por las coreografías, me apunto por curiosidad. El día acordado nos damos cita en un pub latino por la zona de Aragón. Allí, tras un breve picoteo y unos vinos, Adán, que así se llama el profesor mulato, se coloca en primera fila y a ritmo de bachata, cumbia y merengue, empieza a bailar, con  los brazos en alto, exagerando los pasos y marcando el ritmo con chasquidos de boca. El resto nos vamos cogiendo, hipnotizadas, moviendo la cadera y ondulando los hombros a golpe de melena. Aunque la mayoría no hemos sido dotadas con el sentido del ritmo, le ponemos intención. Entonces siento una especie de redención, al verme así, unida al compás del grupo. De repente, sin saber muy bien porqué, me acuerdo de Beyoncé, de Madonna, de Michel Jackson, los visualizo poderosos, como irreales, en cualquiera de sus videos musicales. Creo entender por qué parece estar en boga esta moda de actuar, cantar o bailar ante otros, esta experiencia interpretativa amateur en la que la mayoría nos lucimos con lo peor que sabemos hacer. Por ello ya no me extraño cuando alguien me invita a cenar a su casa y a los postres aparece con el “SingStar”, un videojuego de karaoke casero que en los últimos tiempos se ha convertido en la estrella improvisada de muchas veladas. Aconsejo a aquellos que quieran brillar en sociedad, ampliar sus círculos amistosos, que no sean sosos y se dejan llevar. Cultive el artista que lleva en su interior, pero siempre que le sea posible evite que le graben o le hagan fotos si no quiere vivir un drama posterior.