Sandra es soltera, tiene
treinta y largos y se ha labrado una sólida carrera profesional. Tras pagar la
reforma de su piso aún le queda un pellizquito ahorrado que le hace plantearse
un dilema: inseminarse o ponerse tetas, una decisión que lleva tiempo
barruntando. «El pecho artificial como alegoría de la concepción artificial. La
mujer autosuficiente rompiendo los esquemas de familia pero necesitada a la vez
de los dos emblemas de la sexualidad más primaria. Poético y a la vez frívolo y
real», expone a sus amigas. Una, madre de dos niños, tiene clara su postura,
«sin duda voto por embarazo, el clímax de la feminidad tiene que ver con la
maternidad. A fin de cuentas los pechos no son sino un medio útil cuyo fin es
amamantar, pagando la inseminación estás cumpliendo un doble objetivo. Cuando
tengas a tu bebé en brazos no te importará si tus tetas están abajo», defiende.
Otra del grupo basa su alegato en la practicidad, «yo invertiría en el escote
pues puede actuar como cebo y traerte gratis al inseminador, y quien sabe si
incluso hasta un poco de amor. Además está demostrado que una mejora en el
físico aumenta la autoestima, y vas a tener que renovar toda tu ropa interior,
¿se te ocurre algo mejor?», expone con matiz cómico. La tercera se muestra más
equilibrada, «el orden en este caso es fundamental. Después de dos embarazos te
diré que esos nueves meses de gestación más el post parto provocan en el pecho
verdaderos estragos. Además para ser madre hay un plazo. Yo voto por el hijo,
ya habrá tiempo para tetas», opina. La interesada, que ha escuchado sin hablar,
afirma, «pienso que el hecho de poner al mismo nivel descendencia y delantera ya
es de por si esclarecedor. Además aún creo en el flechazo, la boda y las
perdices, solo que la princesa de mi cuento tiene claro que en el mundo en el
que vive es más fácil si estás buena», sentencia.
lunes, 1 de junio de 2015
HERENCIA MASCULINA
Me deja pensando la
conversación que escucho el otro día durante una comida. El interlocutor es un
hombre apuesto de casi cincuenta que habla con afecto de la estrecha relación
que mantiene con su sobrino, que acaba de cumplir los veinte. «Cuando salgo de
viaje le dejo las llaves de mi piso y el coche. Por lo visto tiene bastante
éxito con las chicas y, si me pongo en su lugar, a su edad yo hubiera pagado
por tener un lugar donde poder llevar a mis amigas y retozar», cuenta. La cosa
se pone en modo mesiánico cuando, el varón en cuestión, casado hace no mucho
con una dama atractiva bastante más joven que él, comparte con el resto el
consejo fundamental que le dio a su sobrino el día que cumplió la mayoría de
edad. «Le hice una única advertencia: tienes prohibido casarte antes de los
treinta y cinco. De hecho me dan miedo aquellos que contraen matrimonio pronto,
pues la secuencia es la siguiente. Te comprometes con tu novia que conociste a
los veintidós, a los veintiocho pasáis por el altar y el primer hijo llega a
los treinta por presiones familiares. Para cuando tenéis treinta y tres la que
es tu mujer ya ha tenido dos hijos y está criando y tú tienes una secretaria de
veinticuatro, con el culo duro como esta mesa y el bulto de las tetas marcado
en la chaqueta. Si hasta el momento no has tenido sexo suficiente, y te aseguro
que nunca se tiene, se te va la olla y desciendes a los infiernos para arañarle
a la vida esas horas no legales de placer que de repente te parecen
fundamentales. Entonces llega el lío y el clásico periplo de la bragueta hacia
la madurez, que en el caso de los tíos se da ya cumplidos los cuarenta»,
sentencia. Yo dudo entre si rebatir o aplaudir cuando él añade una excepción,
«todo esto queda anulado si de verdad sientes que estás enamorado», concluye
distraído con la mirada puesta en el escote de una joven camarera que anda
cerca.
TESTIGO DE UN BESO
Leo que los más jóvenes están
mucho menos interesados en el sexo de lo que lo estábamos nosotros y todas las
generaciones anteriores. También me entero de que la tendencia va a hacia el
mundo virtual, los encuentros a distancia, el tema más mental. Me viene a la
cabeza la imagen de una pareja que vi el otro día dándose el lote en la Gran
Vía mientras yo esperaba en un semáforo. Él sujetaba la cabeza de ella entra
las manos y recorría su cuello con besos ligeros. Ella entonces lo miró y
atrapó su labio inferior con los dientes, él sonrió y ambos se fundieron en un
rotundo morreo, sus piernas se cruzaron haciendo que los cuerpos pegados se
ladearan originando un sutil juego de pies, una tenue danza improvisada, un ejercicio
de equilibrio que los mantuvo ajenos al mundo por el espacio de esos instantes.
Continuo mi camino y me cruzo con varios grupitos de adolescentes que salen del
colegio hasta arriba de ortodoncias, de mochilas cargadas, de melenas
enredadas, de monopatines, de brillo de labios, de brotes de acné, de
calcetines por la rodilla, de siluetas alargadas, descompensadas, un coro de
voces roncas y aflautas y risas exageradas que se forman y aprenden idiomas,
preparándose para un futuro profesional incierto. Me entran ganas de decirles
que pasen un poco del móvil, que no se sientan mal por lo que otros cuelgan en
Instagram, porque es casi todo mentira, que escriban una carta a mano por lo
menos una vez, o una nota, que envíen una postal, que aprendan a valorar una
buena conversación, que el olor y la textura de la piel son infinitamente mejor
que la pantalla del ordenador, que es mejor decir “te quiero” que enviar un
emoticono con los ojos de corazón, que compartir es mucho más que publicar
contenido en tu muro y que la prueba de que estás enamorado no es una carpeta
de mensajes guardados ni una palabra en tu estado, sino el pulso acelerado.
lunes, 27 de abril de 2015
PAGAR POR AFECTO
Me tiene un rato
reflexionando una frase de la película italiana “La gran belleza” en la que una
vieja amiga le comenta al protagonista, mientras cenan un plato de sopa, “de vez en cuando un amigo tiene el deber de hacerle sentir al otro como
cuando era niño”. Enlazo mentalmente con una noticia que leo en un diario
digital que afirma, estadística en mano, que un tercio de los hombres que
recurre a prostitutas lo hace buscando afecto y cariño, por delante del sexo.
Pienso en varias parejas que conozco y llego a una conclusión: las mujeres,
como algo normal, reclamamos en la persona que tenemos al lado respeto,
lealtad, cariño y comprensión, pero, ¿somos a la vez conscientes de las
verdaderas necesidades afectivas que tiene el varón?. Le pregunto a un amigo
divorciado y de nuevo enamorado acerca de los motivos reales de su separación,
y me confiesa que en lo más hondo de su corazón anhelaba sentirse querido.
«Cuando estaba casado nunca pensé en otra mujer como algo sexual, sino que
empecé a echar en falta el beso de la mañana, un abrazo de despedida o de
bienvenida, una caricia, una mirada de complicidad, el calor de la cama
compartida, dormir con los cuerpos enlazados, un “¿cómo estás?”, “¿te puedo
ayudar?”, un “todo va a ir bien”, cogerse de la mano, los mordiscos en el
cuello, la sensación de unos dedos enroscados en el pelo, el saberse escuchado,
llegar tarde de trabajar y que te esperen para cenar o levantarte temprano para
coger un avión y que esa persona te acompañe para desayunar, que alguien
disfrute de mi olor, compartir manta en el sofá, salir a dar un paseo, mirarse
de verdad…», enumera. Yo lo miro y pienso que quizá el secreto del amor eterno
no tenga tanto que ver con la química y la pasión. La clave puede estar en esas
cosas que parecen insignificantes pero que en el fondo son tremendamente
importantes.
lunes, 20 de abril de 2015
CALIENTE DE CABEZA
Merche llegaba el otro día a
la conclusión de que los días de lluvia, cuando está aún metida en la cama por
la mañana y escucha las gotas rebotando en cristal, le entran muchas ganas de hacer el amor. Casi a la vez se
daba cuenta de que al aplicarse crema en los senos y sobre la parte alta de las
piernas tras hacer ejercicio, también sentía un nivel considerable de
excitación. Al subir junto a su marido en coche, en el momento de ponerse el
cinturón, el ruido metálico del enganche y la sensación del tejido duro
ajustado a su cuerpo inmovilizado, le hizo pensar en un brazo desconocido que
la rodeaba desde atrás mientras alguien susurraba palabras húmedas en su oído.
En una comida derramó por descuido un poco de aceite sobre la mesa y, en vez de
limpiarlo con un trapo, posó el dedo sobre la gota y la extendió, disfrutando
la textura de esa superficie lisa y satinada que le recordó a la suave fricción
que se produce cuando la piel está mojada. Merche se aplica el pintalabios y
luego se repasa la boca con el dedo, desde el pequeño pliegue central hasta la
comisura, emborronando ligeramente los contornos que parecen recién salidos de
un beso. No hace mucho ha empezado a ser consciente del momento en el que se
quita el sujetador y su pecho queda liberado, suspendido, acariciado por una
brisa que parece gravitar en el espacio de su habitación. Y de cuando se seca
el pelo con el secador y cierra los ojos concentrada en el chorro caliente que
traslada desde la parte alta de su cabeza, hasta su frente, y baja lento por el
rostro, transcurre por su torso y descansa en su barriga. «A ti te falta sexo»,
es la conclusión que saca su íntima amiga cuando ella le cuenta lo que vive. Merche
niega con un gesto y sonríe, pues el sexo que ella desea es el que tiene en su
cabeza. Lo otro hace ya tiempo que le da bastante pereza.
AQUÍ AMOR ALLÁ SEXO
«Ahora ya sé como piensan los
tíos», afirma Blanca, «la clave está en separar el sexo del amor, tratarlos
como dos elementos compatibles pero perfectamente independientes. Esa es la
clave del instinto cazador del varón que se basa en la obtención de parejas
sexuales con la intención de afirmarse. Ellos no piensan que para gozar hay que
amarse», señala. Otra del grupo saca a colación una frase del guión de la
película Nymphomaniac, de Lars von Trier, en la que una joven le dice a la protagonista,
“el amor es el ingrediente secreto del sexo”, a lo que mi amiga añade, «creo que el impulso carnal sin
sentimiento tiene que ver más con el comportamiento animal que con lo vínculos
que se crean entre humanos».
Blanca habla entonces de los
mitos románticos, de la idea impuesta de noviazgo y matrimonio, de los “te
quiero”, los “te amo”, del “no soy nada sin ti”, de la fantasía de dar con esa
media naranja que te complete y junto a la que todo cobre sentido, «eso es algo
pleno y placentero que sin duda está muy bien. Pero la historia ha revelado que
un hombre puede estar enamorado de su mujer y a la vez tener sexo con otra, y
no por eso dejarla de querer. Se le llama affaire y está socialmente aceptado.
¿De verdad creéis que ellos están más preparados?, si ya está más que
demostrado que no puede hacer más de una cosa a la vez», constata. Entonces
anima al resto de las presentes a tener una aventura, «que no es lo mismo que
ser infiel, pues se puede hacer estando soltera. La idea es centrarse en lo físico
prescindiendo de la carga del compromiso. Se supone que esa liberación de la
carga emocional nos ocurre ya cumplidos los cincuenta, pero yo os animo a
adelantaros, a aprender a separar la carne del pescado, el vino del agua, lo
dulce y lo salado o, ¿acaso al hombre se le dice en algún momento de su vida
que para disfrutar en la cama hace falta estar enamorado?
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