lunes, 1 de junio de 2015

EL HIJO O LAS TETAS




Sandra es soltera, tiene treinta y largos y se ha labrado una sólida carrera profesional. Tras pagar la reforma de su piso aún le queda un pellizquito ahorrado que le hace plantearse un dilema: inseminarse o ponerse tetas, una decisión que lleva tiempo barruntando. «El pecho artificial como alegoría de la concepción artificial. La mujer autosuficiente rompiendo los esquemas de familia pero necesitada a la vez de los dos emblemas de la sexualidad más primaria. Poético y a la vez frívolo y real», expone a sus amigas. Una, madre de dos niños, tiene clara su postura, «sin duda voto por embarazo, el clímax de la feminidad tiene que ver con la maternidad. A fin de cuentas los pechos no son sino un medio útil cuyo fin es amamantar, pagando la inseminación estás cumpliendo un doble objetivo. Cuando tengas a tu bebé en brazos no te importará si tus tetas están abajo», defiende. Otra del grupo basa su alegato en la practicidad, «yo invertiría en el escote pues puede actuar como cebo y traerte gratis al inseminador, y quien sabe si incluso hasta un poco de amor. Además está demostrado que una mejora en el físico aumenta la autoestima, y vas a tener que renovar toda tu ropa interior, ¿se te ocurre algo mejor?», expone con matiz cómico. La tercera se muestra más equilibrada, «el orden en este caso es fundamental. Después de dos embarazos te diré que esos nueves meses de gestación más el post parto provocan en el pecho verdaderos estragos. Además para ser madre hay un plazo. Yo voto por el hijo, ya habrá tiempo para tetas», opina. La interesada, que ha escuchado sin hablar, afirma, «pienso que el hecho de poner al mismo nivel descendencia y delantera ya es de por si esclarecedor. Además aún creo en el flechazo, la boda y las perdices, solo que la princesa de mi cuento tiene claro que en el mundo en el que vive es más fácil si estás buena», sentencia. 

HERENCIA MASCULINA

                                    


Me deja pensando la conversación que escucho el otro día durante una comida. El interlocutor es un hombre apuesto de casi cincuenta que habla con afecto de la estrecha relación que mantiene con su sobrino, que acaba de cumplir los veinte. «Cuando salgo de viaje le dejo las llaves de mi piso y el coche. Por lo visto tiene bastante éxito con las chicas y, si me pongo en su lugar, a su edad yo hubiera pagado por tener un lugar donde poder llevar a mis amigas y retozar», cuenta. La cosa se pone en modo mesiánico cuando, el varón en cuestión, casado hace no mucho con una dama atractiva bastante más joven que él, comparte con el resto el consejo fundamental que le dio a su sobrino el día que cumplió la mayoría de edad. «Le hice una única advertencia: tienes prohibido casarte antes de los treinta y cinco. De hecho me dan miedo aquellos que contraen matrimonio pronto, pues la secuencia es la siguiente. Te comprometes con tu novia que conociste a los veintidós, a los veintiocho pasáis por el altar y el primer hijo llega a los treinta por presiones familiares. Para cuando tenéis treinta y tres la que es tu mujer ya ha tenido dos hijos y está criando y tú tienes una secretaria de veinticuatro, con el culo duro como esta mesa y el bulto de las tetas marcado en la chaqueta. Si hasta el momento no has tenido sexo suficiente, y te aseguro que nunca se tiene, se te va la olla y desciendes a los infiernos para arañarle a la vida esas horas no legales de placer que de repente te parecen fundamentales. Entonces llega el lío y el clásico periplo de la bragueta hacia la madurez, que en el caso de los tíos se da ya cumplidos los cuarenta», sentencia. Yo dudo entre si rebatir o aplaudir cuando él añade una excepción, «todo esto queda anulado si de verdad sientes que estás enamorado», concluye distraído con la mirada puesta en el escote de una joven camarera que anda cerca.

TESTIGO DE UN BESO



Leo que los más jóvenes están mucho menos interesados en el sexo de lo que lo estábamos nosotros y todas las generaciones anteriores. También me entero de que la tendencia va a hacia el mundo virtual, los encuentros a distancia, el tema más mental. Me viene a la cabeza la imagen de una pareja que vi el otro día dándose el lote en la Gran Vía mientras yo esperaba en un semáforo. Él sujetaba la cabeza de ella entra las manos y recorría su cuello con besos ligeros. Ella entonces lo miró y atrapó su labio inferior con los dientes, él sonrió y ambos se fundieron en un rotundo morreo, sus piernas se cruzaron haciendo que los cuerpos pegados se ladearan originando un sutil juego de pies, una tenue danza improvisada, un ejercicio de equilibrio que los mantuvo ajenos al mundo por el espacio de esos instantes. Continuo mi camino y me cruzo con varios grupitos de adolescentes que salen del colegio hasta arriba de ortodoncias, de mochilas cargadas, de melenas enredadas, de monopatines, de brillo de labios, de brotes de acné, de calcetines por la rodilla, de siluetas alargadas, descompensadas, un coro de voces roncas y aflautas y risas exageradas que se forman y aprenden idiomas, preparándose para un futuro profesional incierto. Me entran ganas de decirles que pasen un poco del móvil, que no se sientan mal por lo que otros cuelgan en Instagram, porque es casi todo mentira, que escriban una carta a mano por lo menos una vez, o una nota, que envíen una postal, que aprendan a valorar una buena conversación, que el olor y la textura de la piel son infinitamente mejor que la pantalla del ordenador, que es mejor decir “te quiero” que enviar un emoticono con los ojos de corazón, que compartir es mucho más que publicar contenido en tu muro y que la prueba de que estás enamorado no es una carpeta de mensajes guardados ni una palabra en tu estado, sino el pulso acelerado.

lunes, 27 de abril de 2015

PAGAR POR AFECTO




Me tiene un rato reflexionando una frase de la película italiana “La gran belleza” en la que una vieja amiga le comenta al protagonista, mientras cenan un plato de sopa, “de vez en cuando un amigo tiene el deber de hacerle sentir al otro como cuando era niño”. Enlazo mentalmente con una noticia que leo en un diario digital que afirma, estadística en mano, que un tercio de los hombres que recurre a prostitutas lo hace buscando afecto y cariño, por delante del sexo. Pienso en varias parejas que conozco y llego a una conclusión: las mujeres, como algo normal, reclamamos en la persona que tenemos al lado respeto, lealtad, cariño y comprensión, pero, ¿somos a la vez conscientes de las verdaderas necesidades afectivas que tiene el varón?. Le pregunto a un amigo divorciado y de nuevo enamorado acerca de los motivos reales de su separación, y me confiesa que en lo más hondo de su corazón anhelaba sentirse querido. «Cuando estaba casado nunca pensé en otra mujer como algo sexual, sino que empecé a echar en falta el beso de la mañana, un abrazo de despedida o de bienvenida, una caricia, una mirada de complicidad, el calor de la cama compartida, dormir con los cuerpos enlazados, un “¿cómo estás?”, “¿te puedo ayudar?”, un “todo va a ir bien”, cogerse de la mano, los mordiscos en el cuello, la sensación de unos dedos enroscados en el pelo, el saberse escuchado, llegar tarde de trabajar y que te esperen para cenar o levantarte temprano para coger un avión y que esa persona te acompañe para desayunar, que alguien disfrute de mi olor, compartir manta en el sofá, salir a dar un paseo, mirarse de verdad…», enumera. Yo lo miro y pienso que quizá el secreto del amor eterno no tenga tanto que ver con la química y la pasión. La clave puede estar en esas cosas que parecen insignificantes pero que en el fondo son tremendamente importantes.

lunes, 20 de abril de 2015

CALIENTE DE CABEZA




Merche llegaba el otro día a la conclusión de que los días de lluvia, cuando está aún metida en la cama por la mañana y escucha las gotas rebotando en cristal, le entran  muchas ganas de hacer el amor. Casi a la vez se daba cuenta de que al aplicarse crema en los senos y sobre la parte alta de las piernas tras hacer ejercicio, también sentía un nivel considerable de excitación. Al subir junto a su marido en coche, en el momento de ponerse el cinturón, el ruido metálico del enganche y la sensación del tejido duro ajustado a su cuerpo inmovilizado, le hizo pensar en un brazo desconocido que la rodeaba desde atrás mientras alguien susurraba palabras húmedas en su oído. En una comida derramó por descuido un poco de aceite sobre la mesa y, en vez de limpiarlo con un trapo, posó el dedo sobre la gota y la extendió, disfrutando la textura de esa superficie lisa y satinada que le recordó a la suave fricción que se produce cuando la piel está mojada. Merche se aplica el pintalabios y luego se repasa la boca con el dedo, desde el pequeño pliegue central hasta la comisura, emborronando ligeramente los contornos que parecen recién salidos de un beso. No hace mucho ha empezado a ser consciente del momento en el que se quita el sujetador y su pecho queda liberado, suspendido, acariciado por una brisa que parece gravitar en el espacio de su habitación. Y de cuando se seca el pelo con el secador y cierra los ojos concentrada en el chorro caliente que traslada desde la parte alta de su cabeza, hasta su frente, y baja lento por el rostro, transcurre por su torso y descansa en su barriga. «A ti te falta sexo», es la conclusión que saca su íntima amiga cuando ella le cuenta lo que vive. Merche niega con un gesto y sonríe, pues el sexo que ella desea es el que tiene en su cabeza. Lo otro hace ya tiempo que le da bastante pereza.

AQUÍ AMOR ALLÁ SEXO



«Ahora ya sé como piensan los tíos», afirma Blanca, «la clave está en separar el sexo del amor, tratarlos como dos elementos compatibles pero perfectamente independientes. Esa es la clave del instinto cazador del varón que se basa en la obtención de parejas sexuales con la intención de afirmarse. Ellos no piensan que para gozar hay que amarse», señala. Otra del grupo saca a colación una frase del guión de la película Nymphomaniac, de Lars von Trier, en la que una joven le dice a la protagonista, “el amor es el ingrediente secreto del sexo”, a lo que mi amiga  añade, «creo que el impulso carnal sin sentimiento tiene que ver más con el comportamiento animal que con lo vínculos que se crean entre humanos».
Blanca habla entonces de los mitos románticos, de la idea impuesta de noviazgo y matrimonio, de los “te quiero”, los “te amo”, del “no soy nada sin ti”, de la fantasía de dar con esa media naranja que te complete y junto a la que todo cobre sentido, «eso es algo pleno y placentero que sin duda está muy bien. Pero la historia ha revelado que un hombre puede estar enamorado de su mujer y a la vez tener sexo con otra, y no por eso dejarla de querer. Se le llama affaire y está socialmente aceptado. ¿De verdad creéis que ellos están más preparados?, si ya está más que demostrado que no puede hacer más de una cosa a la vez», constata. Entonces anima al resto de las presentes a tener una aventura, «que no es lo mismo que ser infiel, pues se puede hacer estando soltera. La idea es centrarse en lo físico prescindiendo de la carga del compromiso. Se supone que esa liberación de la carga emocional nos ocurre ya cumplidos los cincuenta, pero yo os animo a adelantaros, a aprender a separar la carne del pescado, el vino del agua, lo dulce y lo salado o, ¿acaso al hombre se le dice en algún momento de su vida que para disfrutar en la cama hace falta estar enamorado?