viernes, 14 de marzo de 2014

LA HORA DEL SEXO



Descubrí ayer los resultados de un estudio realizado por la London School of Economics. En él se afirma con seguridad que el jueves por la mañana es el momento preferido por las mujeres para tener sexo. No es broma. La conclusión me hace pensar que los analistas son hombres y además son optimistas, que fijo que no tienen un hijo pequeño y que no se tienen que levantar para ir a trabajar. El texto afirma que en la franja matinal es cuando ellas segregan mayor número de estrógenos y ellos de testosterona, dejando los cuerpos con la química óptima para el mambo. Habla además del mito de las erecciones mañaneras como si fuera un fenómeno natural, una erupción salvaje imposible de controlar a cualquier edad. Lo que no aclara es que además de no ser tan frecuentes, no son el reflejo de ningún estímulo sexual, sino más bien un tic físico, como aquel que cruje los dedos o guiña distraído el ojo. Hablando del tema con amigas la mayoría se declara partidaria del sexo en sesión diurna, siempre y cuando no tengan que madrugar, ni arreglar la casa como una loca, ni vestirse en segundos, ni lidiar con dos niños pequeños para que se pongan la ropa. El mito del sábado noche cae en mi estudio, siendo desterrado por obvio y etílico, más valido para sufragar un calentón de emergencia que para recrearse en la pasión. De hecho, en un mundo idílico, la mayoría de damas escogería el momento de la siesta de verano, tras una comida en la playa regada con vino blanco, en una cama ventilada, sin prisas, presiones ni interrupciones. Al ser preguntadas sobre cual sería la pareja ideal, se da un consenso total: un tipo sensible, bien dotado, con los bíceps marcados, sonrisa atractiva, mirada verdosa, cadera curva y voz rasgada. ¿Y las que tienen pareja estable?, se preguntarán. La realidad es que a la mujer le mueve lo deseable, aunque no sea una opción. Larga vida a la imaginación.

lunes, 10 de marzo de 2014

UN GRUPITO DE WHATSAPP




Me han metido en un grupito de WhatsApp que tiene como nombre de guerra “Rabos”. Pese a que muchas de las participantes están casadas o emparejadas ninguna habla nunca de su marido, algo que me parece desconcertante y a la vez divertido. El grupo surgió en un principio con el fin de organizar una cena bajo el alias de “sábado noche”. Tras la velada una envió una foto de varios tíos en pelotas con la idea de animar la semana y, en vista de la buena aceptación, otra más lanzada decidió renombrarnos y escoger un sustantivo que, lejos de ser sutil, consiguiera definir el carácter erótico-festivo y faltón que gobierna nuestra unión, y así opto por un contundente “rabos”. En dicho chat se alternan mensajes que informan sobre alguna actividad infantil, el teléfono de una peluquería, fotografías muy bestias que a más de una sonrojarían, recetas de cupcakes, chistes guarros, apuntes de moda, críticas diabólicas y observaciones sexológicas como “ayer vibré” o “me he comprado lencería de putón”. Me ha pasado más de una vez estar en una reunión o mostrar a alguna madre del colegio alguna información en el teléfono cuando, en la parte superior de la pantalla, aparece un mensajito del grupo. Es entonces cuando la visión de ese “rabos” a traición, que parece agrandarse y eternizarse para la ocasión, me deja mirando el dispositivo con la ceja levantada. La otra persona suele hacer como que no ha visto nada y yo mascullo alguna excusa peregrina, como “debe de ser una broma” o “¿a ver? no sé de qué se trata”. Tengo claro que el material de ese chat abriría a los psicoanalistas un nuevo camino sobre como se estructura el pensamiento femenino, más complejo, socarrón y sofisticado de lo que siempre se ha pensado. Y así se aclararía uno de los puntos fundamentales: puede que los hombres sean más directos y sexuales, pero es seguro que nosotras somos más creativas y brutales.


EL GARITO DE MODA




En un lugar de la Gran Vía cuyo nombre no voy a desvelar, se da cita desde hace meses gente de distintas tribus para tomar unas copas y bailar. Así a bote pronto quizás la introducción les traiga a la cabeza el término “pub” o “discoteca”. Pero no. Esto es algo más. Y son varios los motivos que han convertido a este garito en uno de mis favoritos y en objeto de mi estudio. En primer lugar es un tema de disposición del espacio, que es hacia abajo. Para empezar, y cuando se trata de un local de ocio, todo lo que sea bajar es atractivo. El descenso en nuestra mente está unido a lo ilícito, a lo prohibido y en consecuencia divertido. La idea de reunirse bajo tierra, en un búnker o en una madriguera siempre tiene un punto de desfase. ¿O acaso no es el infierno el lugar adonde van a parar los descarriados, los amantes de la nocturnidad, de lo lascivo, los que van por el camino alternativo y aquellos proclives a la vida loca? En segundo lugar está el tempo. Por un motivo que aún no he conseguido descifrar, a partir de la medianoche, a la hora en la que en otros locales aún se encuentran preparando el material, la barra está tomada por gente con ganas de farra y la pista la tienen a tope. Así te saltas la tourné etílica que te hace de ir de pub en pub, socializando a la fuerza mientras haces tiempo hasta que se hace la hora de bailar. Este horario, muy acorde a la práctica europea, hace que te ahorres más de una melopea y que puedas llegar a tu casa a una hora prudente. Las consecuencias ya se han empezado a notar y sé de algunos grupos que quedan “por amor al baile”, convirtiendo la práctica rítmica en una ceremonia casi tribal. El tercer punto, y aquí viene lo interesante, es la mezcla de público que están consiguiendo fidelizar. Lo que empezó como una alternativa para aquellos amantes de la modernor, (gafas de pasta y barba ellos, zapatillas Victoria y vestido retro ellas), se ha ido ampliando hasta dar con un batiburrillo que alberga profesionales liberales, artistas, tipos en apariencia normales, salidores profesionales, separados, enamorados, grupitos de madres que acuden después de la cena, personas con inquietudes musicales que huyen de los clásicos temas de verbena y diferentes tipos de pijos. Pese a que la edad también es variada la mayoría tiene de treinta para arriba. Esta mezcla enriquece, da color y dota a la noche de un sentido abierto y democrático, como la masa de un concierto o la sala de espera del médico. He observado además que, gracias a las particularidades que se dan en el local, han vuelto ciertas prácticas vintage como el ligoteo abierto entre grupos y el morreo. Hay dos salas, una con música de baile molona en la que cuelan algún tema un poco más comercial, y otra con una selección más cambiante, lo que genera el tráfico de aquellos que se desplazan de sala a sala para ver qué tal. Cada vez que voy descubro algún grupo nuevo que, atraído por los cantos de sirena, se ha decidido a probar y se quedan sorprendidos al verse engullidos por esa platea bulliciosa y bailonga. Para muchos que ya han cumplido cierta edad, este lugar es una segunda oportunidad para recuperar la ilusión por la noche. Sin folklore, sin gogós, sin camareras neumáticas, ni humo con olor a fresa, ni luces láser de neón, ni chupitos fosforescentes, ni privados, reservados, ni columnas de espejo, ni toda la parafernalia hortera que suele envolver a la esfera discotequera. Quizás es la sobriedad, la dosificación de artificios y la ausencia de intención lo que le da el aspecto de un lienzo en blanco, una superficie fértil, neutral y liberada del peso de las modas pasadas. Animo a los empresarios a partir de cero y lanzarse con más propuestas como esta. La fórmula es sencilla: música buena, no garrafón, ser prudentes con la decoración, que el personal sea gente normal, que haya el número de baños adecuado y que estén cuidados. Si son coherentes, están atentos a la tendencia del momento y no tratan al público como borregos, verán como su facturación va en aumento.



AVENTURAS DE OCASIÓN



El martes de esta semana tomo la parte central de la Gran Vía dispuesta a recorrerla para llegar hasta su confluencia con Ruzafa en compañía de mis hijos. Tras pasar la fuente dedicada al Marqués de Campo, aparecen ante nosotros las casetas en tono madera de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, que se mantendrá en la ciudad desde el viernes hasta pasadas las fallas. En nuestro camino encontramos unos voluminosos palés cubiertos por plástico negro. «¿Eso qué es?» –pregunta mi hijo. «Son libros» –le informo. «Son juguetes» – rebate mirando curioso. «Es más o menos lo mismo» –le digo. En ese momento un señor abre con un cúter uno de los palés dejando al descubierto su contenido. Mi hijo observa fascinado las cubiertas de esos volúmenes coloridos que, en este caso, esconden historias para niños, juveniles y algo de ciencia ficción. «¡Mira, los de Barco de Vapor!» –les digo con repentina emoción. Y descubro en el enorme montón “Fray Perico y su Borrico”, “Asesinato en el Orient Express”, “El secreto de la arboleda”, “Pesadilla en Winnipeg” y muchas de las historias que me llenaron la cabeza en mis años de colegio. En otro apartado están los de “El Club de los Cinco” y saco “Los cinco en las rocas del diablo” y “Los cinco y el tesoro de la isla”. Rememoro las vivencias de esa pandilla de amigos que se embarcaban en peligrosas aventuras, encontrando tesoros o persiguiendo a criminales. Pienso en que ya no se escriben historias tan emocionantes como las de antes, que ahora en la mayoría de los casos se afanan en transmitir una combinación de didactismo, moralismo, igualitarismo y multiculturalismo, metido todo con palanca, que resta a los textos credibilidad, dotándolos del halo de lo políticamente correcto y fomentando la transmisión de valores e imposiciones, pero por cojones. En otro de los puestos ya está casi todo preparado para el día de la apertura. Ocupando la primera fila se encuentran alineados “La penúltima verdad”, “El fin de la eternidad”, “La tierra permanece”, “Caminos ocultos”, “Lámpara de noche” y “Limbo”. La oportuna selección apocalíptica me trae a la cabeza las predicciones de hace unos años de James Lovelock, el famoso científico ambientalista. Sus teorías vuelven a estar en la primera plana a tenor de las condiciones climatológicas extremas que han azotado a Europa en los últimos tiempos. Según el erudito en el año 2.030 solo podrá sobrevivir un veinte por ciento de la población mundial. El mensaje catastrofista e irreversible, según el doctor, viene acompañado de un bálsamo calmante pero nada esperanzador: “disfruten mientras puedan”. Yo miro a mis hijos riendo y me planteo si la disposición de esos libros, por algo más que una casualidad, marcará el ritmo de ese final. El librero ordena otro grupo de ejemplares en ese momento. Me acerco ávida para descubrir cual es ahora la combinación. En una hilera coloca ante mis ojos “Así habló Zaratustra”. A su lado, en la siguiente pero al mismo nivel, pone “La existencia después de la muerte”. «Joder» – me digo. El señor se gira y continua a lo suyo dejándome sumida en una reflexión sobre el debacle de la humanidad y por contraste, la apacible sensación que me produce el sentirme rodeada por esa masa de libros. Trato de interpretar el significado de ese momento y caigo en la cuenta de que por derivación, la lectura es nuestra tabla de salvación, el pasaporte a un mundo más amplio y a una fuente de experiencias ajenas que pueden trasladarnos a una dimensión superior. Pese a que una parte de mi se convence de que ese viejo profesor se puede equivocar, vuelvo sobre mis pasos y me dirijo a los libros que descansan sobre el palé. Al fin doy con la “Guía de Supervivencia de los Cinco” y compro un ejemplar para cada uno de mis hijos. Pues, y en caso de que ese desenlace mortal sea cierto, quiero estar completamente segura de que ellos dos están entre los escogidos de ese veinte por ciento. Cabe la posibilidad de que todos esos libros de ocasión, al quedarse descolgados dejando el protagonismo a los escritos más acordes con la tendencia de su momento, guarden en conjunto el total de sabiduría. Yo si fuera usted me lo plantearía.





viernes, 28 de febrero de 2014

EL GALLO GANADOR




Coincido el otro día en una cena con dos varones desconocidos, amigos de unos amigos. El primero tiene cuarenta y largos, es alto, bien parecido y tiene un punto interesante. El segundo rondará los sesenta, es de estatura media, parece de entrada callado y no destaca por agraciado. En la mesa además hay un par de solteras de buen ver que, y como las abejas al panal, ponen toda su atención en el primero, que parece pasarlo fenomenal. Éste, el guapo, habla con seguridad de su trabajo de asesor y nos narra sus gustos en pintura y fotografía, mientras reparte sonrisas encantador. Las damas asienten y lo miran como si fuera lo más fascinante del mundo entero y casi se caen de la silla cuando descubren que es hetero y está soltero. El segundo, que ha permanecido hasta el momento en un plano inferior, se va soltando echando mano de ese valor tan seguro que es el sentido del humor. Ya calientes por el vino, las señoras viran su atención hacia este señor inteligente que se confiesa amante de la cocina, el vino y la buena conversación. El primero, que lleva un rato ausente, trata de recuperar su lugar hablando de ejercicio y nos instruye sobre cómo nos tenemos que cuidar con ciertos hábitos alimenticios. El segundo dice entonces que a las señoras hay que tratarlas como si fueran una pareja de vals, acompañarlas con suavidad intentando seguir su ritmo pero sin agobiar. El primero dice que le gustan las mujeres que van despacio y le dejan mantener su espacio. El segundo afirma que la dama se vuelve más bella con la maternidad y asegura que la mujer madura y segura le parece irresistible. El primero parece confundido y percibo su estatus: tocado y hundido. Tras el postre se marcha a casa alegando que tiene que madrugar y el otro, el vencedor, acaba la velada siendo el centro de atención. Así queda confirmado que, en estos casos, la ciencia que mejor funciona es sin duda la experiencia.

viernes, 21 de febrero de 2014

SÍNDROME DEL VESTUARIO


Leo que cada vez hay más hombres aquejados del llamado “síndrome del vestuario”, una suerte de patología que surge por la comparativa, muchas veces inconsciente, entre miembros. Por una compleja ecuación neuronal, el macho tendería a percibir su órgano sexual como más pequeño de lo que realmente es, activando en su cerebro una cadena de mecanismos que atacarían, en última instancia, a su autoestima. Aquí el varón tiene mucho que aprender de la mujer. Pues, y de una manera innata que quizás tiene que ver con una rama de la ciencia conectada con el instinto de supervivencia, nosotras tendemos a ver en las otras una realidad adaptada. Es decir, que si la hembra tiene un pecho perfecto nuestros ojos irán directos al culo, la rodilla o a cualquier otra parte de su cuerpo hasta dar con el defecto. Gracias a esta mirada sesgada se lleva a cabo una compensación que equilibra la visión y nos protege del desánimo. Con el tema de las parejas pasa un poco igual. Si un tío se pasea con una acompañante despampanante el resto lo verá como un triunfador y lo imaginará atendido por esa ninfa descomunal, que no sólo es sexy y diligente sino que destaca por trabajadora, inteligente y buena conversadora. Para nosotras es diferente. Cuando vemos a otra en compañía de un tío guapo y encantador, que además es un padrazo y tiene aura de triunfador, pensamos al segundo en cual será la tara, que quizás es una suegra obsesionada, o resulta que la caga cuando abre la boca, o es un picha loca. En ambos casos nosotras hemos aprendido a paliar el padecimiento producido por el brillo ajeno a golpe de práctica lógica. Por ello les animo a los señores a no calibrar su hombría en función de las medidas del vecino pues sobretodo, y especialmente en el caso expuesto, muchas veces la percepción del tamaño tiene mucho que ver con el contexto, la situación y hasta el presupuesto.

lunes, 17 de febrero de 2014

AMOR ABIERTO




He aquí una gran contradicción: la infidelidad está de moda, al mismo nivel que lo está la estabilidad. Coincidiendo con el boom de páginas web para infieles, donde para entrar tienes que tener a alguien a quién engañar, resulta que en Hollywood se pone de moda la pareja estable y con hijos, en un retorno al modelo convencional. Y aquí el dilema: algunos no desean la separación, pero tampoco quieren quedarse fuera de circulación. De ahí que la monogamia quede como una convención pendiente de revisión. Conozco un matrimonio que ha decidido abrir una puerta, levantar la veda, entrar en el terreno de lo que se conoce como pareja abierta. Una vez al mes, y además han acordado que sea a la vez, tienen licencia para quedar, charlar, cenar o intimar con otro. Pese a lo loco del asunto, entre ellos han pactado una reglas que no se pueden saltar: será sólo ese día y no más, la vuelta a casa no será después de las 6 de la madrugada, lo ocurrido durante la velada no se hablará, pues está prohibido preguntar. En las citas tendrán que evitar la zona del centro y escoger lugares en las afueras de la ciudad o espacios interiores. Me dice la esposa que empezaron un año atrás para superar una crisis. Cuenta que al principio pensaba que la cosa acabaría mal, pero que les ha ido fenomenal. Durante el mes se comportan de manera normal pero, y gracias al secreto compartido, han visto aumentar su complicidad. El día D ninguno se puede enfadar ni hay lugar para el remordimiento, pues los dos tienen la atención puesta en su propio divertimento. «¿Y si alguno no tiene con quién quedar?» –pregunto. «No siempre hay sexo, a veces es un cine o una cena con un ex. Lo que a mi me engancha es la sensación de libertad» – explica. «¿Y los otros también están  casados?» –me intereso. Ella entorna los ojos y me dedica una sonrisa cómplice: «No te imaginas lo amplio que es el mercado» – asegura.