viernes, 23 de noviembre de 2012

ÉL QUERÍA A SU MUJER



Luís se llevó una agradable sorpresa el día que su compañera de despacho se cogió la baja por maternidad y en su lugar contrataron a Merche, una morena guapita de veinticinco años con una sonrisa traviesa y un culo imponente. Tras el impacto inicial y al constatar cada mañana que Merche era aficionada al traje sastre marcón y a llevar desbrochado el peligroso botón, ese que marca la diferencia entre la camisa formal o el escote bestial, Luís confirmó que se sentía seguro y no tenía nada que esconder, pues tenía muy claro que quería a su mujer. Por ello no notaba nada cuando Merche se agachaba con las piernas estiradas para buscar un informe y ante sus ojos quedaba un triángulo perfecto coronado por ese trasero respingón que desafiaba las costuras del pantalón. Tampoco le importaba los días que hacía calor y a Merche se le formaban unas gotas de sudor en la zona del bigote, ni la mancha del escote, que ponía de manifiesto una clara tendencia animal, una fuerza racial y potente, pues para él era evidente que a la única que tenía en mente era a su mujer. No le era extraño cruzársela camino del baño y que ella le guiñara un ojo con complicidad, con esa familiaridad espontánea que surge entre compañeros de profesión que comparten vocación. Ni que se acercara para mirar algo en su ordenador y apoyara el pecho en el hombro de él, que sentía la carne turgente, caliente, a través de la tela. Así que la noche que pasaron en Barcelona para asistir a un curso de formación, cuando ella después de la cena le acompañó hasta el ascensor, se liberó de la ropa junto a la entrada y le bajó el pantalón. El hecho de que él la acorralara en la pared y la besara con pasión, el consiguiente revolcón y las horas de sexo brutal que pasaron sin salir de la habitación, no importaron, porque Luís, en el fondo mismo de su ser, estaba completamente seguro de que quería a su mujer.



domingo, 18 de noviembre de 2012

LA CARA B DE LA NOCHE



La noche tiene dos caras. La que todos conocemos, aquella que consta de risas, ligoteo y conversaciones frugales cuyo motivo final suele ser el divertimento, y de la quién y quién menos, a pesar de su predisposición o tendencia, guarda alguna clase de experiencia. La otra cara es la de quién sin ser abstemio convencido, por alguna razón puntual, como alguna indisposición o cualquier clase de restricción, debe de salir a pelo, sin probar ni una copa. No hay más clara distinción, o estás dentro o estás fuera, pues por mucho que te quieras divertir, aunque intentes integrarte con el resto, siempre llega un momento en el que hagas lo que hagas, te vas a acabar dando cuenta de que ya no pintas nada.
Paso a relatar un ejemplo que pone de relieve lo que cuento. Acudo el pasado jueves a un evento de moda en Myrtus, espacio de celebraciones que acogió por una noche el desfile de moda de un conocido diseñador. Esa noche, y por prescripción facultativa a causa de unas anginas que me tienen con antibiótico, tengo prohibidas las copas, incluso el vino, así que me hago con un refresco con hielos. Allí disfruto del sarao donde me codeo con, según alguna publicación, “lo más selecto de la sociedad valenciana”, saludo aquí y allá y antes de volver a la ciudad, me doy cuenta de que la gente está más efusiva, integrada y animada que yo, que sigo a agua y cola y siento que me falta chispa. Llegamos a un pub de Conde Altea. Allí, acomodados en el interior, todo el mundo pide un cubata y yo me pido una Fanta en lata. Saludamos a una pareja de conocidos que llevábamos tiempo sin ver y se sientan junto a nosotros. Ella alarga la mano y me estira la camiseta “¿y esta barriguita, no estarás esperando de nuevo?” –dice cómplice. Yo pego un respingo y mi primer pensamiento en lanzarle una mesa a la cabeza. Pero me controlo y le contesto “no, no queremos más bebés, igual es una tontería pero odio que me toquen la barriga”. Ella me mira y comienza a reírse a carcajadas, “joder que seria te pones, venga que te invito a un chupito” –se anima. “Gracias, pero no puedo beber” –le explico. “¿Ves como no me equivocaba? ¡Estás preñada!” –grita en plan graciosa llamando la atención de la gente que tenemos alrededor. Yo la cojo del brazo y le hablo al oído. “Mira, tía pesada, ya te he dicho que no estoy embarazada. Ahora desaparece o la próxima vez que vea a tu marido, le presento a una amiga muy guarra, que además es una lanzada, y te lo pone mirando a Pamplona”. Ella me mira horrorizada y se levanta de inmediato desapareciendo de mi vista. Yo pego otro trago a mi refresco, aguado y caliente, y me fijo en un grupito que tengo justo enfrente. A uno lo dejó su mujer, otra es una alegre solterita con poco ojo para los hombres, la tercera es una chica despechada y un cuarto amigo, que va y viene del baño tocándose la nariz. Los cuatro beben, hablan, ríen y bailotean en una estampa que a mi me resulta grotesca. El del baño pega palmas y sube los brazos como un guardia urbano. Ellas le siguen, cogidas de la mano, mientras el otro las abraza por detrás, con el rostro enrojecido. “Como está el mercado, pobres las que tengan que pillar ahora algo de ganado” –pienso. Me dirijo al cuarto de baño. Delante de mi espera una chica con coleta que masca chicle con la boca abierta. De repente me mira con cara de cabreo, se da la vuelta y empieza a aporrear la puerta con la palma de la mano abierta. “¡Es para hoy guapas!” –grita. A los pocos segundos abre una tía gigante de rubia melena voluminosa, junto a ella hay una amiga muy bajita que también lleva el pelo cardado. “Tranquila” –dice la pequeña al pasar junto a nosotras. La que esperaba suelta un discreto “zorras” ante de encerrarse en el lavabo y de repente me siento como en Gran Hermano y me imagino que me llamo Saray, y llevo extensiones, piercing y tatuajes y me entran ganas de ponerme unas mallas, tacones y fliparme por un tío que se pasee por casa sin pantalones. Ya en el baño me miro en el espejo donde descubro dos marcadas ojeras y la cara llena de brillos. “Pero si aquí siempre me veo muy mona” –reflexiono. Y me doy cuenta de que llegada una hora, o vas un pelín chispada o mejor emprendes la retirada. Porque la noche se vuelve turbia y te acabas dejando confundir, siempre y cuando te metas en la rueda y consigas integrarte con aquello que te rodea. Un exceso de claridad a esas horas se torna en crueldad, y es entonces cuando los gatos pardos se confunden con las ninfas y los cardos. Maldita realidad.

viernes, 16 de noviembre de 2012

NUEVAS GENERACIONES



Lo que le ocurre a Celia es algo que nunca se habría podido imaginar. Desde pequeña acude al mismo dentista que sus padres, ese que la ha visto crecer, que le quitó dos dientes de leche y le hizo el primer empaste. Tras un par de años sin ir, y al sentir un leve dolor, decide pedir hora para una revisión. La enfermera la informa solícita: “El señor Arnau ya no está en activo, si le parece bien le voy a dar hora con Ernesto, su hijo mayor”. Así que el día de la consulta, cuando la hacen pasar a la sala y se encuentra de frente con un adonis de voz grave y perfectas proporciones, da gracias al cielo por el relevo de las nuevas generaciones. El macizo se presenta. “Soy Ernesto, no nos hemos visto antes porque he estudiado fuera, quizás conozcas a mi hermano. No pongas esa cara que estás en buenas manos” –sonríe con una boca perfecta. Le ayuda a acomodarse en la silla y procede al estudio visual. “Parece que esto no está tan mal, quizás aquí al final, en la muela del fondo, haya una pequeña caries que voy a trabajar con el torno” –le dice. Ella con los ojos cerrados se imagina que es la protagonista de una película porno. “Abre bien la boca, relaja la mandíbula y estate tranquila” –continua. A ella solo le viene a la mente la palabra “pilila”. “Abre un poco más, no tengas miedo de morderme, tengo la mano muy dura” –comenta comprensivo. Celia tiene de nuevo un pensamiento lascivo, lo imagina en el suelo, tendido, y ella que está que arde le besa muy suave sin dejarse ninguna parte. Se agita su respiración. “Casi escucho tu corazón, parece que estás muy nerviosa. ¿Quieres que pare un momento?” –pregunta atento. Ella niega con la cabeza intentando controlar su pensamiento. Tras unos minutos le informa: “Esto ya está listo, ya tenias la muela empastada, he preferido no penetrar”. Celia se despide y pide hora para una limpieza, a ver si ese día al chico se le va la cabeza y movido por una intuición, con la misma precisión, consuma la anhelada penetración.

lunes, 12 de noviembre de 2012

MÚSICA PARA NIÑOS



Decido apuntar a mi hijo de año y medio a clases de música por recomendación de su profesora. “Le va a venir fenomenal, ritmo coordinación y psicomotricidad” –me explica. Así que me presento hace dos viernes en el centro, una bonita guardería situada por Manuel Candela donde un grupo formado por cinco madres y tres padres esperamos en la recepción acompañados de nuestros hijos. Enseguida se detecta la diferencia entre los primerizos, que aguardan con expectación ante la nueva situación, y el resto, que miramos alrededor con recelo con el deseo de que el tema no sea un marrón. Es entonces cuando me entero de que los padres pasamos dentro, no sólo como espectadores, que es algo que ya tenía asumido, sino como sujetos activos. “Mi hijo está muy acostumbrado, yo le enseño muchas canciones, es muy bueno para las emociones” – me dice una madre que desde que hemos llegado no deja de darnos lecciones terapéuticas. “No los cojáis de la mano al entrar, que tomen su elección, eso fomenta la emancipación”, “Al cantar mirarlo a los ojos, genera unión y empatía”, “Mejor no hablarles sobre la clase unas horas antes, que lo acepten sin condicionantes”. Yo la miro y le quiero decir “lo que dices me importa un cuerno, arde en el infierno”, pero no lo hago porque llega el profesor y le seguimos hasta un aula de suelo acolchado decorada con motivos infantiles. Allí se presenta, pregunta el nombre de los niños y sin mediar más palabras, saca la guitarra y comienza con una melodía con la que uno a uno, les va a dando a los pequeños la bienvenida. Tras entonar una vez la única estrofa del tema, “hola Pablo ¿cómo estás?, vamos juntos a cantar”, nos hace un gesto para que nos unamos. Lo hacemos de manera tímida, menos la madre coñazo que eleva los brazos como si estuviera en un coro de gospel. Cuando termina con la ronda deja la guitarra y comenzamos con las sílabas “ta-ta-ta, te-te-te…” a la vez que acompañamos con palmas. Yo intento ponerle ganas pero mi hijo pasa de todo y se tumba boca arriba para rascarse la barriga. A continuación saca unas láminas con dibujos y las muestra al grupo. “¿Esto qué es?” –pregunta. “¡Una vaca!” –suelta la madre de antes imitando la voz de los niños. El profesor sonríe tenso. “¿Y esto?” – repite sacando otra hoja. “Un osito” –insiste la madre de nuevo. “¿Quién sabe qué es esto?” –continua él paciente. “¡Una gallina!” –grita ella. Otra madre salta. “Perdona, ya vemos que te sabes los animales, ¿no se te ha ocurrido pensar que quizás a algún niño le apetezca participar?” –le dice cortante. Ella se queda con una sonrisa helada y consigue reprimirse unos minutos. Entonces el profesor saca una bolsa gigante, le da la vuelta y deja caer en el suelo un montón panderetas, maracas, cascabeles y tambores. “Que todo el mundo elija un instrumento” –nos anima. Yo cojo un timbal. Cuando nos da la señal, comenzamos a tocar, primero de manera desordenada, pero poco a poco conformamos una especie de batucada, unidos, los niños incluidos, en un ritmo constante y fluido. Yo muevo manos, hombros y cabeza, sumergida en el momento junto al resto que sigue la pauta. Mi hijo golpea el suelo con una flauta, otros tocan los platillos, el triángulo, el tambor. De repente, y de manera sorprendente, sonamos bien, puro estilo tribal. A su señal comenzamos a entonar “la cucaracha”.
En ese momento nos indica que nos pongamos de pie y empieza a desplazarse por la clase. El resto le imitamos sin dejar de cantar. Yo me muevo con mi timbal, en plan rumbera, liberada de toda suerte de prejuicios. Los otros hacen lo mismo, sin pudor, como en una suerte de danza selvática, errática. De repente ocurre algo. Tras dar un giro sobre mi misma me veo reflejada en un enorme espejo de pared. Con la cara sofocada me balanceo como un gorila y levanto las piernas al compás. Veo el rostro de otro padre que se mira igual que yo, con gesto avergonzado. Intentamos disimular y terminamos la actividad con lo que nos queda de dignidad. A la salida el grupo se despide consciente de haber compartido un secreto, algo imposible de revelar que deberemos llevar con nosotros el tiempo que dure el curso. En el fondo me di cuenta de que resulta liberador este tipo de expansión, pero por el bien de la autoestima y la salud de nuestra mente, yo evitaría a toda costa la presencia de ese espejo impertinente.


viernes, 9 de noviembre de 2012

FANTASÍAS EN TIEMPOS DE CRISIS



Comentaba el otro día con amigas una noticia de reciente aparición: “la crisis apaga la pasión”. En ella se revela, tras un sesudo estudio, que las apreturas económicas no sólo nos traen quebraderos de cabeza sino que instalan en nuestra cama la pereza. “A Jorge desde que está en el paro se le levanta a duras penas” – nos confirma una de ellas. “Lo mío no es tan radical, pero si que es cierto que con tanto pesimismo, Antonio no ha vuelto a ser el mismo” –se suma otra. “Que sosas que sois, en mi caso es todo lo contrario, no sabéis usar la imaginación” –dice una tercera. Y le exigimos la correspondiente explicación. “Nuestra situación es jodida, como la de todos, yo ahora no trabajo y la empresa de Pedro cada vez va peor” –relata. “Pasamos una temporada de mucho bajón, y se empezó a resentir nuestra relación” –continua. “Así que un buen día decidí que tenía que arreglar el asunto y me monté un teatrillo en el que había un toque de queda, una amenaza mortal, y nos enfrentábamos a nuestra última noche en la casa. Empezamos medio en broma y terminamos metidos en el papel, yo agarrada encima de él, haciéndolo como bestias” –explica, mientras el resto nos miramos alucinadas. “Otro día se hizo pasar por el cobrador del gas, portador de una factura pendiente. Yo le suplicaba que fuera clemente y le proponía arreglarlo en la cama, al estilo de las viejas cortesanas” –prosigue. “Lo mejor fue una noche que yo llegaba con moto y le entregaba una pizza, él no podía pagar y le obligué a trabajar, un buen rato, en la zona de abajo” –nos cuenta. Aún soltó varias más. Nosotras nos quedamos sin palabras ante este derroche de sexo-ficción. Pues si es verdad que las penas con pan son menos, Silvia decidió sustituir la barra de cuarto por todo un mundo de fantasía donde la sombra de la penuria, lejos de dejarla fría, ha llenado su vida de alegría. Al despedirse aún nos dio un último consejo: “ A falta ternera echad mano del conejo”.

lunes, 5 de noviembre de 2012

REBELIÓN EN LAS GRADAS.



Ser espectador de algo te convierte en sujeto activo de un proceso creativo, o un encuentro deportivo o cualquier evento lúdico-festivo que tenga lugar en directo. La pasada semana me invitan a ver la semifinal del Máster de Tenis que cada año tiene lugar en el Ágora. Llego puntual un poco antes del partido y me paseo por el recinto, muy ambientado con diferentes stands y actividades organizadas por marcas de alta joyería, coches o champagne. Pese a que el frío ya ha hecho su aparición, las señoras se pasean estilosas, con ropa casual ligera y gafas de sol de marca. Jovencitas arregladas de larga melena se mueven en grupo en busca de jugadores, pues si antes gustaban abogados o dentistas, ahora la moda se reparte entre tenistas y futbolistas.
Entramos en la pista donde ya calientan los deportistas. En uno de los lados David Ferrer, el chico sencillo de Javea, el favorito, el quinto mejor del mundo, tiene el respaldo absoluto de un público que aguarda expectante el inicio del encuentro. Frente a él Ivan Dodig, un guapo croata con aspecto de actor francés, el ciento cinco en la lista, la revelación del torneo. Comienzan el peloteo y enseguida detecto que aunque los espectadores están de parte del español, las damas miran al croata, moreno de barba desaliñada, ojillos rasgados y nariz un punto aguileña. Porque si bien el juego de Ferrer no tiene freno, el tío del que hablamos está bastante bueno y ostenta un saque bestial, una fuerza desmedida que lanza cañonazos incendiados y deja entrever una potencia física inusual. Al ganar uno de los juegos Ferrer se aproxima a la zona de palcos y le hace un gesto a una guapa rubia de bonitos ojos verdes que le lanza un beso sonriente. “Esa es la novia, se llama Marta, es de un pueblo de Valencia” –comentan dos chicas detrás de mío. Yo la miro y pienso que tiene que ser emocionante poder vivir la sensación de ver a tu pareja competir. Las de atrás siguen, “él lo pasó muy mal cuando rompió con Yolanda, su novia de siempre…”. Me intento concentrar en el partido pero esas dos no dejan de hacer ruido. “Yo al morenito si pierde y termina la competición, le daría muy a gusto un premio de consolación” –continúan en voz baja. Un señor les pide silencio y a ellas les entra la risa. Delante de mi un chico le hace gestos a una de las imponentes azafatas de pista que mira el encuentro con cara de aburrimiento. La madre de uno de los recogepelotas, un rubito muy gracioso, le hace fotos desde la grada emocionada. En uno de los recesos entra un cargo del partido del momento acompañado de su mujer. A mi alrededor se produce un pequeño revuelo: “no sé como no les da vergüenza”, “mira, mira, asiento en primera fila”, “la verdad es que no lo entiendo, con todo lo que está cayendo..”. Junto a mi una señora habla en voz baja por teléfono: “Las pechugas están en el segundo cajón, coge también patatas y tres latas de cerveza” – reza ocultando el aparato– “Y ponte chaqueta, algo abrigado, que ya sabes que a la mínima pillas un constipado” –añade. Las de atrás vuelven a la carga: “ No sabía que los croatas venían tan bien servidos ¿Te has dado cuenta como marca el pantalón? –comentan entre ellas. La técnica de Ferrer se impone y Dodig, que ha defendido su posición, termina allí el campeonato. El guapo se marcha cabizbajo ignorando, me imagino, que para muchas de las presentes ha hecho un fantástico trabajo.
Yo pienso que a los allí reunidos nos ha faltado un poco de concentración, pues son tantas las distracciones que he vivido, que al final me ha costado enterarme del partido.
El ser humano medio, independientemente de su nivel de fervor deportivo, es incapaz de aguantar más de dos horas sentado y sin hablar, pues es nuestra propia condición la que nos lleva a ese tipo de evasión. El resumen final, la esencia de la experiencia, poco tiene que ver con el propio encuentro o el resultado, sino más bien con aquello que por un motivo u otro, no ha llamado la atención, que en la mayoría de ocasiones, suele ser aquello que nos produce alguna clase de emoción. Esté muy orgulloso de su propia percepción, pues es justo esa visión la que enriquece y permanece. Y tan bien está seguir la bola por la pista como mirarle el culo al jugador, tontear con la azafata o enviar mensajes de amor pasando de lo que ocurre a nuestro alrededor. ¡Reivindique su libertad como espectador!. 

viernes, 2 de noviembre de 2012

BATIDO EN LA COCINA



Mamen ha vivido una suerte de revelación vital. Tras casi quince años de matrimonio, una hija, un divorcio, algunas aventuras, y aproximándose de manera inexorable a los cincuenta, descubre no hace mucho que se encuentra atraída por los chicos jovencitos. Todo ocurre una tarde cuando se está preparando un batido en la cocina y aparece por la puerta Fran, un amigo de su hija que estudia en casa. Mamen, vestida con bata ligera de seda, ojea una revista sentada en la bancada cuando el chico, de no más de veinte años, se acerca para abrir el armario y se queda frente a ella, entre sus piernas, con el rostro cerca de la abertura vertiginosa que se inicia en la zona del escote. Él se da cuenta y se tropieza, precipitándose sobre ella, que pierde el control de su brazo derramándose el batido por el cuerpo. El pobre Fran se disculpa sonrojado, coge un trapo y comienza a limpiarle en el brazo, la muñeca, la rodilla. Ella le observa enternecida. Movida por un impulso moja los dedos en el batido, los lleva hasta la boca de él manchándole los labios y lo besa, con el fin de retirar los restos de bebida. Él responde, primero descolocado, enseguida desbocado, aferrándose a su bata, trastornado, agarrándole los muslos, mordiéndole en la boca. Ella lo frena, a fin de evitar un follón, pues su hija lo espera en la habitación. “Te quiero” –le dice ido. “Hace treinta años te hubiera creído. Esto algo normal, estas caliente como un animal” –responde tranquila. “¿Me besarás otro día?” – pregunta ansioso. “Quizás, hoy has sido mi fantasía” –le aclara. “¿No me puedo quedar?” –insiste desesperado. “Te ordeno que te marches a estudiar” – dicta ella firme.
Y así concluyó otro episodio en la vida de Mamen que, lejos de asustarse ante la llegada de la madurez, se dedica a exprimir cada día como si fuera la última vez. “¿Será cosa de las hormonas?” –le preguntaría más tarde su hermana. A lo que ella respondería: “lo único que sé es que cada día tengo más ganas”.

lunes, 29 de octubre de 2012

SERÉ TU HÉROE DE AMOR




Viernes pasado en la Plaza de Toros de Valencia. La predicciones amenazan tormenta, se respira un ambiente sofocante y pastoso. Hordas de mujeres de distinta edad y condición entran con prisas al recinto porque esa noche, esa velada tempestuosa, tiene lugar un acontecimiento sin duda trascendental en la vida de cualquiera mujer: el concierto de Miguel Bosé. Mientras compro unos bocadillos veo algunas pancartas en las que pueden leerse alegatos como: “Miguel, valiente, me pones muy caliente” o “las chicas de Requena venimos a rematar la faena”. Por fin entro en la plaza y encontramos un sitio decente.
El ambiente está exaltado. Unas y otras se mueven animadas por la potente música disco que emerge de los altavoces. De vez en cuando veo algún hombre, un novio, amigo o marido con cara de “¿dónde coño me he metido?”. Chicos jóvenes pasean con un bidón tipo mochila cargado de cerveza, repartiéndola en unos vasos de dimensiones tales que a mi me recuerdan a unos pozales. Una suave brisa recorre la plaza y unas cuantas gotas empiezan a caer. Nosotras, lejos de amilanarlos, emitimos un berrido, una suerte de grito de guerra que una chica de atrás mío culmina con un aguerrido: “¡que llueva, no pasa nada, yo de casa ya he salido mojada!”. A lo que el resto responde con aplauso sentido.
De repente se apagan las luces y vuelvo a escuchar el bramido. Sin hacernos esperar, sale de la oscuridad. Guapo a rabiar, viste pantalón rojo, camisa floreada y el pelo cortado al uno que le da un aire militar,  casi escultórico, potenciando al máximo toda su masculinidad. Se lanza con su “Linda”, y nosotras nos ponemos en el pellejo de esa pobre despechada con las voces enlazadas y la piel del cuerpo erizada. Termina el tema, aplaudimos como locas. Nos habla: “vivid esta noche con el corazón abierto, con los ojos bien abiertos, con las piernas bien abiertas…”. Aullamos enloquecidas, el comienza a enlazar temas, nosotras bailamos con ganas, como si no hubiera un mañana. La lluvia arrecia y Miguel nos habla de nuevo con los brazos extendidos mirando al cielo: “¡este agua no nos mueve, nada puede con vosotras! Preparaos porque ahora voy a repartir, ¡¿Quién quiere que le de bambú?!” –nos grita. “¡Yo!, ¡Aquí!, ¡Dámelo todo a mi!” –le piden aquí y allí. Comienza un movimiento de caderas, una danza brutal, algo taurina, simbólica, tribal. Le seguimos empapadas, porque ya no importa nada. Cuando acaba, casi por inercia, reclamamos lo que es nuestro: ¡Bandido, bandido!. Él, al que le gusta jugar, comienza los acordes del “Morena mía”, pero antes nos aclara “esta canción va para los morenas pero también para las rubias, pelirrojas, bajitas, maduritas, altitas, jovencitas, casadas, separadas…”. Entonamos el tema sin problema y en cuanto pronuncia la última palabra, volvemos a la carga del “Bandido”. Ahora sí, se dispone a darnos gusto. La plaza entera salta, levanta los pies del suelo intentando tomar vuelo. El se agacha y mueve el culo, traza círculos al aire, el resto tratamos de seguirle, tomando un ritmo imposible. Acaba y se despide pero de allí nadie se mueve. Montamos un buen jaleo y aparece de nuevo. Nos habla con voz profunda y contenida. “Quiero dedicaros un regalo especial, porque sois de puta madre, os prometo que siempre volveré y a cada una de vosotras amaré…” – declara. Y nos susurra su balada al oído: “te amaré, te amaré, como no está permitido..”. La actuación termina con gran ovación. Salimos a la calle mojadas y oliendo a cerveza, con la absoluta certeza de haber vivido una experiencia irrepetible. Mirando el coso desde fuera, me viene a la cabeza las luchas de romanos, los leones y el fornido gladiador, entregado a ese destino animal, jaleado por la muchedumbre embravecida, sedienta de sangre, de pelea. Imagino al pobre Miguel en nuestras manos, ansiosas de deseo y fantasía, sometido, dividido. Me doy cuenta entonces de lo que el representa, porque toda dama, al margen de moral, gustos o su propia preferencia, posee una tendencia al despiporre. Que levante la mano quién no ha soñado con un amante bandido, un héroe de amor que despierte su parte más ardiente, esa que solo emerge al exterior animada por un impulso superior. No se avergüence, reconocer la inclinación es el primer punto para empezar a disfrutar del asunto. Un consejo con el que seguro acierto: no se pierdan el próximo concierto.

viernes, 26 de octubre de 2012

DE PRINCESA A CORTESANA



Rocío se casa en un mes con su novio de la facultad. Un chico de familia bien, guapo, listo y deportista. Tras una feliz relación de seis años, después de estudiar un buen máster y encontrar un trabajo aceptable, él le pidió matrimonio durante un fin de semana en Marruecos, y ella aceptó sin pensar, segura de estar acertando. Liada con el tema de la boda, el viaje y los preparativos, Rocío aún tiene tiempo de dedicarle tiempo a los amigos. Un jueves queda con Vicente, su íntimo de siempre, ese que la conoce bien, que pasa por “una más”, al que le cuenta sus alegrías y desengaños desde hace años. Tras cenar un bocadillo y cerveza, se enzarzan en una noche de cubatas y garitos. Ella está relajada, y le cuenta alguna cosa que la tiene preocupada. El la escucha comprensivo y la mantiene abrazada. Ella, que ya está un poco pedo, le confiesa que siente algo de miedo, que es un paso muy importante y que tiene toda la vida por delante. Vicente entonces, le coge el rostro entre las manos, se deja llevar y le dice traspasado: “Rocío, te quiero, no aguanto más. Siento decírtelo así, pero estoy enamorado de ti”. Ella se acerca y lo besa, contenida, consciente de que se encuentra prometida. “A mi me pasa lo mismo, a él lo quiero, pero no siento mucho deseo” –le dice algo cohibida. Él la coge de la mano, la arrastra hasta su piso sin hablar y allí, con las luces apagadas se besan de nuevo, de un modo casi bestial, se liberan de la ropa incendiados e incapaces de llegar a la habitación, se dejan caer excitados, liberando su pasión sobre el suelo.
La boda se acerca inminente y a Rocío le acechan las dudas entre la estabilidad que le da su novio de cara al futuro, y la locura carnal de su amigo, que no tiene un duro. Al final decide casarse, entregada a una existencia acomodada. Porque ella, pese a que se sienta presa, quiere llevar vida de princesa, aunque a veces, cuando tenga gana, pase por el piso de Vicente y actúe de cortesana.