Pasado el alboroto causado por Christian Grey, cuando ya
todo el mundo ha leído las novelas y algunas, las más fans, se encuentran a la
espera de que escojan al protagonista para la versión cinematográfica de esta
historia pornográfica, la relación entre el guapo y sexy millonario y la
inocente estudiante ha dejado una impronta en muchas de las lectoras que,
picadas por la curiosidad y conscientes de que su visión de la sexualidad no
pasaba del encuentro semanal en la postura habitual, han decidido dar el paso y
acercarse al sadomaso adquiriendo un antifaz, unas botas con espuelas o una
fusta. En la caja del producto o en las fotos de Internet, la cosa la pintan
fácil. Una tía con tipazo y la boca pintada en rojo luce corsé de cuero y gorra
de policía mientras sujeta un látigo con maestría. Pero la realidad en estos
casos no conoce de piedad. En un encuentro reciente con un grupito de amigas,
después de la cena y las copas, la anfitriona nos anuncia su intención de
mostrarnos su última adquisición. Minutos después aparece con un par de botas
por la rodilla y un vestido en vinilo del que cuelgan un par de esposas. La
tela brillante se arruga por la parte de delante alrededor del michelín, las
botas se le clavan al gemelo poniendo de relieve la mala calidad del cuero, las
esposas no dan el pego y pese a que la amiga no está nada mal, lejos de parecer
una dama dominante a mi me recuerda a una especie de elefante. “¿Qué tal?”
–pregunta expectante. Como no quiero herir sus emociones contesto con una frase
que tiene varias interpretaciones: “Lo vas a dejar de piedra”. Ella, orgullosa
de su osadía, toma la respuesta como una picardía y continua la exhibición. Yo
pienso en la delgada línea que separa lo erótico de la patético en el terreno
de lo amateur y maldigo a ese fabricante, ese asesino del sex appeal que a
costa del Grey-calentón, va a llevarse por delante más de una relación. Espero
que las damas entren cuanto antes en razón.
viernes, 30 de noviembre de 2012
lunes, 26 de noviembre de 2012
DOS CLASES DE BANCOS
Martes por la tarde en el club, cursillo infantil de tenis .
Junto a las pistas hay dos bancos para que los acompañantes se sienten a
esperar. Uno de ellos está más próximo a la valla, y en él se suelen poner las
madres, jóvenes, guapas y pijas, para charlar de sus cosas. El otro, situado en
el otro extremo, es el que las chicas de servicio han escogido como suyo y que
toman cada tarde en comandita. Así que un par de días a la semana, esos dos
bancos separados en la distancia espacial y vital, acogen a ese grupo de
mujeres para las que el destino ha marcado caminos tan diferentes.
Una tarde, y debido a una inoportuna reparación en el suelo,
los operarios deben de mover los asientos, de manera que cuando llega la hora
de la clase, las acompañantes que van llegando se encuentran con los dos bancos
pegados, en uno de los laterales. Aún así las mujeres, leales a su condición,
se acomodan con la acostumbrada distribución quedando así la situación: madres
a la izquierda, internas y niñeras a la derecha. Yo, que llego algo tarde, me
tengo que conformar con una silla solitaria que encuentro unos metros más atrás
y decido aprovechar para relajarme leyendo un rato. Hasta mis oídos llegan
varios temas de conversación que en principio, no merecen mi atención. Mientras
las mamis se decantan por la fashion night out de la próxima semana, un
profesor de manualidades con dudosos modales, los descuentos especiales en un
par de tiendas de moda, una crema con glicólico, recetas de Thermomix, una niña
que se hace pis, el frío, las revistas y un bautizo. Las chicas por su parte
hablan de bonos de autobús, tintes para el pelo, la marca del móvil, los
precios de su operador, la ropa interior, un programa de televisión y los
planes de fin de semana. Yo intento concentrarme en la lectura intentando
abstraerme del cacareo cuando de repente una de las madres, una flaquita
castaña vestida con suéter de lana, pitillos vaqueros y botas de montar, anuncia
a sus compañeras: “El marido de mi hermana le engaña”. Tras un breve silencio
las chicas lo intentan asimilar y se lanzan a preguntar: “¿Con quién?”, “¿Desde
cuando?”, “¿Estás segura?”, “¿No será una confusión?”, “¿Los ha pillado en
acción?”, “¿Será que a él le puede el vicio?”. Entonces ella, consciente de la
expectación, decide soltar la bomba: “Cree que está liado con la chica de
servicio”. El grupo no puede reprimir un gritito de terror mientras en el banco
contiguo, el de las chicas con malla y coleta, se dan codazos y miran hacia la
pista intentando disimular. Pero las madres no se percatan, pues su nivel de
conmoción las hace concentrarse únicamente en la historia que su amiga les
narra a continuación. “Cuando se fue su tata de siempre mi hermana buscó en una
agencia y le mandaron a Jenny. Yo le dije que la veía muy joven y además era un
cañón, pero ella acababa de parir y no sabía discernir. Jenny se reveló como una
interna eficiente y cariñosa que además, cocinaba de maravilla y transmitía a
los niños su alegría” – relata. El grupito de amigas la sigue con atención. Las
niñeras por su parte, atrapadas por la historia, se han ido desplazando y
escuchan sin perderse ni un dato del escabroso relato.
“Una día llegó a casa antes de lo previsto y los encontró
sentados en el sofá, no estaban haciendo nada pero le pareció advertir algún
tipo de complicidad. Hizo como si no lo hubiera visto pero empezó a investigar
y una tarde, buscando en el cuarto de ella, descubrió con estupor que le había
cogido un sujetador” –se detiene, una de las niñeras de tanto estirar el cuello
casi se cae del banco, las otras la mandan callar. Las madres van a estallar.
“¿Y qué más?” –preguntan en una voz. “Entonces una tarde, aprovechando que
Jenny no la veía, le cogió el teléfono móvil y descubrió que guardaba una foto de
él, un primer plano en el que sonreía” – continua. Justo en ese momento termina
la clase y los niños aparecen en manada. Se ha hecho tarde y aunque la cosa
está que arde, el momento pasa y todas vuelven a su casa. La clase siguiente,
con el suelo ya reparado, cada banco ha vuelto a su lado. Las madres se sientan
en su extremo, correctas y sonrientes, con el mismo talante de siempre. Las
chicas de servicio, aún con la antena puesta, intuyen que se acabó la fiesta. Y
aunque ya nunca más se vuelvan a mezclar, unos bancos y el azar, las unió por
una tarde en el miedo común al engaño, al desengaño y a que un tío les haga
daño.
viernes, 23 de noviembre de 2012
ÉL QUERÍA A SU MUJER
Luís se llevó una agradable sorpresa el día
que su compañera de despacho se cogió la baja por maternidad y en su lugar
contrataron a Merche, una morena guapita de veinticinco años con una sonrisa
traviesa y un culo imponente. Tras el impacto inicial y al constatar cada
mañana que Merche era aficionada al traje sastre marcón y a llevar desbrochado
el peligroso botón, ese que marca la diferencia entre la camisa formal o el
escote bestial, Luís confirmó que se sentía seguro y no tenía nada que esconder,
pues tenía muy claro que quería a su mujer. Por ello no notaba nada cuando
Merche se agachaba con las piernas estiradas para buscar un informe y ante sus
ojos quedaba un triángulo perfecto coronado por ese trasero respingón que
desafiaba las costuras del pantalón. Tampoco le importaba los días que hacía
calor y a Merche se le formaban unas gotas de sudor en la zona del bigote, ni
la mancha del escote, que ponía de manifiesto una clara tendencia animal, una
fuerza racial y potente, pues para él era evidente que a la única que tenía en
mente era a su mujer. No le era extraño cruzársela camino del baño y que ella le
guiñara un ojo con complicidad, con esa familiaridad espontánea que surge entre
compañeros de profesión que comparten vocación. Ni que se acercara para mirar
algo en su ordenador y apoyara el pecho en el hombro de él, que sentía la carne
turgente, caliente, a través de la tela. Así que la noche que pasaron en
Barcelona para asistir a un curso de formación, cuando ella después de la cena le
acompañó hasta el ascensor, se liberó de la ropa junto a la entrada y le bajó
el pantalón. El hecho de que él la acorralara en la pared y la besara con
pasión, el consiguiente revolcón y las horas de sexo brutal que pasaron sin
salir de la habitación, no importaron, porque Luís, en el fondo mismo de su
ser, estaba completamente seguro de que quería a su mujer.
domingo, 18 de noviembre de 2012
LA CARA B DE LA NOCHE
La noche tiene dos caras. La que todos conocemos, aquella
que consta de risas, ligoteo y conversaciones frugales cuyo motivo final suele
ser el divertimento, y de la quién y quién menos, a pesar de su predisposición
o tendencia, guarda alguna clase de experiencia. La otra cara es la de quién
sin ser abstemio convencido, por alguna razón puntual, como alguna
indisposición o cualquier clase de restricción, debe de salir a pelo, sin
probar ni una copa. No hay más clara distinción, o estás dentro o estás fuera,
pues por mucho que te quieras divertir, aunque intentes integrarte con el
resto, siempre llega un momento en el que hagas lo que hagas, te vas a acabar
dando cuenta de que ya no pintas nada.
Paso a relatar un ejemplo que pone de relieve lo que cuento.
Acudo el pasado jueves a un evento de moda en Myrtus, espacio de celebraciones
que acogió por una noche el desfile de moda de un conocido diseñador. Esa
noche, y por prescripción facultativa a causa de unas anginas que me tienen con
antibiótico, tengo prohibidas las copas, incluso el vino, así que me hago con
un refresco con hielos. Allí disfruto del sarao donde me codeo con, según
alguna publicación, “lo más selecto de la sociedad valenciana”, saludo aquí y
allá y antes de volver a la ciudad, me doy cuenta de que la gente está más
efusiva, integrada y animada que yo, que sigo a agua y cola y siento que me
falta chispa. Llegamos a un pub de Conde Altea. Allí, acomodados en el
interior, todo el mundo pide un cubata y yo me pido una Fanta en lata.
Saludamos a una pareja de conocidos que llevábamos tiempo sin ver y se sientan
junto a nosotros. Ella alarga la mano y me estira la camiseta “¿y esta
barriguita, no estarás esperando de nuevo?” –dice cómplice. Yo pego un respingo
y mi primer pensamiento en lanzarle una mesa a la cabeza. Pero me controlo y le
contesto “no, no queremos más bebés, igual es una tontería pero odio que me
toquen la barriga”. Ella me mira y comienza a reírse a carcajadas, “joder que
seria te pones, venga que te invito a un chupito” –se anima. “Gracias, pero no
puedo beber” –le explico. “¿Ves como no me equivocaba? ¡Estás preñada!” –grita
en plan graciosa llamando la atención de la gente que tenemos alrededor. Yo la
cojo del brazo y le hablo al oído. “Mira, tía pesada, ya te he dicho que no
estoy embarazada. Ahora desaparece o la próxima vez que vea a tu marido, le
presento a una amiga muy guarra, que además es una lanzada, y te lo pone
mirando a Pamplona”. Ella me mira horrorizada y se levanta de inmediato
desapareciendo de mi vista. Yo pego otro trago a mi refresco, aguado y
caliente, y me fijo en un grupito que tengo justo enfrente. A uno lo dejó su
mujer, otra es una alegre solterita con poco ojo para los hombres, la tercera
es una chica despechada y un cuarto amigo, que va y viene del baño tocándose la
nariz. Los cuatro beben, hablan, ríen y bailotean en una estampa que a mi me
resulta grotesca. El del baño pega palmas y sube los brazos como un guardia
urbano. Ellas le siguen, cogidas de la mano, mientras el otro las abraza por
detrás, con el rostro enrojecido. “Como está el mercado, pobres las que tengan
que pillar ahora algo de ganado” –pienso. Me dirijo al cuarto de baño. Delante
de mi espera una chica con coleta que masca chicle con la boca abierta. De
repente me mira con cara de cabreo, se da la vuelta y empieza a aporrear la
puerta con la palma de la mano abierta. “¡Es para hoy guapas!” –grita. A los
pocos segundos abre una tía gigante de rubia melena voluminosa, junto a ella
hay una amiga muy bajita que también lleva el pelo cardado. “Tranquila” –dice
la pequeña al pasar junto a nosotras. La que esperaba suelta un discreto
“zorras” ante de encerrarse en el lavabo y de repente me siento como en Gran
Hermano y me imagino que me llamo Saray, y llevo extensiones, piercing y
tatuajes y me entran ganas de ponerme unas mallas, tacones y fliparme por un
tío que se pasee por casa sin pantalones. Ya en el baño me miro en el espejo
donde descubro dos marcadas ojeras y la cara llena de brillos. “Pero si aquí
siempre me veo muy mona” –reflexiono. Y me doy cuenta de que llegada una hora,
o vas un pelín chispada o mejor emprendes la retirada. Porque la noche se
vuelve turbia y te acabas dejando confundir, siempre y cuando te metas en la
rueda y consigas integrarte con aquello que te rodea. Un exceso de claridad a
esas horas se torna en crueldad, y es entonces cuando los gatos pardos se
confunden con las ninfas y los cardos. Maldita realidad.
viernes, 16 de noviembre de 2012
NUEVAS GENERACIONES
Lo que le ocurre a Celia es algo que nunca se habría podido
imaginar. Desde pequeña acude al mismo dentista que sus padres, ese que la ha
visto crecer, que le quitó dos dientes de leche y le hizo el primer empaste.
Tras un par de años sin ir, y al sentir un leve dolor, decide pedir hora para
una revisión. La enfermera la informa solícita: “El señor Arnau ya no está en
activo, si le parece bien le voy a dar hora con Ernesto, su hijo mayor”. Así
que el día de la consulta, cuando la hacen pasar a la sala y se encuentra de
frente con un adonis de voz grave y perfectas proporciones, da gracias al cielo
por el relevo de las nuevas generaciones. El macizo se presenta. “Soy Ernesto,
no nos hemos visto antes porque he estudiado fuera, quizás conozcas a mi
hermano. No pongas esa cara que estás en buenas manos” –sonríe con una boca
perfecta. Le ayuda a acomodarse en la silla y procede al estudio visual.
“Parece que esto no está tan mal, quizás aquí al final, en la muela del fondo,
haya una pequeña caries que voy a trabajar con el torno” –le dice. Ella con los
ojos cerrados se imagina que es la protagonista de una película porno. “Abre
bien la boca, relaja la mandíbula y estate tranquila” –continua. A ella solo le
viene a la mente la palabra “pilila”. “Abre un poco más, no tengas miedo de
morderme, tengo la mano muy dura” –comenta comprensivo. Celia tiene de nuevo un
pensamiento lascivo, lo imagina en el suelo, tendido, y ella que está que arde
le besa muy suave sin dejarse ninguna parte. Se agita su respiración. “Casi
escucho tu corazón, parece que estás muy nerviosa. ¿Quieres que pare un
momento?” –pregunta atento. Ella niega con la cabeza intentando controlar su
pensamiento. Tras unos minutos le informa: “Esto ya está listo, ya tenias la
muela empastada, he preferido no penetrar”. Celia se despide y pide hora para
una limpieza, a ver si ese día al chico se le va la cabeza y movido por una
intuición, con la misma precisión, consuma la anhelada penetración.
lunes, 12 de noviembre de 2012
MÚSICA PARA NIÑOS
Decido apuntar a mi hijo de año y medio a clases de música
por recomendación de su profesora. “Le va a venir fenomenal, ritmo coordinación
y psicomotricidad” –me explica. Así que me presento hace dos viernes en el
centro, una bonita guardería situada por Manuel Candela donde un grupo formado
por cinco madres y tres padres esperamos en la recepción acompañados de
nuestros hijos. Enseguida se detecta la diferencia entre los primerizos, que
aguardan con expectación ante la nueva situación, y el resto, que miramos
alrededor con recelo con el deseo de que el tema no sea un marrón. Es entonces
cuando me entero de que los padres pasamos dentro, no sólo como espectadores,
que es algo que ya tenía asumido, sino como sujetos activos. “Mi hijo está muy
acostumbrado, yo le enseño muchas canciones, es muy bueno para las emociones” –
me dice una madre que desde que hemos llegado no deja de darnos lecciones
terapéuticas. “No los cojáis de la mano al entrar, que tomen su elección, eso
fomenta la emancipación”, “Al cantar mirarlo a los ojos, genera unión y
empatía”, “Mejor no hablarles sobre la clase unas horas antes, que lo acepten
sin condicionantes”. Yo la miro y le quiero decir “lo que dices me importa un
cuerno, arde en el infierno”, pero no lo hago porque llega el profesor y le
seguimos hasta un aula de suelo acolchado decorada con motivos infantiles. Allí
se presenta, pregunta el nombre de los niños y sin mediar más palabras, saca la
guitarra y comienza con una melodía con la que uno a uno, les va a dando a los
pequeños la bienvenida. Tras entonar una vez la única estrofa del tema, “hola
Pablo ¿cómo estás?, vamos juntos a cantar”, nos hace un gesto para que nos
unamos. Lo hacemos de manera tímida, menos la madre coñazo que eleva los brazos
como si estuviera en un coro de gospel. Cuando termina con la ronda deja la
guitarra y comenzamos con las sílabas “ta-ta-ta, te-te-te…” a la vez que
acompañamos con palmas. Yo intento ponerle ganas pero mi hijo pasa de todo y se
tumba boca arriba para rascarse la barriga. A continuación saca unas láminas
con dibujos y las muestra al grupo. “¿Esto qué es?” –pregunta. “¡Una vaca!”
–suelta la madre de antes imitando la voz de los niños. El profesor sonríe
tenso. “¿Y esto?” – repite sacando otra hoja. “Un osito” –insiste la madre de
nuevo. “¿Quién sabe qué es esto?” –continua él paciente. “¡Una gallina!” –grita
ella. Otra madre salta. “Perdona, ya vemos que te sabes los animales, ¿no se te
ha ocurrido pensar que quizás a algún niño le apetezca participar?” –le dice
cortante. Ella se queda con una sonrisa helada y consigue reprimirse unos
minutos. Entonces el profesor saca una bolsa gigante, le da la vuelta y deja
caer en el suelo un montón panderetas, maracas, cascabeles y tambores. “Que
todo el mundo elija un instrumento” –nos anima. Yo cojo un timbal. Cuando nos
da la señal, comenzamos a tocar, primero de manera desordenada, pero poco a
poco conformamos una especie de batucada, unidos, los niños incluidos, en un
ritmo constante y fluido. Yo muevo manos, hombros y cabeza, sumergida en el
momento junto al resto que sigue la pauta. Mi hijo golpea el suelo con una
flauta, otros tocan los platillos, el triángulo, el tambor. De repente, y de
manera sorprendente, sonamos bien, puro estilo tribal. A su señal comenzamos a entonar
“la cucaracha”.
En ese momento nos indica que nos pongamos de pie y empieza
a desplazarse por la clase. El resto le imitamos sin dejar de cantar. Yo me
muevo con mi timbal, en plan rumbera, liberada de toda suerte de prejuicios.
Los otros hacen lo mismo, sin pudor, como en una suerte de danza selvática,
errática. De repente ocurre algo. Tras dar un giro sobre mi misma me veo
reflejada en un enorme espejo de pared. Con la cara sofocada me balanceo como
un gorila y levanto las piernas al compás. Veo el rostro de otro padre que se
mira igual que yo, con gesto avergonzado. Intentamos disimular y terminamos la
actividad con lo que nos queda de dignidad. A la salida el grupo se despide
consciente de haber compartido un secreto, algo imposible de revelar que deberemos
llevar con nosotros el tiempo que dure el curso. En el fondo me di cuenta de
que resulta liberador este tipo de expansión, pero por el bien de la autoestima
y la salud de nuestra mente, yo evitaría a toda costa la presencia de ese
espejo impertinente.
viernes, 9 de noviembre de 2012
FANTASÍAS EN TIEMPOS DE CRISIS
Comentaba el otro día con amigas una noticia de reciente
aparición: “la crisis apaga la pasión”. En ella se revela, tras un sesudo
estudio, que las apreturas económicas no sólo nos traen quebraderos de cabeza
sino que instalan en nuestra cama la pereza. “A Jorge desde que está en el paro
se le levanta a duras penas” – nos confirma una de ellas. “Lo mío no es tan
radical, pero si que es cierto que con tanto pesimismo, Antonio no ha vuelto a
ser el mismo” –se suma otra. “Que sosas que sois, en mi caso es todo lo
contrario, no sabéis usar la imaginación” –dice una tercera. Y le exigimos la
correspondiente explicación. “Nuestra situación es jodida, como la de todos, yo
ahora no trabajo y la empresa de Pedro cada vez va peor” –relata. “Pasamos una
temporada de mucho bajón, y se empezó a resentir nuestra relación” –continua.
“Así que un buen día decidí que tenía que arreglar el asunto y me monté un
teatrillo en el que había un toque de queda, una amenaza mortal, y nos
enfrentábamos a nuestra última noche en la casa. Empezamos medio en broma y
terminamos metidos en el papel, yo agarrada encima de él, haciéndolo como
bestias” –explica, mientras el resto nos miramos alucinadas. “Otro día se hizo
pasar por el cobrador del gas, portador de una factura pendiente. Yo le
suplicaba que fuera clemente y le proponía arreglarlo en la cama, al estilo de
las viejas cortesanas” –prosigue. “Lo mejor fue una noche que yo llegaba con
moto y le entregaba una pizza, él no podía pagar y le obligué a trabajar, un
buen rato, en la zona de abajo” –nos cuenta. Aún soltó varias más. Nosotras nos
quedamos sin palabras ante este derroche de sexo-ficción. Pues si es verdad que
las penas con pan son menos, Silvia decidió sustituir la barra de cuarto por
todo un mundo de fantasía donde la sombra de la penuria, lejos de dejarla fría,
ha llenado su vida de alegría. Al despedirse aún nos dio un último consejo: “ A
falta ternera echad mano del conejo”.
lunes, 5 de noviembre de 2012
REBELIÓN EN LAS GRADAS.
Ser espectador de algo te convierte en sujeto activo de un
proceso creativo, o un encuentro deportivo o cualquier evento lúdico-festivo
que tenga lugar en directo. La pasada semana me invitan a ver la semifinal del
Máster de Tenis que cada año tiene lugar en el Ágora. Llego puntual un poco
antes del partido y me paseo por el recinto, muy ambientado con diferentes
stands y actividades organizadas por marcas de alta joyería, coches o
champagne. Pese a que el frío ya ha hecho su aparición, las señoras se pasean
estilosas, con ropa casual ligera y gafas de sol de marca. Jovencitas
arregladas de larga melena se mueven en grupo en busca de jugadores, pues si
antes gustaban abogados o dentistas, ahora la moda se reparte entre tenistas y
futbolistas.
Entramos en la pista donde ya calientan los deportistas. En
uno de los lados David Ferrer, el chico sencillo de Javea, el favorito, el
quinto mejor del mundo, tiene el respaldo absoluto de un público que aguarda
expectante el inicio del encuentro. Frente a él Ivan Dodig, un guapo croata con
aspecto de actor francés, el ciento cinco en la lista, la revelación del
torneo. Comienzan el peloteo y enseguida detecto que aunque los espectadores
están de parte del español, las damas miran al croata, moreno de barba
desaliñada, ojillos rasgados y nariz un punto aguileña. Porque si bien el juego
de Ferrer no tiene freno, el tío del que hablamos está bastante bueno y ostenta
un saque bestial, una fuerza desmedida que lanza cañonazos incendiados y deja
entrever una potencia física inusual. Al ganar uno de los juegos Ferrer se
aproxima a la zona de palcos y le hace un gesto a una guapa rubia de bonitos
ojos verdes que le lanza un beso sonriente. “Esa es la novia, se llama Marta,
es de un pueblo de Valencia” –comentan dos chicas detrás de mío. Yo la miro y
pienso que tiene que ser emocionante poder vivir la sensación de ver a tu
pareja competir. Las de atrás siguen, “él lo pasó muy mal cuando rompió con
Yolanda, su novia de siempre…”. Me intento concentrar en el partido pero esas
dos no dejan de hacer ruido. “Yo al morenito si pierde y termina la
competición, le daría muy a gusto un premio de consolación” –continúan en voz
baja. Un señor les pide silencio y a ellas les entra la risa. Delante de mi un
chico le hace gestos a una de las imponentes azafatas de pista que mira el
encuentro con cara de aburrimiento. La madre de uno de los recogepelotas, un
rubito muy gracioso, le hace fotos desde la grada emocionada. En uno de los
recesos entra un cargo del partido del momento acompañado de su mujer. A mi
alrededor se produce un pequeño revuelo: “no sé como no les da vergüenza”,
“mira, mira, asiento en primera fila”, “la verdad es que no lo entiendo, con
todo lo que está cayendo..”. Junto a mi una señora habla en voz baja por
teléfono: “Las pechugas están en el segundo cajón, coge también patatas y tres
latas de cerveza” – reza ocultando el aparato– “Y ponte chaqueta, algo
abrigado, que ya sabes que a la mínima pillas un constipado” –añade. Las de
atrás vuelven a la carga: “ No sabía que los croatas venían tan bien servidos
¿Te has dado cuenta como marca el pantalón? –comentan entre ellas. La técnica
de Ferrer se impone y Dodig, que ha defendido su posición, termina allí el
campeonato. El guapo se marcha cabizbajo ignorando, me imagino, que para muchas
de las presentes ha hecho un fantástico trabajo.
Yo pienso que a los allí reunidos nos ha faltado un poco de
concentración, pues son tantas las distracciones que he vivido, que al final me
ha costado enterarme del partido.
El ser humano medio, independientemente de su nivel de
fervor deportivo, es incapaz de aguantar más de dos horas sentado y sin hablar,
pues es nuestra propia condición la que nos lleva a ese tipo de evasión. El
resumen final, la esencia de la experiencia, poco tiene que ver con el propio
encuentro o el resultado, sino más bien con aquello que por un motivo u otro,
no ha llamado la atención, que en la mayoría de ocasiones, suele ser aquello
que nos produce alguna clase de emoción. Esté muy orgulloso de su propia
percepción, pues es justo esa visión la que enriquece y permanece. Y tan bien
está seguir la bola por la pista como mirarle el culo al jugador, tontear con
la azafata o enviar mensajes de amor pasando de lo que ocurre a nuestro
alrededor. ¡Reivindique su libertad como espectador!.
viernes, 2 de noviembre de 2012
BATIDO EN LA COCINA
Mamen ha vivido una suerte de revelación vital. Tras casi
quince años de matrimonio, una hija, un divorcio, algunas aventuras, y
aproximándose de manera inexorable a los cincuenta, descubre no hace mucho que
se encuentra atraída por los chicos jovencitos. Todo ocurre una tarde cuando se
está preparando un batido en la cocina y aparece por la puerta Fran, un amigo
de su hija que estudia en casa. Mamen, vestida con bata ligera de seda, ojea
una revista sentada en la bancada cuando el chico, de no más de veinte años, se
acerca para abrir el armario y se queda frente a ella, entre sus piernas, con
el rostro cerca de la abertura vertiginosa que se inicia en la zona del escote.
Él se da cuenta y se tropieza, precipitándose sobre ella, que pierde el control
de su brazo derramándose el batido por el cuerpo. El pobre Fran se disculpa
sonrojado, coge un trapo y comienza a limpiarle en el brazo, la muñeca, la
rodilla. Ella le observa enternecida. Movida por un impulso moja los dedos en
el batido, los lleva hasta la boca de él manchándole los labios y lo besa, con
el fin de retirar los restos de bebida. Él responde, primero descolocado,
enseguida desbocado, aferrándose a su bata, trastornado, agarrándole los
muslos, mordiéndole en la boca. Ella lo frena, a fin de evitar un follón, pues
su hija lo espera en la habitación. “Te quiero” –le dice ido. “Hace treinta
años te hubiera creído. Esto algo normal, estas caliente como un animal”
–responde tranquila. “¿Me besarás otro día?” – pregunta ansioso. “Quizás, hoy
has sido mi fantasía” –le aclara. “¿No me puedo quedar?” –insiste desesperado.
“Te ordeno que te marches a estudiar” – dicta ella firme.
Y así concluyó otro episodio en la vida de Mamen que, lejos
de asustarse ante la llegada de la madurez, se dedica a exprimir cada día como
si fuera la última vez. “¿Será cosa de las hormonas?” –le preguntaría más tarde
su hermana. A lo que ella respondería: “lo único que sé es que cada día tengo
más ganas”.
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