viernes, 18 de octubre de 2013

SLANG FEMENINO



Me encuentro la otra tarde de compras en el centro peleando por meterme unos vaqueros ajustados de la talla 38, “inténtalo que ceden, si no puedes te los llevas y tumbada en la cama, metes la barriga y estiras fuerte de la cintura para arriba” – me aconseja una dependienta de uñas largas, pestañas rizadas y cuerpo de anguila. Cuando estoy a punto de desfallecer me llega del probador contiguo una conversación entre dos chicas. “Estos leggings me hacen chochi pilochi” –suelta una para referirse, me imagino, a la terrorífica estampa visual que ofrecen determinados pantalones de algodón o lycra en su encuentro con la entrepierna. “El top negro chafa el canalillo y me tira las tetas a los lados, parecen dos lenguados” –dice la otra. “Ese pantalón lo petas, además te hace muslamen y culo carpeta” – agrega la primera. Extasiada me entrego a esa floreciente exhibición lingüística cuya pertinencia y originalidad sorprendería a más de un miembro de la RAE. Una de ellas descorre la cortina del diminuto cubículo y sale enfundada en un vestido rojo con el que luce una silueta complicada. “Soy un puto tubo de medidas 90-90-90. Se me marca tanto el hilo del tanga que estoy asfixiada, me siento como una sobrasada” –enuncia cabreada. La amiga aparece junto a ella en short de cuero. “Tengo rodilla hamburguesa y pantobillo. ¿Y estos brazos? A Hannibal Lecter le iban a encantar. Si un día desaparezco es que un asesino en serie me está haciendo pedazos” –advierte levantando una ceja. La dependienta dobla prendas y masca chicle sin mirarlas acostumbrada, me imagino, a ese slang femenino que a veces utilizamos entre nosotras, buscando complicidad. Yo pienso que si fuera un hombre me echaría a temblar, pues ¿qué será capaz de decir de él una hembra que hace autocrítica de manera tan abierta, incisiva y cruel?



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