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viernes, 6 de julio de 2012

EN BOLAS VÍA SMS




Un grave error, envuelto en el contexto adecuado, puede terminar convertido en un golpe de suerte. Me explico. Tenía mi amiga Berta un amante ocasional. Pese a estar casada desde hace una década y ser madre de familia, sucumbió las Navidades pasadas a un arrebato fisiológico y así, en la cena de empresa, se enrolló con Fran, un rubio cachas de administración. Nunca había sido infiel y Berta, cuya vida sexual en pareja era casi inexistente, terminó colgada de él. Más o menos una vez al mes lo arreglaban para quedar y continuaban con un affaire que, lejos de tomar un cariz sentimental, se instaló en el terreno de lo puramente sexual. Juntos exploraron el Kamasutra e indagaron en la piel del otro movidos por el instinto primario de ese deseo brutal.
Una tarde, Berta se encuentra en casa y se le ocurre hacerse una foto de los pechos desnudos, presentados sobre una mesa, en una postura imposible. Con la idea de calentar al bestia de Fran, decide enviársela vía mensaje con un escueto “aquí saciarás tu apetito” pero, movida por el arrebato, se la hacer llegar a Manuel, su anodino marido. Paralizada por el error, mira la pantalla asustada esperando lo peor, pues ella en su matrimonio siempre se comportó con cordura, rozando casi la estrechura. La respuesta llega una hora después, en forma de fotografía. En ella el miembro de Manuel protagoniza un primer plano, sujeto por su mano, con un mensaje muy claro: “hoy tú cenarás salchicha”. Berta, tras el shock inicial y aliviada por su reacción, decide seguir con el tema en su vertiente más obscena. Así, tras cuatro o cinco instantáneas, Manuel llega a casa traspuesto y se mete con ella en la cama para ilustrar lo sugerido.
Desde ese momento Berta se olvida de Fran y ve reavivar su nido, que se encontraba dormido. Su marido se aficionó al jugueteo y ella se busca la vida para dar cierta chispa al magreo. Y aunque él se sabe cornudo, cuando se mira desnudo, en acción, da las gracias en silencio por aquella equivocación. 

domingo, 13 de mayo de 2012

MI VIDA SIN iPHONE



Llevo dos meses y veinte días sin iPhone. El pasado sábado veinticinco de febrero, tras una noche de cena, copas y concierto en una pequeña sala de la calle Polo y Peyrolón, lo dejé olvidado sobre el asiento trasero de un taxi que vi alejarse por el paseo de la Alameda. Pasé el resto de la velada hablando con la compañía de transporte: “¿Sabe el número de licencia del coche?”, “¿Recuerda la matrícula?”, “¿Algún dato sobre el conductor, como nombre, aspecto físico?” –me repetían en cada caso. “No tomo notas cuando voy de copas” –respondía cabreada. Luego llegó el turno de la operadora telefónica. “¿Quiere que bloquee las llamadas?” –“Sí”. “¿Quiere que bloquee el terminal?” –“Sí”.
Entonces tuve una idea que planteé a mi solícita interlocutora: “¿No podría ordenar explosionar el aparato en manos de quien lo tenga en este momento y hacer que se desintegre?”. “Lo siento, no disponemos de ese servicio” –me respondió sin inmutarse. Así, a las siete de la mañana y con una dolorosa sensación de pérdida, me dormía sin poner el despertador, sin echar el último vistazo al Facebook, sin noticias del WhatsApp, sin contacto con el mundo exterior.
Sólo unas horas después me despierto y, de manera mecánica, alargo la mano hasta la mesilla de noche para comprobar que, en efecto, el teléfono ya no está allí. “Nadie me puede localizar, yo no puedo llamar a nadie”, repite mi cerebro como un mantra. Salgo a la calle rumbo a una tienda de la compañía situada en Ruzafa. Por el camino, me siento furtiva, desconectada y, por primera vez desde la noche anterior, tengo un sentimiento positivo: percibo mi ser como parte de la ciudad de una manera física y primaria. Cruzando el puente del Reino observo las copas de los árboles, frondosas, brillantes, y la luz, pura y macerada, de los primeros rayos matutinos. Inspiro, siento como el aire penetra en mis pulmones y me conecto a la energía de la urbe. “Así era la vida antes de la invasión celular”, pienso. Entonces me pregunto si no estaré empezando a alucinar fruto de la resaca.
En la tienda me recibe una señorita que habla de manera mecánica en términos crípticos. Tengo la sensación de estar dentro de un videojuego: portabilidad, duplicado, fidelización, permanencia, programa de puntos, descargas, app, sim, sms, mms, pin, puk… “¿No puede darme ahora otro iPhone?” –le corto. Entonces, por primera vez en la hora que llevo allí, se ríe, solo un segundo, y me da cita para dos semanas después con un agente. “¿De la CIA?” –bromeo. Y ahora, ya sin reírse, me entrega una tarjeta virgen, posa su mirada en el siguiente cliente y le recibe en su idioma élfico.
En un cajón de casa, alguien de la familia ha encontrado un antiguo modelo, de marca desconocida, en el que meto la nueva tarjeta. “Trilirín”, el aparato se conecta y abre ante mí el vacío absoluto. Ni un solo contacto, ni fotos, ni mensajes. Nada. Me anoto los teléfonos de los más allegados, elijo la foto de un pollo como fondo de pantalla y hago un par de llamadas a amigos para comentar la pérdida.
A partir de ese momento, cada día tengo que explicar, por lo menos una vez, que ya no tengo mi antiguo teléfono. La nueva adquisición causa la misma expectación que si sacara un revólver: “¿Qué es eso? ¿Qué marca es? ¿Dónde está el iPhone?...” Y tras casi diez semanas “limpia”, saco algunas conclusiones:
Aunque echo de menos la cámara integrada, la grabadora, el gps, el Twitter, el Skipe, el conversor y los cientos de aplicaciones que hacen de la vida algo más completo y entretenido, valoro haber recuperado la independencia mental, los paseos a la antigua, las películas sin cortes, la lectura en las esperas, la plena conversación, el sentirme anclada a la realidad de una manera más física y menos tecnológica, menos inmediata, menos certera, pero también menos superflua y más humana.
Depender del aparato te alinea, te aliena y crea un espejismo de lo colectivo reduciéndote a la individualidad del dispositivo. Recuperar lo directo, el piel con piel, el lenguaje eterno, convierte en postmoderno y dota de intención al antiguo modelo de  comunicación. ¡Arriba la desconexión!