Me encuentro de copas a una
compañera de universidad que se divorció hace algún tiempo. La veo quizás un
poco más rellena pero divertida, lanzada y guapa. Me cuenta que va de culo con
el cuidado de sus dos niñas, su trabajo en la administración, la casa, el
colegio, las extraescolares, el pago de la contribución. “¿Y de novios como
andas?” –le pregunto a bocajarro. Ella entorna la mirada y me contesta
sonriendo: “he encontrado al hombre perfecto”. Yo en seguida me intereso. “¿En
serio? Me alegro, me lo tienes que contar, mis amigas solteras dicen que el
panorama en la ciudad está tan mal que les desespera” –le digo. Entonces se
explica. “Bueno, en realidad no es uno, son tres. Un compañero del trabajo bastante
más mayor también divorciado que al igual que yo, no tiene ganas de grandes
pasiones. Con él tengo citas, intensas conversaciones y un sexo agradable y
pausado. El segundo es un chico de la asesoría, tiene mi edad, está casado y bastante desencantado.
Con él vivo la fantasía del romance y un sexo furtivo, clandestino y no exento
de culpabilidad. El tercero es un profesor de la escuela de fotografía bastante
más joven que yo. Juntos compartimos el entusiasmo y el impulso de la
creatividad. No se si será por un tema de edad, pero en la cama se porta como
un verdadero salvaje, es capaz de hacerme vibrar”. Yo la miro sorprendida por
el alcance de su sinceridad y me pregunto de donde sacará el tiempo y la
energía para tanta actividad. “¿Y no te planteas comprometerte?” –me intereso. “¿Estás
de coña? Yo ya he estado casada y te puedo asegurar que no me interesa para
nada” –contesta tajante. Así me despido sin poderme quitar de la cabeza su
idilio colectivo y pensando que igual es cierto eso de que en la variedad está
el gusto y quizás, como en este caso, la clave de la felicidad.
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lunes, 6 de mayo de 2013
viernes, 25 de enero de 2013
CUANDO ÉL NO QUIERE
Me entero por varios casos de
que el viejo tópico femenino de “cariño hoy no puedo que me duele la cabeza”,
de siempre asociado a la estrechura o la pereza, ha saltado de género para
invadir el terreno masculino, siendo ahora ellos los que esquivan a su pareja
con excusas como “voy hasta arriba de trabajo” o el socorrido “hay partido del
Valencia”, llevando al límite la paciencia de sus señoras que reciben la
negativa como una inclemencia. “No te lo vas a creer, pero en mi casa no hay
manera de meter” –me anunciaba el otro día Silvia, una vecina y amiga. “Llevamos
casi un mes sin hacerlo y parece que Pablo vive en la ignorancia, no le da
ninguna importancia. Cada día es algo distinto, se puede pasar dos horas
buscando un bañador, o un cargador, o poniendo en orden el congelador. El otro
día le dije unas cuantas verdades, le planteé mis necesidades. Me miró como
distraído y me dijo que le ayudara a encontrar unas llaves que había perdido”
–confiesa. Yo le aconsejé lo clásico, una cena con velas, algo de ropa
interior, tomar la iniciativa. “No puedo mostrar más motivación, una noche me
tiré encima y casi cometo una violación. Me planteé buscar fuera de casa pero
nada, se nota a la legua que estoy desesperada” –continua. Quizás se trata de
una especie de epidemia, pues Silvia, mujerona atractiva y potente, se suma a
la lista de damas que conozco que se suele quedar con las ganas. Puede ser que
el mito del macho con apetito de haya agotado y que los pocos sementales que
quedan se conviertan en ejemplares para admirar en los museos. Los pobres
chicos de las generaciones que llegan viven acobardados ante los deseos exacerbados
de la nueva mujer emancipada y sexualmente liberada, hasta el punto de que es
ella la que decide cuando, donde y con quién. Desde aquí animo a los varones a
volver a lucir los galones de esa antigua virilidad, aunque solo sea para ser
tratados con piedad por aquellas señoras que, independientemente de su edad, buscan
sexo de calidad.
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