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jueves, 1 de septiembre de 2016

UN HOYO EXÓTICO




Raquel siente que se le detiene el pulso el día que, buscando algo de calderilla en el bolsillo del carro de golf de su marido, da con un bote de lubricante sabor chocolate. Tras sujetarlo con dedos temblorosos decide volver a guardarlo y cerrar la cremallera con algo de aprensión. Su cabeza inicia una línea de razonamiento lógico: se tira a otra-una mujer a la que le gustan los juguetitos y las guarrerías-una traidora que además se lanza con el sexo anal-¿lo harán en el mismo club de golf?- ¿será la mujer de un amigo?, ¿la hija universitaria de algún conocido?. Entonces llega la pregunta fundamental, ¿se lo digo? Pese a estar noqueada por el impacto decide esperar hasta comentarlo al día siguiente con una de sus íntimas. Esta le escucha pensativa hasta que lanza una hipótesis que abre en la mente de Raquel una línea inexplorada, ¿será con un tío? Tras el impacto inicial la protagonista se sorprende a sí misma con una suerte de marea tibia que invade su interior. La posibilidad de que el objeto de deseo de su marido sea un hombre hace que su autoestima sume enteros con la certeza de que ella sigue siendo el tope de gama de su género. En caso de ser un asunto gay Raquel lo atribuiría a un episodio exótico de la madurez o bien a una exploración interna de su esposo, de talante aventurero y curioso que, rozando los cincuenta, se atrevería a experimentar con ese juego prohibido. «¿Y cuando se lo vas a decir?», le lanza su amiga. «No sé si quiero», responde ella. Desde ese momento escruta al padre de sus hijos con detalle en busca de cada atisbo de pluma que pueda confirmar sus sospechas. Porque ella, competitiva y estratega, prefiere pensar que su marido lo que desea es probar a introducir la bola en otro tipo de hoyo más inaccesible. Una experiencia aislada que no perturbe para nada su amor por un deporte que practica hace casi dos décadas.

viernes, 23 de marzo de 2012

PASIÓN EN EL CAMPO


Me fascinan esas mujeres que hace un tiempo emparentaron, por acceso matrimonial, con familias de supuesta estirpe de apellidos con pedigrí, y pasan las vacaciones en casonas de campo tostándose en la piscina y aburridas como una ostra. Resulta que una de ellas, reciente aficionada al golf, protagonizó el pasado verano un suceso sin precedentes en este tipo de círculos.

Eva, así la llamaré, seguía un curso de iniciación el último año. Motivada por la llegada de un campeonato social en el que poder lucir palmito, decidió contratar unas clases particulares. Tres días a la semana, al final de la tarde, recorría nueve hoyos en compañía de Marta, su instructora. Jornada tras jornada practicaba sus golpes y perfilaba su postura mientras compartía, en tono cómplice, diferentes episodios de su vida con esa agradable y comprensiva profesora que, al poco tiempo, terminó revelándose como alguien cercano y muy en sintonía con su yo verdadero.

Una noche, cuando la clase tocaba a su fin, la lluvia las sorprendió a solas en medio del campo. Corriendo, llegaron entre risas a uno de los vestuarios, caladas hasta los huesos. Al entrar, un tropiezo condujo a Eva hasta el suelo. Marta le ofreció su brazo para levantarse y así, al contacto de la piel húmeda y la carne caliente, sucumbieron a una pasión animal que las llevó a explorar sus cuerpos en un acto directo y desinhibido.

La cosa no quedó ahí. Las dos mujeres, arrasadas por esa nueva forma de amor, dejaron atrás sus vidas para embarcarse, decididas, en una relación escandalosa cuyos detalles circularon como la pólvora.

Meses después, pasean por el centro de la mano, ajenas a las miradas de esas otras que cumplen su destino en compañía de algún pijo malacarado. La mujer insatisfecha, aunque discreta, es una bomba de relojería que, afinada y lista para estallar, se entrega a sus emociones por encima de sexos y de razones.