Uno de los temas de
conversación recurrente entre mujeres a partir de cierta edad, y máxime cuando
en el grupo hay alguna soltera, versa sobre los tíos del lugar. Los
interesantes, atractivos, comprensivos, sensibles o como diría una amiga,
fornicables varones que, por derecho vital y constitucional, deberían campar a
sus anchas por las calles de la ciudad. “Están pillados” –opina una. “No me lo
creo. Te prometo que cuando he estado en ciudades como Salamanca, Murcia o
Toledo, he visto más hombres interesantes por metro cuadrado que aquí desde que
me he separado” –afirma otra. La realidad es que cuando salimos las chicas,
después de la cena y de tomar una copa si la cosa se tercia, nos vamos un rato
a bailar, en circulito, comentando algún modelito rompedor, haciendo gracias
con lo que vemos a nuestro alrededor. “Siempre somos las mayores del garito, a
mi me parecen todos unos críos, además son medio alternativos” – aprecia otra
más. Alguien propone probar un día en unos pubs de la Gran Vía donde dicen que
hay más material. “Si es el que creo está lleno de horteras y guarras. Si es
otro que hay más allá la media son los sesenta. Me han dicho que es el templo
de la Viagra, además, podría encontrarme con mi suegra” –apunta la primera.
Recordamos la vieja teoría de que lo bueno no se pilla en un pub, que la hora
punta del ligoteo de calidad nada tiene que ver con la nocturnidad y hacemos un
repaso de lugares diurnos. “El río, hay que salir a correr a última hora. En la
zona del Puente de las Flores hay unos cuantos haciendo estiramientos que no
están mal”, “En esa tienda de libros y discos, en la sección de ordenadores,
mirando los Mac. Allí siempre hay tíos buenos”, “Los sábados por la mañana en
el Mercado Central”, “En ese sitio de bricolaje, donde colocan los muebles de
teca”, “En el bar de la escuela de tenis, esperando a los niños”, “En el IVAM,
el truco está en ir sola y pasearse de sala en sala poniendo cara de interesada”,
“Donde hacen los cursos de paella. Por la mañana se compran los ingredientes en
grupo y te quedas a la comida”, “En yoga, una que conozco va a un centro por
Ruzafa y dice que hay material”, “En las catas de vino organizadas”, “En las
zapaterías deportivas”, “A la hora de la comida en los restaurantes asiáticos” “Por
la tarde en el Mercado de Colón, en plan afterwork, en el lado contrario de donde
están los caballitos”, “El domingo a mediodía por la zona de la calle
Tapinería”, “Los lunes en los cines en versión original”, “En la sala de espera
del AVE”, “En los cursos de Kite Surf de El Perelló”, “En esa galería de arte
que tiene cafetería”, “En el brunch que preparan en no se qué garito de la
Patacona”… –soltamos sin cesar. De repente me imagino la ciudad como un campo
primaveral, un paraíso sensual de lo varonil y lo cultural, plagada de Adonis,
ligeramente musculados pero bien dotados, con el pelo y las manos cuidadas e
interesante conversación. Todos tienen una mirada cálida y profunda, son hetero,
están solteros y buscan a la mujer de su vida que, por ciertos quiebros del
destino, eres tú. Delicados en lo exterior, se convierten en lo privado en
bestias desbocadas poseídas por la carnalidad más desprendida, atentos a
nuestras necesidades femeninas, en pos de nuestro clímax. Esta alegría que,
según hemos acordado, se encuentra por el día, debe de ser extendida,
compartida por las damas de esta tierra de playa, fallas y luz dorada. Por
ello, y dado de que se trata de ejemplares difíciles de encontrar, me planteo elaborar
una guía, un mapa de puntos calientes según el lugar, la tipología, el modus
operandi y la estacionalidad. Así las mujeres de la ciudad, y dependiendo de su
necesidad, podrán escoger su actividad en función de la clase de hombre con el
que les gustaría topar. Pues en estos casos, y cuando llega una edad, no se
trata de adoctrinar ni de llevar de la mano. El objetivo de todo esto, y me
imagino que las señoras estarán de acuerdo, es no perder el tiempo e ir al
grano.
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lunes, 11 de noviembre de 2013
lunes, 16 de septiembre de 2013
LIBERTINAJE ESTIVAL
El delicioso tomate de El
Perelló cobra para mi una dimensión distinta la pasada semana gracias a la
nueva novia de un amigo, una joven de físico destacado, que nos presenta
durante una comida de verano. A mitad mañana nos encontramos un grupito en el
jardín tumbados en las hamacas en animada conversación cuando entra en escena
ella, cubierta por un sencillo bañador en rosa. En una de sus manos sujeta un
gran tomate cortado por la mitad al que no parece haberle puesto ni aceite ni
sal y se lo come a mordiscos, con un gesto que resulta tan natural que roza lo
bestial, mientras finos hilos de fluido rojizo discurren de su boca a sus dedos
pasando por el brazo y goteando hasta el codo. Ajena al momento “jamón, jamón”
que ha provocado con su aparición, se sienta en el borde de la piscina, con una
de las piernas flexionada y un pie metido en el agua, y da cuenta del jugoso
fruto, que ahora veo tan alejado de la ensalada, desmembrando la fina piel con
sus blancos dientes-pala que desde ese momento en adelante me parecen dos
cuchillas cortantes. Los otros la miramos sin mirar y durante ese día, como si
esa escena hubiera servido de presagio,
me parece percibir en el resto de personas allí presentes una especie de
contagio de lo carnal, al estirarse en la toalla con el bañador empapado y el
cuerpo bronceado, untarse la crema en los muslos con esmero, beber un buen
chorro de cerveza a morro, desenredarse el cabello al sol o pasearse por la
casa con ropa ligera moviéndose con pereza al son de una suave banda sonora
compuesta por sensuales temas de bossa nova. Fascinada, pasé la jornada
observando a los otros como a cámara lenta hechizados por el efecto de ese
tomate rojo, irregular y de sabor perfecto que instauró en el grupo el influjo
de la pulsión terrenal más profunda, fecunda y racial.
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