La primera vez que Pedro vio
a la esposa de su jefe le pareció una mujer atractiva, discreta y agradable, más
joven de lo que esperaba. Fue una mañana de invierno, ella vestía un abrigo y al
verla marchar se fijó en sus piernas definidas que se perdían en unos tobillos delgados.
La segunda ocasión es primavera y coinciden en una cena en la que ella luce un
vestido ligero que deja al descubierto un cuello estilizado. La melena, suelta,
cae brillante sobre su espalda bronceada y él pasa la noche muy atento a su
sonrisa. Llega el verano y el jefe invita a Pedro a comer en su chalet. Tras el
aperitivo la mujer de su superior les propone un baño en la piscina. En
silencio se desviste. Pedro descubre un vientre firme, cintura estrecha, culo
duro, largos muslos. Sus ojos se topan entonces con un pecho generoso que brota
del bikini con firmeza. Por su cabeza pasa la imagen de su jefe, su pelo ralo,
su barriga prominente y esa forma de hablar, ese acento final que impregna
hasta las frases en teoría normales de una atroz superioridad. «Él se la tira y
tú no», le dice su conciencia realista. Mientras la observa nadar fantasea con
que la tiene entre sus brazos. La imagina sin ropa, la piel dorada, mojada, la
mirada entornada. «¿Será el poder, estará enamorada?», reflexiona cuando ella
sale del agua y se tumba en una hamaca. Pedro, acalorado, se queda en bañador y
deja al descubierto su trabajada anatomía. La esposa levanta la mirada y se la
clava. «Igual prefiere un torso duro a un cuerpo maduro», se dice él apretando
abdominales. El dueño de la casa se acerca por detrás y le sirve vino, «bebe,
es un reserva especial de Borgoña, ¿sabes que es lo mejor de este vino?», le
pregunta moviendo la copa. Pedro aguarda la respuesta con gesto diligente.
«Poderlo pagar», concluye el jefe mirando a su mujer mientras se pone la ropa.
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lunes, 1 de junio de 2015
martes, 22 de julio de 2014
BRONCEADO DE PISCINA
Leo hace poco un artículo
sobre la época dorada de Hollywood ilustrado con fotografías de estrellas de la
talla de Audrey Hepburn, Grace Kelly, Steve McQueen, Natalie Wood o Sean
Connery. Las celebrities aparecen relajadas en la tumbona al borde de una piscina
o sumergidas, posando con estilo, en el agua tratada. El texto hace referencia
al simbolismo enfrentado que supone tener una de ellas asociado al estatus pero
también a la decadencia. Para mi, que como reza el tema de Serrat, nací en el
Mediterráneo, veo la cercanía del mar como algo natural y desde pequeña he
encontrado la piscina como un sucedáneo menor, una diversión para niños, un
apaño recurrente donde pegarse un baño cuando aprieta el calor. Pasar las
vacaciones en alguna de las urbanizaciones adyacentes a la ciudad siempre me ha
parecido castrante, como si aquellos que las pueblan, al estar alejados del mar,
debieran de conformarse con refrescarse en el cemento, con ese bronceado mate y
tiznado que solo proporcionan los pinos y el cloro. Por otro lado ciertas
albercas, cuyos dueños han construido con la misma pretensión que si estuvieran
ubicadas en una mansión, salpicándolas con un puentecillo o con la escultura de
un cisne o de un angelito meón, me traen a la cabeza la figura de Hugh Hefner,
el mítico dueño de Playboy que creó su propio universo de modelos explosivas,
stripers y meretrices, cubierto por su bata de raso y gafas de aviador
sujetando un dry Martini. No hace mucho un empresario local adinerado montó en
su chalet un fiestón diurno con barra de cócteles, bandejas de sushi y dos
dj’s. Me cuentan que algunos invitados, poseídos por el espíritu hortera del
garito de Marbella famoso por sus “pool parties”, se fundieron una caja de
champagne rosa en el proceso de agitar la botella, quitar el tapón y hacer
saltar la bebida sobre el cuerpo de las bañistas que gritaban exaltadas dentro
de la piscina hasta que el anfitrión, sorprendido al ver el líquido espumoso
desperdiciado en ese rapto de efusión fiestera, abortó el momento con un: “Collons!
Que és aixó?”.
La piscina además se sitúa a
la cabeza, y gracias al calentón infiel que en su día hizo famoso el entonces
marido de Estefanía de Mónaco, Daniel Ducruet, de la lista de lugares
apropiados para el sexo loco, desbocado, ese tipo de acto no premeditado que
suele ocurrir en verano y cuyos protagonistas muchas veces no son capaces de
medir. En la piscina además se requiere cierto dress code y algo de recato, al
menos en la que yo, desde que tengo dos niños pequeños, frecuento. Algunas
señoras de cierta de edad se ven obligadas, por un tema de compromiso social, a
llevar bañador entero, cuando la realidad es que si por ellas fuera llevarían una
braguita de bikini minúscula, muy por debajo de la barriga, e incluso
prescindirían de la parte de arriba. La nota discordante, y a mi parecer
divertida, la ha puesto este verano el hijo algo díscolo y hasta hace nada
soltero de una conocida señora, que acude algunos días acompañado de su
reciente pareja. La chica es una joven espigada que lleva shorts y coleta
estirada cuyos apellidos, y los de su familia, nunca en la historia del club
han sonado por megafonía. Ella y él se tumban en las hamacas y se aplican crema
el uno al otro pasando del entorno, con el cuidado y la destreza de dos actores
porno. Luego se lanzan al agua, donde conversan largo rato abrazados junto al
bordillo, uniendo las caderas en un gesto instintivo, intercambiando besos furtivos.
En la ducha ella se enjuaga bajo el chorro dejando al descubierto el tatuaje
chinesco que decora una de sus nalgas. Mientras, la madre de él nada sin meter
la cabeza pero ataviada con gafas y gorro, con la intención, me imagino, de
abstraerse de la situación. Yo tengo grabada en la retina la piscina de “El
Graduado” donde el protagonista, interpretado por un joven Dustin Hoffman,
trata de aplacar el calor producido tras sus encuentros con la salvaje señora
Robinson. Si analizamos el tema de manera aséptica, bañarse en la piscina queda
reducido al hecho de compartir espacio y agua con otras personas llevando muy
poca ropa cuando sube la temperatura. Algo que a mi luego, como buena
observadora que soy, me da mucho juego.
lunes, 16 de septiembre de 2013
LIBERTINAJE ESTIVAL
El delicioso tomate de El
Perelló cobra para mi una dimensión distinta la pasada semana gracias a la
nueva novia de un amigo, una joven de físico destacado, que nos presenta
durante una comida de verano. A mitad mañana nos encontramos un grupito en el
jardín tumbados en las hamacas en animada conversación cuando entra en escena
ella, cubierta por un sencillo bañador en rosa. En una de sus manos sujeta un
gran tomate cortado por la mitad al que no parece haberle puesto ni aceite ni
sal y se lo come a mordiscos, con un gesto que resulta tan natural que roza lo
bestial, mientras finos hilos de fluido rojizo discurren de su boca a sus dedos
pasando por el brazo y goteando hasta el codo. Ajena al momento “jamón, jamón”
que ha provocado con su aparición, se sienta en el borde de la piscina, con una
de las piernas flexionada y un pie metido en el agua, y da cuenta del jugoso
fruto, que ahora veo tan alejado de la ensalada, desmembrando la fina piel con
sus blancos dientes-pala que desde ese momento en adelante me parecen dos
cuchillas cortantes. Los otros la miramos sin mirar y durante ese día, como si
esa escena hubiera servido de presagio,
me parece percibir en el resto de personas allí presentes una especie de
contagio de lo carnal, al estirarse en la toalla con el bañador empapado y el
cuerpo bronceado, untarse la crema en los muslos con esmero, beber un buen
chorro de cerveza a morro, desenredarse el cabello al sol o pasearse por la
casa con ropa ligera moviéndose con pereza al son de una suave banda sonora
compuesta por sensuales temas de bossa nova. Fascinada, pasé la jornada
observando a los otros como a cámara lenta hechizados por el efecto de ese
tomate rojo, irregular y de sabor perfecto que instauró en el grupo el influjo
de la pulsión terrenal más profunda, fecunda y racial.
lunes, 29 de julio de 2013
LLENA HASTA ARRIBA DE VERANO
Con los años y conforme fue variando
mi situación, cambié el escenario de mis veraneos de los idílicos años de
infancia en Gandía con escarceos al Perelló o Cullera, pasando por la
adolescencia y primera juventud en Denia y las posteriores Ibiza y Formentera,
más chic, exclusivas y en apariencia molonas, donde la gente guapa del planeta
sale a cenar o a navegar. Así las vacaciones dejaron de tener tres meses para
durar quince días, más algunas escapaditas de fin de semana distribuidas por
Pascua, algún puente o Navidad. Por ello el otro jueves, cuando una madre del cole
nos invita a un grupito a pasar el día a su apartamento de Puebla de Farnals,
sufro una extraña conmoción, una regresión que comienza sobre la arena, cuando
saca un paquete de papas Lolita y un bote de aceitunas rellenas. Con la mano
todavía mojada cojo una patata de la bolsa y al llevármela a la boca siento en
los labios el sabor de la sal y la sensación crujiente entre los dientes
activando determinadas conexiones mentales muy reales que me transportan a los
seis años. Al llegar a la piscina me llama la atención un trampolín que ocupa
uno de las laterales invitándome a entrar al agua de manera alternativa.
Decidida, me lanzo a probar para darme cuenta, al experimentar una sonora
culada, de que estoy desentrenada. Tras colocar mi biquini en su lugar, me
vuelvo a lanzar un par de veces más saboreando la divertida sensación de estar
suspendida unos segundos antes de la caída. Cuando me siento en la toalla miro
al resto disfrutando del baño tras la playa, una secuencia pactada, relajada,
en una situación de comunión con sus vecinos de urbanización. “Ya han traído la
paella” –me indican. Desde la terraza del apartamento veo a varias familias
comiendo al exterior, en muchos casos a pecho descubierto, ensalada y gazpacho
sobre manteles de cuadros. De fondo en el televisor las noticias hablan del
calor, las carreteras y algún caso de corrupción. Al terminar de comer me quedo
medio traspuesta en el sillón sumida en ese momento de placer molestada tan
solo por una mosca impertinente que insiste en posarse en mi brazo. Para
merendar saca una bandeja con una perfecta selección: barquillos, leche
merengada con canela y granizado de limón. Bajamos de nuevo y al salir del
ascensor veo en la portería unos carteles que han pegado con el plan del día. “Batalla
de globos en la piscina y taller de plastilina, clase de aquaerobic, campeonato
de mus y cine de verano”. A mi alrededor se agolpan críos frotándose las manos
con emoción al contemplar la programación que para el día siguiente anuncia
castillos hinchables y bailes de salón. Ya en la calle, en las zonas comunes
unos y otras comen pipas o helados y las parejas de jubilados salen arreglados
a pasear. No puedo evitar pensar en los veranos de mi infancia y me dejo llevar
por la nostalgia al recordar las pelotas de Nivea lanzadas desde una avioneta
amarilla, los castillos en la orilla, los bocadillos de tortilla, el cine al
aire libre, las camas elásticas, la petanca, los bolos, los recreativos, fumar
en la estación, ir a la playa sin protección, jugar a polis y cacos, meter la
cara en la sandía o andar descalza todo el día. Una del grupito aprovecha una
ausencia de la anfitriona y rompe de manera momentánea mi ensoñación haciendo
una crítica afilada de la urbanización, la gente, el ambiente. Nos habla entonces
de su experiencia de años en el primer montañar de Jávea, de una casa que
alquiló en Denia sobre las rocas en la parte de las Rotas, del chalet de sus
suegros en el Portet de Moraira, de cuando juega con sus amigas a las paletas
en Benicassim, en la zona de Playetas. “Esta tía es idiota” –me digo, y tomo
nota mental de hacerle el vacío. Cuando nos vamos a marchar veo a las pandillas
de jovencitos de tonteo sentados en el muro del paseo, me pongo por un momento
en su lugar y soy capaz de sentir la libertad, el poder de la novedad, la
expectación, las prisas. Observo como uno de ellos muy flaco, que no tendrá más
de quine años, se acerca con disimulo hasta una morenita de su edad a la que
coge de la mano. Yo cojo el coche y vuelvo a mi casa llena hasta arriba de
verano.
viernes, 21 de junio de 2013
CONEXIONES MENTALES SEXUALES
Isa ha decidido abandonar el biquini optando por el bañador. No es por un tema de edad, pues disfruta de una estupenda treintena con un cuerpo delgado y espigado, ni se trata de pudor, ya que siempre lució dos piezas de estilo brasileño prescindiendo muchas veces, por aquello de igualar el tono del pecho y la barriga, de la parte de arriba. Ella, siguiendo el consejo de un amigo que le dijo aquello de “mejor insinuar que mostrar”, se ha hecho este año con un traje de baño blanco, subido de pierna y escotado, un modelo con un punto ochentero de entrada recatado pero en la práctica sumamente malvado. La pasada semana decide estrenarlo en la piscina de un club elitista. Después de pasar un buen rato en la hamaca se levanta, llega hasta la ducha y, tras mojar su cuerpo acalorado, se lanza al agua de cabeza. Allí nada unos largos y al salir por la escalerilla es consciente de su poder. Pausada, introduce los pulgares bajo la goma a la altura de las nalgas colocando la prenda en su sitio sobre la carne apretada. Instintivamente saca pecho estirando de los tirantes por delante perfilando los hombros que parecen como esculpidos, enmarcando sus pechos equilibrados y hasta un punto clareados pese al forro. La tripa parece aún más plana y deriva en unas ingles marcadas, atravesadas por la lycra blanca que se eleva hasta unas caderas de yegua. Isa camina de puntillas moviendo con la manos la melena empapada que deja caer a un lado, en plan leona, hasta que llega y se acomoda en la tumbona. Con los brazos apoyados detrás de la cabeza se despereza consciente de las miradas incendiadas que ha despertado. Mientras se pone cacao en la boca se arrepiente de no haber descubierto antes el poder de ese bañador provocador capaz de despertar en la mente de los varones una serie de conexiones relacionadas de manera directa con las vacaciones, el calor, los fluidos, la playa y el sexo.
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