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lunes, 1 de junio de 2015

UN CARO RESERVA ESPECIAL




La primera vez que Pedro vio a la esposa de su jefe le pareció una mujer atractiva, discreta y agradable, más joven de lo que esperaba. Fue una mañana de invierno, ella vestía un abrigo y al verla marchar se fijó en sus piernas definidas que se perdían en unos tobillos delgados. La segunda ocasión es primavera y coinciden en una cena en la que ella luce un vestido ligero que deja al descubierto un cuello estilizado. La melena, suelta, cae brillante sobre su espalda bronceada y él pasa la noche muy atento a su sonrisa. Llega el verano y el jefe invita a Pedro a comer en su chalet. Tras el aperitivo la mujer de su superior les propone un baño en la piscina. En silencio se desviste. Pedro descubre un vientre firme, cintura estrecha, culo duro, largos muslos. Sus ojos se topan entonces con un pecho generoso que brota del bikini con firmeza. Por su cabeza pasa la imagen de su jefe, su pelo ralo, su barriga prominente y esa forma de hablar, ese acento final que impregna hasta las frases en teoría normales de una atroz superioridad. «Él se la tira y tú no», le dice su conciencia realista. Mientras la observa nadar fantasea con que la tiene entre sus brazos. La imagina sin ropa, la piel dorada, mojada, la mirada entornada. «¿Será el poder, estará enamorada?», reflexiona cuando ella sale del agua y se tumba en una hamaca. Pedro, acalorado, se queda en bañador y deja al descubierto su trabajada anatomía. La esposa levanta la mirada y se la clava. «Igual prefiere un torso duro a un cuerpo maduro», se dice él apretando abdominales. El dueño de la casa se acerca por detrás y le sirve vino, «bebe, es un reserva especial de Borgoña, ¿sabes que es lo mejor de este vino?», le pregunta moviendo la copa. Pedro aguarda la respuesta con gesto diligente. «Poderlo pagar», concluye el jefe mirando a su mujer mientras se pone la ropa.

martes, 22 de julio de 2014

BRONCEADO DE PISCINA


                                  

Leo hace poco un artículo sobre la época dorada de Hollywood ilustrado con fotografías de estrellas de la talla de Audrey Hepburn, Grace Kelly, Steve McQueen, Natalie Wood o Sean Connery. Las celebrities aparecen relajadas en la tumbona al borde de una piscina o sumergidas, posando con estilo, en el agua tratada. El texto hace referencia al simbolismo enfrentado que supone tener una de ellas asociado al estatus pero también a la decadencia. Para mi, que como reza el tema de Serrat, nací en el Mediterráneo, veo la cercanía del mar como algo natural y desde pequeña he encontrado la piscina como un sucedáneo menor, una diversión para niños, un apaño recurrente donde pegarse un baño cuando aprieta el calor. Pasar las vacaciones en alguna de las urbanizaciones adyacentes a la ciudad siempre me ha parecido castrante, como si aquellos que las pueblan, al estar alejados del mar, debieran de conformarse con refrescarse en el cemento, con ese bronceado mate y tiznado que solo proporcionan los pinos y el cloro. Por otro lado ciertas albercas, cuyos dueños han construido con la misma pretensión que si estuvieran ubicadas en una mansión, salpicándolas con un puentecillo o con la escultura de un cisne o de un angelito meón, me traen a la cabeza la figura de Hugh Hefner, el mítico dueño de Playboy que creó su propio universo de modelos explosivas, stripers y meretrices, cubierto por su bata de raso y gafas de aviador sujetando un dry Martini. No hace mucho un empresario local adinerado montó en su chalet un fiestón diurno con barra de cócteles, bandejas de sushi y dos dj’s. Me cuentan que algunos invitados, poseídos por el espíritu hortera del garito de Marbella famoso por sus “pool parties”, se fundieron una caja de champagne rosa en el proceso de agitar la botella, quitar el tapón y hacer saltar la bebida sobre el cuerpo de las bañistas que gritaban exaltadas dentro de la piscina hasta que el anfitrión, sorprendido al ver el líquido espumoso desperdiciado en ese rapto de efusión fiestera, abortó el momento con un: “Collons! Que és aixó?”.
La piscina además se sitúa a la cabeza, y gracias al calentón infiel que en su día hizo famoso el entonces marido de Estefanía de Mónaco, Daniel Ducruet, de la lista de lugares apropiados para el sexo loco, desbocado, ese tipo de acto no premeditado que suele ocurrir en verano y cuyos protagonistas muchas veces no son capaces de medir. En la piscina además se requiere cierto dress code y algo de recato, al menos en la que yo, desde que tengo dos niños pequeños, frecuento. Algunas señoras de cierta de edad se ven obligadas, por un tema de compromiso social, a llevar bañador entero, cuando la realidad es que si por ellas fuera llevarían una braguita de bikini minúscula, muy por debajo de la barriga, e incluso prescindirían de la parte de arriba. La nota discordante, y a mi parecer divertida, la ha puesto este verano el hijo algo díscolo y hasta hace nada soltero de una conocida señora, que acude algunos días acompañado de su reciente pareja. La chica es una joven espigada que lleva shorts y coleta estirada cuyos apellidos, y los de su familia, nunca en la historia del club han sonado por megafonía. Ella y él se tumban en las hamacas y se aplican crema el uno al otro pasando del entorno, con el cuidado y la destreza de dos actores porno. Luego se lanzan al agua, donde conversan largo rato abrazados junto al bordillo, uniendo las caderas en un gesto instintivo, intercambiando besos furtivos. En la ducha ella se enjuaga bajo el chorro dejando al descubierto el tatuaje chinesco que decora una de sus nalgas. Mientras, la madre de él nada sin meter la cabeza pero ataviada con gafas y gorro, con la intención, me imagino, de abstraerse de la situación. Yo tengo grabada en la retina la piscina de “El Graduado” donde el protagonista, interpretado por un joven Dustin Hoffman, trata de aplacar el calor producido tras sus encuentros con la salvaje señora Robinson. Si analizamos el tema de manera aséptica, bañarse en la piscina queda reducido al hecho de compartir espacio y agua con otras personas llevando muy poca ropa cuando sube la temperatura. Algo que a mi luego, como buena observadora que soy, me da mucho juego.



lunes, 16 de septiembre de 2013

LIBERTINAJE ESTIVAL



El delicioso tomate de El Perelló cobra para mi una dimensión distinta la pasada semana gracias a la nueva novia de un amigo, una joven de físico destacado, que nos presenta durante una comida de verano. A mitad mañana nos encontramos un grupito en el jardín tumbados en las hamacas en animada conversación cuando entra en escena ella, cubierta por un sencillo bañador en rosa. En una de sus manos sujeta un gran tomate cortado por la mitad al que no parece haberle puesto ni aceite ni sal y se lo come a mordiscos, con un gesto que resulta tan natural que roza lo bestial, mientras finos hilos de fluido rojizo discurren de su boca a sus dedos pasando por el brazo y goteando hasta el codo. Ajena al momento “jamón, jamón” que ha provocado con su aparición, se sienta en el borde de la piscina, con una de las piernas flexionada y un pie metido en el agua, y da cuenta del jugoso fruto, que ahora veo tan alejado de la ensalada, desmembrando la fina piel con sus blancos dientes-pala que desde ese momento en adelante me parecen dos cuchillas cortantes. Los otros la miramos sin mirar y durante ese día, como si esa escena  hubiera servido de presagio, me parece percibir en el resto de personas allí presentes una especie de contagio de lo carnal, al estirarse en la toalla con el bañador empapado y el cuerpo bronceado, untarse la crema en los muslos con esmero, beber un buen chorro de cerveza a morro, desenredarse el cabello al sol o pasearse por la casa con ropa ligera moviéndose con pereza al son de una suave banda sonora compuesta por sensuales temas de bossa nova. Fascinada, pasé la jornada observando a los otros como a cámara lenta hechizados por el efecto de ese tomate rojo, irregular y de sabor perfecto que instauró en el grupo el influjo de la pulsión terrenal más profunda, fecunda y racial.



lunes, 29 de julio de 2013

LLENA HASTA ARRIBA DE VERANO



Con los años y conforme fue variando mi situación, cambié el escenario de mis veraneos de los idílicos años de infancia en Gandía con escarceos al Perelló o Cullera, pasando por la adolescencia y primera juventud en Denia y las posteriores Ibiza y Formentera, más chic, exclusivas y en apariencia molonas, donde la gente guapa del planeta sale a cenar o a navegar. Así las vacaciones dejaron de tener tres meses para durar quince días, más algunas escapaditas de fin de semana distribuidas por Pascua, algún puente o Navidad. Por ello el otro jueves, cuando una madre del cole nos invita a un grupito a pasar el día a su apartamento de Puebla de Farnals, sufro una extraña conmoción, una regresión que comienza sobre la arena, cuando saca un paquete de papas Lolita y un bote de aceitunas rellenas. Con la mano todavía mojada cojo una patata de la bolsa y al llevármela a la boca siento en los labios el sabor de la sal y la sensación crujiente entre los dientes activando determinadas conexiones mentales muy reales que me transportan a los seis años. Al llegar a la piscina me llama la atención un trampolín que ocupa uno de las laterales invitándome a entrar al agua de manera alternativa. Decidida, me lanzo a probar para darme cuenta, al experimentar una sonora culada, de que estoy desentrenada. Tras colocar mi biquini en su lugar, me vuelvo a lanzar un par de veces más saboreando la divertida sensación de estar suspendida unos segundos antes de la caída. Cuando me siento en la toalla miro al resto disfrutando del baño tras la playa, una secuencia pactada, relajada, en una situación de comunión con sus vecinos de urbanización. “Ya han traído la paella” –me indican. Desde la terraza del apartamento veo a varias familias comiendo al exterior, en muchos casos a pecho descubierto, ensalada y gazpacho sobre manteles de cuadros. De fondo en el televisor las noticias hablan del calor, las carreteras y algún caso de corrupción. Al terminar de comer me quedo medio traspuesta en el sillón sumida en ese momento de placer molestada tan solo por una mosca impertinente que insiste en posarse en mi brazo. Para merendar saca una bandeja con una perfecta selección: barquillos, leche merengada con canela y granizado de limón. Bajamos de nuevo y al salir del ascensor veo en la portería unos carteles que han pegado con el plan del día. “Batalla de globos en la piscina y taller de plastilina, clase de aquaerobic, campeonato de mus y cine de verano”. A mi alrededor se agolpan críos frotándose las manos con emoción al contemplar la programación que para el día siguiente anuncia castillos hinchables y bailes de salón. Ya en la calle, en las zonas comunes unos y otras comen pipas o helados y las parejas de jubilados salen arreglados a pasear. No puedo evitar pensar en los veranos de mi infancia y me dejo llevar por la nostalgia al recordar las pelotas de Nivea lanzadas desde una avioneta amarilla, los castillos en la orilla, los bocadillos de tortilla, el cine al aire libre, las camas elásticas, la petanca, los bolos, los recreativos, fumar en la estación, ir a la playa sin protección, jugar a polis y cacos, meter la cara en la sandía o andar descalza todo el día. Una del grupito aprovecha una ausencia de la anfitriona y rompe de manera momentánea mi ensoñación haciendo una crítica afilada de la urbanización, la gente, el ambiente. Nos habla entonces de su experiencia de años en el primer montañar de Jávea, de una casa que alquiló en Denia sobre las rocas en la parte de las Rotas, del chalet de sus suegros en el Portet de Moraira, de cuando juega con sus amigas a las paletas en Benicassim, en la zona de Playetas. “Esta tía es idiota” –me digo, y tomo nota mental de hacerle el vacío. Cuando nos vamos a marchar veo a las pandillas de jovencitos de tonteo sentados en el muro del paseo, me pongo por un momento en su lugar y soy capaz de sentir la libertad, el poder de la novedad, la expectación, las prisas. Observo como uno de ellos muy flaco, que no tendrá más de quine años, se acerca con disimulo hasta una morenita de su edad a la que coge de la mano. Yo cojo el coche y vuelvo a mi casa llena hasta arriba de verano.

viernes, 21 de junio de 2013

CONEXIONES MENTALES SEXUALES



Isa ha decidido abandonar el biquini optando por el bañador. No es por un tema de edad, pues disfruta de una estupenda treintena con un cuerpo delgado y espigado, ni se trata de pudor, ya que siempre lució dos piezas de estilo brasileño prescindiendo muchas veces, por aquello de igualar el tono del pecho y la barriga, de la parte de arriba. Ella, siguiendo el consejo de un amigo que le dijo aquello de “mejor insinuar que mostrar”, se ha hecho este año con un traje de baño blanco, subido de pierna y escotado, un modelo con un punto ochentero de entrada recatado pero en la práctica sumamente malvado. La pasada semana decide estrenarlo en la piscina de un club elitista. Después de pasar un buen rato en la hamaca se levanta, llega hasta la ducha y, tras mojar su cuerpo acalorado, se lanza al agua de cabeza. Allí nada unos largos y al salir por la escalerilla es consciente de su poder. Pausada, introduce los pulgares bajo la goma a la altura de las nalgas colocando la prenda en su sitio sobre la carne apretada. Instintivamente saca pecho estirando de los tirantes por delante perfilando los hombros que parecen como esculpidos, enmarcando sus pechos equilibrados y hasta un punto clareados pese al forro. La tripa parece aún más plana y deriva en unas ingles marcadas, atravesadas por la lycra blanca que se eleva hasta unas caderas de yegua. Isa camina de puntillas moviendo con la manos la melena empapada que deja caer a un lado, en plan leona, hasta que llega y se acomoda en la tumbona. Con los brazos apoyados detrás de la cabeza se despereza consciente de las miradas incendiadas que ha despertado. Mientras se pone cacao en la boca se arrepiente de no haber descubierto antes el poder de ese bañador provocador capaz de despertar en la mente de los varones una serie de conexiones relacionadas de manera directa con las vacaciones, el calor, los fluidos, la playa y el sexo.