Quien diga que en Valencia no pasan cosas es porque no acude los jueves a alguno de los numerosos saraos que tienen lugar en esta ciudad. Se trata del cuarto día de la semana situado entre el miércoles, la noche del espectador en los cines, y el viernes, el día favorito por ese gran sector de la humanidad amante de la mundanidad. La noche de los jueves además tiene algo de crapulismo e inconsecuencia, en especial en esas ocasiones en las que decides alargar, pese a que sabes que al día siguiente tienes que madrugar. El jueves es además la gran noche del affaire pues muchos salen sin su pareja. La hora bruja, el clímax del peligro, llega al final, cuando se hace el momento de marcharse y entonces alguno se ofrece a llevar a alguna en coche a casa, por aquello de que es de noche, y otros deciden compartir un taxi que parece que nunca pasa. Algo que he notado es que si antes me invitaban a una fiesta o una cena en la que la mayoría de asistentes no eran mis amigos, me hacían una faena. Con la edad he aprendido a apreciar esos encuentros con perfectos desconocidos que sacian por unas horas mi infinita curiosidad. En esos casos me pongo en la piel de un vampiro, pues si bien al voyeur le gusta mirar, a mi me gusta saber, ahondar, dar forma al personaje. Primero intento averiguar cual es su profesión, luego descifrar el origen, en el caso de que sea incierto, enterarme de si tiene hijos, pareja, algún suceso del pasado que pueda resultar comprometido, quiénes son sus amigos. Más tarde me planteo si tiene amantes, o un amor clandestino, o si está esperando a esa persona marcada por el destino. Hace un par de semanas acudo a una inauguración en un palacete donde presentan una cuidada selección de arte. Allí me encuentro con una mezcla de nombres escogidos de la sociedad, algunos con apellidos de tal y tal, un par de grupos de señoras divorciadas, pequeños y medianos empresarios de la ciudad, profesionales de despacho, hombres solos diseminados y unas pocas solteras de treinta y largos, de esas que con el arroz pasado han aprendido a hacer sushi y risotto. En el cóctel corre el champagne, el vino y unas bandejas con canapés minúsculos de autor. Los temas de conversación tratan sobre la resaca fallera, los planes pascueros, la compra del Valencia, vivir o no en una urbanización, llevarte o no el Rolex a Brasil, comprar o no unos bolsos de imitación que rondan los cuatrocientos euros, hacerle o no los papeles a la chica de servicio…Yo escucho mareada ante tanta contradicción. En una sala cercana se dan cita los fumadores que disfrutan con gusto de esos pitillos de interior rodeados de tapices. Un grupito está enzarzado en una conversación sobre el cigarrillo electrónico. Un sector cree que es la misma mierda pero encima artificial, el otro expulsa vaho mientras opina que es lo mejor, más sano y menos guarro. Un señor sujeta su cigarrillo de nueva generación mientras explica que las zonas de fumadores deberían estar sub acotadas, a un lado los de humo, al otro los de vapor. Dos chicas solteras que se acaban de conocer pululan juntas por el espacio. Una le comenta a la otra que ha sido su tabla de salvación, que estaba cortada porque iba sola, que qué bien que se han encontrado. Un chico repeinado que viste camisa blanca les hace fotos de lejos y se las muestras a su amigo que mira serio y dice: «te juro que no es, la habría reconocido». Una señora que me encuentro esperando para entrar al baño me dice que si tuviera mi edad prescindiría de las medias, que no hay nada más atractivo que las piernas en libertad, pese al frío. Alguien avisa de que se va a tomar un pepito de ternera a un sitio que lo bordan y otra anuncia que, quien quiera seguir en su casa, está invitado a embutido. Un gran reloj nos avisa de la media noche, la masa alegre parece gravitar a mi alrededor. Me viene a la cabeza una frase de Ortega y Gasset: “Vivir es lo que hacemos y lo que nos pasa”. Yo me digo que esa parte intrascendente del trayecto es, precisamente, la que recuerdan aquellos que, por los motivos que sean, ya no pueden o no quieren salir de casa.
martes, 8 de abril de 2014
VALENCIA EN JUEVES
Quien diga que en Valencia no pasan cosas es porque no acude los jueves a alguno de los numerosos saraos que tienen lugar en esta ciudad. Se trata del cuarto día de la semana situado entre el miércoles, la noche del espectador en los cines, y el viernes, el día favorito por ese gran sector de la humanidad amante de la mundanidad. La noche de los jueves además tiene algo de crapulismo e inconsecuencia, en especial en esas ocasiones en las que decides alargar, pese a que sabes que al día siguiente tienes que madrugar. El jueves es además la gran noche del affaire pues muchos salen sin su pareja. La hora bruja, el clímax del peligro, llega al final, cuando se hace el momento de marcharse y entonces alguno se ofrece a llevar a alguna en coche a casa, por aquello de que es de noche, y otros deciden compartir un taxi que parece que nunca pasa. Algo que he notado es que si antes me invitaban a una fiesta o una cena en la que la mayoría de asistentes no eran mis amigos, me hacían una faena. Con la edad he aprendido a apreciar esos encuentros con perfectos desconocidos que sacian por unas horas mi infinita curiosidad. En esos casos me pongo en la piel de un vampiro, pues si bien al voyeur le gusta mirar, a mi me gusta saber, ahondar, dar forma al personaje. Primero intento averiguar cual es su profesión, luego descifrar el origen, en el caso de que sea incierto, enterarme de si tiene hijos, pareja, algún suceso del pasado que pueda resultar comprometido, quiénes son sus amigos. Más tarde me planteo si tiene amantes, o un amor clandestino, o si está esperando a esa persona marcada por el destino. Hace un par de semanas acudo a una inauguración en un palacete donde presentan una cuidada selección de arte. Allí me encuentro con una mezcla de nombres escogidos de la sociedad, algunos con apellidos de tal y tal, un par de grupos de señoras divorciadas, pequeños y medianos empresarios de la ciudad, profesionales de despacho, hombres solos diseminados y unas pocas solteras de treinta y largos, de esas que con el arroz pasado han aprendido a hacer sushi y risotto. En el cóctel corre el champagne, el vino y unas bandejas con canapés minúsculos de autor. Los temas de conversación tratan sobre la resaca fallera, los planes pascueros, la compra del Valencia, vivir o no en una urbanización, llevarte o no el Rolex a Brasil, comprar o no unos bolsos de imitación que rondan los cuatrocientos euros, hacerle o no los papeles a la chica de servicio…Yo escucho mareada ante tanta contradicción. En una sala cercana se dan cita los fumadores que disfrutan con gusto de esos pitillos de interior rodeados de tapices. Un grupito está enzarzado en una conversación sobre el cigarrillo electrónico. Un sector cree que es la misma mierda pero encima artificial, el otro expulsa vaho mientras opina que es lo mejor, más sano y menos guarro. Un señor sujeta su cigarrillo de nueva generación mientras explica que las zonas de fumadores deberían estar sub acotadas, a un lado los de humo, al otro los de vapor. Dos chicas solteras que se acaban de conocer pululan juntas por el espacio. Una le comenta a la otra que ha sido su tabla de salvación, que estaba cortada porque iba sola, que qué bien que se han encontrado. Un chico repeinado que viste camisa blanca les hace fotos de lejos y se las muestras a su amigo que mira serio y dice: «te juro que no es, la habría reconocido». Una señora que me encuentro esperando para entrar al baño me dice que si tuviera mi edad prescindiría de las medias, que no hay nada más atractivo que las piernas en libertad, pese al frío. Alguien avisa de que se va a tomar un pepito de ternera a un sitio que lo bordan y otra anuncia que, quien quiera seguir en su casa, está invitado a embutido. Un gran reloj nos avisa de la media noche, la masa alegre parece gravitar a mi alrededor. Me viene a la cabeza una frase de Ortega y Gasset: “Vivir es lo que hacemos y lo que nos pasa”. Yo me digo que esa parte intrascendente del trayecto es, precisamente, la que recuerdan aquellos que, por los motivos que sean, ya no pueden o no quieren salir de casa.
lunes, 7 de octubre de 2013
LAS BRAGAS DE KATE MOSS
lunes, 15 de julio de 2013
NOCHES EN BLANCO
viernes, 16 de marzo de 2012
EL ENEMIGO EN CASA

Fiesta infantil. Varias madres charlamos en el sofá mientras los niños juegan a lo suyo. Aburrida de tanta cháchara femenina, paseo la vista por el agradable hogar de la anfitriona cuando algo llama mi atención. Por el pasillo, cargada con un niño entre los brazos, ataviada con unos jeans ajustados y una camiseta rosa, algo corta, dejando al descubierto una barriga adolescente, se acerca una esbelta y atractiva jovencita. “¿Es tu sobrina?” –le pregunto a la dueña de la casa. “Que va, es Fany, la canguro, la tengo ya un par de años” –confirma tranquila.
Vuelvo a mirar a esa lolita mientras se aleja y confirmo que la mujer con la que he hablado, esa madre sonriente, comprensiva y con algunos kilos de más, no sabe lo que tiene entre las manos. Su canguro debe rondar los diecisiete, luce una larga melena castaña y ojos almendrados. Tiene una cintura jodidamente estrecha que contrasta con un pecho terso y generoso, cubierto por un escueto sujetador de camiseta que clarea dos breves protuberancias rosáceas. Lleva las uñas rojas a medio pintar, brillo en los labios y una suerte de coleta desecha de la que caen unos cuantos mechones sobre el rostro, humedecidos ahora por las gotas de sudor que cubren sus sienes.
Fany, la canguro, corretea arriba y abajo, rendida a los juegos infantiles, y bebe a morro de una botella de refresco ante la turbada mirada de alguna que otra madre que, avispada, observa esa bomba de relojería que ríe a carcajadas y muestra medio culo diminuto cada vez que se dobla para agacharse. “Menuda cagada” –pienso. Y me imagino al pobre marido, llegando del trabajo con ganas de desconectar y obligado a presenciar semejante espectáculo día tras día. Si la carne es débil, y la vista díscola y caprichosa, no tentemos a la suerte. Y así comparto el consejo de una tía ya anciana: “Las otras mujeres de casa, y más si son de servicio, que sean más feas que Picio”.




