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martes, 8 de abril de 2014

VALENCIA EN JUEVES



Quien diga que en Valencia no pasan cosas es porque no acude los jueves a alguno de los numerosos saraos que tienen lugar en esta ciudad. Se trata del cuarto día de la semana situado entre el miércoles, la noche del espectador en los cines, y el viernes, el día favorito por ese gran sector de la humanidad amante de la mundanidad. La noche de los jueves además tiene algo de crapulismo e inconsecuencia, en especial en esas ocasiones en las que decides alargar, pese a que sabes que al día siguiente tienes que madrugar. El jueves es además la gran noche del affaire pues muchos salen sin su pareja. La hora bruja, el clímax del peligro, llega al final, cuando se hace el momento de marcharse y entonces alguno se ofrece a llevar a alguna en coche a casa, por aquello de que es de noche, y otros deciden compartir un taxi que parece que nunca pasa. Algo que he notado es que si antes me invitaban a una fiesta o una cena en la que la mayoría de asistentes no eran mis amigos, me hacían una faena. Con la edad he aprendido a apreciar esos encuentros con perfectos desconocidos que sacian por unas horas mi infinita curiosidad. En esos casos me pongo en la piel de un vampiro, pues si bien al voyeur le gusta mirar, a mi me gusta saber, ahondar, dar forma al personaje. Primero intento averiguar cual es su profesión, luego descifrar el origen, en el caso de que sea incierto, enterarme de si tiene hijos, pareja, algún suceso del pasado que pueda resultar comprometido, quiénes son sus amigos. Más tarde me planteo si tiene amantes, o un amor clandestino, o si está esperando a esa persona marcada por el destino. Hace un par de semanas acudo a una inauguración en un palacete donde presentan una cuidada selección de arte. Allí me encuentro con una mezcla de nombres escogidos de la sociedad, algunos con apellidos de tal y tal, un par de grupos de señoras divorciadas, pequeños y medianos empresarios de la ciudad, profesionales de despacho, hombres solos diseminados y unas pocas solteras de treinta y largos, de esas que con el arroz pasado han aprendido a hacer sushi y risotto. En el cóctel corre el champagne, el vino y unas bandejas con canapés minúsculos de autor. Los temas de conversación tratan sobre la resaca fallera, los planes pascueros, la compra del Valencia, vivir o no en una urbanización, llevarte o no el Rolex a Brasil, comprar o no unos bolsos de imitación que rondan los cuatrocientos euros, hacerle o no los papeles a la chica de servicio…Yo escucho mareada ante tanta contradicción. En una sala cercana se dan cita los fumadores que disfrutan con gusto de esos pitillos de interior rodeados de tapices. Un grupito está enzarzado en una conversación sobre el cigarrillo electrónico. Un sector cree que es la misma mierda pero encima artificial, el otro expulsa vaho mientras opina que es lo mejor, más sano y menos guarro. Un señor sujeta su cigarrillo de nueva generación mientras explica que las zonas de fumadores deberían estar sub acotadas, a un lado los de humo, al otro los de vapor. Dos chicas solteras que se acaban de conocer pululan juntas por el espacio. Una le comenta a la otra que ha sido su tabla de salvación, que estaba cortada porque iba sola, que qué bien que se han encontrado. Un chico repeinado que viste camisa blanca les hace fotos de lejos y se las muestras a su amigo que mira serio y dice: «te juro que no es, la habría reconocido». Una señora que me encuentro esperando para entrar al baño me dice que si tuviera mi edad prescindiría de las medias, que no hay nada más atractivo que las piernas en libertad, pese al frío. Alguien avisa de que se va a tomar un pepito de ternera a un sitio que lo bordan y otra anuncia que, quien quiera seguir en su casa, está invitado a embutido. Un gran reloj nos avisa de la media noche, la masa alegre parece gravitar a mi alrededor. Me viene a la cabeza una frase de Ortega y Gasset: “Vivir es lo que hacemos y lo que nos pasa”. Yo me digo que esa parte intrascendente del trayecto es, precisamente, la que recuerdan aquellos que, por los motivos que sean, ya no pueden o no quieren salir de casa.

lunes, 7 de octubre de 2013

LAS BRAGAS DE KATE MOSS



Gracias a la revelación de una conocida que ha estado en la Milán Fashion Week me entero de que Kate Moss, la mítica top, l’enfant terrible de la moda reconvertida en empresaria, diseñadora y musa, apareció en una de las fiestas rodeada por una corte de admiradores y enfundada en un vestido ajustadísimo bajo el cual se marcaba una mundana braga. “Era de grandes dimensiones y parecía de algodón. El vestido, que por cierto era fantástico, quedaba como cortado en dos partes a causa de esa prenda del pasado” –me cuenta. De inmediato me pregunto si será algo meditado y deliberado en plan reacción a lo teóricamente estipulado o si se trata de algo casual, un gesto accidental que revela su tendencia a lo improvisado. Repasando algunas de las últimas apariciones estelares de bellas celebridades como Rihanna, Jennifer López o Beyoncé, llego a la conclusión de que la braga tipo faja no solo recoge y estiliza sino que está de moda. Las firmas de lencería llevan un par de temporadas sacando al mercado distintas variaciones de esta tendencia que las mujeres han recuperado con alegría pero que a los hombres les sienta igual que una ducha fría. Ese pedazo de tela elástica, grande y de color carne ayuda a la dama a domar su tendencia curvilínea y lucir sexy enfundada en un vestido a costa de minar la libido de los tíos. Ellos, independientemente de su nivel y situación, se siguen decantando por el tanga y la minibraga, ajenos al chonismo y evidenciando que en su mente, cuando hablamos de ropa interior, menos es más y mejor. Así la bella e inquietante Kate abandera, sin pretenderlo, una arriesgada cruzada a favor de la braga que nosotras, el resto de las mortales, deberíamos de agradecer. Aunque solo fuera porque nos ahorra ese momento tan desagradable en el que debes de sacarte con disimulo, en plena calle, el hilito del tanga metido en el culo.

lunes, 15 de julio de 2013

NOCHES EN BLANCO



En principio no me suelo rebelar ante las convenciones de estilo que se imponen al ser invitado a una fiesta. Más allá del smoking o del vestido largo o de cóctel demandados en algunos eventos puntuales, a veces los organizadores te salen con florituras tipo “black & gold”, “caribbean mix” o el más extendido y accesible look ibicenco donde sólo vale un color: el blanco. Así que al ser convocada a una velada nívea esta semana en un club deportivo de la ciudad abro mi armario en busca del modelo perfecto. Entre vaqueros, chaquetas de cuero y prendas de rayas o en negro doy con un ligero y solitario vestido veraniego en blanco inmaculado con un pronunciado escote rematado por un bordado. Me lo pruebo y al mirarme en el espejo descubro que 1-Me falta bronceado, 2-Marco pechuga en plan Gina Lollobrigida, 3-Se marca la barriga. Recuerdo entonces una faja color carne que compré para una boda y nunca estrené y que recoge desde los muslos hasta debajo del pecho en plan morcilla de arroz provocando a la vista un bajón de libido sin precedentes. Como puedo me embuto en ella y pienso en el numerito que voy a tener que montar si me surge la necesidad de ir al baño. Me acuerdo entonces de María Antonieta y sus miriñaques y de Scarlett O’Hara y los sufrimientos con el corsé y me entrego a esa penitencia femenina de manera estoica con el único objetivo de parecer más delgada. “¿No hace mucho calor?” –le pregunto a la amiga que conduce y que me ha venido a buscar mientras intento dar con la manera de poderme sentar. “Llevo faja, ¿sabes?” –le cuento orgullosa como si se tratara de una proeza. “Pues espero que no tengas me mear” –me contesta confirmando mis sospechas. Tras aparcar hacemos nuestra entrada al recinto y ya en la puerta me doy cuenta de que el blanco tiene varias interpretaciones y de que además se puede combinar. “¿Hay barra libre?” –le pregunto a un camarero uniformado que me mira parado antes de contestarme que no. Unas doscientas personas unificadas por el color inmaculado ocupamos nuestros asientos en grandes mesas bajo un cañizo cuando un señor de buena planta, que me recuerda Phillipe Junot, me ofrece un coctel atento. Yo miro su camisa de lino y la fina cadena de oro de la que pende un pequeño cuerno de marfil asomando en su pecho. Al verle moverse entre las hembras con caballerosidad, soltura y el punto justo de irreverencia lo veo como a un cazador, sutil, preciso y letal. “O son mayores o unos críos, pero no hay ni un tío de nuestra edad” –me dice una de la mesa. “Yo los prefiero maduros, tengo el clásico complejo filial, una tara desde pequeña” –dice otra. “A mi antes me pasaba igual, pero este año en la piscina hay mucho animal que no pasará los veinte. El otro día me descubrí fantaseando con que un crío de esos se acercaba a pedirme la hora, se abalanzaba sobre mi y teníamos un encuentro carnal” –comparte otra más. Intento participar de la conversación pero siento que voy a reventar. “Llevo una faja, no puedo más” –vuelvo a decir con la necesidad de compartir mi osadía, de que alguien reconozca mi valía. “Quítatela, cuando he llegado me he dado cuenta de que se me marcaban las bragas. Me las he guardado en el bolso y estoy liberada” –me confiesa una chica atractiva que luce un vestido largo estilo hippie. Me pongo de pie para ir al baño decidida a acabar con la tortura. Por el camino me cruzo de nuevo al cazador a punto de atacar a una dama en la pista de baile que dos o tres matrimonios acaban de estrenar. Al verlos bailar entregados, moviendo pies y caderas al compás, me digo que quizás es una pena que los hombres de menos de cierta edad ya no bailen en pareja. Que debe de ser bonito dejarse llevar por tu novio, tu ligue o tu marido, marcando el cha cha chá, girando grácil entre sus brazos en ese rítmico preámbulo de carácter sensual. Encerrada en el vestuario me desprendo a tirones de esa prenda infernal que parece haberse fundido conmigo y vuelvo directa a la pista con una renovada sensación de libertad para bailar en solitario y pasando de mi barriga. Corren nuevos tiempos para la feminidad. 

viernes, 16 de marzo de 2012

EL ENEMIGO EN CASA


Fiesta infantil. Varias madres charlamos en el sofá mientras los niños juegan a lo suyo. Aburrida de tanta cháchara femenina, paseo la vista por el agradable hogar de la anfitriona cuando algo llama mi atención. Por el pasillo, cargada con un niño entre los brazos, ataviada con unos jeans ajustados y una camiseta rosa, algo corta, dejando al descubierto una barriga adolescente, se acerca una esbelta y atractiva jovencita. “¿Es tu sobrina?” –le pregunto a la dueña de la casa. “Que va, es Fany, la canguro, la tengo ya un par de años” –confirma tranquila.

Vuelvo a mirar a esa lolita mientras se aleja y confirmo que la mujer con la que he hablado, esa madre sonriente, comprensiva y con algunos kilos de más, no sabe lo que tiene entre las manos. Su canguro debe rondar los diecisiete, luce una larga melena castaña y ojos almendrados. Tiene una cintura jodidamente estrecha que contrasta con un pecho terso y generoso, cubierto por un escueto sujetador de camiseta que clarea dos breves protuberancias rosáceas. Lleva las uñas rojas a medio pintar, brillo en los labios y una suerte de coleta desecha de la que caen unos cuantos mechones sobre el rostro, humedecidos ahora por las gotas de sudor que cubren sus sienes.

Fany, la canguro, corretea arriba y abajo, rendida a los juegos infantiles, y bebe a morro de una botella de refresco ante la turbada mirada de alguna que otra madre que, avispada, observa esa bomba de relojería que ríe a carcajadas y muestra medio culo diminuto cada vez que se dobla para agacharse. “Menuda cagada” –pienso. Y me imagino al pobre marido, llegando del trabajo con ganas de desconectar y obligado a presenciar semejante espectáculo día tras día. Si la carne es débil, y la vista díscola y caprichosa, no tentemos a la suerte. Y así comparto el consejo de una tía ya anciana: “Las otras mujeres de casa, y más si son de servicio, que sean más feas que Picio”.