Susana
estaba encantada de estar beneficiándose a Andrés, un padre del colegio
separado algo más joven que ella, hasta que una noche en su casa después de una
hora de sexo, él se apoya en su regazo y le suelta cariñoso: “me ha encantado,
mamá”. Ella, espantada, no está segura de haber oído bien y lo mira intrigada.
“¿Qué has dicho?” –pregunta. “Que ha estado genial” –responde él. Sólo dos días
después se encuentran en el sofá en plena sesión de magreo. Ella comienza a
besarle por el abdomen cuando Andrés le suelta: “más abajo mami”. Susana se
incorpora y lo mira cabreada. “Me has llamado mamá. ¿Esto de qué va?” –le
interroga. “Nunca había estado con alguien más mayor, a mi me parece muy sexy,
te conservas fenomenal” –responde. Las palabras “conservas” y “mayor” comienzan
a rebotar en la cabeza de ella de manera insistente y la hacen sentir de
repente como una arpía depravada abusando de un menor. Entonces, para su
sorpresa, ocurre algo aún peor. “Si quieres déjate puesto el sujetador, es
mejor, queda el pecho más bonito” –le sugiere. Sin dejar de mirarlo a los ojos
se pone de pie y se quita con un gesto el sostén mostrando en plenitud toda su
desnudez. “Mira, idiota, como podrás comprobar estos pechos están bien
derechos, cosa que tú deberías plantearte, pues entre todo ese pelo que tienes
en la barriga no se distingue bien el origen de esos dos pellejos que te
cuelgan ahí arriba. La zona entre el cuello y la barbilla que tienes como
abultada, se llama papada. Y a esa superficie plana de tu cabeza donde refleja
la luz, le dicen calvicie” –le informa sin inmutarse. Andrés la observa sin
saber qué decir mientras ella se termina de vestir. Justo cuando va a salir por
la puerta se gira para despedirse: “¿Sabes qué te digo cariño? Entiendo que con
ese tamaño te sientas como un niño”.
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domingo, 16 de junio de 2013
sábado, 8 de junio de 2013
REFLEJO DE SEXO AMATEUR
Lorena ha empezado a salir
con un chico que le gusta bastante. Tras fracasar en su última relación conoció
a Pedro en clase de cocina y, lo que empezó con un par de citas, ha acabado
convertido en un tórrido lío. Después de vivir varias noches de pasión en el
apartamento de ella del centro, él la invita un viernes noche a su casa ubicada
en Campolivar. Tras degustar comida, vino y postres se ponen en acción y entre
besos y arrumacos llegan como pueden hasta la habitación. Pese a estar metida
en faena Lorena no puede evitar flipar con un gran espejo que ocupa una pared
de arriba a abajo cubriendo todo un lateral. Ella, sin parar de besar, observa
con disimulo como él la va liberando de la ropa y no deja de pensar en la
celulitis de su culo que a través del espejo parece de repente agrandado,
afeado. Pedro entonces se quita la camisa y deja al descubierto una espalda
inusualmente granuda y unos hombros peludos. Lorena sentada se mira asustada
los pliegues de la barriga y decide cerrar los ojos para intentar excitarse.
Cuando parece que ha conseguido centrarse y empieza a disfrutar instintivamente
vuelve a mirar y descubre la cara de él, congestionada, y sus nalgas que se
mueven como un flan en el vaivén de las embestidas. De repente se siente como
si fueran los protagonistas de un video porno amateur llamado “maduro abogado
monta a profesora de su agrado”. Al final consigue culminar mirando hacia otro
lado y se jura a si misma no volverlo a intentar en aquel probador del amor.
Ya en su casa decidió que
prefería a Pedro en penumbra, con su voz rasgada y su sonrisa velada. El sexo
así a pelo no tiene nada de estético y reflejado e iluminado de tal manera
resulta hasta un punto patético. Cierto velo resulta favorecedor y estimula la
fantasía de los amantes, antes, durante y después el acto en cuestión.
lunes, 6 de mayo de 2013
EL HOMBRE PERFECTO
Me encuentro de copas a una
compañera de universidad que se divorció hace algún tiempo. La veo quizás un
poco más rellena pero divertida, lanzada y guapa. Me cuenta que va de culo con
el cuidado de sus dos niñas, su trabajo en la administración, la casa, el
colegio, las extraescolares, el pago de la contribución. “¿Y de novios como
andas?” –le pregunto a bocajarro. Ella entorna la mirada y me contesta
sonriendo: “he encontrado al hombre perfecto”. Yo en seguida me intereso. “¿En
serio? Me alegro, me lo tienes que contar, mis amigas solteras dicen que el
panorama en la ciudad está tan mal que les desespera” –le digo. Entonces se
explica. “Bueno, en realidad no es uno, son tres. Un compañero del trabajo bastante
más mayor también divorciado que al igual que yo, no tiene ganas de grandes
pasiones. Con él tengo citas, intensas conversaciones y un sexo agradable y
pausado. El segundo es un chico de la asesoría, tiene mi edad, está casado y bastante desencantado.
Con él vivo la fantasía del romance y un sexo furtivo, clandestino y no exento
de culpabilidad. El tercero es un profesor de la escuela de fotografía bastante
más joven que yo. Juntos compartimos el entusiasmo y el impulso de la
creatividad. No se si será por un tema de edad, pero en la cama se porta como
un verdadero salvaje, es capaz de hacerme vibrar”. Yo la miro sorprendida por
el alcance de su sinceridad y me pregunto de donde sacará el tiempo y la
energía para tanta actividad. “¿Y no te planteas comprometerte?” –me intereso. “¿Estás
de coña? Yo ya he estado casada y te puedo asegurar que no me interesa para
nada” –contesta tajante. Así me despido sin poderme quitar de la cabeza su
idilio colectivo y pensando que igual es cierto eso de que en la variedad está
el gusto y quizás, como en este caso, la clave de la felicidad.
domingo, 20 de mayo de 2012
MARTES ARDIENTE
Me encuentro al final de la tarde en plena sesión de baños y
cenas infantiles, cuando suena el teléfono: “Necesito una copa” –se trata de mi
amiga Alicia, madre, esposa y empresaria, en crisis permanente. “¿Hoy?”
–pregunto atareada. “Ahora” –contesta tajante.
Media hora después entro en el lugar convenido, un mítico
bar de la Gran Vía Marqués del Turia de ambiente añejo, tapas míticas y
servicio impecable. Mi amiga anda ya por el segundo margarita. Pedimos algo de
cena y se acerca el camarero con el vaso ancho, los hielos contundentes, el
limón recién cortado, la tónica helada y la botella de ginebra para preparar
ante mis ojos un gin tonic en toda regla.
“Creo que Javi me engaña” –me suelta a bocajarro. “Está
raro, no me dice adónde va, le he pillado un par de mensajitos sospechosos”
–argumenta. Y comienza la disertación.
En una mesa cercana, dos hermanas adineradas, unidas por su
pasión por los saraos, las compras y el gusto al frasco, beben en compañía de
su comparsa, tres varones en el límite de lo corrupto y de lo humano, uno de
los cuales, casado y publicista, se beneficia a la hermana menor, poco
agraciada pero lista y fresca. Las saludo con una sonrisa. “Para ser martes la
cosa está animada”, pienso.
Llega Rosa, compañera de trabajo, que se sienta a nuestra
mesa y pone su mano sobre la de Alicia: “Tírate a otro” –sugiere escueta. Rosa
tiene cuarenta y dos años, se separó hace tres al pillar a su marido con una
joven fisioterapeuta, y desde entonces no deja títere con cabeza. “Cuando el
río suena, zorra lleva, te lo digo por experiencia, tu Javi te la pega” –afirma
Rosa levantando la ceja. Alicia chupa la sal del borde de la copa y la levanta
para pedir otra. La cuarta.
Se acercan a despejarnos la mesa pero ella no interrumpe su
relato: “Todo el día pidiendo novedades, que si sal esta noche sin bragas, que
si cómprate juguetitos, probemos hoy por detrás…”. Con la bandeja cargada a
medias, el camarero se aleja sin mirarnos. “Mañana, cuando venga a por el
bocadillo de tortilla, me hacen la ola”, reflexiono tapándome la cara con las
manos.
Por la puerta entra un atractivo abogado que viene a mi
gimnasio. Nos saluda, saluda a las hermanas y pide en la barra cena para
llevar. Caprichos para dos, rematados con una botella de champagne y un par de
copas de fino cristal que le colocan envueltas en papel en una de las bolsas.
La cosa huele a affaire clandestino,
a lío de despacho. Se bebe una caña, un chupito de vodka, paga y se marcha.
Alicia se enciende un pitillo pasando de normativas. La hago
salir a la acera. En la calle, una de las hermanas de antes, fuma y le hace
ojitos a un joven periodista de su séquito que aspira a dar el salto a la
capital. “Te lo va a hacer sudar”, me gustaría decirle. Pues esa hembra, la
hermana mayor, esa que tira de agenda, tiene contactos y conoce a tantos, se ha
labrado una gran fama de apetente.
El mismo camarero de antes comienza a recoger la terraza. Mi
amiga, oportuna, continúa: “Lo suyo es un problema de pito, todo el día mira
que te mira y luego en casa no tira…”. “Mejor entramos”, la corto abrumada.
Pero es Rosa la que sale cogida del brazo de Víctor, su profesor de paddel, un
maduro algo fondón de pelo cano con muchas horas de vuelo. “Mirad a quién me he
encontrado” –nos dice guiñando un ojo. “Víctor, mi amiga Alicia anda un poco
floja, necesita entrenamiento duro, ¿cómo la ves?” –pregunta coqueta. El tal
Víctor, que luce una melopea considerable, sonríe y nos tiende una mano laxa.
Mis dos amigas y Víctor deciden seguir en un karaoke de la
calle Joaquín Costa. Tras aplaudir su sentida versión del I will survive me despido y salgo por la puerta. En la Gran Vía me
cruzo al abogado y a su socia, caminando, formales, tras dejar en la basura una
bolsa de la que asoma la botella, vacía, todavía fría. Pienso en esta húmeda
ciudad que se somete, discreta, a las bajas pulsiones cuando el cielo oscurece.
Casi nada ni nadie son lo que parecen. Me marcho en busca de emociones, conozco
el lugar: vuelvo al calor del hogar.
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