Un grupo de 26 mujeres ha
escrito una carta colectiva al Papa Francisco con la intención de que revise el
celibato. Esta señoras, y como detallan en la misiva, “mantiene,
ha mantenido o querría mantener una relación sentimental con un sacerdote”. A
sus argumentos añaden otro de peso: “El servicio a Jesús y a la comunidad sería
desempeñado con mayor fuerza por un sacerdote que conjuga su sacerdocio con la
vida conyugal”. Mantengamos la calma. Les pido a estas damas que se pongan en
situación y se imaginen que desde el Vaticano levantan el veto y dan vía libre
a su amor. Tras los dos primeros años de relación, donde efectivamente el
sacerdote en cuestión, y habiendo dado rienda suelta a su contenida pasión, se
tomaría su cometido con mayor gallardía y energía sabiéndose amado y esperado
en su hogar, irremediablemente llegaría la implacable realidad en forma de
hastío, conflictos y celos. El tema del confesionario plantearía para muchas un
escollo, ¿o acaso sería de su agrado ver a su amado escuchando susurros, muchas
veces escabrosos, de boca de otra mujer con esa intimidad que da la proximidad?
¿Y qué ocurriría con los WhatsApp? ¿Cómo fiarse de un marido que no conecta el
dispositivo con la excusa de atender a los feligreses? En caso de conflicto
conyugal también habría problemas, ¿sería oportuno acercarse al altar tras una
pelea con el típico “tenemos que hablar”? Y pensando en la sexualidad, si en el
momento del clímax uno de los dos se lanzara con el clásico “oh Dios mío”, ¿se interpretaría
como plegaria habitual o, dado el contexto, podría elevarse a la categoría de
pecado mortal? Quizás el hecho de no haber podido ir más allá en su relación
prohibida les ha hecho perder la perspectiva en torno al asunto. Por ello animo
a estas mujeres a plantearse su postura romántica frente a la espiritualidad
desde una perspectiva de practicidad doméstica.
Mostrando entradas con la etiqueta sacerdote. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sacerdote. Mostrar todas las entradas
lunes, 26 de mayo de 2014
viernes, 18 de mayo de 2012
AMOR PURO Y VIRGINAL
Hay amores que marcan. Más allá del tiempo, de la edad o la
situación, el recuerdo de alguna relación puede quedar grabado en nuestro
frágil subconsciente. El peso del compromiso puede agravar la tendencia y
empujar al afectado hacia el abismo de la inconsecuencia.
Faltaba un mes para el enlace de Lucía, joven formal de
familia bien, con trabajo fijo y una relación estable con su novio de la
facultad. Entre los nervios, la emoción y las pruebas del menú, todavía
encuentra tiempo para buscar a Rafa, su primer amor, el guapo del colegio, el
canalla que la hizo vibrar por espacio de diez meses y que, a causa del
traslado de sus padres, no volvió a ver tras ese curso. Vía Facebook descubre que vive en Tarragona, que sigue en forma,
soltero y ¡¡oh sorpresa!!, que se ha ordenado sacerdote. Incrédula, nos suelta
la noticia: “No puede ser, lo tengo que ver. Esas manos, ese cuerpo, ese
miembro… de la Iglesia”. Entonces Lucía se imagina a Richard Chamberlain en El
pájaro espino, transgrediendo la ley divina
para dejarse arrasar por una pasión incontrolable al verla de nuevo.
Dos días después se presenta en la casa parroquial. Tras la
sorpresa inicial conversan largo rato. Tanta contención, tanto recato, elevan
el alma de Lucía y allí, sin ambages, se siente enamorada y decide confesarle
su secreto. “Si crees que me amas, es que amas al Señor. Sigue tu camino con fe
y no errarás en las decisiones” –la instruye. Lucía, movida por su pasión,
confunde las palabras y se lanza a los brazos del padre que, aturdido, la
aparta de su lado y la expulsa del convento.
Semanas más tarde, Lucía da el “sí quiero” vestida de
blanco. Al posar los ojos en el altar, asume, sublimada, lo imposible de su
historia con el cura. Esa revelación relaja su estado de ánimo convirtiendo su
secreto en el germen de un deseo puro, inmaculado y ajeno a las bajezas
terrenales.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



