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lunes, 26 de mayo de 2014

ALEGATO PRO CELIBATO



Un grupo de 26 mujeres ha escrito una carta colectiva al Papa Francisco con la intención de que revise el celibato. Esta señoras, y como detallan en la misiva, “mantiene, ha mantenido o querría mantener una relación sentimental con un sacerdote”. A sus argumentos añaden otro de peso: “El servicio a Jesús y a la comunidad sería desempeñado con mayor fuerza por un sacerdote que conjuga su sacerdocio con la vida conyugal”. Mantengamos la calma. Les pido a estas damas que se pongan en situación y se imaginen que desde el Vaticano levantan el veto y dan vía libre a su amor. Tras los dos primeros años de relación, donde efectivamente el sacerdote en cuestión, y habiendo dado rienda suelta a su contenida pasión, se tomaría su cometido con mayor gallardía y energía sabiéndose amado y esperado en su hogar, irremediablemente llegaría la implacable realidad en forma de hastío, conflictos y celos. El tema del confesionario plantearía para muchas un escollo, ¿o acaso sería de su agrado ver a su amado escuchando susurros, muchas veces escabrosos, de boca de otra mujer con esa intimidad que da la proximidad? ¿Y qué ocurriría con los WhatsApp? ¿Cómo fiarse de un marido que no conecta el dispositivo con la excusa de atender a los feligreses? En caso de conflicto conyugal también habría problemas, ¿sería oportuno acercarse al altar tras una pelea con el típico “tenemos que hablar”? Y pensando en la sexualidad, si en el momento del clímax uno de los dos se lanzara con el clásico “oh Dios mío”, ¿se interpretaría como plegaria habitual o, dado el contexto, podría elevarse a la categoría de pecado mortal? Quizás el hecho de no haber podido ir más allá en su relación prohibida les ha hecho perder la perspectiva en torno al asunto. Por ello animo a estas mujeres a plantearse su postura romántica frente a la espiritualidad desde una perspectiva de practicidad doméstica.


viernes, 18 de mayo de 2012

AMOR PURO Y VIRGINAL




Hay amores que marcan. Más allá del tiempo, de la edad o la situación, el recuerdo de alguna relación puede quedar grabado en nuestro frágil subconsciente. El peso del compromiso puede agravar la tendencia y empujar al afectado hacia el abismo de la inconsecuencia.
Faltaba un mes para el enlace de Lucía, joven formal de familia bien, con trabajo fijo y una relación estable con su novio de la facultad. Entre los nervios, la emoción y las pruebas del menú, todavía encuentra tiempo para buscar a Rafa, su primer amor, el guapo del colegio, el canalla que la hizo vibrar por espacio de diez meses y que, a causa del traslado de sus padres, no volvió a ver tras ese curso. Vía Facebook descubre que vive en Tarragona, que sigue en forma, soltero y ¡¡oh sorpresa!!, que se ha ordenado sacerdote. Incrédula, nos suelta la noticia: “No puede ser, lo tengo que ver. Esas manos, ese cuerpo, ese miembro… de la Iglesia”. Entonces Lucía se imagina a Richard Chamberlain en El pájaro espino, transgrediendo la ley divina para dejarse arrasar por una pasión incontrolable al verla de nuevo.
Dos días después se presenta en la casa parroquial. Tras la sorpresa inicial conversan largo rato. Tanta contención, tanto recato, elevan el alma de Lucía y allí, sin ambages, se siente enamorada y decide confesarle su secreto. “Si crees que me amas, es que amas al Señor. Sigue tu camino con fe y no errarás en las decisiones” –la instruye. Lucía, movida por su pasión, confunde las palabras y se lanza a los brazos del padre que, aturdido, la aparta de su lado y la expulsa del convento.
Semanas más tarde, Lucía da el “sí quiero” vestida de blanco. Al posar los ojos en el altar, asume, sublimada, lo imposible de su historia con el cura. Esa revelación relaja su estado de ánimo convirtiendo su secreto en el germen de un deseo puro, inmaculado y ajeno a las bajezas terrenales.