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domingo, 2 de noviembre de 2014

FEMICHISMOS



El encargado de gestionar los contenidos de las redes sociales de la Policía Nacional es un cachondo. Se llama Carlos Fernández y desde su puesto de community manager se ha granjeado las simpatías de sus miles de seguidores con ingeniosos tweets como “si has visto algún camello (y no los de la cabalgata) cuéntanoslo…”, u otro en el que advertía de que al cruzar fronteras “los porros, mejor liados”. El tal Carlos, que parece dominar el idioma juvenil modernero del momento e introduce en sus textos términos como trendy, hipster, trena o mambo, ha regalado a sus fans esta semana un mensaje en el que comparte la imagen de un agente macizo, con los bíceps tan currados que parecen a punto a hacer estallar la tela del uniforme reglamentario. El tío bueno además lleva pulsera de eslabones, gafas de sol y tiene los brazos cruzados en un gesto de tipo duro que intimida y puede recordar a Clint Eastwood a las señoras de cierta de edad, y a Ryan Gosling a las más jovencitas. El texto que acompaña a la instantánea reza así: “tú y tus necesidades en seguridad sois nuestra razón de ser. Si nos necesitas, llámanos!”. Las reacciones no se han hecho esperar y no son pocas las ciudadanas que se han  lanzado con réplicas, algunas de ellas mordaces, a la altura de la foto del estilo “ya me puede detener”, “que me metan en el calabozo” o “¿es un poli o es un stripper?”. No puedo evitar pensar qué hubiera pasado si la fotografía hubiera estado protagonizada por una mujer policía vestida con el uniforme apretado, la melena suelta y marcando culo mientras acaricia con su mano la porra. Los comentarios entonces hubieran sido lanzados por cientos de tíos animados por esa agente caliente que hubiera avivado la versión más “si te pillo te reviento” de los machos. Ciertos colectivos se hubieran llevado las manos a la cabeza, miles de mujeres se hubieran declarado ultrajadas y el community manager de la policía hubiera cambiado su estatus actual de ocurrente y gracioso por otro de machista y asqueroso, dando por finalizada su etapa de tío enrollado en el cuerpo.

Esta semana ha circulado por la red un video de esos que se hacen viral en el que una chica vestida con camiseta y pantalones ajustados se pasea por las calles de Nueva York durante una jornada. El objetivo del experimento es comprobar como durante el trayecto, que dura diez horas, algunos de los hombres con los que se cruza le dedican piropos más o menos subidos de tono. En total 108. La iniciativa ha sido ideada por la organización Hollaback! que tiene como fin luchar contra el acoso sexual en las calles de Estados Unidos. Ahora les planteo el caso al revés. Visualicen que el que se pasea es un macho atractivo vestido con tejanos y camiseta ajustada. Traten de imaginar a la larga lista de mujeres que se cruza durante esas horas, las miradas que le pueden dedicar, las palabras, los grititos de algunos grupitos. Si hiciéramos el experimento en este caso el video seria tildado de gracioso y el protagonista, lejos se sentirse acosado, lo más seguro es que sonriera halagado. Yo misma he sido testigo en más de la ocasión de la llegada de un policía o un bombero guapo y he visto la reacción de las mujeres del lugar, dándose codazos, partiéndose de risa y fantaseando con las dimensiones de determinados atributos. Lo mismo pasa con los camareros, los profesores de gimnasia y cualquier otro varón que, al margen de su profesión, destaque por su físico. Esa fantasía colectiva con los uniformes y la autoridad debe de ser la explicación al por qué en las despedidas de soltera los stripper casi siempre van caracterizados de miembro de alguno de los cuerpos de seguridad o de bombero. ¿Quién no se desmelenado alguna vez en uno de estos saraos cuando ha entrado el boy sujetando la manguera a la voz de “vengo a apagar el fuego”? Insto a reflexionar sobre el tema y a valorar con perspectiva la diferencia entre lo que significa acoso y algo que puede ser inofensivo y gracioso. ¿Por qué nadie graba una pieza sobre las miles de cosas buenas que pasan entre hombres y mujeres? Igual es que el tema no interesa.

lunes, 13 de octubre de 2014

UNA HISTORIA DE ZOMBIS


                                    


De todos los personajes que protagonizan películas y series de terror los que más me han inquietado de siempre son los zombis. Mitad muertos, mitad humanos, salvajes, en cacería constante, buscando carne fresca a la que poder transmitir el mal. Entre todas las historias de este género hay una en particular que me aterroriza. Se trata del momento en el que tras una persecución uno de los supuestamente “vivos” vuelve junto al resto. Los otros lo miran con recelo, el mismo desasosiego que siente el espectador durante esos segundos en los que es imposible saber si en realidad el recién llegado es todavía como ellos, o si ha sido infectado, quedando así privado de su alma, y por tanto convertido en un enemigo, un rival del que huir y al que combatir. De ser así él se volverá con los ojos ensangrentados realizando movimientos espasmódicos que harán salir por piernas a los humanos sanos. Ese “nadie conoce a nadie” aterrador me ha venido estos días a la cabeza a raíz de la crisis del ébola cuando, desde los medios, han realizado un croquis de los últimos días de la enfermera antes de serle diagnosticada la enfermedad. Así médicos, auxiliares, camilleros, conductores, peluqueras, marido y vecinos han empezado a desfilar por los centros de salud de la capital, poseídos por la sospecha tras haber mantenido contacto con María Teresa. Me pongo en su lugar, imagino por un momento la sensación de desconfianza generada a su alrededor, el “seguro que estás bien” seguido de esa mirada de inquietud de aquellos que los rodean motivada por el instinto natural del “sálvese quien pueda”, que lleva a los sospechosos de haber contraído el virus a la más absoluta soledad física, filosófica y vital. Dejando un momento de lado la enfermedad en sí y a todo lo relacionado con lo estrictamente médico, alrededor del asunto se ha organizado un circo que empieza en el momento en el que algunos comienzan a cuestionar la profesionalidad de una enferma de gravedad, midiendo su nivel de responsabilidad en función de si dijo o no la verdad. Luego está el asunto de los guantes cuyas conclusiones se han sacado tras hablar con la afectada que está aislada, desorientada, hipermedicada, sedada y, en el momento que escribo estas líneas, a punto de ser vencida por ese virus de origen africano. También está el asunto del perro, el ya célebre Excalibur cuya ejecución ha incendiado las redes, y que ha impulsado el nacimiento de grupos de protesta que son de la opinión de que se debería haber dejado a la mascota en observación. En un aparte dejo a la panda de descerebrados que se dedican a crear bulos falsos como la aparición de nuevos contagios o la intervención de las fuerzas militares, propagando el miedo y el desconcierto entre una población ya de por si sensibilizada e informada a salto de mata. Esto ha provocado que algunos prescindan de viajar a Madrid y que vean en el AVE el medio más rápido de contagio, planteándose incluso si seguir llevado o no a sus hijos al colegio. La vedette de este espectáculo podría ser el consejero de sanidad y su incontrolable verborrea, muy al estilo jacuzzi de Jesús Gil, que le ha hecho compartir con la población algunas perlas ya famosas como el “tengo la vida resuelta”. El coro reúne a aquellos que exigen la dimisión de la ministra señalando al gobierno con el dedo, a los que opinan que repatriar a los sacerdotes fue un error, a todos los que aprovechan para echar por tierra el funcionamiento de nuestro sistema sanitario, los que politizan, dogmatizan, criminalizan, satirizan. «Tienen razón», piensan unos. «El tema está tan politizado que es difícil hacer un análisis en limpio de la cuestión», opinan otros. Yo me pongo en el lugar de la auxiliar, pienso en esa foto despatarrada en el sofá, en sus planes para pasar la semana que le quedaba de vacaciones en su tierra que tuvo que abortar, en esa tarde que se fue a depilar después de acudir al médico, pues aún pensaba que tenia una vida normal, en las llamadas y mensajes que ha recibido desde el hospital. Me pregunto si no nos iría mejor si mostrásemos un poco más de respeto por su situación.

domingo, 5 de octubre de 2014

LA CACA Y LA VIDA



Yo he tenido perro en el pasado, en concreto dos. En ambos casos he vivido la fase de educación durante la cual tratas por todos los medios de que no se hagan sus necesidades por la casa, acotando al principio una zona con papeles de periódico y pautando luego un horario de salidas hasta que un buen día, momento que sin duda recibes con alivio, descubres que empieza a controlar y pasas a trabajar otros aspectos como la alimentación o la obediencia, para lo que tendrás que armarte de paciencia. En ese punto ya debes de haber aceptado que vas a pasar los próximos quince años de tu vida enfundándote una bolsita de plástico en la mano, agachándote cada día y recogiendo de la acera una enorme mierda caliente, palpitante y maloliente que a veces, y dependiendo del ritmo estomacal de tu mascota, sentirás como discurre entre tus dedos, como la lava de un volcán. Luego te quitaras el protector girando la cabeza y caminarás hasta la papelera más próxima, cargando con el paquetito y sintiendo el peso de esos excrementos cuya cantidad y consistencia variarán según la edad, el estado de salud o el nivel de actividad del perro. En el caso del orín la ordenanza municipal de tenencia de animales dicta, además de lo evidente, que es el hecho de que los propietarios son los responsables de los daños o acciones provocados por sus mascotas, que está prohibido que estas “hagan sus deposiciones en cualquiera de las partes de la vía pública destinadas al paso, estancia o juego de los ciudadanos”. Para ellos, reza el edicto, existen una serie de zonas habilitadas por el consistorio para tal fin y, en caso de fuerza mayor, también podrán ser utilizados los imbornales de la red de alcantarillado y los alcorques de los árboles desprovistos de enrejado. Yo creo que el asunto está claro. Aunque no se conozca la ley uno siempre puede echar mano del sentido común, algo que a veces, motivados por factores como la pereza, la despreocupación o la falta de conciencia, algunos deciden desoír porque la realidad, más allá del parco programa de limpieza del ayuntamiento, es que las calles de Valencia están plagadas de cacas y meadas de perro, un rastro que se puede ver, oler y pisar, un goteo que decora nuestro paisaje y que hay que esquivar, saltar, tratar de evitar, incluso en los barrios del centro. En el resto de la ciudad, en las zonas que no son consideradas principales, la cosa ya es criminal, lo que sumado a la falta de atención de las calles en general, más el aspecto que presentan muchas veces las zonas de contenedores, más los restos tras el fin de semana que dejan los botellones, nos da la imagen de favela.

Recuerdo el estreno de la película “Prêt-à-porter”, dirigida por Robert Altman, y su crítica feroz al mundo de la moda, a los desfiles, a los diseñadores y en general a una industria que a los ojos del realizador se presenta vacua, casi ridícula. A lo largo de la cinta, que está ambientada en el marco de la semana de la moda de París, varios de los personajes se topan con cacas de can, que quedan impregnadas a sus zapatos de marca, provocando un trastorno tan engorroso como puntual, devolviéndoles por un momento a la realidad que todo lo empaña más allá del glamour y lo distante de ese universo de lo perfecto, lo efímero y lo bello. Pienso si tal vez esas cacas con las que nosotros tenemos que lidiar sean una manera de recordarnos lo gravoso de la existencia. Que quizás esos dueños de entrada incivilizados se salten a la torera la normativa y el respeto al resto con el fin de ir un paso más allá, imponiéndonos la mierda de su mascota que no es sino el símbolo de la sociedad civilizada frente al impulso de lo natural. A partir de ahora cuando descubran a alguien tratando de huir sin recoger los restos de su amigo fiel de la acera les insto a que le den las gracias, pues ese excremento promete actuar en nuestra mente al igual que lo hace la esponjosa magdalena en el subconsciente de Proust, reforzando el poderoso vínculo con lo escatológico que nos mantiene anclados a la vida. Porque, ¿quién querría ensuciarse la mano teniendo la oportunidad de instruir y a la vez cagarse (literalmente) en el resto de la humanidad?

domingo, 28 de septiembre de 2014

VALENCIANGLISH





Prometo que no soy una de esas madres que acosan a la profesora tras las clases con preguntas tipo “¿se ha terminado el almuerzo?” o “¿ha hecho la caca dura?”. Tampoco soy de las que en los cumpleaños infantiles ejerce control visual desde la mesa supervisando los movimiento del niño e interviniendo a cada rato con un “no se pega” o “tenéis que compartir”. Dicho esto tengo que reconocer que hay un tema que me supera y que tiene que ver con el plan de estudios en colegios públicos y concertados: el inglés. En varios de los centros que conozco los alumnos de infantil tienen cuatro tardes a la semana en valenciano y solo una de las clases en inglés. Quién quiera algo más puede pagar un programa de actividades a mediodía que sale como a cien euros al mes, o unas clases extraescolares, por las que los padres deben de desembolsar unos setenta euros, más el rollo que supone para un niño de cinco años alargar la jornada tras el ya de por sí extenso programa escolar. En este tipo de actividades te prometen la presencia de un “nativo” y hablan de él como algo exótico, un ser elegido que tú imaginas como un indio con taparrabos que te recibe con una lanza en una mano y la otra alzada con un sonoro “jau”. Creo que no soy la única que tras estudiar la asignatura de inglés desde tercero de EGB hasta COU, selectivo incluido, no podía mantener una mínima conversación en el idioma. Si hoy me puedo más o menos defender ha sido a golpe de academia, más una temporadita en Londres de camarera, más ver las series subtituladas, más la ayuda del desparpajo aderezada con alguna copa de vino. A los que piensen que las cosas han cambiado ya les digo yo que no. Quién tenga algún amigo venezolano, colombiano o argentino seguro que ya se ha sentido en alguna ocasión sorprendido ante el nivel de inglés y la pronunciación que suelen tener. “Eso es porque ven las películas y las series en inglés desde pequeños”, dicen muchos. Sí, y aquí tenemos a los mejores dobladores del mundo. Luego conoces a algún francés y descubres que también habla perfectamente en inglés y él te cuenta que lo aprendió en el colegio, “se trata del sistema educativo galo, es mucho más avanzado”, es la teoría extendida. Entonces descubres que los indios, los rumanos, los turcos o los africanos se defienden mejor que nosotros en la lengua de Shakespeare. “Ellos hablan idiomas menores, se trata de un claro tema de supervivencia”, razonará alguno. Un día coincides con un grupito de niños más mayores de algún colegio bilingüe, los escuchas hablar entre ellos en inglés y detectas un punto de superioridad, como si ese aprendizaje que han desarrollado de manera natural y a fuerza de talonario los situara en un estrato por encima de la media. No sé de que trata el magisterio en inglés ni me interesa. Lo que si sé es que un par de profesoras que conozco formadas en ese plan bilingüista, cuando se lanzan a hablar lo hacen en un claro y perfectamente entendible “jelou jau ar yu”, así, a pelo, haciendo que el “relaxing cup of café con leche” cobre todo el sentido porque ¿cómo vamos a ser capaces de hablar una lengua que nunca hemos aprendido? Tratar de dominar un idioma de adulto es algo crítico, casi dramático. Primero está la prueba de nivel, ese test que evalúa tu saber y que uno contesta un poco de oído, echando mano de conocimientos sueltos de aquí y de allá. Luego están las clases de conversación en las que el interesado suda tinta para tratar de explicar su película favorita o sus planes de fin de semana. Más tarde llegará la realidad y se tendrá que enfrentar a una conversación real que tratará de solventar con “ok’s” y gestos de cabeza, porque si algo tenemos los españoles es un enorme e insalvable pudor que nos hace refugiarnos en nuestro rotundo y literal castellano. Propongo, y dada la predisposición de consellería, que desarrollemos el “valencianglish”, un idioma híbrido que recoja lo mejor de cada lengua. En la red ya existen propuestas concretas del tema con perlas como “no em toques les balls que i know you” o “agafa una rebequeta que out fa cold”…

viernes, 26 de septiembre de 2014

NOVIOS A LOS SESENTA


                                


La frase “el amor no tiene edad” suena a tópico, a consigna animosa de libro dirigida a ese tipo de lector que desea ampliar los límites de su optimismo vital. Esta semana se recogía en prensa una noticia que anunciaba que se han duplicado las bodas entre mayores de 60 respecto a hace una década, con casi 8.000 enlaces de este tipo el pasado año. Los datos del INE confirman que se trata en su mayoría de divorciados que buscan una segunda oportunidad en el amor. Lo que también se sabe es que los varones, y me imagino que esto no sorprende a nadie, se refugian en brazos de damas más jóvenes y que ellas, a partir de cierta edad (y estos datos los he obtenido a través de investigaciones a nivel particular) no volverían a casarse ni muertas. «Lo del amor maduro que llega al final del camino es un bulo. Me imagino apuntados a bailes de salón, comprándome ropa interior extraña, tratando de poner nombre a algo que ya te digo que no se parece a lo que todos entendemos por pasión», me cuenta una señora de edad. Me viene a la cabeza un momento de la entrevista que esta semana le hizo Risto Mejide a Joaquín Sabina. Cuando el publicista le pregunta por el sexo a los 65, el cantautor ríe a medias y sale al paso con un «la vocación no se pierde, pero quiero pasar de puntillas por la pregunta… faena de aliño no, con lo que ha sido una, no», dejando patente que cuerpo y mente, a partir de cierto momento, deciden operar cada uno por su lado. No obstante me parece loable, y una consecuencia lógica si tenemos en cuenta el envejecimiento generalizado de la población, que la tendencia tras divorciarse sea volver a casarse, más allá del momento cronológico y de la falta de tono. Entonces ¿podrá suplirse el fuego carnal por otros valores como el cariño y la comunicación? Si preguntamos a ellos la respuesta es negativa, si preguntamos a ellas, la mayoría confiesa que preferiría vivir con una amiga…