Disfrutando la otra tarde de
una jornada de playa en el Saler con un par de madres del cole y los niños,
recibimos la visita del suegro de una de ellas que tiene cerca un apartamento.
Tras un “que paisaje tan bonito”, saca unos cubitos y una cometa que se ofrece
a volar con el grupito. Por las risas, las bromas y las miradas, noto enseguida
que Pepe, el abuelito, es un pajarito. “Esta cometa es imposible de volar.
¿Alguna de vosotras cree que la sabrá empinar?” –nos suelta con complicidad sujetando
el artilugio colorido tras un rato de pelea. Yo observo al resto que sigue a lo
suyo. Él continua distrayendo a los pequeños en la orilla cuando veo que coge
el teléfono y, con cierta discreción, comienza a hacer fotos en nuestra
dirección. “Esta playa tiene vistas que son una maravilla” –comenta al
percatarse de que lo miro y me he dado cuenta. Yo no puedo quitarme de la mente
a la nuera, una chica responsable, trabajadora y con un físico potente. La
imagino en la paella de los domingos intentando capear el tema con disimulo
mientras el suegro le da una palmada en el culo. Tras darse un baño con los
niños, sale empapado y decide secarse de pie al aire a pocos metros de
nosotras. “Hace años aquí se practicaba el nudismo, aún hoy cuando hace mucho
calor hay algunos que prescinden del bañador” –nos cuenta a modo informativo.
El resto sonríe de manera natural y yo me pregunto si esto será lo habitual. Al
girarme para mirar a los niños veo su sombra alargada proyectada en la arena con
los brazos en jarras y las manos en las caderas, como un ave rapaz surcando el
aire sobre su presa. Descubro entonces que en el oscuro perfil recortado Pepe
aparece estilizado y rejuvenecido, como si nunca hubiera envejecido. “Así es
como verdaderamente se siente” –pienso mirando esa sombra que ahora, de perfil,
desvela para mi sorpresa una llamativa dotación superlativa.
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viernes, 19 de julio de 2013
viernes, 27 de abril de 2012
SORPRENDIDA EN LA DUCHA
El poder de la casualidad y la alineación concreta de los
elementos pueden propiciar toda suerte de malentendidos. Uno de ellos,
ciertamente interesante, tuvo como protagonista la pasada semana a mi amiga
Ana. Atentos. Ana se encuentra tomando una ducha relajante en la cabina de
hidromasaje de su cuarto de baño tras pasar un día complicado en el trabajo.
Abstraída, se deja llevar con los ojos cerrados sintiendo los finos chorros de
agua a presión que taladran suavemente su espalda proporcionándole breves
descargas de placer. De repente, un sonido lejano llama su atención y le parece
reconocer la voz de Juan, su marido. “¡Juan!” –lo llama. “¡Juan, pasa que te
cuente!” –insiste cerrando el grifo.
A los pocos segundos la puerta del baño se abre y Ana,
ansiosa por hablarle, sale de la ducha escurriéndose el pelo y se encuentra, de
frente, con los ojillos sorprendidos de su suegro, también llamado Juan, que
permanece como una estatua frente a ella, sin saber cómo reaccionar. Durante
tres interminables segundos Ana busca desesperada una toalla con la que
cubrirse y él, sin poder evitarlo, pasea su mirada por ese cuerpo
proporcionado, ahora humedecido, para culminar, mareado, en los dos pechos de
botón rosado cubiertos por breves gotas de agua.
“¡No!” –grita entonces Ana de modo mecánico, mientras el
confundido intruso cierra la puerta golpeándose en la frente. Aclarado el
asunto, una incómoda Ana, vestida con tejanos y suéter negro, sujeta una bolsa
de guisantes congelados sobre la cabeza de su suegro para evitar la
inflamación. El pobre, todavía cohibido, repite sus disculpas de manera
mecánica, pensando si esa bolsa de guisantes, calmante, no sería mejor
colocarla en otro lugar.
Aunque todo quedó en mera anécdota, suegro y nuera
compartirán en el tiempo esos segundos de intimidad, y que más allá del
contexto, perturbarán para siempre sus pensamientos.
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