Hoy les relato como unas
simples mallas deportivas pueden cambiar toda una vida. La historia comienza el
día que Irene, unos 60, señora de bien, casada y con un nieto en camino, decide
apuntarse a yoga ante la insistencia de dos amigas. Tras las primeras clases, a
las que acude con suéter de punto y pantalón suelto, y en vista de que se
encuentra algo más ágil y animada, se dirige a una tienda del centro a
comprarse un atuendo apropiado para hacer ejercicio. Un dependiente espigado
que en lugar que referirse a ella como “señora” lo hace como “chica”, le anima
a llevarse un conjunto de dos piezas en lycra negra con una fina raya lila.
Irene, insegura, sale el primer día camino de clase sintiéndose como un
pajarillo mojado, el rostro libre de maquillaje, zapatillas, el pelo recogido
en una sencilla coleta, sin los pendientes de brillantes ni el reloj. El punto
de inflexión llega cuando, esperando en un semáforo, descubre su reflejo en un
escaparate. La silueta sin rostro que observa es la de una persona mucho más
joven que ella, los muslos delgados y torneados, los hombros rectos, el cuello
perfilado. Baja la mirada y observa sus piernas recortadas en el espacio, dos
extremidades que ahora le parecen ajenas, como si hubieran adquirido una
independencia reciente. Acostumbrada como estaba a una vida ordenada y “acorde a
su edad”, su nueva agenda incluye quedadas con amigos en un local de Alboraya
para colaborar en un mural, comidas en un restaurante vegano del centro, paseos
descalza por la orilla de la Patacona, conversaciones con un compañero llamado
Marc en las que habla de lo que quiere y no de lo que toca o cita en un
tatuador para grabarse en la piel un pequeño sol. Irene piensa que esas mallas
tienen súper poderes. Su duda es ¿debería hacerse además con una capa que le
permita volar y elevarse?.
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jueves, 25 de mayo de 2017
martes, 15 de noviembre de 2016
HEMBRA EN EL BOSQUE
La escena tiene lugar primero
en un capítulo de la segunda temporada de la serie “The Affaire”, y luego en la
adaptación cinematográfica del best seller “La chica del tren” que hace tres
semanas se estrenó en nuestro país. En ambas un hombre, el protagonista, se
encuentra de paseo por una zona boscosa solitaria en compañía de una mujer,
también protagonista. En los dos casos las parejas mantienen una relación
apasionada e ilícita que los lleva a verse a escondidas en lugares como
hoteles, párkings o exteriores apartados. Paso a describirles el momento. Ella
camina un par de pasos por delante, él la mira, en el aire permanece el peso de
la tensión que se da tras una disputa. Ella se vuelve y le dedica una mirada
retadora, él se aproxima, ella gira la cabeza contrariada, él rodea su rostro
con las manos y la besa. Ella responde mordiéndole el labio inferior y apretando
su torso con las manos por dentro de la camiseta. Él respira acelerado, le da
la vuelta con brusquedad, la apoya en el tronco de un árbol y la inclina. Con
una mano la coge del pelo y con otra le abre el pantalón y lo desliza piernas
abajo hasta llegar a las rodillas, donde quedan atrapadas las bragas. Luego se
desabrocha el tejano y, por el gesto, el espectador asume que libera su
hombría. Entonces la toma, enfurecido, sujetando entre los dedos las caderas de
ella que, con la cabeza inclinada hacia atrás, se agarra con fuerza al recio tronco,
con los ojos entornados por el placer. El tono de su piel, blanca y firme, y la
curva de sus muslos, de su espalda y de sus nalgas, contrastan con la gama de verdes y marrones
del entorno, que los acoge salvajes. En los dos casos los espectadores masculinos
observan inmóviles la pantalla, fascinados con esa escena sensual y brutal,
poniéndose en la piel de él mientras en su mente impacta un mantra de cuatro
palabras: poseer-hembra-calor-bragas.
DAMA ENJAULADA
Una amiga ha dado con una
nueva aplicación de servicio de coches con conductor, algo tipo taxi pero con
automóviles de marca en tono oscuro, el interior inmaculado, perfumado, música
ambiente, aire acondicionado y un señor al volante bien plantado y uniformado
que se baja para abrirte la puerta, te llama de usted por tu nombre y solo
interrumpe su silencio para preguntarte con una sonrisa si es adecuada la
temperatura. El tema es que mi amiga, casada, madre de dos hijos, alta, rubia y
esbelta, gusta ahora de llegar a sus citas en ese transporte de lunas tintadas,
esperar a que le abran la puerta y apearse tomándose su tiempo, primero posando
la delgada patita que culmina en un zapato de tacón, como si la calzada fuera
de terciopelo, y luego la otra, impulsándose grácil, haciendo un leve gesto de
cabeza al conductor y caminando hacia la entrada del local con un paso tan
pausado que parece que sujete un huevo entre las nalgas. Las que esperamos la
miramos. El resto de transeúntes, testigos de la escena, murmullan dando por
hecho que se trata de algún personaje relevante o la esposa de algún
constructor o un potentado. Ella continua su desfile supuestamente ajena a
aquel breve revuelo que provoca en los otros la sospecha de lo caro y
exclusivo. No hace mucho, sentadas ya a la mesa, comentamos entre risas el tema
de sus aires de grandeza y ella, sincera, lanza un mensaje que al resto nos
pilla por sorpresa, «lo que más me gusta de contratar el servicio de coches es
que me siento muy puta», confiesa. Explica entonces como realiza los trayectos
sentada erguida en el sillón, sacando un espejito y retocándose el labial,
magnánima, como la fiera que transportan enjaulada cuyo futuro incierto es ser
venerada y a su vez sometida. «Me da igual el destino, yo disfruto del trayecto
con los muslos apretados y la mirada, perdida, posada en el camino».
jueves, 1 de septiembre de 2016
UN HOYO EXÓTICO
Raquel siente que se le
detiene el pulso el día que, buscando algo de calderilla en el bolsillo del
carro de golf de su marido, da con un bote de lubricante sabor chocolate. Tras
sujetarlo con dedos temblorosos decide volver a guardarlo y cerrar la
cremallera con algo de aprensión. Su cabeza inicia una línea de razonamiento
lógico: se tira a otra-una mujer a la que le gustan los juguetitos y las
guarrerías-una traidora que además se lanza con el sexo anal-¿lo harán en el
mismo club de golf?- ¿será la mujer de un amigo?, ¿la hija universitaria de
algún conocido?. Entonces llega la pregunta fundamental, ¿se lo digo? Pese a
estar noqueada por el impacto decide esperar hasta comentarlo al día siguiente
con una de sus íntimas. Esta le escucha pensativa hasta que lanza una hipótesis
que abre en la mente de Raquel una línea inexplorada, ¿será con un tío? Tras el
impacto inicial la protagonista se sorprende a sí misma con una suerte de marea
tibia que invade su interior. La posibilidad de que el objeto de deseo de su
marido sea un hombre hace que su autoestima sume enteros con la certeza de que
ella sigue siendo el tope de gama de su género. En caso de ser un asunto gay
Raquel lo atribuiría a un episodio exótico de la madurez o bien a una
exploración interna de su esposo, de talante aventurero y curioso que, rozando
los cincuenta, se atrevería a experimentar con ese juego prohibido. «¿Y cuando
se lo vas a decir?», le lanza su amiga. «No sé si quiero», responde ella. Desde
ese momento escruta al padre de sus hijos con detalle en busca de cada atisbo
de pluma que pueda confirmar sus sospechas. Porque ella, competitiva y
estratega, prefiere pensar que su marido lo que desea es probar a introducir la
bola en otro tipo de hoyo más inaccesible. Una experiencia aislada que no
perturbe para nada su amor por un deporte que practica hace casi dos décadas.
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