Mostrando entradas con la etiqueta mujer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mujer. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de mayo de 2017

MALLAS CON PODERES





Hoy les relato como unas simples mallas deportivas pueden cambiar toda una vida. La historia comienza el día que Irene, unos 60, señora de bien, casada y con un nieto en camino, decide apuntarse a yoga ante la insistencia de dos amigas. Tras las primeras clases, a las que acude con suéter de punto y pantalón suelto, y en vista de que se encuentra algo más ágil y animada, se dirige a una tienda del centro a comprarse un atuendo apropiado para hacer ejercicio. Un dependiente espigado que en lugar que referirse a ella como “señora” lo hace como “chica”, le anima a llevarse un conjunto de dos piezas en lycra negra con una fina raya lila. Irene, insegura, sale el primer día camino de clase sintiéndose como un pajarillo mojado, el rostro libre de maquillaje, zapatillas, el pelo recogido en una sencilla coleta, sin los pendientes de brillantes ni el reloj. El punto de inflexión llega cuando, esperando en un semáforo, descubre su reflejo en un escaparate. La silueta sin rostro que observa es la de una persona mucho más joven que ella, los muslos delgados y torneados, los hombros rectos, el cuello perfilado. Baja la mirada y observa sus piernas recortadas en el espacio, dos extremidades que ahora le parecen ajenas, como si hubieran adquirido una independencia reciente. Acostumbrada como estaba a una vida ordenada y “acorde a su edad”, su nueva agenda incluye quedadas con amigos en un local de Alboraya para colaborar en un mural, comidas en un restaurante vegano del centro, paseos descalza por la orilla de la Patacona, conversaciones con un compañero llamado Marc en las que habla de lo que quiere y no de lo que toca o cita en un tatuador para grabarse en la piel un pequeño sol. Irene piensa que esas mallas tienen súper poderes. Su duda es ¿debería hacerse además con una capa que le permita volar y elevarse?.


martes, 15 de noviembre de 2016

HEMBRA EN EL BOSQUE




La escena tiene lugar primero en un capítulo de la segunda temporada de la serie “The Affaire”, y luego en la adaptación cinematográfica del best seller “La chica del tren” que hace tres semanas se estrenó en nuestro país. En ambas un hombre, el protagonista, se encuentra de paseo por una zona boscosa solitaria en compañía de una mujer, también protagonista. En los dos casos las parejas mantienen una relación apasionada e ilícita que los lleva a verse a escondidas en lugares como hoteles, párkings o exteriores apartados. Paso a describirles el momento. Ella camina un par de pasos por delante, él la mira, en el aire permanece el peso de la tensión que se da tras una disputa. Ella se vuelve y le dedica una mirada retadora, él se aproxima, ella gira la cabeza contrariada, él rodea su rostro con las manos y la besa. Ella responde mordiéndole el labio inferior y apretando su torso con las manos por dentro de la camiseta. Él respira acelerado, le da la vuelta con brusquedad, la apoya en el tronco de un árbol y la inclina. Con una mano la coge del pelo y con otra le abre el pantalón y lo desliza piernas abajo hasta llegar a las rodillas, donde quedan atrapadas las bragas. Luego se desabrocha el tejano y, por el gesto, el espectador asume que libera su hombría. Entonces la toma, enfurecido, sujetando entre los dedos las caderas de ella que, con la cabeza inclinada hacia atrás, se agarra con fuerza al recio tronco, con los ojos entornados por el placer. El tono de su piel, blanca y firme, y la curva de sus muslos, de su espalda y de sus nalgas,  contrastan con la gama de verdes y marrones del entorno, que los acoge salvajes. En los dos casos los espectadores masculinos observan inmóviles la pantalla, fascinados con esa escena sensual y brutal, poniéndose en la piel de él mientras en su mente impacta un mantra de cuatro palabras: poseer-hembra-calor-bragas.

DAMA ENJAULADA




Una amiga ha dado con una nueva aplicación de servicio de coches con conductor, algo tipo taxi pero con automóviles de marca en tono oscuro, el interior inmaculado, perfumado, música ambiente, aire acondicionado y un señor al volante bien plantado y uniformado que se baja para abrirte la puerta, te llama de usted por tu nombre y solo interrumpe su silencio para preguntarte con una sonrisa si es adecuada la temperatura. El tema es que mi amiga, casada, madre de dos hijos, alta, rubia y esbelta, gusta ahora de llegar a sus citas en ese transporte de lunas tintadas, esperar a que le abran la puerta y apearse tomándose su tiempo, primero posando la delgada patita que culmina en un zapato de tacón, como si la calzada fuera de terciopelo, y luego la otra, impulsándose grácil, haciendo un leve gesto de cabeza al conductor y caminando hacia la entrada del local con un paso tan pausado que parece que sujete un huevo entre las nalgas. Las que esperamos la miramos. El resto de transeúntes, testigos de la escena, murmullan dando por hecho que se trata de algún personaje relevante o la esposa de algún constructor o un potentado. Ella continua su desfile supuestamente ajena a aquel breve revuelo que provoca en los otros la sospecha de lo caro y exclusivo. No hace mucho, sentadas ya a la mesa, comentamos entre risas el tema de sus aires de grandeza y ella, sincera, lanza un mensaje que al resto nos pilla por sorpresa, «lo que más me gusta de contratar el servicio de coches es que me siento muy puta», confiesa. Explica entonces como realiza los trayectos sentada erguida en el sillón, sacando un espejito y retocándose el labial, magnánima, como la fiera que transportan enjaulada cuyo futuro incierto es ser venerada y a su vez sometida. «Me da igual el destino, yo disfruto del trayecto con los muslos apretados y la mirada, perdida, posada en el camino».

jueves, 1 de septiembre de 2016

UN HOYO EXÓTICO




Raquel siente que se le detiene el pulso el día que, buscando algo de calderilla en el bolsillo del carro de golf de su marido, da con un bote de lubricante sabor chocolate. Tras sujetarlo con dedos temblorosos decide volver a guardarlo y cerrar la cremallera con algo de aprensión. Su cabeza inicia una línea de razonamiento lógico: se tira a otra-una mujer a la que le gustan los juguetitos y las guarrerías-una traidora que además se lanza con el sexo anal-¿lo harán en el mismo club de golf?- ¿será la mujer de un amigo?, ¿la hija universitaria de algún conocido?. Entonces llega la pregunta fundamental, ¿se lo digo? Pese a estar noqueada por el impacto decide esperar hasta comentarlo al día siguiente con una de sus íntimas. Esta le escucha pensativa hasta que lanza una hipótesis que abre en la mente de Raquel una línea inexplorada, ¿será con un tío? Tras el impacto inicial la protagonista se sorprende a sí misma con una suerte de marea tibia que invade su interior. La posibilidad de que el objeto de deseo de su marido sea un hombre hace que su autoestima sume enteros con la certeza de que ella sigue siendo el tope de gama de su género. En caso de ser un asunto gay Raquel lo atribuiría a un episodio exótico de la madurez o bien a una exploración interna de su esposo, de talante aventurero y curioso que, rozando los cincuenta, se atrevería a experimentar con ese juego prohibido. «¿Y cuando se lo vas a decir?», le lanza su amiga. «No sé si quiero», responde ella. Desde ese momento escruta al padre de sus hijos con detalle en busca de cada atisbo de pluma que pueda confirmar sus sospechas. Porque ella, competitiva y estratega, prefiere pensar que su marido lo que desea es probar a introducir la bola en otro tipo de hoyo más inaccesible. Una experiencia aislada que no perturbe para nada su amor por un deporte que practica hace casi dos décadas.