De todos los personajes que
protagonizan películas y series de terror los que más me han inquietado de
siempre son los zombis. Mitad muertos, mitad humanos, salvajes, en cacería
constante, buscando carne fresca a la que poder transmitir el mal. Entre todas
las historias de este género hay una en particular que me aterroriza. Se trata
del momento en el que tras una persecución uno de los supuestamente “vivos”
vuelve junto al resto. Los otros lo miran con recelo, el mismo desasosiego que
siente el espectador durante esos segundos en los que es imposible saber si en
realidad el recién llegado es todavía como ellos, o si ha sido infectado, quedando
así privado de su alma, y por tanto convertido en un enemigo, un rival del que
huir y al que combatir. De ser así él se volverá con los ojos ensangrentados
realizando movimientos espasmódicos que harán salir por piernas a los humanos
sanos. Ese “nadie conoce a nadie” aterrador me ha venido estos días a la cabeza
a raíz de la crisis del ébola cuando, desde los medios, han realizado un
croquis de los últimos días de la enfermera antes de serle diagnosticada la
enfermedad. Así médicos, auxiliares, camilleros, conductores, peluqueras,
marido y vecinos han empezado a desfilar por los centros de salud de la capital,
poseídos por la sospecha tras haber mantenido contacto con María Teresa. Me
pongo en su lugar, imagino por un momento la sensación de desconfianza generada
a su alrededor, el “seguro que estás bien” seguido de esa mirada de inquietud de
aquellos que los rodean motivada por el instinto natural del “sálvese quien
pueda”, que lleva a los sospechosos de haber contraído el virus a la más
absoluta soledad física, filosófica y vital. Dejando un momento de lado la
enfermedad en sí y a todo lo relacionado con lo estrictamente médico, alrededor
del asunto se ha organizado un circo que empieza en el momento en el que
algunos comienzan a cuestionar la profesionalidad de una enferma de gravedad,
midiendo su nivel de responsabilidad en función de si dijo o no la verdad.
Luego está el asunto de los guantes cuyas conclusiones se han sacado tras
hablar con la afectada que está aislada, desorientada, hipermedicada, sedada y,
en el momento que escribo estas líneas, a punto de ser vencida por ese virus de
origen africano. También está el asunto del perro, el ya célebre Excalibur cuya
ejecución ha incendiado las redes, y que ha impulsado el nacimiento de grupos
de protesta que son de la opinión de que se debería haber dejado a la mascota
en observación. En un aparte dejo a la panda de descerebrados que se dedican a
crear bulos falsos como la aparición de nuevos contagios o la intervención de
las fuerzas militares, propagando el miedo y el desconcierto entre una
población ya de por si sensibilizada e informada a salto de mata. Esto ha
provocado que algunos prescindan de viajar a Madrid y que vean en el AVE el
medio más rápido de contagio, planteándose incluso si seguir llevado o no a sus
hijos al colegio. La vedette de este espectáculo podría ser el consejero de sanidad
y su incontrolable verborrea, muy al estilo jacuzzi de Jesús Gil, que le ha
hecho compartir con la población algunas perlas ya famosas como el “tengo la
vida resuelta”. El coro reúne a aquellos que exigen la dimisión de la ministra señalando
al gobierno con el dedo, a los que opinan que repatriar a los sacerdotes fue un
error, a todos los que aprovechan para echar por tierra el funcionamiento de
nuestro sistema sanitario, los que politizan, dogmatizan, criminalizan,
satirizan. «Tienen razón», piensan unos. «El tema está tan politizado que es
difícil hacer un análisis en limpio de la cuestión», opinan otros. Yo me pongo
en el lugar de la auxiliar, pienso en esa foto despatarrada en el sofá, en sus
planes para pasar la semana que le quedaba de vacaciones en su tierra que tuvo
que abortar, en esa tarde que se fue a depilar después de acudir al médico,
pues aún pensaba que tenia una vida normal, en las llamadas y mensajes que ha
recibido desde el hospital. Me pregunto si no nos iría mejor si mostrásemos un
poco más de respeto por su situación.
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lunes, 13 de octubre de 2014
domingo, 5 de octubre de 2014
LA CACA Y LA VIDA
Yo he tenido perro en el
pasado, en concreto dos. En ambos casos he vivido la fase de educación durante
la cual tratas por todos los medios de que no se hagan sus necesidades por la
casa, acotando al principio una zona con papeles de periódico y pautando luego
un horario de salidas hasta que un buen día, momento que sin duda recibes con
alivio, descubres que empieza a controlar y pasas a trabajar otros aspectos
como la alimentación o la obediencia, para lo que tendrás que armarte de
paciencia. En ese punto ya debes de haber aceptado que vas a pasar los próximos
quince años de tu vida enfundándote una bolsita de plástico en la mano,
agachándote cada día y recogiendo de la acera una enorme mierda caliente,
palpitante y maloliente que a veces, y dependiendo del ritmo estomacal de tu
mascota, sentirás como discurre entre tus dedos, como la lava de un volcán.
Luego te quitaras el protector girando la cabeza y caminarás hasta la papelera
más próxima, cargando con el paquetito y sintiendo el peso de esos excrementos cuya
cantidad y consistencia variarán según la edad, el estado de salud o el nivel
de actividad del perro. En el caso del orín la ordenanza municipal de tenencia
de animales dicta, además de lo evidente, que es el hecho de que los
propietarios son los responsables de los daños o acciones provocados por sus
mascotas, que está prohibido que estas “hagan sus deposiciones en cualquiera de
las partes de la vía pública destinadas al paso, estancia o juego de los
ciudadanos”. Para ellos, reza el edicto, existen una serie de zonas habilitadas
por el consistorio para tal fin y, en caso de fuerza mayor, también podrán ser
utilizados los imbornales de la red de alcantarillado y los alcorques de los
árboles desprovistos de enrejado. Yo creo que el asunto está claro. Aunque no
se conozca la ley uno siempre puede echar mano del sentido común, algo que a
veces, motivados por factores como la pereza, la despreocupación o la falta de
conciencia, algunos deciden desoír porque la realidad, más allá del parco programa
de limpieza del ayuntamiento, es que las calles de Valencia están plagadas de
cacas y meadas de perro, un rastro que se puede ver, oler y pisar, un goteo que
decora nuestro paisaje y que hay que esquivar, saltar, tratar de evitar,
incluso en los barrios del centro. En el resto de la ciudad, en las zonas que
no son consideradas principales, la cosa ya es criminal, lo que sumado a la
falta de atención de las calles en general, más el aspecto que presentan muchas
veces las zonas de contenedores, más los restos tras el fin de semana que dejan
los botellones, nos da la imagen de favela.
Recuerdo el estreno de la
película “Prêt-à-porter”, dirigida por Robert Altman, y su crítica feroz al
mundo de la moda, a los desfiles, a los diseñadores y en general a una
industria que a los ojos del realizador se presenta vacua, casi ridícula. A lo
largo de la cinta, que está ambientada en el marco de la semana de la moda de
París, varios de los personajes se topan con cacas de can, que quedan
impregnadas a sus zapatos de marca, provocando un trastorno tan engorroso como
puntual, devolviéndoles por un momento a la realidad que todo lo empaña más
allá del glamour y lo distante de ese universo de lo perfecto, lo efímero y lo
bello. Pienso si tal vez esas cacas con las que nosotros tenemos que lidiar
sean una manera de recordarnos lo gravoso de la existencia. Que quizás esos
dueños de entrada incivilizados se salten a la torera la normativa y el respeto
al resto con el fin de ir un paso más allá, imponiéndonos la mierda de su
mascota que no es sino el símbolo de la sociedad civilizada frente al impulso
de lo natural. A partir de ahora cuando descubran a alguien tratando de huir
sin recoger los restos de su amigo fiel de la acera les insto a que le den las
gracias, pues ese excremento promete actuar en nuestra mente al igual que lo
hace la esponjosa magdalena en el subconsciente de Proust, reforzando el
poderoso vínculo con lo escatológico que nos mantiene anclados a la vida. Porque,
¿quién querría ensuciarse la mano teniendo la oportunidad de instruir y a la
vez cagarse (literalmente) en el resto de la humanidad?
martes, 16 de septiembre de 2014
LOS NIÑOS DE CRISTAL
Acaba de terminar agosto, por
lo tanto hemos entrado en septiembre, por lo tanto, y por una lógica
aplastante, todavía hace calor. Bastante, por lo que marcan los termómetros.
Este año además, y como ya se ha comentado hasta la saciedad, se ha anticipado
el comienzo del curso escolar. Un adelanto que tiene que ver con la necesidad
de adaptarse a los horarios laborales de los progenitores que tenemos que hacer
cábalas para tratar de conciliar nuestra vida familiar con la profesional, pues
hoy ya pocos se pueden permitir el veraneo de tres meses de antaño. Como les
decía, estamos en septiembre y hace calor, una afirmación que no debería de
revestir más importancia que la que tiene ni acaparar más titulares de prensa
que los reservados en las páginas del tiempo, hasta que determinados estamentos
han decidido utilizar una eventualidad climatológica como arma arrojadiza. El
tema es que a causa de este calor se ha provocado un pequeño motín en las aulas
y los pasillos de determinados centros escolares apoyado por los profesores, los
alumnos, los padres y algunos de arriba. Todos ellos se muestran indignados y
reclaman unas medidas urgentes que pasan, me imagino, por la implantación de sistemas
de aire acondicionado en cada clase. Recuerdo cuando era pequeña, llegaba el
mes de junio y en mi colegio, como en la mayoría de los de la ciudad, hacia un
calor de cagarse, hasta el punto de que muchas tenían que soltar el boli a cada
rato a causa del sudor que humedecía las palmas de sus manos y que secaban con
el bajo de la falda. Ese día tocaba abrir la puerta y las ventanas para crear
algo de corriente, mojarse la cabeza en la fuente y tratar de capear la jornada
hasta la hora de la salida, cuando volvías a tu casa con la camiseta empapada. Tu
madre y las vecinas hablaban de ese poniente mortal que azotaba la ciudad o
bien comentaban los detalles del denso bochorno que cuajaba el aire con su
pesada humedad. Calefacción sí que había en forma de pequeños radiadores que
una monja tenia que purgar al inicio del invierno. Aún así me acuerdo de estar
en clase algún día con la chaqueta puesta encima de la ropa y frotar las manos
tratando de calentarlas con el aliento de la boca. Si a alguna le dolía la cabeza
o se encontraba mal era mandada a la enfermería donde una amable hermana le
tumbaba en la camilla y le hacia chupar medio terrón de azúcar impregnado en
agua del Carmen. Si te caías también acababas en la camilla rodeada por una
bruma de Reflex, en caso de contusión, o si había herida o raspón con tirita y
Mercromina. Nadie se cuestionaba la idoneidad del tipo de almuerzo o las
calorías que contenía cada ración del menú escolar, y la verdad es que por
aquel entonces no se hablaba de sobrepeso infantil, pues era casi una anécdota. Independientemente del uso de
la coyuntura para hacer una presión que en gran parte tiene que ver con desviar
la atención de problemas que sí son graves, lo que a nosotros nos debería de
preocupar es, ¿qué mensaje les estamos lanzando a los niños si exigimos que
suspendan las clases cuando golpea el calor? Y en el caso de la dirección de
los centros escolares que tiene la potestad para suspender las clases si no se
dan las condiciones adecuadas, ¿cuál es el rasero?, ¿son los treinta grados o
es cuando el quinto alumno expone su incomodidad?, ¿qué ocurre si en octubre se
produce una ola de calor o si la ciudad es azotaba por otros males como una
plaga de mosquitos o una serie de lluvias torrenciales? Siempre podemos
mostrarles algún video de esos niños que viven en condiciones infernales, que
deben de caminar cada día varios kilómetros para beber agua o recibir algo de
educación, y contarles que se trata de una película de ciencia ficción. A este
paso, y si los instruimos en la espiral de la reivindicación continua, corremos
el riesgo de que nunca lleguen a trabajar, pues quizás se nieguen a madrugar o
a realizar determinados esfuerzos justificando este o aquel malestar. Ese puede
ser el precio que paguemos por educar a unos niños de cristal.
viernes, 18 de julio de 2014
¿DÓNDE COÑO ESTÁN LOS NIÑOS?
Hace unos años, cuando yo no
tenia niños y algunas amigas que ya eran madres anunciaban aterradas la llegada
del mes de julio, las miraba extrañada y pensaba que exageraban. Más tarde
cuando tuve a mi primer hijo y era solo un bebé, lo paseaba en la silla abajo y
arriba y lo llevaba a tomar helados o a la playa, donde pasaba las horas
jugando con el cubo y la pala sobre una toalla. Ha sido este verano con dos
niños de tres y cinco años cuando me he dado cuenta del elevado nivel de
actividad que tienen a esa edad y de que los días, que durante el resto de estaciones
se me pasan volando, parecen discurrir ahora ante mi como un reloj de arena,
segundo a segundo, como si arrastrara sobre mis hombros todo el peso del mundo.
Recuerdo meses atrás desconectar cuando las otras madres se ponían a hablar del
tema. “¿Dónde los vas a apuntar?”, se planteaba a la mínima ocasión. Las
alternativas eran algún colegio en inglés de fuera de la ciudad, el club de
tenis, el náutico, el Botánico o cualquier otro lugar donde organicen lo que se
llama “cursillo de verano”, previo pago de una pasta. Yo entonces, sintiéndome
distinta, me creía al margen asunto. “Trabajo en casa, me podré organizar”,
explicaba inspirada por la imagen de J.K. Rowling, autora de la saga Harry Potter, que
en más de una ocasión ha confesado que escribió el primer libro sentada en un
café mientras sus hijos pintaban a su lado. Casi a mediados de mes puedo
asegurar que la escritora inglesa fabula también sobre su pasado. ¿Y cual es la
verdad?, se preguntarán. El reto es que hay que hacer lo mismo que en invierno,
incluido trabajar, con la salvedad de que los niños no van al colegio. Las
vacaciones además contagian a los pequeños de una especie de frenesí
hiperactivo y las palabras “quiero, dame, vamos, coge, mira, ahora, luego, no,
más, ya y toma” se convierten en su nuevo idioma. Al final soluciono a duras
penas el tema de las mañanas con un cursillo de natación para uno y un
combinado de tenis, manualidades y piscina para el otro. Hasta ahí más o menos
bien. La cosa se complica por las tardes. El primer día vamos al parque y el
tobogán plateado de siempre arde. Tras media hora a la sombra constato que allí
no baja nadie. Mirando a mis hijos sofocados llego a la conclusión de que aquel
no es buen sitio para estar cuando golpea el calor. Al día siguiente a eso de
las seis y media me dejo caer por el río a la altura del Palau de la Música.
Mientras se toman la merienda me doy cuenta de que prácticamente no hay más
niños alrededor. Como hace algo de poniente me planteo si quizás esa estampa
desértica se trate un espejismo que los grados de más han provocado en mi
mente. El tercer día, ya mosqueada, pongo rumbo al Mercado de Colón y, si bien
de paso se ve algún crío, el ambiente es inquietantemente tranquilo y los
caballitos están vacíos. Mientras bebo una horchata en pajita una pregunta
resuena en mi interior: ¿dónde coño está el resto de niños?. Me invade la
oscura sensación de que quizás hay algo que estoy haciendo mal. Al consultar en
el chat de madres del colegio me entero de que a muchos de los compañeros los
han enviado con los abuelos a algún sitio de veraneo. Otros tantos se quedan en
casa. “¿Y qué hacéis?”, le pregunto a una de ellas por privado. “Juegan a la Wii,
ven la tele, ya sabes, aguantar con el aire acondicionado”, me explica. Día
tras día se me va acumulando el trabajo atrasado. Me invade una sensación del
pasado, cuando los niños eran solo bebés y yo sentía que siempre hacia lo que
no tocaba o estaba en el lugar equivocado. “Ahora es distinto”, me digo. “Soy
una veterana y hago lo que me da la gana. Las nuevas, las madres primerizas, me
miran al pasar y se dicen ‘ahí va una madre de verdad’”, me intento engañar.
Esa misma tarde decido volver al helado y a la toalla y a los cubitos en la
playa. Aunque ahora se mueven mucho más y yo no paro de gritar, pese a que me
paso el rato de pie controlando cual vigía y cada rato tengo que echar a correr
para alcanzar a alguno que trata de escapar, la realidad es que ese plan
sencillo junto al mar me resulta mucho más accesible y apetecible que el tener
que lidiar con el asfalto de la urbe.
domingo, 6 de julio de 2014
LA PARADOJA DEL CICLISTA
Casi la mitad de los
habitantes de nuestra ciudad utiliza la bicicleta al menos una vez por semana,
situándonos así a la cabeza de las ciudades más ciclistas de España. Vitoria, Sevilla
y San Sebastián también estarían en el grupo de ciudades “adecuadas”. En cambio
Bilbao, Las Palmas o Madrid rodarían en el sentido opuesto, con índices de uso
descendentes. Yo, que soy ciclista habitual, debo de confesar que dentro de mi
reside una contradicción que me lleva a experimentar la “paradoja del
ciclista”. Es decir, por un lado cuando asumo el rol de peatón y camino por la
acera me cabrea que alguien en bicicleta use el timbre para pasar. Yo suelo
mirar con cara rara y a veces incluso lanzo alguna perlita del tipo: “no soy yo
la que me tengo que apartar”. En cambio cuando salgo a lomos de la bici y me
lanzo sobre la acera sorteando peatones me pillo calentones cuando alguien me
increpa. “Este no es el sitio, tienes que ir por la carretera”, me soltó no
hace mucho una chica más o menos de mi edad al detenerme en una acera ancha del
paseo de la Alameda. “¿Por qué no te vas a la mierda?”, le contesté en un rapto
visceral. Ella entonces me miró fijo. “¿Eres Elena? Mi hija va a la piscina con
tu hijo”, contestó sorprendida. Yo giré la cabeza y emprendí la huida arrepentida
por mi arrebato. Otra de mis peleas se da muchas veces cuando llego en bici a
un paso de cebra y, pese a estar el semáforo intermitente, los coches pasan por
delante a pocos centímetros de mi rueda haciendo abuso de su superioridad. En
esos caos, y más si llevo a uno de mis hijos sentado en la sillita de atrás, me
lanzo con una retahíla de insultos alentados por mi faceta maternal más macarra.
La realidad, y pese al estatus
de ciudad ciclista que nos otorgan las encuestas, es que peatones, ciclistas y
conductores mantenemos una guerra silenciosa pero abierta. Se trata de una
especie de ley de la selva, una jerarquía que tendría que ver con el tamaño y
la potencia y que llevaría al conductor a sentirse amo y señor de la calzada,
consciente del poder de su motor, y teniendo ya que lidiar a diario con
autobuses, taxistas y motoristas. La presencia de los ciclistas sobre el asfalto
les parece a muchos incómoda, inapropiada, como el mosquito que aterriza sobre
la luna del coche y dificulta brevemente tu visión, hasta que das un golpe de
parabrisas y el insecto ve su final desparramado en el cristal. Lo del carril
bici en la ciudad queda pendiente de revisión. Si bien es cierto que han
aumentado los tramos para ciclistas, también es verdad que en muchas de las
zonas, como en la Avenida del Puerto o en Peris y Valero, las irregularidades
del terreno lo asemejan a ratos a una
carrera de Offshore. En el caso de que pretendas llegar al centro o ir a
comprar a la calle Colón, te tienes que buscar la vida, o dejar la bici aparcada
antes de la Gran Vía. Luego está el rio. Para muchos el cauce del Turia es la
solución. Yo les insto a que bajen en fin de semana por la mañana y presencien
la verbena de corredores, caminantes, paseadores, ciclistas, marchistas y
patinadores que tienen que bregar para avanzar en una de las dos direcciones
por un terreno abierto, exento de indicaciones y plagado de niños y perros. La
parte buena, que por supuesto la hay, es la aportación a la sostenibilidad, la
comodidad y la sensación de libertad que te da el ir volando sobre las dos
ruedas. La ausencia de subidas y bajadas, con la excepción de la ligera
pendiente de la calle del Mar, y la dimensión que muchos califican como
perfecta de la urbe, convierten a Valencia en la ciudad ideal para vivir
rodando. Uno de los puntos a valorar es la excelente acogida que ha tenido la
iniciativa Valenbisi en nuestras vidas. Pese a que aquellos que alquilan lo
hacen con una motivación meramente funcional, prescindiendo en muchos casos de
la parte de poesía vital que comporta ser ciclista, no dejan de formar parte de
esta corriente de pedaleo que ha erigido a la ciudad como emblema del
transporte saludable. Si aún no va en bici se lo aconsejo, además de sano es
agradable y, en caso de conflicto con coches o peatones, tendrá la oportunidad de
aliviar tensiones gracias a ese noble arte que se conoce como insultar.
martes, 6 de mayo de 2014
LA MEJOR ZONA DE LA CIUDAD
Me comenta una amiga que se
tiene que alquilar un piso nuevo para empezar a vivir con su novio. Convencida,
me explica que está mirando en el corazón del Cabanyal, pues tiene un amigo del
trabajo, un joven diseñador de barba y gafas que vive ahora por allí y, según
sus propias palabras “aunque tiene vecinos gitanos y en su calle hay un poco de
todo dice que es súper autentico”. Yo cuestiono la vigencia de esa autenticidad
que me parece forzada y me imagino a su amigo portando su Mac, vestido con
pantalón ajustado de colores y camisa de diseño, enumerando los encantos del
lugar a sus visitas con la irritante naturalidad que tratan de proyectar ciertos,
y los voy a calificar, creativos autenticistas: “mira, un ultramarinos, allí unos
indigentes, ese perro vive en la calle y a veces les doy de comer, allí en la
esquina comentan que vive un camello, esa casa está llena de okupas, también
hay putas…”, visualizo explicando al joven inquilino hipster, excitado ante ese
panorama tan cotidiano y real, que su mente ha exagerado, y que le hace
sentirse avanzado y especial. Le doy vueltas al tema de los barrios punteros de
esta ciudad y pienso, por ejemplo, en la evolución del Carmen, en su día
epicentro de lo alternativo y sometido a un lavado de cara llevado a cabo sin
criterio, que ha dado como resultado una suerte de escenario como de cartón
piedra, un gueto guiri donde pasean y cenan los visitantes despistados, una
zona souvenir. Una de las pocas cosas que se ha preservado es el Mercado Central
que, gracias a la espectacularidad del edificio, y a fuerza de ofrecer servicio
y calidad, se ha erigido como el templo sagrado de la zona, pese a que los
sábados tiene que aguantar el peregrinaje de modernos diversos, que han
descubierto en el amor por la gastronomía y en la obsesión por lo tradicional,
uno de los pilares de su filosofía. En Ruzafa en cambio el proceso ha sido
distinto. Las calles, arregladas con cabeza, han visto florecer numerosos
locales sencillos pero decorados con gusto, que han conseguido, me imagino que
de una forma consciente, crear su propio ambiente a un precio razonable, huyendo
de lo estridente. Otras dos zonas de nueva creación, Alfahuir y la Avenida de Francia, son una
buena opción para aquellos que quieran parques, calles amplias y algo de
ambientillo, pero no tengan grandes aspiraciones estéticas. Quién se decanta
por el ensanche se va a codear con la clase media trabajadora de bien que busca
continuar con la estela de sus padres. Allá por los Viveros, entre Botánico Cavanilles
y Jaime Roig, hay pisos grandes y se vive muy bien sin tiendas ni pubs, rodeado
tranquilidad. Es perfecto si no te importa salir a pasear y tener que conversar
con tu perro. En la zona buena de la Alameda viven ¿diez? familias con solera y
dicen que se casan entre ellas, preservando así sus apellidos de ser mezclados con los del resto.
Si no te importa coger el coche para ir a comprar el pan o las compresas,
puedes elegir entre las numerosas urbanizaciones que rodean la ciudad. Durante
todo el año podrás caminar por tu pequeño terreno, recogiendo pinocha y
disfrutando del silencio. Solo. En el caso de que el presupuesto no sea un
problema una buena opción es adquirir una vivienda por la zona de Colón,
contratar servicio y prepararte para bajar a la calle y encontrarte a todo el
mundo en plan arreglado, incluso esos días en los que sales con prisas en
mallas y no te has peinado. Hay muchos que no conciben su existencia si no es
cerca del río, pues lo asumen como una vía de escape, un reducto natural donde olvidar
las presiones urbanas. Yo siempre digo que más importante aún que el barrio son
los vecinos, pues conozco a varios que han vivido años amargados por los
tacones punzantes de la chica de arriba, los ronquidos del señor de al lado, la
trompeta, los jadeos, los berreos o las fiestas de verano de los compañeros de
rellano. Muchos dicen que la casa de la infancia es el hogar de la vida. Así
tomo la estrofa de un tango de Aníbal Troilo: “Alguien
dijo una vez que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre
estoy llegando”
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