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domingo, 23 de junio de 2013

FALOMANÍAS Y CULTURA A GRANEL




Vuelvo el otro día de hacer unos recados por Cardenal Benlloch cuando al pasar por una bocacalle un pequeño videoclub atrapa mi atención. Tengo la sensación de que han pasado varios siglos desde la última vez que pisé uno, lo que me provoca cierta nostalgia y hace aflorar en mi mente recuerdos de adolescente, cuando paseaba por los pasillos junto al noviete de turno, en busca de algún título que coger para intentar ver mientras nos dábamos besos. Ahora todo ha cambiado y parece que con lo digital, los trescientos canales de pago, las series para abonados y los paquetes deportivos vamos servidos, aunque en el fondo se trate de una extraña manera de aplacar la ansiedad con una avalancha de oferta descomunal. Decido entrar para explorar y veo que nada ha cambiado. La zona de novedades con los últimos estrenos, cine clásico, de acción, películas románticas, comedias, títulos independientes y cintas infantiles. Al fondo a la izquierda veo la puerta de madera estilo oeste con el luminoso en letras rojas en la parte superior que indica: “cine de adultos”. Un tipo con gorra y vaqueros sale por ella con una peli en la mano y yo instintivamente pienso: “guarro”. Pese a mi arrebato de moralina colegial no puedo evitar preguntarme como será ese reducto de lo obsceno y, picada por la curiosidad, me acerco. “Puedes pasar, eres mayor, gozas de libertad, se ha dado por algo esta ocasión, se trata de adquirir material para documentación, a veces escribes de esto, no necesitas ningún pretexto, ya entraste una vez a un sex-shop…” –lanza mi mente de manera inconsciente. Cuando me doy cuenta me encuentro en el centro de esa pequeña habitación rodeada por cientos de carátulas divididas también por clasificación: estrellas porno, transexuales, voyeur, orgías, gay, lésbico, amateur…Yo no puedo dejar de mirar las cajas con esas fotos baratas de hombres y mujeres practicando sexo son gesto de vicio y unos títulos que no tienen desperdicio: “Putas de carretera”, “Lozanas de pueblo”, “Desflorando japonesas”, “Una vecina viciosa”, “Joven rebelde y ninfómana”, “Falomanías” o “Un descuido y toda dentro”. Abrumada por tanta creatividad intento asimilar el torrente de información que me llega y me dispongo a salir cuando otro cartel destacado se interpone en mi camino: “Porno femenino”. Aquí la cosa se suaviza: “Tres hermanas”, “Revelaciones”, “El sabor de Ambrosia”, “Ritos de pasión”. Desde luego el planteamiento me parece acertado, un enfoque de lo mismo pero edulcorado y por la impresión que me da, en un entorno  más cuidado, con otra iluminación y parece que hasta argumento. El problema que le veo es la ubicación, pues dudo que muchas damas se atrevan a acceder a este cuartito de la pasión y mucho menos salir sujetando la cinta. Vuelvo a la zona “normal” y, ya dispuesta a alquilar, me sumerjo en un proceso de selección ya olvidado, leyendo las reseñas, ojeando las novedades y contrastando las opciones. Me doy cuenta del valor de ese momento y me planteo hasta qué punto es positiva la tormenta de contenidos en la estamos sumergidos con esos dispositivos capaces de almacenar diez mil canciones o discos duros repletos con filmografías completas. Echo de menos el momento en el que escogías una cinta de casete, o más tarde un compact disc o un DVD y disfrutabas durante horas de una película o un disco, centrado exclusivamente en él. Parece que en los últimos tiempos todo se ofrece a granel perdiendo, entre otras cosas, el encanto. Así cines, video clubs, filmotecas y bibliotecas quedan cada vez más relegados al grupo de los nostálgicos con salas vacías en las que la solitaria proyección es sólo un reflejo de nuestra falta de elección, de concentración y de tiempo. Exijamos nuestro derecho a disfrutar de manera más centrada y sosegada en esta era de Internet en la que da la impresión de que todo se torna banal y superficial. Es el momento de hacernos fuertes frente a la invasión de información y fomentar la criba de material y el espíritu crítico. Hágase una pregunta: ¿hace cuento tiempo que una película o una canción no le producen verdadera emoción?.




lunes, 29 de abril de 2013

PALOMITAS, REFRESCO Y FLEQUILLO





El pasado sábado noche acudo a los cines Lys para ver “Efectos Secundarios”, una película de intriga con guapos actores y trama irregular. Durante el visionado me entusiasmo con el peinado de Rooney Mara, la protagonista. Una melena por el hombro como despeinada con las puntas doradas y un flequillo a medio hacer que de repente me parece irresistible. Al llegar a casa me encierro en el baño, busco las tijeritas de los pies y sin pensarlo, corto mi cabello por la zona de delante, dejando un par de mechas más cortas sobre la frente. Mi falta de habilidad y de experiencia en el tema me dejan una apariencia extraña, una cara rara, como más redonda, tipo ensaimada. Ya el lunes me dirijo a la peluquería para arreglar la tontería y cuando salgo a la calle luciendo mi nuevo estilismo me pregunto: ¿a qué edad una deja de cortarse el pelo en casa cuando ve a una actriz que le vuelve loca?. Asumo entonces que no es la primera vez que actúo por un impulso cinematográfico y me viene a la mente un recuerdo potente de cuando vi “Desayuno con Diamantes” y me quedé flipada con Audrey Hepburn, con su forma de andar, de hablar, de moverse, de cantar. Yo entonces era sólo una chiquilla pero decidí que a partir de entonces, los pocos pitillos que compartía con amigas, los fumaría con una larga boquilla que compré en un anticuario del Carmen. Algo más intenso me ocurrió con “Lolita”, la de Kubrick, que pese a narrar algo trágico, casi demoledor, dejó en mi el regusto por los hombres de edad, con una perversa tendencia al respeto por la autoridad. O el empujón existencial que supuso en mi vida “El club de los poetas muertos” con el “oh capitán, mi capitán” de Whitman por insignia y su espíritu innovador, inspirador, que acentuó aún más si cabe en mi interior las incipientes ganas de narrar. Enlazo de manera mental con “Pretty Woman” la cual vi al inicio de mi adolescencia y me hizo interesarme por las señoritas maquilladas del Parterre, las cuales entonces imaginaba subiéndose al descapotable de ese increíble Richard Gere apuesto, millonario y con un punto vicioso. También me fue imposible olvidar la coreografía central de “Dirty Dancing”, ese baile rítmico y sensual que en la intimidad de mi habitación me aprendí de memoria y que un buen día, me lancé a ejecutar en clase de gimnasia ante la incrédula mirada de la profesora que no sabía si castigarme o compadecerme, ni las ganas que me entraron de hacer un safari y enamorarme de Robert Redford tras ver “Memorias de África” o la más reciente “Entre Copas”, que me tuvo durante meses dando la lata a mis amigos con el tema de los cursos de cata.
Por eso me sorprendo cuando leo la noticia de que el pasado fin de semana fue el de menos asistencia al cine en la historia de nuestro país. Intento acordarme del último llenazo que vi en una sala y me viene a la cabeza un viernes tarde que acompañé a mi sobrina a ver una de las entregas de “Crepúsculo”, la famosa saga vampírica que se ha convertido en una mina cinematográfica. Independientemente de la calidad de la cinta no pude evitar sorprenderme al ver a los jóvenes espectadores dándole al WhatsApp sin parar, emitiendo una luz tan potente que parecían una legión de acomodadores.
Me pregunto a qué echarán mano los adultos del futuro para estimular su fantasía y deseo que aunque sea recurriendo a la piratería, descubran el amor por el cine. Aunque dudo que haya nada comparable a la oscuridad de la sala, el mullido sillón tapizado, el suelo enmoquetado, el olor a palomitas, la bebida con pajita, el haz del proyector, la pantalla gigante, el sonido penetrante, la emoción, la intriga, el meterte en las vidas de otros aunque sea por un par de horas. Días después veo mi arrebato capilar como un homenaje a esta crisis cultural, una llamada a la acción, un pretexto, un pequeño gesto provocado por reacción a esta falta de motivación. Desde aquí les animo a acudir a una sala de cine antes de que sea tarde. Quizás su vida sea sutilmente trastocada por una insignificancia, un detalle sin importancia que de manera inesperada se haga hueco en su existencia provocándole la evanescente y fugaz felicidad que sólo lo verdadero e inesperado es capaz de lograr.  

jueves, 1 de marzo de 2012

Mi columna de Las Provincias de la pasada semana. ¿Por qué causará tanto revuelo el desnudo masculino?


MIEMBRO DE HONOR

Viernes noche en el cine. Comienza Shame, el último trabajo de Michael Fassbender, el actor de moda en Hollywood, guapo a rabiar, de corte intelectual y con un cuerpo de infarto. Ya en la primera secuencia confirmo los rumores que circulan por la red: el señor Fassbender luce un miembro de proporciones monumentales. El director, a modo introductorio y para calmar ­–imagino­– la ansiedad de las espectadoras, lo hace pasear en cueros de cara a cámara y orinar de espaldas para ofrecernos una perspectiva prodigiosa de esta parte concreta de su anatomía, que asoma como péndulo poderoso, desafiando las leyes de la física.

Un murmullo femenino de aprobación recorre la sala, y yo me pregunto: “¿por qué sigue causando tanto revuelo el desnudo masculino?” A nadie le extraña que reputadas actrices enseñen los pechos o el resto de atributos, pero son pocos los actores de renombre que han decidido mostrarse sin ropa. Richard Gere, Bruce Willis, Ewan Mc Gregor o Harvey Keitel son algunos de los valientes que se han lanzado a la piscina.

En esta sociedad fálica, en la que el símbolo viril reina poderoso y bucea entre líneas hasta las entrañas mismas de el arte o la política, la visión de un pene incomoda. Decido indagar en el tema y descubro que gran parte del asunto tiene que ver con la consistencia. Si el miembro se presente flácido, lo que viene a ser como quedarse a mitad de camino, el mensaje puede contener una lectura ofensiva de lo que entendemos por masculinidad. En cambio, la imagen de un pene erecto resulta amenazante, agresiva y un tanto ordinaria. La silueta del hombre blandiendo a solas su excitación, contiene además notas tragicómicas que envuelven la acción con cierto aroma a patochada. A los actores del futuro les diré que no sufran, pues aunque su talla no consiga levantar pasiones, siempre podrán echar mano de las tres dimensiones.