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lunes, 11 de agosto de 2014

VERANEO A LA ANTIGUA




Este año ya he leído unas cuantas columnas o artículos en los que sus autores, tras realizar una precisa disertación sobre motivos económicos y sociales, llegan a la conclusión de que estamos siendo testigos del ocaso del veraneo, reflexionando sobre este final, como si se tratara de algo nuevo. Un colaborador de esta casa apuntaba además, con buen tino, la falta de tacto de aquellos que al cruzarse con un conocido o un vecino se interesan por su planes vacacionales, dando por hecho que el interesado tiene algo programado. Con ese tipo de pregunta, y dada la falta de liquidez generalizada, obligas al otro a inventar un rodeo, un “aún no lo hemos pensado”, o “estaremos algunos días por aquí”, o “esperaremos al último momento”. El preguntado tendrá la sensación entonces de perpetrar algo inapropiado, de estar fuera de lugar.
Pensemos un momento en el término “veranear”. Más allá de la extensión temporal, que asociamos a la niñez y que si lo analizamos bien, no tiene más mérito que la propia deformación mental que uno hace del tiempo y que le lleva a alargar, de manera exagerada, aquello que se supone que le gustaba, la cosa se queda en unos pocos detalles de peso. Uno de mis favoritos era la advertencia de los adultos, que ahora con los años y la experiencia comprendo, cuando a finales de agosto empezaba a llover. «No te puedes bañar, si cae un rayo te podría electrocutar», era el mensaje brutal cuando caían las primeras gotas. Yo miraba la enorme extensión de mar de la playa de Gandía y me imaginaba atravesada por la estocada eléctrica mortal, como una heroína de acero, inundando el océano con esa descarga natural plasmática, anticipando el sonoro y rotundo trueno que haría explotar los tímpanos de todos los que estuvieran cien kilómetros a la redonda. Esa imagen hacia que siempre, sin excepción, me intentara escapar, en compañía de otros amigos de mi edad, para llevar a cabo esa acción suicida. Otro de los hits era el famoso corte de digestión. Recuerdo a la madre de una amiga que siempre me invitaba a su casa de El Perelló. Independientemente de que nos hubiésemos comido unas papas con aceitunas, un helado o una paella, la señora precavida nos hacía pasar dos horas a la sombra, pues el contacto con el agua nos podía provocar un sock. Si, como muchas de las veces, nos lanzábamos a protestar, ella no tenia ningún problema en volver a relatar el espeluznante caso de un vecino de nuestra edad que unos años atrás se vio afectado por el síncope. El pobre chico se quedó lívido para luego retorcerse un buen rato sobre el suelo y finalmente perder el conocimiento. «No se murió por esta», nos lanzaba haciendo un gesto con la mano y señalándonos con un dedo. Luego estaba la insolación, o lo que alguien me relató como el quemarte la cabeza con un sol abrasador, que en aquel momento yo imaginaba como una cabeza gigante, tipo logo de Versace, con boca amenazadora y mirada violenta. La persona afectada, que siempre era aquella que no llevaba gorra, sufría de mareos, convulsiones y unas quemaduras brutales que dejarían su piel como pasada por el rallador. Además estaba aquello de que si bebías algo helado de trago podías morir al instante, al igual que Felipe el Hermoso, cuya leyenda cuenta que pereció tras un partido de pelota al ingerir agua fría. Ante la estampa del monarca agonizando en la cama uno prefería beberla a traguitos, del grifo a templada. La mayoría de niños ahora crecen sin ser conscientes de esos peligros de muerte que antes acechaban las vacaciones vistiéndolas con la magia del riesgo. El mayor terror de un niño se da en este momento si se acaba la batería de su móvil o su consola y no puede terminar la partida o enviar a sus amigos mensajes y fotografías. La esencia del veraneo no tiene tanto que ver con el lugar o la extensión en el tiempo, sino con el hecho de experimentar, de dejarse llevar, de disfrutar de las pequeñas cosas que durante el resto del año nos pasan desapercibidas. Es la suma de esos detalles lo que define una vida.   

lunes, 28 de julio de 2014

DETALLES HUMANIZANTES




Publicar una foto de unas piernas desnudas sobre la arena con el mar de fondo acompañada de las palabras “aquí, sufriendo” debería de estar penado por ley por repetitivo, obvio e idiota. Lo mismo va para las cientos de personas que cada día regalan a sus amigos de las redes sociales instantáneas de paisajes de las mismas calas de Jávea, Denia o Moraira con frases del tipo “en el paraíso”, o “no quiero volver”. Lo que podríamos bautizar como “foto testigo vacacional” no solo no es necesario, sino que puede tener consecuencias altamente negativas. Lo primero es que, y en el caso de los hombres emparejados, si por casualidad en un lado de la imagen o en el fondo, incluso aunque su cuerpo salga seccionado, aparece otra mujer que no es la suya, cuando llegue a casa el tipo va a tener que estar preparado para la pregunta: «¿quién coño es esa tía que sale a tu lado?». Y les puedo asegurar que no vale cualquier respuesta. Lo segundo es que si en su trabajo ha dejado alguna pifia, tarea pendiente o cliente insatisfecho, es poco recomendable dar publicidad a su estado relajado en modo playero cuando lo más seguro es que esa persona agraviada desee matarle. Lo tercero y fundamental es que, y no se cansan de repetirlo desde las empresas de seguridad, es un grave error dejar pistas a los posibles cacos por cuya mente, teniendo en cuenta que son delincuentes, solo pasa un mensaje al ver esas fotos divertidas: “no están en casa”. Por lo demás, y dejando los motivos prácticos aparte, si es sincero reconocerá que esos días de supuesto descanso tampoco suelen ser para tanto. El cambiar de entorno, de paisaje, de morada, se convierte a veces en un trastorno que hace que muchos de los viajantes acaben anhelando su cotidianeidad. En la misma línea condeno también a todos aquellos que se quejan de manera regular del calor. Les diré que vivimos en una ciudad costera sudeuropea con un elevado índice de humedad. También les recordaré que cada año por esta época se disparan las temperaturas y que, si ahora se ha hecho famoso el llamado “golde de calor”, es porque estamos sobreinformados y en estos tiempos de inmediatez todo es noticia. Además lo caliente se asocia a la vida, a lo emergente, al contacto entre la gente, y en vista de la hegemonía cibernética y aséptica que inunda nuestras vidas, es de agradecer que, aunque sea de vez en cuando, nuestros cuerpos se ejerciten en la transpiración. Estos motivos, y si la persona tiene algo de consideración, deberían  de ser suficientes para que la sensación corporal de cada uno no se convierta en tema de conversación más allá del ascensor. Se me ocurre que en vez de las instantáneas de postal, o los comentarios vacuos sobre los grados o la ubicación, cada uno utilice durante estos meses el muro de su red social para compartir informaciones, de entrada banales, pero en el fondo fundamentales. Por ejemplo, todo lo relacionado con lo escatológico, que parece que tira para atrás, puede ayudar a crear alianzas entre iguales. “Yo soy de antes de desayunar y revista”, podría anunciar una. “Lo mío es más irregular, por fortuna hace tiempo que descubrí los yogurts de fibra”, añadiría otro. Los “secretos” de estética también son un filón. “Vengo de pincharme botox en un centro maravilloso en la calle Colón”, informaría la interesada con una imagen de su cara renovada. “Mi mujer me ha regalado la vista con una exquisita depilación integral”, comentaría orgulloso un marido. Por supuesto lo carnal tendría una gran acogida. “Qué buenos son los polvos de la siesta”, se atrevería  alguien a manifestar. “Objetivo conseguido, ¿recordáis el guapo vecino que dije que me gustaba?, consideradlo tocado y hundido”, revelaría a sus conocidos una mujer agradecida. Con este estilo más “natural” romperíamos la inercia de lo “correctamente social” y abriríamos nuevos campos hacia esa vertiente de lo supuestamente privado pero que en el fondo es nimio, accesorio, humanizante. Estoy segura de que muchas figuras públicas, especialmente del entorno político, verían su imagen reforzada si compartieran con el mundo alguna nadería como travesuras de la niñez, preferencias en lencería o el nombre de esas tres personas con las que pasaría un fin de semana sin salir de la cama.




lunes, 23 de septiembre de 2013

VIAJAR CON AMIGOS



La amistad no conoce prueba mayor que la de ser sometida a un viaje. Los avatares del trayecto, la convivencia y la resolución de conflictos inesperados, pueden dar al traste con nuestra paciencia y mostrarnos la cara B de los compañeros que se presentan ante nuestros ojos de manera real y rotunda. “Después de tantos días de apreturas, ahora que se acerca la vuelta descubro esta mañana que empiezo a ir suelta” –informa al resto Alicia, una rubia simpaticona que se encuentra pasando unos días con amigos en Ibiza. Los otros dan cuenta de su desayuno sin mirar intentando ignorar el parte escatológico al que cada mañana los somete. “Lo mío con el wáter está fuera de toda lógica. Si no es blanda es dura, deberían de crear una ciencia que controle la consistencia” –añade ilustrando a los demás con sus patrones fecales. Lo que me cuentan unos conocidos a su vuelta de un crucero por Grecia al que han ido junto a otra pareja es aún peor pues la esposa, tras la cena y con unas copas de más, se dedicaba a comentar las peripecias sexuales de la noche anterior. “Ayer mi tigre se salió” –soltó en una de las veladas para referirse al marido. “Estuvimos más de tres horas, probamos alguna posturita nueva, estaba tan excitado que casi se confunde de lado” –afirmó guiñando un ojo y pegándose una palmada en el trasero. Los otros, testigos de la situación junto con el camarero, pasaron los días de travesía cortados ante el torrente de sinceridad.
En otros casos es el tema de la compra grupal el que trae los problemas. Cereales integrales, bebidas de soja, condones o bandas para depilar se convierten en objetos de disputa al no reunir el visto bueno colectivo. Entonces los “a mi no me gusta” o “yo no lo voy a usar” salen a relucir iniciando una guerra de entrada banal pero cuyo final suele resultar fatal. Lo mismo que el “fondo común”, de entrada tan civilizado, práctico y equilibrado, puede fulminar la armonía general con solo una salida o un aperitivo que sea disfrutado y pagado sin ser acordado entre el resto. Las vacaciones con amigos sirven además para descubrir facetas ocultas de la personalidad de alguno que, alejado de las presiones del trabajo y con horas de ocio por delante, se presenta como un auténtico maniaco de la organización. “He pensado, si os parece a todos bien, que podríamos pactar los turnos de cocina y limpieza por parejas. A las nueve, antes de bajar a la playa, tocarían baños, terraza y salón. A las diez se haría la comida y así a las once sería la salida para poder volver a la piscina a las dos y estar en la mesa a las tres” –informó Javier en el coche provocando cuchicheos y codazos entre el grupito de padres del cole que se escapaba unos días de excursión. Ya en el apartamento confirmó su condición de psicópata. “En la nevera he colgado un pequeño horario para hacer más fácil el momento de las duchas dejando un tope de veinte minutos por mañana y persona, ¿qué os parece?”–explicó a los demás que permanecieron en silencio intentando descifrar si lo que decía era verdad hasta que vieron por escrito el papelito.
La pesadilla de una amiga se centró en las tetas de la hermana de su vecina, la cual que sumó a una escapada improvisada. Desde primera hora del día la chica, que rondaba los cuarenta, se dedicó a pasear desnuda de cintura para arriba, no sólo en la playa, sino en la casa, desde al desayuno hasta la cena, viendo la televisión o estando en la terraza de conversación. Aunque el viaje era de chicas, a mi amiga no le pareció normal la presencia de esos senos a todas horas y en una de las comidas, cuando un poco de tomate le salpicó en un pezón, no pudo reprimirse y le dio su opinión. “Ya que no has traído sujetador por favor, tapate las tetas con la servilleta” –le dijo con diplomacia. Por ello es importante valorar hasta que punto creemos conocer a los amigos y conocidos antes de lanzarnos a compartir unos días en su compañía. Y si no, recuerden este dicho: “lo que la amistad ha unido se lo puede cargar de la noche a la mañana una escapadita de fin de semana”.

viernes, 13 de septiembre de 2013

CUERPO DE BOMBEROS



A eso de las seis de la tarde me encuentro un día de esta semana en la playa de la Malvarrosa con una amiga y los niños cuando llegan dos quads de la policía. Un chico les explica que mar adentro, encallada en la arena, se encuentra una jaula de pesca, con grandes salientes en forma de pincho. Unos minutos más tarde hacen su aparición tres bomberos vestidos con un modelo playero que consiste en polo gris, bermudas y calzado deportivo armado. Eficientes, acotan el terreno, se hacen cargo de la situación y dos de ellos se liberan de la parte de arriba para adentrarse decididos en el agua. Un revuelo creciente comienza a expandirse por las hembras presentes que no tiene relación con el suceso. “Menudo animal”, “flipa con las abdominales”, “¿y el culo?”, “pensaba que era un machete, pero es el paquete” –escucho de varias que se agolpan en la orilla expectantes. En el agua los dos héroes atléticos dan con el objeto peligroso y, pertrechados con gafas de bucear, se mueven con intensidad, marcando cada músculo de sus brazos y espaldas que brillan mojadas bajo la luz dorada de esa hora. De vez en cuando salen para informar de la situación provocando en las testigos entregadas nuevos comentarios de admiración. Algunos niños, que se han acercado al agua para curiosear, son alertados por los policías, pues sus madres hacen fotos distraídas. En una de esas salidas uno de ellos alto, guapo y robusto, luce un rascón sangrante en una pierna y las señoras lo reciben como si fuera un torero. Ellos, acostumbrados a apagar fuegos, intentan hacer su trabajo mientras algunas fans comentan en voz baja que se podrían haber quitado la parte de abajo. Al final colocan una boya de aviso y se marchan a por más material, provocando cierta decepción, y confirmando que el instinto grupal saca de las damas su versión más bestial.

lunes, 29 de julio de 2013

LLENA HASTA ARRIBA DE VERANO



Con los años y conforme fue variando mi situación, cambié el escenario de mis veraneos de los idílicos años de infancia en Gandía con escarceos al Perelló o Cullera, pasando por la adolescencia y primera juventud en Denia y las posteriores Ibiza y Formentera, más chic, exclusivas y en apariencia molonas, donde la gente guapa del planeta sale a cenar o a navegar. Así las vacaciones dejaron de tener tres meses para durar quince días, más algunas escapaditas de fin de semana distribuidas por Pascua, algún puente o Navidad. Por ello el otro jueves, cuando una madre del cole nos invita a un grupito a pasar el día a su apartamento de Puebla de Farnals, sufro una extraña conmoción, una regresión que comienza sobre la arena, cuando saca un paquete de papas Lolita y un bote de aceitunas rellenas. Con la mano todavía mojada cojo una patata de la bolsa y al llevármela a la boca siento en los labios el sabor de la sal y la sensación crujiente entre los dientes activando determinadas conexiones mentales muy reales que me transportan a los seis años. Al llegar a la piscina me llama la atención un trampolín que ocupa uno de las laterales invitándome a entrar al agua de manera alternativa. Decidida, me lanzo a probar para darme cuenta, al experimentar una sonora culada, de que estoy desentrenada. Tras colocar mi biquini en su lugar, me vuelvo a lanzar un par de veces más saboreando la divertida sensación de estar suspendida unos segundos antes de la caída. Cuando me siento en la toalla miro al resto disfrutando del baño tras la playa, una secuencia pactada, relajada, en una situación de comunión con sus vecinos de urbanización. “Ya han traído la paella” –me indican. Desde la terraza del apartamento veo a varias familias comiendo al exterior, en muchos casos a pecho descubierto, ensalada y gazpacho sobre manteles de cuadros. De fondo en el televisor las noticias hablan del calor, las carreteras y algún caso de corrupción. Al terminar de comer me quedo medio traspuesta en el sillón sumida en ese momento de placer molestada tan solo por una mosca impertinente que insiste en posarse en mi brazo. Para merendar saca una bandeja con una perfecta selección: barquillos, leche merengada con canela y granizado de limón. Bajamos de nuevo y al salir del ascensor veo en la portería unos carteles que han pegado con el plan del día. “Batalla de globos en la piscina y taller de plastilina, clase de aquaerobic, campeonato de mus y cine de verano”. A mi alrededor se agolpan críos frotándose las manos con emoción al contemplar la programación que para el día siguiente anuncia castillos hinchables y bailes de salón. Ya en la calle, en las zonas comunes unos y otras comen pipas o helados y las parejas de jubilados salen arreglados a pasear. No puedo evitar pensar en los veranos de mi infancia y me dejo llevar por la nostalgia al recordar las pelotas de Nivea lanzadas desde una avioneta amarilla, los castillos en la orilla, los bocadillos de tortilla, el cine al aire libre, las camas elásticas, la petanca, los bolos, los recreativos, fumar en la estación, ir a la playa sin protección, jugar a polis y cacos, meter la cara en la sandía o andar descalza todo el día. Una del grupito aprovecha una ausencia de la anfitriona y rompe de manera momentánea mi ensoñación haciendo una crítica afilada de la urbanización, la gente, el ambiente. Nos habla entonces de su experiencia de años en el primer montañar de Jávea, de una casa que alquiló en Denia sobre las rocas en la parte de las Rotas, del chalet de sus suegros en el Portet de Moraira, de cuando juega con sus amigas a las paletas en Benicassim, en la zona de Playetas. “Esta tía es idiota” –me digo, y tomo nota mental de hacerle el vacío. Cuando nos vamos a marchar veo a las pandillas de jovencitos de tonteo sentados en el muro del paseo, me pongo por un momento en su lugar y soy capaz de sentir la libertad, el poder de la novedad, la expectación, las prisas. Observo como uno de ellos muy flaco, que no tendrá más de quine años, se acerca con disimulo hasta una morenita de su edad a la que coge de la mano. Yo cojo el coche y vuelvo a mi casa llena hasta arriba de verano.

viernes, 19 de julio de 2013

UN SUEGRO MUY SEDUCTOR



Disfrutando la otra tarde de una jornada de playa en el Saler con un par de madres del cole y los niños, recibimos la visita del suegro de una de ellas que tiene cerca un apartamento. Tras un “que paisaje tan bonito”, saca unos cubitos y una cometa que se ofrece a volar con el grupito. Por las risas, las bromas y las miradas, noto enseguida que Pepe, el abuelito, es un pajarito. “Esta cometa es imposible de volar. ¿Alguna de vosotras cree que la sabrá empinar?” –nos suelta con complicidad sujetando el artilugio colorido tras un rato de pelea. Yo observo al resto que sigue a lo suyo. Él continua distrayendo a los pequeños en la orilla cuando veo que coge el teléfono y, con cierta discreción, comienza a hacer fotos en nuestra dirección. “Esta playa tiene vistas que son una maravilla” –comenta al percatarse de que lo miro y me he dado cuenta. Yo no puedo quitarme de la mente a la nuera, una chica responsable, trabajadora y con un físico potente. La imagino en la paella de los domingos intentando capear el tema con disimulo mientras el suegro le da una palmada en el culo. Tras darse un baño con los niños, sale empapado y decide secarse de pie al aire a pocos metros de nosotras. “Hace años aquí se practicaba el nudismo, aún hoy cuando hace mucho calor hay algunos que prescinden del bañador” –nos cuenta a modo informativo. El resto sonríe de manera natural y yo me pregunto si esto será lo habitual. Al girarme para mirar a los niños veo su sombra alargada proyectada en la arena con los brazos en jarras y las manos en las caderas, como un ave rapaz surcando el aire sobre su presa. Descubro entonces que en el oscuro perfil recortado Pepe aparece estilizado y rejuvenecido, como si nunca hubiera envejecido. “Así es como verdaderamente se siente” –pienso mirando esa sombra que ahora, de perfil, desvela para mi sorpresa una llamativa dotación superlativa.