lunes, 21 de enero de 2013

INSTINTO ANIMAL



Los parques públicos son como el patio de la cárcel, tienen unas reglas sagradas no escritas pero consensuadas que para poder sobrevivir tienes que conocer, asumir y acatar. Mi experiencia de más de tres años como madre me ha llevado a explorar el terreno y poder definir una serie de pautas que a muchos les pueden interesar. Lo primero que hay que saber es que no todos los parques son iguales, es decir, no es lo mismo pasar la tarde en uno de General Urrutia que en el del centro de la Glorieta. En los parque pijos tienes que ir arreglada y vestir a tus hijos con bombachos, capota y abrigo. Allí las madres hablan sentadas sujetando sus bolsos de marca mientras las chicas de servicio esperan con el pan debajo del tobogán a pequeños que se llaman Álvaro, Claudia o Beltrán. En los otros que yo suelo frecuentar por la zona de Manuel Candela la cosa está más mezclada y madres en vaqueros charlan sentadas aquí y allá, con un ojo puesto en la conversación y el otro en sus pequeños que juegan dentro de su campo de visión. Obviando las distancias provocadas por la variable social y la ubicación, todos los parques tienen en común el modo de funcionamiento, un código silencioso que se cumple en pos de la estabilidad. Una de las primeras reglas sería la de la equidad en el nivel de los juguetes a llevar. Llegar con un cochecito o una muñeca está bien, pero ir con la moto a baterías, los patines o la consola, no mola. Provoca fricciones, discusiones y el niño portador del juguete mejor, quedará inevitablemente aislado después de protagonizar numerosas peleas con otros que terminarán llorando y suplicando a su madre con desespero que les compre el objeto de deseo. La segunda regla tendría que ver el uso equilibrado del columpio. Lo pactado, lo educado, es hacer que los pequeños se vayan turnando por orden de llegada mientras van jugando. Una madre voluntaria, normalmente muy pesada, ejercerá de encargada y distribuirá los tiempos a disfrutar y los periodos a descansar. Aquellos que lleguen y se apoderen del balancín saltándose al resto, están dando por supuesto que pasan de cortesías generándose automáticamente numerosas antipatías. La tercera regla fundamental trata de la parte más irracional: los conflictos directos entre los niños. Aquí es donde las mujeres perdemos la cabeza pues nunca vamos a entender, por mucho que el otro tenga razón, que a nuestro ángel de cuatro años otro desalmado de la misma edad lo humille o le haga daño. Yo he presenciado verdaderas batallas campales, señoras fuera de sus cabales por una tontería, algo que empezó como una nadería. Una de ellas ocurrió el año pasado en abril. Estaba yo sentada en un banco del Gulliver mientras mi hijo jugaba con piedras cuando de repente escucho un grito. Al levantar la vista veo a un niño de unos cinco años llorando en el suelo al final de un tobogán. “¡Me ha tirado!” –le escucho repetir entre sollozos mientras señala con el dedo a otro que lo mira cabreado. De la nada emerge una chica como una exhalación, coge al que se supone herido y con un grito aguerrido le increpa al otro sacando pecho: “¡¡Has visto lo que has hecho!!”. En cuestión de segundos hace su aparición otra madre que abraza al presunto autor y le contesta con una mirada que arde: “¡A Nacho tú no le gritas!”. La otra sujeta a su pequeño que no deja de llorar: “¡Tu hijo es un demente, una especie de delincuente, lo ha empujado, lo podía haber matado!”. Entonces la segunda da dos pasos y se pone frente a su enemiga ofendida: “¡Te estás pasando, solo estaban jugando!”. Ante mi asombro la otra deja al niño al lado y la empuja en el hombro: “¡Lo tengo fichado, tu hijo es un maleducado!”. Tras otro empujón, varios gritos y lo que me pareció un tirón de pelo, entre unos y otras las consiguieron calmar y yo casi me muero de miedo. Desde ese día tengo muy claro que en cuestiones infantiles y cuando hay conflicto por medio, buscar el entendimiento es el único remedio. Tengan cuidado en los parques, esos espacios de entrada inofensivos que esconden la esencia del ser femenino primario y brutal. Y en caso necesario, no estaría de más entrenarse en un buen gancho de derechas por si el asunto se pone serio. Apego maternal e instinto animal se unen entonces en mezcla explosiva. Sea un poco irreflexiva.

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