domingo, 13 de enero de 2013

MUJER HABILIDOSA – MUJER ODIOSA



La cosa empezó de la siguiente manera. Una mañana la máquina de Nespresso dejó de funcionar, al meter la cápsula y apretar el botón en vez de café salía un líquido acuoso de sabor espantoso. Sólo dos días después la plancha se suma al carro soltando agua sobre la ropa. Yo, con poca capacidad de reacción ante este tipo de situación, me limito a mirar los aparatos incapaz de tomar una decisión.
En la calle le comento el asunto a Amparo, una vecina dispuesta que parece tener para todo una respuesta. “No te preocupes, esta tarde me paso y les echo un vistazo” –se aventura. Así que unas horas después aparece por la puerta con un pequeño maletín. Ante mis ojos veo como saca la plancha, dice algo de un bombín, me pide agua, trapos, un vaso, y en cuestión de unos minutos me comunica: “Arreglado, era sencillo, tenía el conducto obstruido”. Entonces coge la cafetera: “esto te lo arreglan en el taller de la calle Císcar” –y sale con la bolsa a cuestas. Esa misma semana me devuelve la máquina en perfecta condiciones y yo le dedico todo tipo de atenciones. “Qué eficiente, yo para todo esto soy la más incompetente” –le confieso. Lo celebramos con una copa de vino.
No pasan más de dos semanas cuando nuestro coche se queda sin batería. Nos disponemos a avisar al seguro cuando aparece Amparo en la esquina: “No llames, tengo las pinzas aquí” –nos anuncia.  En un periquete abre el capó, conecta unos cables y enciende el motor para poner nuestro coche en funcionamiento. Me percato de la mirada de mi marido y me doy cuenta de que le ha puesto más caliente esa exhibición que si la hubiera encontrado desnuda en su habitación. Me entero por otras de que además desatascó un lavabo, purgó un calentador, ayudó a cambiar una rueda. Pronto se corre la voz y empiezan los reproches en casa: “es tu coche, llévalo a la revisión”, “se habrá enganchado el cajón, mira a ver si es la guía”, “habrá que ponerle aceite, cómpralo en la droguería” –nos exigen los maridos. Nosotras odiamos a Amparo por poner en evidencia nuestra falta de eficiencia pero ella continua con esas demostraciones poniendo en peligro nuestra tranquila existencia. Una tarde coincidimos en un cumpleaños del río y al sacar ella el tema hablando de un quita grasas otra de las invitadas le ataja: “¿Tú de qué coño vas?”. Amparo la mira con curiosidad. “¿A qué te refieres?” –le dice tranquila. “Lo sabes perfectamente, ¿no te has dado cuenta de que las chicas no tocamos la caja de herramientas?” –le reta. Poco a poco la rodeamos frotándonos las manos. “Con un poco de interés todas podemos” –contesta Amparo amable. “El problema es que no queremos. Con todo ese rollo de la conciliación, llevar la relación, los niños, el  colegio, las reuniones, la oficina, la cocina, intentar hacer deporte, mantener una vida social y comportarnos en la cama como una diosa sexual, ¿de verdad crees que encima nos vamos a comer los marrones de las reparaciones?” ­– le suelta. Amparo da un paso atrás. “Es un pacto silencioso, mi marido no prepara ni un biberón, y yo no le cambio las pilas ni al mando de la televisión” –dice una. “Yo me levanto cuando los niños se despiertan por la noche y él pasa las revisiones del coche” –añade otra. “Él se encarga de llamar al electricista y yo acompaño a su madre al dentista” –cuenta otra más. “¿Y si un día no tenéis un hombre al lado?” –pregunta sorprendida. “Mira, yo al mío la tengo muy pillado, pero si me separo, saldrá un amigo o un vecino que me quite las piedras del camino” –aclara la primera amenazante.
Amparo no ha vuelto a dar muestras en público de su destreza manual pues si quiere ser admitida, debe renunciar de manera drástica a cualquier tipo de exhibición doméstica. En tiempos de plena igualdad, donde muchas mujeres sacrifican lo profesional en virtud de lo maternal, en el momento en el que emerge el macho sensible, ese que ve factible depilarse las piernas y llorar en el cine pero que dice “no sé” cuando le pides que cambie a un bebé, sería una mezquindad robarle a los machos lo que les queda de masculinidad relevándolos de sus tareas. Amparos del mundo, ¡no tenemos nada más que demostrar!. Por el bien de la raza femenina desde aquí os pido ese poco de machismo, un pequeño revanchismo a cambio de nuestras renuncias.





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