El marido de mi amiga Elisa trabaja en Barcelona, lo que
obliga a la pareja a vivir separada gran parte de la semana. Desde hace un par
de años el matrimonio ha tenido que construirse una vida basada en sábados y
domingos. “Cada vez en más difícil” –me comentaba un día. “La falta de relación
ha terminado enfriando la habitación” –aseguraba. Así que, y para calmar su preocupación,
la animé a lanzarse la red: “Prueba el sexo online,
busca en Internet”. Tras las dudas iniciales, se bajó un programa de video y
empezó con algo suave, castas conversaciones fraternales donde hablar de lo
ocurrido en el día. Poco a poco empezó a liberarse de ropa y una de las veces,
sin aviso, se sentó en sujetador a comentar la jornada. Un par de noches
después, animada por algo de vino, decidió quedarse en bragas y animó a su
marido a departir en calzoncillos. La semana siguiente, ya sin ropa, la
conversación subió de tono y a la hora de la cena, cada uno manifestó de
palabra su fantasía más obscena. Lo siguiente ya vino dado. Breves roces,
suaves caricias, firmes toqueteos, intensos magreos y la culminación donde el
placer estalla: relaciones completas de cara a la pantalla. Elisa, transformada
en una auténtica estrella del telesexo, se lanzó durante meses a ese acto
consensuado viendo su relación avivada, dilatada, aderezada.
Con la llegada del verano volvió su marido a casa y con él la
presencia y la convivencia. Al poco tiempo se dieron cuenta de que echaban de
menos esos kilómetros de distancia con los que habían acercado sus corazones.
Así que un par de días a la semana él se buscaba un hotel y ejecutaban,
conectados al ordenador, los juegos iniciados en el invierno.
La mente de los amantes, conforme gana en complejidad,
abandona los juegos de antes para dar paso a la novedad. Y aunque en este caso
lo erótico se somete a lo tecnológico, el goce pasa de lógicas y se proyecta en
el teclado. Apoyo una consigna de lo más literal: ¡viva el sexo digital!.
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